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Antología Segunda
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A esa voz
A esa voz que atravesó un océano
y dejó su semilla entre mis manos muertas. A esa voz valiente que alguna vez consintió entreverarse con la mía en un duelo que devino acercamiento. A esa voz fatigada cuya suave melodía descongeló mi pecho, cuyo plácido aliento fue anudándome a la cadencia redentora de su música. A esa voz sincera que no sembró el camino de rosas y amapolas. Que me enseñó el secreto de las piedras y el latido insondable de los milenarios riscos. A esa voz lánguida que burló la vigilancia de las fuerzas oscuras, que pasó controles y barreras, que se amarró a un pequeño rayo de esperanza y traspasó los candados de la cripta donde yacía mi alma condenada. A esa voz que quiso hacerse verso y destronar para siempre a las tinieblas. A esa voz que con el ala herida voló hasta mis moradas pronunciando versos como caricias, versos tristes, melancólicas y tenues explosiones de un corazón que supo del martirio. A esa voz que incendió las rejas de mi encierro con un suave tañido enamorado derritiendo cadenas, aboliendo decretos, clavándose en mi corazón como un suspiro y haciéndolo habitable con su magia. A esa voz que se prendió en mis días, a esa voz arrebato que me nombra, a esa cuyo recuerdo me conforta en las tardes de gris melancolía. A esa voz se ató esta noche mi destino; de su huella mis pasos peregrinos hicieron una senda ignota y excitante, un reguero de místicos placeres, un misterio que añoro descifrar. A esa voz mi cuerpo se somete esclavo de su dulce resonancia, devoto amante de su aura melodiosa, enamorado apóstol de su risa, heraldo de su tierna persistencia. A esa voz se ató esta noche mi destino. A esa voz hoy mi amor se ha encadenado y en su regazo viven mis anhelos la pasión de la vida y de los siglos. Dentro de cien años Dentro de cien años cuando reine el olvido cuando ya nada importe... persistirá la lluvia sobre el antiguo Alcázar; persistirán el musgo, la piedra humedecida, la caricia del sol sobre los arcos; persistirán las sierras y su olor a esperanza; persistirá la tenue noche mediterránea con su rumor de arenas entregándose amantes a la mar misteriosa; persistirá el susurro del viento entre las ruinas... pero nosotros, dime ¿que será de nosotros cuando sólo el olvido pronuncie nuestros nombres? Podría entrecerrar los ojos y evadirme... Podría abandonarme a la música y el juego, dedicar la mejor de mis sonrisas a la muchacha triste que se agosta en la esquina y en sus lechosos brazos profanados de agujas depositar mis besos y mi llanto. Podría entrecerrar los labios y olvidarme... Podría dejar que me acunase tu mirada, beber el vino triste de tu herida, ceñirme a la rutina de tus noches... Es cierto que podría mirar hacia otro lado, acomodarme al pan y el circo legendarios; podría suscribir una póliza de crédulo para no recelar de las versiones oficiales. Podría simplemente oprimir el telemando y abolir con ese gesto la mueca del farsante, diluir los falaces rostros de la mentira, no sentir sus miradas ni oir las falsedades que sus bocas declaman sin sombra de vergüenza. Pero he elegido el verso como patria, he nacido canción a contramano, grito caricia estepa hormiga hambre prostíbulo coral aullido estanque. Podrán los férreos brazos de la muerte acunar mis palabras en su lecho de silencio perpetuo. Pero tú que me lees, tú que en noches azules me escuchaste mientras el mar gritaba nuestros nombres, tú sabrás que es la entraña de la tierra quien llueve amor y acíbar por mis venas. No me busquéis Cuando, olvidados ya de mí y de mis quimeras, tal vez echéis de menos mis manos en la noche. Cuando, perdidas ya las pistas de mi risa, caminéis por el filo de una voz enemiga. Cuando mueran los trigos. Cuando desaparezca... No me busquéis en casas decoradas por artistas del lujo y el boato. No me busquéis en cálidos despachos ni entre alfombras, cortinas o lámparas antiguas. No me hallaréis tampoco entre las gentes que, despreciando al hombre, conversan vanamente con vacías palabras que nada significan. No estaré con aquellos que filtraron (sin piedad, sin rubores) gota a gota la sangre de los pobres para hacer de cada vena un instrumento de riqueza enterrada en sus bolsillos. Buscadme en el sepelio de una hoja brutalmente arrastrada por el viento. Tal vez en las aceras, entre las multitudes, solo, contemplando el ocaso de un insecto o el cambio de colores de un semáforo. Ahogándome quizás tozudamente en gigantescas fuentes de nostalgia, o prendido de un silbo recorriendo recuerdos. También me encontraréis enredado en la hiedra que crece por los muros del eterno rayo que hirió mi piel y no se apaga. Tal vez esté subido en una estrella o escarbando la tierra malherida o cantando a la luna mis desvelos o arrullando las aguas del arroyo o a la orilla nocturna de ese mar compañero de viajes y esperanzas, de ese mar que me ama. Jugando con las ninfas sobre una flor de loto, en el curso de un río al norte de mi aldea, comentando con un almendro amigo las últimas promesas del otoño o el tono grisverdoso del crepúsculo. Allí me encontraréis sinceramente vuestro si me buscáis en pie, sin veleidades. Quizá malhumorado, alegre, deprimido, confuso, triste, solo, emocionado, feliz, cansado, incierto... pero vivo. Muy lejos del paraíso Muy lejos del paraíso en la cumbre de nada caminaba. En mitad de mi camino, Tú: Pequeña sombra de veinticinco años herida por las brisas del ocaso y las palabras vanas del asfalto cayendo abrasadora sobre mis ojos ciegos con la brutal violencia de un torbellino arcano. Sobre mi frente quebrada en millones de pétalos-luz de ardientes amapolas llovieron despedazados minuto a minuto diez largos años de ausencia diez galaxias encendidas girando vertiginosas ante mis ojos sin vida. Y esa mirada tuya mayor que un universo despertó la aletargada lágrima de fuego, despedazó mis párpados difuntos, miríadas de recuerdos fueron desenterrados y he ahí la presencia irrevocable de otra mirada, lejana, caída bajo las ruedas del carromato del tiempo. ¿Qué no hubiera dado entonces por una sola palabra? Pero hoy tus ojos vencidos por una inmensa languidez tristísima se han mirado en los míos y he sentido una furiosa voz soliviantada chocando contra mis huesos golpeando mis sentidos desbordando los poros de mi cuerpo pero una voz ahogada. Yo me acuso de haber puesto en mis bolsillos treinta monedas de sangre. Tú, sombra, tú, cara oculta de mi vida, ya para siempre en mi retina, tú, en todos los espejos, tú, por las vertientes cóncavas del cielo, tú, con tu mirada yacente de amanecer decapitado preguntando denunciando interrogando por tu vida por tu vida por tu vida. Sombra, tú, volando en autocares atestados en los jardines en las pláticas nocturnas en los suburbios en los árboles dormidos en la calma de los mares y en las fábricas en el canto melodioso de las madres en la lluvia que nutre las cosechas en el fondo imperfecto de las fuentes en los versos que silban los abetos en todos los colegios de la tierra. Tú con tu tierna mirada y yo de pie, sin palabras como un muerto fugaz adivinado por tus ojos de noche solitaria presentido quizá soñado solo que ya nunca sabré... Pero más allá de las conversaciones urbanas urdidas con cenizas de otras bocas; más allá de la frontera de los trenes que siempre parten después de medianoche; más allá del refugio del que huye y el inútil bullicio de las calles; allende las trincheras violadas por el fuego y el grito dolorido de los parias allí donde los gatos ya no lloran y la noche es un punto de partida yacerán enterradas para siempre en el barro treinta monedas turbias treinta cofres de llanto y una sonrisa encinta nacerá de tus labios y un universo virgen nacerá del encuentro. |
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