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- Aurora de la muerte
- (Salvia
divinorum)
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- Fue fumar y esfumarte
de tu mundo y de ti
hacia tu mundo oscuro.
Fue tan sólo un momento
que no tuvo principio y que no acabará.
Fue conforme el arder, ser un humo fragante,
una lumbre tan sólo
con las hojas resecas de la salvia quemada.
Fue de plata y tiniebla la funeral aurora,
fue encontrar un camino
en el fondo más cruel del pozo ciego,
fue fundar residencia
en el mismo reverso de la incrédula carne,
contemplar la semilla del terror
germinada en corola de una flor sin raíces.
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- Fue morir y vivirlo,
fue partir y quedarse,
fue brillar un segundo
de la muerte en el negro filamento,
apagado de luz misericorde.
- © Vicente
Gallego
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Rogatorio
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- Por la esfera y la cruz
de perfección divinas,
por la idea de un alma
que nos salve en la muerte,
por el alma sin vida del que sufre
el silencio de Dios ante la saña
incomprensible y fría de sus dioses,
por esta soledad
planetaria y devota del amor,
por la arcana razón del sinsentido,
por el sueño de aquél
que en su vuelo encontró
el ciego pedernal de la vigilia;
porque no lo sabré, porque no me sabrá,
por lo que sí sabemos:
por la oscura ceniza
de la rosa de luz que pudo ser,
por el será y el fue
que son el nunca,
por el instante eterno de sentir
esta amarga piedad que es la alegría.
©
Vicente Gallego
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- Septiembre, 2
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- Es ahora la vida
- esta extraña y frecuente
sensación
- de sopor y distancia,
- y es también una luz que vela el
mundo:
- salir del caserón tras la comida,
- recorrer bajo el sol la carretera
- con los ojos ardientes de un
verano
- y sentarme en la roca frente al
mar.
- Abandonarme entonces
- al sonido sin pausa de la tierra
- mientras me vence el sueño algún
instante
- y me moja las sienes con su agua
bendita.
- Descubrir con asombro renovado
- al pescador que vuelve cada
tarde,
- como vuelven las olas,
- como vendrá la brisa con la
noche.
- Y esperar otra vez sobre la roca,
- abrumado en el centro de la vida,
- a que la sombra inunde
- lentamente mi sombra.
- © Vicente
Gallego
- De: La luz,
de otra manera, 1988.
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- Septiembre, 27
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- He releído hoy la historia
antigua
- que tú me regalaste, las batallas
- entre griegos y persas, las
conquistas
- innumerables de Alejandro,
- el fuego y la pasión que ahora
parecen
- un absurdo derroche
- que no acierto a entender. Quizá,
los tiempos...
- el curso de esta tarde tan
alejada y lenta,
- sin afanes y solo,
- esta tarde tranquila en la que
amar
- lo gris, lo no tan brusco ni
glorioso:
- perderme en mi interior sin
ambiciones,
- asumir la penumbra y deslizarme.
- Reflexiono en mi cuarto
- mientras llueve, parece
innecesaria
- cualquier exaltación.
- Las cosas, lo que exigen.
- Me ejercito
- en la absoluta calma,
- escucho los sonidos que producen
- la cisterna, el desagüe, la
anticuada
- fontanería de esta casa,
- y examino los dedos de mis pies.
- Es sólo el tiempo lento, el
oleaje
- que me eleva despacio hacia mí
mismo,
- un dejarse arrastrar por la
marea.
- Existir: todo y nada,
- este instante tan mío que ahora
habito.
- © Vicente
Gallego
- De: La luz,
de otra manera, 1988.
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- Una tarde cualquiera
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- No hay grandeza en la tarde, ni
en el ocio
- que la tarde me entrega y que he
gastado
- en buscar algo grande en el
entorno
- que ahora envuelve mi tiempo. Y
después de la música,
- y de mucho tabaco, y de dar
muchas vueltas
- por mi vieja memoria y por la
casa,
- he encontrado en un libro algunas
fotos
- de una tarde tranquila como ésta
- en las que estoy fumando en la
terraza.
- Y al mirar esas fotos todavía
recientes
- de un momento trivial como este
mismo,
- una extraña emoción adorna los
objetos
- que desde allí me observan, y que
voy comparando
- con lo que son ahora: las macetas
- han cambiado de sitio, ya se han
muerto las flores
- que crecían entonces, y entre
otros detalles
- sin ninguna importancia que mi
mano mudó
- al correr de los días, descubro
ahora que es la mano
- que sostiene el cigarro y parece
la misma
- lo que más ha cambiado, pues
pertenece a un hombre
- que soñaba un futuro diferente
- para el que hoy lo mira, y se
sonríe,
- y alimenta otros sueños, y
comprende
- que también pasarán los de este
día,
- y aún contempla la tarde que se
escapa,
- y en ella al fin percibe, durante
un solo instante,
- esa extraña grandeza
- que al pasar pone el tiempo en
las cosas pequeñas.
- ©
Vicente Gallego
- De La
plata de los días, 1966.
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- Una historia vulgar
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- Qué extraño es de repente todo
esto
- cuando te pasa a ti: que se
arruine la carne,
- que el entusiasmo falle, esos dos
baluartes
- que jamás se rindieron, ni
siquiera
- cuando todo tembló en algún
momento.
- La realidad te alcanza, y el
mundo te parece
- un chicle masticado que molesta
- retener en la boca sin sabor. Vas
llegando
- donde jamás pensaste que
llegaras,
- porque no piensa el joven
seriamente
- —y ése ha sido el regalo más
grande de la vida—
- que su destino sea el deterioro.
- Es vulgar esta historia como
aquellas
- que leías distante en los versos
ajenos:
- otro hombre comprende que ha
gastado
- para siempre la parte más hermosa
- y también la más breve de su
tiempo.
- Es vulgar esta historia,
- y al mundo no le importa.
- Lo que tiene de nuevo es que por
fin
- ese hombre eres tú.
- © Vicente
Gallego
- De La plata
de los días, 1966.
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- La perspectiva miente
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- Esta tarde me aburro
- como un guardagujas
- en una vía muerta, y el verano
parece
- el inútil sofoco de una dama
anticuada.
- Por buscarle a este tiempo alguna
luz
- he pensado en los días de otro
agosto
- que en la memoria brillan como un
faro:
- ese agosto en que un niño fue
feliz.
- O lo imagina al menos este hombre
- que es ahora aquel niño,
- porque ha comprendido que esa luz
- no le llega de entonces, y que es
el recuerdo
- quien la pone en escena cuando
los años pasan.
- Mi memoria se esfuerza
- por volver a aquel tiempo y serle
fiel,
- y esa misma película, que hace
sólo un segundo
- rebosaba de brillo y de color,
- ahora pasa en mi mente con la
escasa
- y temblorosa luz con la que fue
rodada:
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- En un pueblo pequeño, bajo el
cielo
- inexplicable y alto de los viejos
veranos,
- unos niños se aburren: ese mundo,
- con horarios de vuelta y
prohibiciones,
- les parece pequeño. Para matar
las horas
- se esconden de sus padres, fuman,
dicen
- que fumar a escondidas ya les
cansa,
- que están hartos del pueblo, de
sus padres,
- de esperar que la vida, la
verdadera vida,
- comience.
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- Sí, en aquellas escenas
- todo fue en blanco y negro, y es
ahora el recuerdo
- —experto en adornar viejas
películas—
- el que al darles color y darles
brillo
- me devuelve tan bellas sus
imágenes.
- La experiencia me enseña que
estas tardes de tedio,
- cuando olvide sus sombras
- atrapado en las sombras de otras
tardes
- todavía más negras, quedarán
registradas
- como un tiempo de luz en mi
recuerdo,
- y sabrán consolarme en las horas
oscuras.
- Debe haber cierta luz en las
tardes de ahora,
- la experiencia lo enseña.
- Lo que no nos enseña la maldita
experiencia
- es en dónde se esconde, de qué
modo gozarla en el presente,
- ni por qué cruel torpeza
cualquier tiempo que luego
- brillará como un sol en la
memoria
- tenemos que vivirlo a la luz de
una vela.
- © Vicente
Gallego
- De La plata
de los días, 1966.
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- El olivo
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- En su hábito oscuro, con los
brazos abiertos,
- como un monje que al cielo le
dirige
- su plegaria obstinada por la vida
del alma,
- el olivo difunto permanece de pie
- mientras la tarde dobla sus
rodillas.
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- Enhebrado en la luz que se
adelgaza,
- su severo perfil
- cose el cielo a la tierra,
- vertebra el espinazo de la tarde.
- Y un saber de lo nuestro
- en su reserva humilde
sospechamos.
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- Encallecida mano codiciosa
- cuyos dedos se tuercen
arrancándole al aire
- un pellizco de vuelo,
- algo extraño nos hurta el viejo
olivo:
- un secreto inminente, temperatura
extrema
- de un decirse que clama en su
lenguaje mudo.
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- Y el hombre le dirige su
pregunta.
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- Con su carga de hormigas y de
soles,
- con el misterio a cuestas
- que buscamos cifrar en su oficio
sencillo,
- este tronco orgulloso es sólo
eso:
- sugestión arraigada de las cosas
- que quedarán aquí cuando
partamos,
- contundente respuesta
- que a la luz de la luna nos
aturde el oído
- con su seco zarpazo de silencio.
- ©Vicente
Gallego
- De: Santa
deriva, 2002.
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- El sueño verdadero
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- En el cenit del día
- un derrumbe se escucha
silencioso:
- es el ínfimo estruendo
- de la nube que quiebra su lograda
figura
- para ser de sí misma sólo un eco
en lo alto.
- Todo está en su solsticio,
- en su plena apariencia mientras
el sol lo abrasa.
- Y a la herida del hombre su
latido le presta
- el frágil corazón de la que cree
su hora
- en la burla del tiempo.
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- Todo vive muriendo y, sin
embargo,
- qué arraigado saberse cierto y
hondo
- en la misma raíz del desarraigo,
- qué morada a cubierto en la
brusca intemperie,
- qué verdad este sueño
- cristalino de agosto.
- ©Vicente
Gallego
- De: Santa
deriva, 2002.
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- Escuchando la música sacra de
Vivaldi
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- A Carlos Marzal y Felipe Benítez
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- Como agua bendita,
- como santo rocío tras la noche de
fiebre
- lava el alma esta música con su
perdón sincero,
- fluyente arquitectura que en el
aire vertebra
- la ilusión de otra vida
- salvada ya para gozar la gloria
- de un magnánimo dios.
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- De lo terrestre naces,
- del metal y la cuerda, de la
madera noble,
- de la humana garganta
- que estremecida afirma la hora
suya en el mundo;
- y sin embargo vuelas, gratitud
hecha música,
- evanescente espíritu
- que en el viento construyes tu
perdurable reino.
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- Si algún eco de ti sonara en
nuestra muerte...
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- En mitad de la muerte suenas hoy,
- cadencioso milagro, pura ofrenda
de fe
- en honor de ese dios que no
escucha tu ruego
- o que escucha escondido, tras su
silencio oscuro,
- la demanda de luz con que el
hombre lo abruma.
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- Y si no existe un dios,
- ¿quién inspira en tu canto tan
cumplido consuelo,
- extraña melodía de blasfema
belleza
- que a los hombres sugieres su
condición divina,
- para qué sordo oído
- —cuando sea ya el nuestro
desmemoria en el polvo—,
- en mitad de la muerte, orgullosa
plegaria emocionada,
- celebras esa frágil plenitud
- de no sé qué verano o qué
huérfana espuma
- feliz
- de aquella ola
- que en la mañana fuimos?
- ©Vicente
Gallego
- De:Santa
deriva, 2002.
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- Oración pagana
Sopla recio a mi espalda,
viento oscuro y tenaz del desarraigo,
confúndeme los pasos y sitúa mi norte
donde no halle el amparo de esta mansa morada.
Quiero arder en la noche como un fuego sin dueño
mientras la noche dure,
y que el santo egoísmo
de quien busca el placer y renuncia al soborno
con que compra el resguardo voluntades
me atraviese de espinas por pretender la rosa.
Yo le entrego al diablo cuanto tengo por mío,
y que él lo malvenda,
y sólo pido a cambio caminar a su lado.
De la paz pusilánime que en el orden anida
no mendigo limosna: que el desconcierto traiga
su cizaña a la casa que mis manos levanten.
Porque sólo en el roto corazón de lo turbio
he encontrado la luz verdadera del fuego,
que las sombras me lleven,
y yo lleve conmigo, cuando sea la hora,
la clara vecindad de la tiniebla ardida
de mi noche a la noche.
- ©Vicente
Gallego
- De: Santa
deriva, 2002.
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- Fetichismo
Esclava del capricho
de tu extraño demonio,
del ornato requieres en tu entrega desnuda:
seda negra
sobre negros tacones para el descalzo amor.
Pero lo más extraño es que un demonio,
cuyos caprichos cumplo esclavizado,
ante tu negra seda truena y gime,
clavado en el arpón de la lujuria.
El color de la sombra que seremos
nos enciende en la cama y, más extrañas,
nuestras sombras propician la concordia
con que tú y yo robamos
un placer tortuoso a la inocente seda.
Seda negra en tu cuerpo
para abrigar el alma,
y en la margen del río que nos lleva,
el oasis remoto donde el instinto busca
claro cauce en su noche.
Y en la noche cerrada del deseo
mendiga nuestra fiebre su limosna de aurora.
No hay nada que entender en los antojos
de los fieles demonios que en nosotros gobiernan,
tan sólo su obediencia nos reclama
y está bien que así sea,
está bien que el misterio anteceda al misterio
negra
seda negra
sobre tu blanca carne, negra
seda negra
como el oscuro amor, como el oscuro
origen de la luz que en nuestro cielo
brilla sólo un instante y se hace oscura.
- ©Vicente
Gallego
- De: Santa
deriva, 2002.
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