Memorias de Alexander de Brucco

 


Francis Picabia: Amorous Parada
 
 
 
 
 
 
 
XV PREMIO NACIONAL DE POESÍA
UNIVERSIDAD DE ANTIOQUIA
 
No te he dado ni rostro, ni lugar alguno que sea
Propiamente tuyo, ni tampoco ningún don que
Te sea particular, ¡oh Adán!, con el fin de que tu rostro,
Tu lugar y tus dones seas tú
 quien los desee, los conquiste
Y de ese modo los poseas por ti mismo.
La naturaleza encierra a otras especies dentro de unas leyes
Por mí establecidas. Pero tú, a quien nada limita, por tu propio
Arbitrio, entre cuyas manos yo te he entregado, te defines a ti mismo.
Te coloqué en medio del mundo para que pudieras contemplar mejor
Lo que el mundo contiene. No te he hecho ni celeste, ni terrestre, ni mortal,
Ni inmortal, a fin de que tú mismo, libremente, a la manera de un buen
Pintor o de un hábil escultor, remates tu propia forma.
 
 
 
PICO DELLA MIRANDOLA
Oratio de hominis dignitate
 
A  Amparo Chavarro Chavarro,
Por sus oraciones y rogativas
 
I
A EVA EN EL DESTIERRO
Qué hermosa es Eva
Qué hermosa la serpiente que le rodea
El árbol que crece en su talle
El fruto carnoso que despliegan sus labios
Al posar sobre la ocarina
Su música en las orillas del bosque.
Qué hermoso su cabello
-Grajillas oscuras que caen sobre sus hombros perfumados-
su nariz que respira otros mundos
y crea para tantos laberintos
el azahar y las guirnaldas que los sustituya.
Qué hermosa es Eva
Qué hermosos sus tobillos
Las huellas que dibuja sobre la arena
Para marcar el camino hacia la luz y hacia las sombras.
Qué hermosos los hijos que le ha arrojado al mundo
El río que desciende por las colinas de su vientre
El volcán de sus ojos de fuego.
Qué hermosa esta costilla pensante
Este polvo sagrado
Esta caña aromática
Que guarda en sus pechos fragantes
Otra manzana para las épocas de lluvia.
 
 
II
CANCIÓN DE EVA A ADÁN
(Para mitigar el viaje)
 
Cuán hermoso es el barro que se levantó de otras orillas
Y se formó como un pájaro en el bosque
Hasta cantar la diadema de los ríos.
Cuán bello su orgullo de hoja seca
Que se doblega como un faro
Al contacto inmisericorde de la espada.
Cuán bello es el hombre que bautizó a los animales de la selva,
Puso nombre a los ríos de la muerte
Y le canta al Chatak de los lejanos pinos
Para que descienda el agua de la acequia
Sobre las viñas y los olivares de las sombras.
Cuán hermoso es Adán
Innumerables son los hijos que le ha arrojado al mundo,
Innumerables las manzanas que lleva bajo el brazo,
Innumerables los ríos que ha sobre-nadado
E innumerables las colinas y las arenas recorridas
En su último destierro.
Cuán hermoso es el pájaro del Génesis:
Su boca tiene la medida exacta de los frutos del Apocalipsis
Y sus ojos las visiones premonitorias
De todos los calvarios:
Las hojas afiladas y serradas
De sus próximos destierros.
Cuán hermoso es Adán
Cuán magna su sabiduría de la muerte
Su tortuoso caminar por los recovecos de esta Terra.
Cuán hermoso el paradigma del sepulcro,
Sus costillas, sus cabellos, sus ojos, sus pestañas,
Sus manos de extranjero
En los confines de otro continente.
Cuán hermoso es Adán
Esta noche me entregaré de nuevo a sus mieses, a sus frutas,
A su siega.
Como quien va de los precipicios de las sombras
Al vórtice inigualable de otro paraíso,
Me entregaré de nuevo a él
Como la última manzana,
Como la última mujer que puebla sobre el mundo.
 
 
 
III
CAÍN
 
Mi quinto nombre es Caín
Soy la reencarnación del polvo
El hermano mayor de los caballos marinos
El barro que echó raíces
Hasta volverse un hombre
Un río de poemas y arboladuras.
Soy agricultor
Cultivo pájaros y frutas
He vivido la mayor parte del destierro en Nod
Al oriente del Edén
En donde el árbol prohibido
Se extiende hacia los caminos olorosos que ahora circundo.
Soy Caín
Hermano de Abel
Hermano de las hojas secas,
Del viento, de los pinos de Alepo,
De Set, del exilio y de las largas caminatas por la arena.
Gracias a la quijada de un burro
Conozco la voz de las orillas,
El crepitar de la lluvia sobre los mundos subterráneos
El silbido orquestal de las esferas,
Las regiones desérticas del cosmos,
El palpitar angustiado del Mar Muerto.
Soy hijo de una multiplicación de huesos,
De Adamá, de la luz,
del manantial prístino que manó de las manos de mi padre.
Cosecho peces, madreselvas, aves mitológicas,
La belleza de la divina providencia
En donde yo,
Labrador de las palabras,
Soy la parte onírica de las cosas.
Mi quinto nombre es Caín
Soy un barco de polvo
Uno de los primeros nómadas verdes;
De mí descienden Enoc, Irad, Metusael, Lamec
Y todos los hombres que tocan el arpa y la flauta.
No creo en los señalamientos, en las culpas,
Tampoco en el azar
Las cosas están escritas, prefijadas,
Soy agricultor
Y aunque a mi padre azul no le gusten mis cosechas
Hoy,
Después de tanto tiempo,
Vengo a ofrendarle mis poemas.
 
 
 
IV
ABEL
 
Caín
Hermano de vientos, nubes, diluvios y ríos
Un mar de luces opalinas gravita en los guáimaros de la ciénaga
Y se aglutina en mi espejo
Como un prisma que nos dice:
La muerte es una puerta
Y el tiempo una ventana
Por donde nuestros pasos presurosos
Perciben otras cosas, otros mundos.
Bello Caín
La quijada de burro con la cual me mataste
Tenía el olor de las encinas y los pinos,
De tus labios venían hasta mi norte
Unos chopos amarillos
Que enhilaban mis pétalos melancólicos
En el hilo de la muerte.
Hermano profanado por los cielos
El dolor de tu hacha cavernoso
Penetraba mi topografía más remota
Mi geografía y mi valle más sagrado.
Ante el golpe subceleste
Que yo he encontrado sutil y generoso
Y que tú asestaste con una sabiduría infinita
Yazgo en la orilla de tu río, pensativo.
Oh, amado Caín
Tus huellas de madreselva
Van decorando mis entrañas,
Van vistiendo de semillas, de hiedras y resinas olorosas
Mi cuerpo fatigado por los viajes.
Mi sudor se impregnaba de tus frutas;
Tus piñas, toronjas y zapotes
Decoraban mi cabeza
Con coronas tejidas por cientos de cuchillos.
Nada soy sin tu golpe
Herrero milenario;
Tus manos son el yunque
Que moldean, a la sombra de estas islas misteriosas,
La herradura, los cristales y los cuarzos
De otras Islas en el hado de la muerte.
Caín
Hermano de mis antepasados
Hay en ti un pretexto para silenciar la historia
Como si la memoria de las dagas
No aceptaran la muerte de Goliat
Como una templanza de David,
Mi muerte es una templanza tuya.
Amado Caín
Por tu golpe y tu palabra
He conocido el paraíso.
 
 
 
V
NOE
 
Me llamo Noé
Soy hijo de Lamec
Y descendiente de la lluvia
Soy hijo de esta ascensión de los seres al fuego
Creo en el origen de las cosas
En la evolución
En la muerte como amanecer
Y en la vida como pretexto de la muerte.
Me llamo Noé
No tengo arca
Ni siquiera un bote con remos
No he sufrido ningún tipo de diluvio
No he soportado el peso de la elección divina
Pero igual que el poeta de mi vida antepasada
He navegado todos los ríos
Todas las aguas
En busca del puente inteligible
Que me conduzca a Schuaima
Y al manantial sereno de todas las esencias.
Soy Noé
Y formo parte de las tribus del camino
Toda especie de animal me pertenece
Declaro como mías
Esa constelación de plumas que cruzan el Atlántico
Ese cielo de fósforos volátiles
Que besan a las estrellas en la hora nona.
Soy nieto de Matusalén
Y me apropio a voluntad
De los cisnes
De los peces y los pájaros
De las piedras y los riscos,
De los árboles.
Aunque no conozco en su totalidad el cosmos
Llevo en mis manos
El mapa de los pueblos
Por donde camino, navego, vuelo
Canto y elevo mi sueño
A otro minuto de ser
A otra corriente de río
A esperar a la niñez
-húmeda niñez, lluvia original-
Que viene de la arena
A restituirme
A fortificarme
A transformarme
En otro diluvio
Y en otro tiempo de sequía.
 
 
 
VI
ABRAHAM
 
Ahora que he saltado del barro a la vida
Ahora que soy polvo, hojas secas, velámenes y flores
Me llaman Abraham.
Una voz y brisa de Kithara
Me condujo por los caminos olorosos de Siquem.
Soy Abraham
Dejé mi tierra, mis parientes y la casa de mis padres
Soy dueño de todo lo que alcanza  a visualizar mi pluma:
Los campos, las pirámides, las altas torres de trigo,
El agua de los cántaros
La mujer que entreabre sus contornos
A las gotas gentiles de la lluvia.
Soy Abraham
No conozco de grandes plagas;
Apenas sé de los estorninos,
De los tábanos y abetos,
Del albatros que se endurece como un barco
Y ondea sus plumajes y sus remos
Por las aguas cenicientas del Mar Muerto.
Me llaman Abraham
Formo parte de una gran nación;
Una nación que llueve y canta,
Salta hacia las arenas tórridas de Schuaima
Cuando el sol como agua
Humedece la piel reseca de los castaños
Y los labios virginales de todas las doncellas del Eufrates.
Soy Abraham
Mi nación es infinita y libre
No colinda con nada
No está demarcada por idiomas o banderas
Ni siquiera por el lenguaje de las hojas.
Desde el lugar donde esté
Toda la Tierra me pertenece.
Que griten de alegría los árboles del bosque
Que los ríos con sus aguas proclamen estas tierras.
Yo me levanto como el viento a las alturas
Y arropo con mis manos revestidas por la lluvia
Las arenas  desérticas de Canaán, de Ur, de Harán, de Betel,
De Hay, de Zoar y de Egipto.
En esta cumbre de flores y resinas frescas
Abriremos la encina sagrada de las premoniciones,
La limpiaremos,
La acondicionaremos para infinidad de cosas,
Esta será nuestra casa, nuestra Terra
La nación que carecerá de norte
El país que nos llamará a gritos
Para que lo habitemos.
 
 
 
VII
LOT
 
Sodoma
 
Por tus tierras descienden cenizas
Tristes las liras de tus valles
Que no saben otra cosa que el silencio.
¿ A dónde se fueron tus redes oceánicas,
el olor a brea de tus barcos
y tus toneles rebosantes de vino?
¿Acaso no había en tus vísceras
diez hombres que te salvaran?
Por amor a los diez
La lluvia de azufre y fuego
Sería maná sagrado
O una manifestación de peces y de pájaros.
Gomorra
¿Qué era ese humo que subía a las estrellas
como el vaho de un horno?
¿Qué era esa columna de nube y polvo
de la cual manaban piedras y fuego?
¿Qué vieron los ojos
que antes de ser sal fueron luz?
Levántate de tus cenizas
Como el ave que remonta vuelo a las alturas,
Levántate que las estatuas de sal
Ya han despertado del sueño,
Levántate Fénix de los escombros
Y busca tu nuevo nido
Donde incubar a los hombres;
Que entre tus patas
El fuego arroje a las playas de Saidam
Polluelos montados al viento
Que hablen de las cosas inanimadas y vistas.
Sodoma y Gomorra
¿Qué había más allá de la sal, de Zoar y los valles?
Que la brisa Maarabit traiga tus palabras.
Yo soy Lot
El hombre que corrió a las montañas
El padre de los moabitas y amonitas,
El hombre que se sentaba a las puertas de Sodoma
A mirar pasar el viento,
Las caravanas, los nómadas verdes, los ríos,
El Milano que insistía en navegar a las alturas;
El varón que hoy,
Después de este silencio milenario,
Cambia todas las tierras:
Zoar, Moab, Néguev, Gerar, Shur,
Cades y Séforis
Por mirar hacia atrás,
Por quedarse en el valle como gigante de piedra
Con el espejo y la imagen
Que solo conocen la sal y la muerte
Y los que tuvieron la osadía de mirarte a la cara.
 
 
 
VIII
JACOB
 
He descubierto a la sombra de la escala,
Que el número del hombre
Continúa siendo, inclusive hasta la muerte,
El número desigual de la escalera.
Que mi lucha banal con las alturas
Me arroja hacia el fuego, hacia el agua, hacia el aire;
Hacia el rojo, hacia el azul, al amarillo
Y que a través de mi visión por la escalada,
No existe el arriba, la izquierda, el abajo, la derecha,
El horizonte.
Escuchen!
Cambio mi primogenitura, mi herencia, mi camino
Por un peldaño hacia las sombras;
Cambio mi batalla con el ángel
Por un pequeño surco,
Por la siega,
Por el viejo campanario que se dobla como muchacha triste
Cambio toda disposición de altura
-Ahora ni siquiera mi espíritu es del aire-
Por aferrarme a un centímetro de tierra.
El trueno, la lluvia, el viento, la roca
Regatean a costillas de mi enfado
Una hectárea de velámenes y olores.
No sé si fue Auriel, Rafael o un fantasma
No sé si fueron Ondinas, Sílfides o Gnomos;
Tal vez me enfrenté al reflejo vibratorio de mi imagen,
Al movimiento mezclado de mis formas:
Al águila, al león, al toro,
Al pisón, al gihón, al hiddikel, al nilo;
Tal vez al sepulcro, a las sombras,
Al espectro imposible que me habita,
A la blasfemia de saberme casi humano.
 
 
 
IX
EL LIBRO DE JOSÉ
 
Soy el prestidigitador
El hombre que traduce la voz de los espejos.
El sol, la luna y las estrellas,
Tal como me lo reveló la nave tortuosa de los sueños,
Me iluminarán hasta el final de las jornadas.
Luego de sesgada la parvada de los astros
-Que bajan cantando sus templanzas por los recovecos de la tierra-
Se posará ante mí
Un séquito de sombras
Que me traducirán el advenimiento de otros mundos.
Soy el prestidigitador,
El patriarca hebreo al que le encomendaron la cifra de los ríos,
Soy nieto de Isaac e hijo de Jacob;
Me ha sido dado develar
El velo de la noche,
El agua de la altura y sus antorchas,
El vuelo sombrío de la muerte.
Soy José
Interpretador de sueños:
 
Los collares del tiempo
Se extienden a mi espacio
Y arremolinan mis diagramas
Como un fantasma que le huye
A las alas impalpables del sepulcro.
En la luna de las hojas cayentes
-La luna del pasto rojo-,
Vendrán a mí
Los juegos de las nubes,
Y las imágenes del cielo
Como un gigantesco himno
Abrirán los pórticos del mundo
Para afinar los caballos del Apocalipsis.
Soy el prestidigitador
Me ha sido dado develar
Los sueños del copero y sus alforjas
Del amasador de harina y sus viandas
Del mago y sus últimos calvarios por la tierra:
Tendré delante mío
La vid con sus sarmientos,
Los canastillos de pan
Que pronosticarán la muerte,
Las siete vacas del Faraón
Pasando por las riberas del Nilo solitario.
El centeno ondulado por las alegres ruecas
Me contará la angustia en la que se encuentra
Una muchacha loca como el aire
En las impresiones del vuelo, el agua, los sueños, las orillas.
Soy el prestidigitador
Si me muestran sus manos,
Habrán conocido las aflicciones en las que se encuentran sumidos
Los fantasmas de otras tierras.
 
 
 
X
MOISÉS
 
Porque no hay nada que perezca
Ante la luz de las palabras
Ni hay sabio mar
O fuerte río
Que se exalte a mi cayado
Hoy con el espíritu del verbo
Divido el mar en dos
Separo los ríos
Abro el lago o cualquier fuente rizada
De viento o música
Y los convierto en tierra seca
Para labranza o puente.
Ábrete Mar Muerto
Que conmigo vienen
Todas las tribus de Sucot, de Etam, de Migdol,
De Moab y de Edom.
Ábrete gigante de sal y piedra
Que por tus vísceras
Circundan los niños,
Las mujeres con sus bocas pobladas de gladiolos y mirtos
Para hermosear la nueva tierra que nos llama.
Ábrete Mar Muerto
Que entre tus murallas de agua
Viene corriendo la vida
El Edén, el destierro, el arca,
Sodoma y Gomorra,
La brisa del este
Apoltronada de voces
De cuerpos apócrifos.
Ábrete piélago muerto
Porque de tus entrañas
Manarán egipcios, israelitas, amorreos, hititas,
Heveos y cananeos
Condenados al canto de la lluvia y el viento
Y sobre tus aguas amargas
Echaremos el arbusto que te vuelva dulce;
Dulce como el kithara y el tricordom
Para la boca sedienta y sabia.
Yo soy Moisés
El hijo del agua
El amo de los arrecifes y los peñascos
Ábrete Mar Muerto
Que así como a tu hermano,
El Mar Rojo,
Cruzaré tus aguas con mis arcas, mis diluvios
Caballos y jinetes
Hacia la nueva tierra,
Y la leche y la miel
Correrán por tu sangre tórrida
Y lloverá sobre ti
El maná que te vuelva a la vida eterna.
 
 
 
XI
LA ELEGIA DE SANSÓN
 
Como una nube de fuego
En busca de la masa de sus propias luces
Así vino Dalila a mí;
Como un canto, como un grito,
Como un eco inmortal y tembloroso,
Izado en el infinito de mis cabellos hercúleos.
Como una flecha, como un dardo, como una espada;
Besó el viento, cruzó la muerte, sesgó los trigos
Y llegó a mí con la fragancia de las viñas y los olivares
A doblegar con sus encantos de abigarrados colores:
Los enigmas de las noches,
Los misterios de las mieses,
El fuego inclemente de las reposas
En las puertas y cerrojos de los filisteos.
Llegó a mí del valle de Sorec
Con un enjambre de abejas en la boca de los leones
¿Qué podía ser más devorador que ella
y al mismo tiempo más dulce que ella?
Como una nube de fuego
Surcando la nave poderosa de los sueños
Así vino Dalila a mí
A entretejer mis siete trenzas de cabellos
A revolver mis pujanzas en un clavo
A hincar mis cóleras en la tierra.
Llegó Dalila a mí
A desnudar la enramada de mis contemplaciones
El eco de mis sobresaltos.
Su puñal de salvajina penetró las cimas de la inmovilidad,
Del enigma, del secreto
Extrayendo de las propias órbitas de mis labios
La forma de conducirme hacia la muerte
De volverme pasajero de su propia muerte
¿Qué podía ser más devorador que ella
y al mismo tiempo más dulce que ella?
 
 
 
XII
CANCIÓN A RUTH
 
(La moabita)
 
Como una roca sobre la roca
Como una espada sobre la espada,
Hay una fragua en toda Moab
Que centellea con el filo frío de la muerte.
Un fuelle que ondea
Entre las hojas crispadas del acero
Y cuyo fuego
Retumba en medio del mar de Galilea.
Una joven inflamada
Como las altas horas de la noche
Cuyo paso por las escalinatas del gran templo
Detiene la visión de príncipes y verdugos
De herreros y sacerdotes.
Como una piedra sobre la roca
Como un puñal sobre la espada
La hija de Abinoh
Demarca con sus senos
Las fértiles planicies del río Rogitama
Y una vez venida de la muerte
Ha traído al mundo
La perennidad del fuego
La música perpetua de las fraguas
La tonalidad imperecedera de los yunques.
Bajo el golpe de los martillos
No hay otro más violento
Que el producido por la muerte,
Bajo el sonido del acero
No hay otro más secreto
Que el entonado por las sombras
Y esta mujer, llamada Ruth,
-Inquebrantable como los cuchillos de la noche-
Conoce las estrellas del gran Ébano
El vapor del ininteligible caos,
Los cerrojos y la cólera del sepulcro.
Como una roca sobre el océano del Hades
Como una espada sobre el territorio de Proserpina,
La hija de Abinoh
Ha circulado por los últimos caminos
Como una paloma sobre su primer diluvio,
Como la imagen del ancho espejo de la muerte
Sobre el brazo desnudo de una espada;
Y sus manos llevan piedras para el hambre
Y sus ojos continúan con el fulgor de las estrellas
y sus cabellos llamean como el mito del Apocalipsis;
instaurando y restaurando
la próxima venida de Majalón
sobre las lindes de otro paraíso.
 
 
 
XIII
LA PASIÓN SEGÚN DAVID
 
Oh, Betsabé
-canto de corales y náyades de musgo-
Quiero alabar tu desnudez
Como un crisol alaba de la luz
La porción de los aceites
Y las gomorresinas del espejo.
Quiero alabar tus cabellos de estrella milenaria
Y poner ante tu talle y tu pliegue de paloma
Todos los territorios de Sión, de Judá, de Israel,
De Betfagé y de Séforis.
Quiero homenajear tus labios,
Tus rodillas de sinagoga
Tus pechos balsámicos
En donde convergen
Los vivos y los muertos
Para levantar en medio de tantas religiones
Las teorías sobre los orígenes de la tierra.
Betsabé
Quiero homenajear en nombre tuyo
A Saúl y a Jonathan ,
A Schuaima y Aniquirona,
Quiero festejar en nombre tuyo
Todos los silencios de la luna,
Celebrar en nombre tuyo
Todos los rumores de la acequia,
Cantar en nombre tuyo
Todos los himnos de la noche.
Los salmos que no he escrito todavía
El hermetismo de los evangelistas románticos
Y todos los lenguajes de estos precipicios
Destilarán tu nombre, tu aroma y tus palabras
Bella estatua del santuario
Para enaltecer la memoria del hijo fallecido
Y regocijar a Salomón
Victorioso en medio de la sombra y sus espejos.
Betsabé
-Beso del hitita-
mi amor no acarreará otro destino
que la muerte de Urías en el campo de batalla,
mi beso no provocará otro sonido
que la deshonra de Tamar por los desiertos,
mi abrazo no contendrá otro principio
que la rasgadura violenta de mis ropas,
y mi tacto,
sobre tus rodillas desarmadas,
la rebelión de Absalón contra su propia alfanje.
Ven amada Betsabé
Sin embargo en esta noche,
-Luego del amor-
ningún castigo cobrará el valor
que tú y yo nos merecemos
en la candidez del abrazo de otra muerte.
 
 
 
XIV
EL CARRO DE ELÍAS
 
“Me arrepiento de haberme
tomado tanto trabajo en
destruir la ignorancia”.
     Roger Bacon.
 
Inmolo mis poemas para que sobrevivan a la muerte
Y las piezas fugitivas de la hoguera
Llamean en el borde de la espada como el carro iluminado del profeta.
Elías es su nombre:
Viaja en puño de acero, humo y fuego
Bruñido el carruaje en su singular espejo
A través del mar y sus orillas.
Elías es su nombre
En dirección ascendente hacia el abismo
-De donde proviene-
El hombre desaparece como una ola,
Se doblega como una rama sobre su última esquina,
Como un cuchillo sobre su piedra de afilar.
Donde mora un nebuloso ser llamado Dios
Elías irrumpe con su música secreta,
Y el universo de expande ante la tonalidad
-Constante y simultánea-
De un carro de fuego
Montado por un hombre.
Elías es su nombre
Nadie sabe su lugar de origen
El sitio exacto por donde dejó la tierra
Llegado al punto de lo absoluto y verdadero
Todos dicen que fue agarrado también de los cabellos
Y obligado a abandonar el mundo de los muertos.
Elías sigue siendo su nombre
Así se aparezca en la cima de una extrañísima montaña
Transfigurado por la luz
Y las emanaciones de otra muerte.
Elías es su nombre
Posee el poder de llegar a los lejanos velos
Y sacar del flujo magnético del cosmos
El oro, el cinabrio, la sangre, las palabras.
Del mismo modo del que se sirvió
 
Del cáliz y del vino
Para llevar su espíritu al mar de las ilimitadas olas
Así Elías emprenderá su viaje 
Por lo manifiesto, por el mundo
Hacia un paradigma eterno
-Sin duración o calidad-
para despertar a través de la sustancia
en los recovecos de otra blanquísima colina.
 
 
 
XV
CARTA DE JOB
 
(A los desposeídos)
 
Despertar y empezar a ser el sueño,
Empezar a ser
Esas águilas nocturnas
Que montan sobre el viento
De cachingos perfumados
Sobre las tibias cavilaciones de Betfagè.