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De regreso a Shuaima
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![]() P. Klee: Jardines del Sur |
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Yo tengo fe en la práctica y en la filosofía De lo que hemos convenido en llamar magia, Y en lo que yo tengo que llamar evocación de los espíritus, Aunque desconozco lo que estos son; en la capacidad De crear ilusiones mágicas, en la visión de la verdad, En las profundidades de la mente cuando nuestros ojos están cerrados William Butler Yeats. Yo pienso con mi cabeza oscura. Busco en mi cabeza atormentada El sitio perdido del pensamiento. Antonin Artaud. Si las puertas de la percepción se limpiaran, Todo aparecería a los hombres como realmente es: Infinito. Pues el hombre está confinado en si mismo Hasta ver todas las cosas a través de las estrechas Rendijas de su caverna. William Blake. A Roberto Chavarro Chavarro, Hacedor de mundos. A Rogitama. I EL VIENTO Esta Terra tiene un viento esmeralda esta brisa es la voz de los sauces este trinar el viaje de un barco cuyos peces de plata navegan sobre un océano de tábanos y yarumos. Cuando el viento de esta Tierra canta se levantan las sombras, las tórtolas hablan de lluvias y el hombre moja de palabras el pan para un nuevo vino. Schuaima Terra donde el viento danza entre el ciprés levantando el faldón de las hojas. ¿Qué es lo que trae la brisa en sus labios? ¿Cuáles sus palabras desnudas? ¿Qué es lo que canta el viento del este cuando gira como hilandera otro diluvio pequeño y los niños saltan como trigo, las mujeres brotan como cántaros, los espíritus se visten de lluvia y desnuda la tierra su poro de árbol para que crezca de nuevo la brisa y florezca de nuevo el fruto? II LAS PIEDRAS Las piedras de esta Terra Parecen perlas o nidos de pájaros prehistóricos. Aquí las palabras huelen a viento Y el silencio tiene forma de roca. En las piedras de esta Tierra solemne Se encierra el espíritu de la lluvia El canto de los jilgueros El color de los árboles y las selvas. Piedras de Schuaima: Montañas desnudas Solitarias colinas Peñas blancas que se botan como palomas A un verde cielo de tierra; Aquí mi mano saluda un país constituido de piedras: Rocas perfumadas, rocas uniformes, grises piedras para la pesca, Grandes y escamosas rocas Todas! Piedras de Schuaima Las amo por sabias y no por duras. III LOS PÁJAROS Pájaros hay en Schuaima Como abetos en la China o místicos orientales en las orillas del Nilo Pájaros ataviados de luz: Currucas, navíos, toches, goletas, Derroteros, serpentarios, piqueros de patas azules. Los pájaros de esta Terra conocen las violetas de Parma, los tábanos del este, las arborescencias del Mississippi; Mundos posibles en el crepitar de sus alas lluviosas; Pájaros que parecen nubes de yarumo y trigo remontando su vuelo por bosques de arrayanes y dindes balsámicos. Estos, los viandantes de este piélago desnudo los pájaros que soñara la Dulce Aniquirona en su cantir por la memoria del bosque. Pájaros de Schuaima provistos de alas, de luz y madreselvas decidme: ¿Qué es lo que gravita en las otras orillas? IV LOS RÍOS Como un volcán en su canción de fuego como una colina de nieve roja, así vive Schuaima poblada de ríos. Ríos que bajan por los llanos como muchachas desnudas con trenzas de agua en sus bocas. El río más grande de Schuaima se llama Calixto. Llena la luna ve descenderlo dormido por las piedras y las campanuelas del valle. La espuma con su risa blanca lo llama Calixto, Calixto! Gravita el río con sus plumas de agua porque el viento besa su muerte y su ronquido de dromedario. Allí está flotando en un mar de ríos Schuaima innumerables volcanes hablando del agua: Paris en forma de lago, Rogitama un riachuelo de peces, Calixto y sus rostros de plata vaciando sus ojos en ánforas de pescadores. Como un espejo con cara de hombre como un pensador de Rodin sobre el charco yace Schuaima poblada de ríos. Allí van los hombres moribundos a dejar sus recuerdos y sus rostros. Éste es el arca del olvido el río en donde la memoria desciende por entre colinas de sueños y el hombre se va quedando dormido mientras el agua le baja los párpados. V LA MÚSICA La música es un Cahfíe gigante inventado por Dios para hablar con los hombres. El lenguaje de Dios es la música y la de esta Terra, la lluvia. La lluvia es un Palo de Agua: -Violonchelos oceánicos, clarinetes lluviosos saxofones marinos- y al través de ella se esparcen las palabras por un auditorio de arrendajos y tijeretas. En Schuaima no hay orquestaciones pero cuando llueve, cuando caen xilófonos del cielo el agua canta un blues sobre las piedras y despiertan las orquestas del campo. Música de las orillas; El viento danza con el diluvio polkas para la pesca, vibran las campanuelas del árbol al ritmo de los allegros y las arañas arpegian una guitarra de hilos en las orillas del bosque. Esta es la batuta del río, el soprano de los cahfíes, la romanza de los pericos, el cantabile del campo después de la lluvia. En ocasiones las orquestas del hombre hablan con castañuelas, con kitharas o violines pero la gente se ha vuelto sorda. E Schuaima la música no se toca, la música camina sola -como un niño en busca de rayuela- y se levanta como el oboe, gira como el contrabajo, salta como la flauta. Músicos del campo, sabios músicos del camino tocad para mí, otra sinfonía. VI LOS POBLADORES Los árboles en Schuaima son hombres petrificados que han adoptado el lenguaje de viejas torres de trigo. Hombres que antes de madera fueron barro antes de ceniza fuego y llameaban en la noche como una caracola de trigo o una estrella de ramajes y arboladuras. En mi memoria de extranjero persiste su posición de Hidalgos sus rostros de guerreros besados por el sol; Su postura de arqueros sobre un rocinante de musgos y de piedras. Árboles de Schuaima hombres leñosos que madrugan con su canto de corneja y se vierten por la llanura para desperdigar su sombra o su quejido. Quijotes de talles gráciles en donde Dulcinea teje una telaraña de invocaciones mientras el obeso de Sancho sueña con Barataria en la curva olorosa del yarumo o del algarrobo. Estos; los árboles de Schuaima hombres que han preferido vestirse de lluvia; columnas de hojas secas en las riberas del bosque y del sueño. VII LAS POBLADORAS Blancas manzanas revestidas con los ropajes de las cuatro estaciones; mariposas de fuego que llamean en la oscuridad como bellas colmenas rebosantes de luz y giros vertiginosos; son las mujeres de Schuaima. Sus tobillos y pies -suspendidos en el néctar de las coronas- sobrenadan con la música liviana de los ríos o el rojo inescrutable de las estrellas negras. Jamás en mis ojos habían aromado tantas flores juntas tantas esencias gravitando en el aire de las cosas. Las mujeres de Schuaima bajo un azul misterioso en donde no caben las dudas ni las iniquidades de otros colores. He visto cientos de mujeres -diminutas en tamaño como un grano de mostaza- asemejar el infinito y construir con sus danzas incorpóreas la eternidad y el traslado a las edades más seniles. Como el llamado de las novas y otras luminarias ante el aleteo suplicante de algunos extranjeros las pobladoras de Schuaima levantan sus manos con regocijo cantando sus himnos y sus viejos idiomas al borde de las anegadas orillas. Bienvenidos forasteros a este ancho río de la muerte esta es la Isla de Aniquirona, aquí atesoran las despedidas de los hombres a la guerra, las batallas de la ciencia los ascensos a la luz y la revolución de los cuatro pensamientos. Las mujeres de Schuaima nos dan la bienvenida. En sus velos transparentes alcanzamos a contemplar la desnudez de su sabiduría y lo pequeña que es la tierra Frente a la magnitud inconmensurable de otros universos. VIII LA MUERTE A Laurent Vigouroux, muerto en Iquítos Perú, abril 24 de 1999. Como situada en un espacio vago y remoto la muerte se va aproximando hasta tomarnos del brazo. Uno puede pensar que ella es nuestra sombra o nuestro sueño, quizás una hermana mayor que hace mucho abandonó la casa pero que de soslayo sorprende con su presencia de ola o su llanto de niña prodiga. En la ebriedad de la noche la muerte con su canto de corneja, con sus halos de oro arrojados al fuego, nos despierta del sueño o del letargo nos lanza hacia la calma definitiva de lo oscuro. Entonces comprendemos que siempre ha estado cerca que su presencia era como el rumor de un río bordeando la orilla de nuestra desembocadura más próxima. Pero a la hora del abismo A la hora del concierto fatídico -cuando el ave Fanza canta su réquiem en el traspatio o suenan antiguas campanas- la muerte nos es tan peculiar tan conocida que la sombra impenetrable súbita se transforma en estallidos de fuego y la noche hórrida en un laberinto de perfumes en donde empiezan a florecer anémonas en el solar distante de la otra orilla. IX EL PAISAJE A Yezid Morales Ramírez El olor de los pinos me seduce -el revolotear de sus fragancias por la Terra- Hay una hendidura en el espejo Y de ella emanan los mundos subterráneos Como un cántico del cosmos por las sombras. El olor de los abetos me levanta; La resina es la música del Cafhíe y de los toches Y no he encontrado otro lenguaje más sutil y generoso Que el que entonan las colmenas En los bordes y en las aristas de la muerte. El olor de los yarumos Me resucita y me reencarna. Una parvada de árboles y hojas Desciende por la tierra Marcando la brújula del tiempo O la cascada estrepitosa del suicidio. ¿Este es el camino del gran viaje? ¿Sabes en dónde estamos? ¿Cómo hacer para llegar a las orillas?. El rumor oloroso de las piedras Marca ese principio. Me dejo llevar por las alturas Por el viento sostenido de la roca Por el canto monocorde de los ceibos. He llegado a Schuaima por medio de sus hojas; Aquí me quedo como un barco plegado de velámenes y olores. Preso de muchas sensaciones, de vinos y maderas Resucito de las viejas recaídas, Víctima del árbol y sus espermas Tejo los hilos de las horas en los bordes del espejo: El olor de la araucaria me ilumina Me prolonga en este viaje por la tierra Por las orillas fantasmales de la muerte Recostado en los anaqueles de la historia. X LA HABITANTE Mujer de los bosques Que corrías como enredadera Por las orillas del río; Muchachita de luz Que extendías tus manos en señal de recibimiento. ¿Quién eres? ¿Dónde estás? No sé con exactitud de ti, Si eres pobladora del árbol Si en ti habitan Todas las danzas necesarias para el viaje Si tu boca desprende algún aroma o algún beso Si sólo manifiestas tu hechizo En el tránsito por esta Terra de sueños. No sé con exactitud de ti No distingo tu rostro, Tu llama que vivifica y enternece. Eres acaso Aniquirona? La habitante de mis rostros? Del valle que me aguarda al final del espejo? Del tren fantasmal que abordé en Schuaima Cuando era un extranjero Bordeado por la transparencia infatigable De tus sombras y tus sueños Tus vinos y tus ríos? XI LAS NUBES Nubes que gravitan por los mares Revestidas de gárgolas y hojas De ráfagas, remolinos y tornados. Como un fuego sordo Su música se enarbola en nuestro río Y toman el aspecto de un tambor de piedras En el agua colora de otros firmamentos. Saboras, oloras, espesas, Salutíferas como La leche de la lluvia, Las nubes de Schuaima serpentean Prendidas de las manos de la brisa; Imitando el cuerpo pisciforme de las aves, Los anchos muslos de las olas, Las crines desafiantes del caballo. Nubes de pináculos y hadas Descienden con sus bucles dorados Asemejando hermosas doncellas En cuyas manos El fuego y la luz se expande Como el incienso y la mirra de otras orillas. Y de allí Del mismo cielo del río Rogitama Se ve ascender y descender Igual al mito de Jacob: Una escalera, una puerta, Una hendidura donde traspasar el viento, Y las nubes majestuosas; Leves, blancas, multiformes, Abren sus compuertas de nodriza fresca Aromando al mundo Con su música líquida, Con su agua densa, Con su sabia de pájaro-pez, océano-cielo. Qué húmeda toda esta apología, Esta fábula de figuras en el cielo, Las nubes de Schuaima: El lenguaje que estriba en otros continentes. XII LA LLUVIA Siempre llueve en Schuaima Siempre ese precipitarse de los cielos a la Tierra. Me abrazo a los chorros monocordes de los ríos Y los cansancios de mi cuerpo se mitigan Por el beso polimorfo de estas lluvias. Siempre llueve en Schuaima Y los follajes de los fresnos -igual que los patos en parvada- Bajan cantando por el ayuntamiento y sus orillas Y los sinsontes se pegan a mi boca Como los hilos luminosos de una estrella. Siempre llueve en Schuaima Y uno aprende a querer esta lluvia estrepitosa Uno se acostumbra a su desnudez de ropas A su delirio de doncella A sus pezones grises, De donde mana una agua inescrutable Que moja y contagia de pureza Hasta los precipicios de la muerte. Siempre llueve Y uno sumerge la cabeza contra el viento Y la lluvia llega como un tumulto de palomas A anidar en nuestras ramas los próximos veranos. Siempre llueve en Schuaima Siempre los espejos y cristales Descendiendo de las noches desarmadas Y un resplandor inamovible Se deposita en nuestros hombros Y una queja luminosa Llamea por los bosques Y unos pájaros de agua Proclaman la grandeza de esta Terra. XIII LOS CETÁCEOS Ha llegado la hora De nombrar y enumerar a los cetáceos. Desde el cabo de Hornos Hasta el valle de los muertos, Pasando por la orilla encanecida de la tierra, Se logra percibir el rastro luminoso de la espuma Los arapendes insondables de las olas Ante un tránsito inigualable de ballenas. El rebaño, Conducido por el propio Leviatán, Gravita cual navío Atragantando todo lo que hierve sobre el agua. No hay pequeño pez que se enfrente A este promontorio de lanzas y de tierra móvil; No hay Ismael ni Quiqueg En todo el cosmos Capaces de surcar las branquias de estos marineros. ¿Para qué atacar a estas portentosas naves cuyo lenguaje se limita al juego de los canaletes que fluctúan en el lomo de su poderosa arquitectura? El rebaño, Desprovisto del cayado del zagal, Se sumerge al unísono de su propio vuelo Pues comenta la leyenda Que su elemento primario no era el mar Y que antes de perder las patas y las alas Surcaban las ballenas las bóvedas del éter. En inmensas manadas De Arenques, de esturiones y tortugas Se pasean las ballenas Siguiendo la estela de fósforo y granizo Que dejan sobre el mar los nantuqueses La ballena de Groenlandia, la marsopa, el cachalote, Disipan con sus vuelos las preguntas: No hay nativos que atesten con su arpón a los cetáceos, No hay cuáqueros que logren cabalgar sobre sus lomos, No hay gavieros que icen sus banderas por el paso del noreste. Sólo las ballenas -infranqueables como la muralla o el cuchillo- se hunden en el océano de Schuaima atestadas y cabalgadas por la sal. XIV LOS ESPEJOS Así como los toches baten sus plumajes Sobre las aguas claro-oscuras del espejo Así me apasionan los cristales, Los diamantes, las piedras y los cuarzos. Con la insistencia con la que el azulejo Estrella sus imanes contra el agua, Así va mi sombra a materializarse en otras sombras, Mi fantasma a imantar otros fantasmas. Me veo en el espejo Como un pequeño barco desfilando por la Óneiros; Hay nuevas cicatrices, otros caminos, Un pasaje remoto que me espera -O que ya desde hace mucho me esperaba- Pero sólo hasta ahora Después del tránsito súbito del rostro He llegado a reconocer como inevitablemente mío. Yo escucho el llamado de la muerte A través de los espejos Me apasionan sus palabras Sus canciones fúlgidas La puerta equidistante de sus noches. Me descubro en el espejo Como una evocación a los espíritus -Acaso mis espíritus- O a la vejez de tanto camino bifurcado: Sé reconocer en este espejo Un viaje por la muerte; En este sueño Un mundo de visiones; Sé reconocer La fisura de los rostros La transparencia del paisaje La hendidura y el hilo de otras superficies. Para llegar y penetrar tantas verdades Para viajar y conocer tantas orillas Basta entregarme a la pasividad de los espejos A la quietud aparente de sus aguas. Así y no de otra manera Me descubro en el espejo Y empiezo a recorrer Los caminos luminosos de sus sombras. XV LOS OLORES A Luis Rafael Gálvez, en L.A. He aprendido en Schuaima El arte de respirar, El arte de oler Los aleteos de la lluvia o de la música, El aroma del mar Cuando duerme sobre el olor a brea de las pequeñas embarcaciones. Sé cuándo la noche Está pintada de estrellas y ovellones, Cuándo la brisa trae canciones Colgadas en las hojas envejecidas de perfumes. Sé leer con mi nariz Un libro virgen, Un poema embalsamado de aceites. Gracias a mi olfato Me saturo de flores y velámenes , Sé a lo que huelen las muchachas; Suerbo con mi nariz rizada por el viento Sus faldas invadidas de geranios Sus cabellos apoltronados de fragancias Oscuras, rubias o castañas. He aprendido en esta Terra Que las cosas se ven mejor con el olfato. No hay ningún recuerdo, ninguna brisa, ningún beso Que logre escapar Al hálito respirado por una nariz enamorada. Sé de qué olores se visten Las hormigas, las piedras, los grillos, Las noches lluviosas y lejanas. He aprendido a capturar El aroma de las cosas “inanimadas” Los maderos, las esferas, las semillas, Las ventanas de las enamoradas El viento cuando no trae otro perfume que el silencio. He aprendido en Schuaima El arte de respirar, El arte de embriagarse con el cosmos, Con la danza púrpura de las flores, El arte de distinguir sin más presagios Que el espíritu y el cuerpo Convergen donde empiezan las fragancias Y que el corazón queda muy cerca de la nariz. XVI EL LENGUAJE Para retornar al principio de las cosas Dejo que me invadan los sonidos: La música de la noche, Sus ánforas de luces, Sus arpegios gigantes Orquestados por las sombras. Es bueno dejarse habitar por lo absoluto Ser como una cabellera de antorchas Llameando en el suicidio de la calma, Ser como un hilo de sombra Herido por la luz de un canto O el sonido de un pájaro lumínico y profano. Al evocar el sonido de esta Terra El campo abierto Conduce a la polifonía del bosque. Allí el lenguaje es instintivo Pre-idiomático Y el silencio se hace necesario Para comprender la inarmonía de las voces. Hay que retornar al principio del lenguaje -Al estadio mudo- Para poder conversar con las alturas, Con las bellotas, con el viento en su estado de pureza, Con el cosmos en su armonía milenaria. Silencio tamtamistas y tamborileros Sólo el silencio, Tiene el rostro único de todas las músicas Sólo la voz de las piedras, El salmo de la lluvia Logra percibir Ese albatros invisible que es la brisa; Albatros Que espera sabiamente al silencio Para anidar en la oreja De los hombres redimidos. XVII EL MAR Yo del mar de Schuaima De sus alas subcelestes De su música salada; Yo del piélago deseoso de su cuerpo De su súbito de río. Yo entregado por siempre y para siempre al mar, Mar de viento, de tierra, de agua, de fuego Una sola cosa En cualquier constelación o estado. Yo del mar de Schuaima Desde antes de su origen Piedra tallada de arabescos Caballera de hilos subterráneos. Yo del mar Hijo de su viento; Un vaivén errante entre las piedras, Hijo de sus aguas; Un molusco, una anguila, Un diminuto hombre En su realidad fúlgida e infinita. Yo del mar aguamarina Invoco mis redes oceánicas Para capturar el tiempo de las cosas, El tiempo en que todo fluye Como sirena milenaria Rejuvenecida por la sal. Yo del mar De sus espejos ondulantes, De su barco ebrio. Yo del mar de Schuaima Porque así lo necesito. XVIII EL EXTRANJERO Estoy muerto Cálidamente muerto, Muerto hasta la médula de mis huesos y mis odres. Ningún poro de mi cuerpo besa el aire Y sé que esta noche Celebraré mi propio entierro En el lenguaje semítico Del inconsútil y profundo río. Estoy muerto, De hecho muchas veces lo he soñado La muerte no es algo De lo que haya que preocuparse Y por eso gozo a mi antojo El pasado somnoliento de mis carnes y mis velas. La que me vio nacer Me verá morir ahora; La muerte es arcilla Que el hombre labra Desde el hilo de la vida Y yo la he labrado Por la orilla inescrutable de los sueños. Estoy muerto Y me festejo de ello; Sé que la muerte es un océano de fuego En el mutable piélago del cosmos. Un velero refulgente Sujeto al ritmo inquebrantable de las olas. En la hora mágica del viaje Mis esloras y banderas se levantan como un barco; | ||