Los niños viejos

 


fotografía: Patricia Echegoyen

 

 

 

NIÑO LANZA FUEGO
A ese pequeño dragón que habita las calles del  boulevard Los Próceres...
 
¿Quién deshizo tu vida con el fuego?
El secreto de la piedra o el hambre...
Niño moribundo en las ciudades, cuerpo desnudo que toca a nuestras puertas.
Es la hora  de morir entre las llamas.
Es la hora de orar por el pan que no tendrás.
Con la lengua apretada y seca entre tus dientes, te dolerá la cara y los ojos de tanto sostenerlos, cogerás entre tus manos una antorcha y te aguantarás el miedo.
La tarde ha empezado y las llagas encienden de nuevo tus pulmones.
Te mojas con gasolina y los sueños crujen incendiando con un cerillo mi silencio.
Niño marginado y solo, es la hora de morir entre las llamas.
No madurarán los colores en tu campo...
¡Es la hora de rezar a Dios en las aceras!
 
 
 COMO OTRAS TANTAS VECES
A los niños y niñas que fueron violados bajo la noche...
 
Esta noche ha entrado la luz casi dormida, atrapando estrellas y violines.
Ha venido con su boca helada y rendida, con su alma gris templando mis raíces.
Ha venido a tallar el tiempo, con un manojo de violetas, como un sueño sin aurora, pintado de nuevo con cenizas.
Murmura secretos y deja caer sus lágrimas en mi garganta, triturando la angustia hundida entre mis venas.
El viento cruza el resto del cielo, moviendo los platos vacíos. Una miel rota se derrama en los cartones de los niños que duermen abandonados en las calles.
La noche es una puerta abierta...
Hombres de vidrio desgarran los jacintos y descapullan las rosas inocentes.
Un aire frío se cae, se levanta y se consume...
La luz pasa de largo, como otras tantas veces.
 
 
NIÑA DURMIENTE
A esa pequeña que murió en el vientre de María...
 
¿Para qué despertar, Niña Durmiente?
Entre un charco de sangre y periódicos rotos, con una madre huelepega y un letargo de cosas amargas.
Ve a la blancura del sol, a las divinas horas en que se eternizan los instantes, a un cielo de sorpresas donde juegues con el mundo inocente entre tus manos.
Vuela al trino, al perfume y a la primavera, canta con una guirnalda de risas y deja ya de llorar.
¿Para qué despertar Niña Durmiente?
Vuelve a la blanca luna, y a los muñequitos de azúcar.
Deja la quietud que arrastra tu cansancio de luchar.
Cruza las islas y los silencios del campo, los mares sin naufragios, las invisibles lágrimas.
Déjanos en esta cosecha de tinieblas, fantasmas y corazones lacerados.
Déjanos con el canto apagado y los dedos ansiosos.
Vuelve a Dios, con tu manto blanco.
 
 
NIÑOS DE ESCARCHA
Con la brizna que arrastra el viento, una estrella fulge en la vastedad de la noche.
El dolor se ahueca entre sus manos, para escuchar mejor el llanto de los seres que pueblan el subsuelo.
Seres que caben en una palabra, en la vena oculta que pasa a través de la carne.
Seres cotidianos, que viven en otra arquitectura humana, con la obstinada idea de la muerte.
Esa muerte lenta que va afirmando la muerte única.
Porque en ellos falta algo por florecer bajo la tierra.
Son esos niños, sin cuentos de hadas madrinas, y de margaritas pálidas deshojadas por la luna.
Son esos seres hendidos que llevan las manos frías y las frentes apagadas.
Son esos niños de escarcha, de calles con sangre y campanas olvidadas.
 
 
 
CARTA A PULGITA
PULGITA:
¿Que haces sentado dejando escapar tu vida entre pedazos de vidrio?
Descubre tu rostro en el agua oscura y mira tu sonrisa por primera vez.
Deja escapar tu alma de niño, entre los sueños y colorea el canto de las ranas.
No hay árboles torcidos ni tristes, no hay días sin luz. Sólo tu miedo a los caminos solitarios, a las personas extrañas, a la tortura de pensar.
No todos los seres humanos somos malos ni complejos. No todos arrojamos piedras a los sentimientos.
Hay otros cielos que no están hechos de estrellas de papel y estaciones que no abren ventanas a la ausencia.
Y por allí en cualquier parte, en los pueblos perdidos en los montes, en las ciudades bulliciosas, hay quienes regresan jubilosos, después de haber terminado sus estudios.
Pulguita, existen otros caminos, campanas que suenan en los patios abiertos.
Verdes recién nacidos casi amarillos y verdes oscuros en las hojas maduras de los árboles.
Un mundo distinto, con un especial sentido de vivir.
 
Un mundo que no pone límites al esfuerzo, una carga de años que nos hace un poco filósofos de la vida cotidiana.
Pocas horas me quedan para marcharme, volveré cualquier día, llena de lágrimas y sonrisas, para verte una vez más y descubrir tus manos limpias.
 
 
MARÍA
La muerte llega con un gesto de burla, a quebrar su nombre entre las fábulas.
María, más pequeña que un dedal, detiene el paso.
Al verla, los árboles se empinan sobre sus raíces, con una curiosidad que los agiganta. Y ella, traslúcida, descalza, débil, recién desgajada en la noche, cae contra el suelo.
Todo su mundo está dentro de un bote de vidrio, donde desaparecen los aromas frutales y el canto áspero de los grillos.
María no conoce más que las hilachas de un harapo perdido, la basura de un parqueo, las moscas, las navajas, y de como apagar la sed de los perros callejeros.
Derrotada, torva y trágica, desanuda el miedo en las luciérnagas.
Le tiemblan las rodillas, mientras su vientre se contrae. Vuela entre sus piernas un cometa de luz.
No hay carruajes de princesas, sólo una niña sin sonrisa con puñales hendidos en los sueños, y una impotencia que ahoga mi palabra.
 
 
GALLITO
A ese niño que duerme en la Plaza Libertad.
 
Puño crispado, invisible y alerta. Colgado del cuello y amarrado con cerrojos.
Rueda en una ruta donde no existe el regreso, entre rincones sin luz y ramas quebradas.
Conciencia arrodillada por simple costumbre, de no esperar nada de la vida.
Esperanza hundida en el insomnio de una almohada hecha de periódicos.
Alma que rompe las estrellas, rasgando el aire con las uñas. Presa de muerte que en las nubes se mece.
Esclavo de las auras de la noche, donde alguien marca la eterna cicatriz de sus heridas.
 
 
MOZA
¡Que osadía el querer abrir los velos de la muerte!...
En las hojas pálidas, y en las aves de los nidos. Idolatrando dioses de hojalata y placeres prometidos.
En un jardín envenenado por flores amargas, donde el sol se apaga y los grillos repiten sus notas tristemente.
Niño de miedo, procura estar quieto y silencioso, mientras lanzas a volar tu carroza de impotencia que chispea en los espacios tu reflejo.
¡Que osadía el querer abrir los velos de la muerte!...
De apretarla en tus delgados brazos y acariciarle los cabellos de algas.
De perseguirla hasta darle alcance y caer rendido a sus pies, embozado en una capa de oscuras nubes de humo.
Perdido en un olor a pega que muerde tu memoria. Quebrado en múltiples cristales, desplomas los sueños.
La muerte te alarga su mano de niebla y tú hinchas la voz y gritas.
 
 
CHELE LADILLA
Se ha quedado quieto, conversando con el polvo y las hormigas, tiritan sus labios en un charco del parqueo que se traga su risa.
Se ha quedado quieto, sembrando maíz en los recuerdos, bajo los oídos de los árboles con una mancha que pinta la tristeza.
Se ha quedado quieto, en su daga amarga, secando su voz, desmadejando el silencio en una minúscula gota de agua...
Cansado de mirar al cielo, en su absurda pretensión de apresar las cosas imposibles.
Se ha quedado quieto, como tronco mutilado de una selva virgen, bajo un paraguas de hojas secas.
 
 
LA PIEDRA YERTA
La piedra no siente el dolor de morir lentamente. De no saber quien es, ni que le aguarda en el futuro. Ella no encuentra pesadillas para dormir en llanto, ni es huérfana del olvido y del polvo.
La piedra no tiene ansias ni temores, no conoce la voz, ni tiene hambre. Sola recibe a la llovizna, a las nieblas grises, al sol y al frío de la nada.
No se inmuta ante la muerte de la primavera, y las sombras de los cuerpos tristísimos e inciertos.
Los ramales de llanto no la sacuden, y la danza de remolinos no la mueven, ni siquiera le molesta el ruido que salta entre los recipientes de basura.
La piedra sigue allí yerta, mientras Santos se sienta sobre ella, para examinar el intestino que sale a espiar su mundo entre la piel, defecando en un vaso plástico.
Ella no tiene memoria, ni olfato. Vive a la intemperie, cavada en la tierra dura de la inconsciencia humana.
 
 
EN LA TORMENTA     
Llueve la muerte.
No se mece la luna, ni el Angelus bendice más la ribera con su oración crepuscular.
Llueve la muerte en el sueño de los cayucos, en los caminos de polvo, en el silencio de los labios inertes.
El llanto entierra la carne de los  niños bajo el barro y el dolor crece por encima del cielo.
Llueve la muerte. Es su boca penumbra y sus huellas  silencio de negras mariposas.
Llueve la muerte de ladera en ladera, las manos y los ojos.
Los árboles se quiebran y los niños caen al suelo como  frutos maduros.
Llueve la muerte. Los perros se acurrucan olfateando el
 vientre hinchado de la tierra.
(Depresión Tropical Mitch octubre de 1998)
 
 
CHUPA DEDO II
Su rostro borra el círculo y se envuelve de bruma.
Nada calma su sed.
Tiene la visión del agua que debió ser suya, esa que todos aguardamos en los ahuecados panales de la vida.
Acrecienta una desilusión hecha fatiga, un deseo de ir al vacío con un pasto viejo.
Es un niño doliente de rastros, de ojos que cegaron su luz por la miseria, de manchas que le pintan las rodillas.
Es un alma en torno de un nudo, apretado y sombrío...
Una incurable y ardorosa herida, una frente hundida entre el polvo, una sombra purgando la palabra esperanza.
Es un niño de fiebre, de arruga profunda, un alfiler...
Vecino de millares de tallos quebrados, que iluminan sus cuentos nocturnos.
Es el niño más triste, piedrecita de hielo entre los charcos.
 
 
 
PAISAJE DE ALBAS
A Claudia, vencedora de la oscuridad...
Escribo bajo la sombra de la lluvia, en este mundo de muñecos y alas misteriosas. En la noche parecida a tus ojos, junto al mar atardecido.
Escribo a la garganta de cristal de nuestros pájaros, a mi sangre viva y cierta. A los grillos, a las notas del reloj, a la flor del tiempo.
Escribo en ti, paisaje de albas, cuando duermes, y te veo en silencio con el corazón despierto. Al campo, al trébol, a las mañanas tranquilas, al cardo florecido.
Escribo y sobre mis dedos cantan las estrellas. El desaliñado rio se desprende, y se va a la tierra distraído, donde reverdece la flor y brilla entre las hojas, en una playa de colores sueltos.
Escribo prisionera en las sienes de mi canto, donde tú buscas mis caricias sin recuerdos.
Escribo al seco tronco y a su nido desierto, a la noche que nace perfumada de cielo, a la luz del sol saltando en la sonrisa.
Escribo para tí, que vences la brisa cuando miras las estrellas, y afloras libre en tu mundo distante. Para tí que tienes los labios más húmedos de amor que de tristeza y transitas en un navío cargado de libélulas, a la dormida inmensidad, dulce como un sueño.

 

 
 

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