Antología Primera

 

 

Selección Poética
 
Perdido
en los laberintos de la niebla,
sueño,
y todas las cabezas
se me esfuman
al intentar acariciarlas.
 
Desaparecen, sí,
y todo lo que queda
es el roce insinuado,
el labio arrebatado,
el enorme vacío
tan sólo quebrantado
por esa llama,
por esa llaga,
por ese olvido adivinado,
por el cuchillo ensangrentado
                               de recuerdos
                                   de recuerdos
                                        de recuerdos
                           De El Rostro Prohibido
 
 
 
 
Echaste a andar
                             camino de la nada
y aún esperas
una crisálida de bronce
                                        un apogeo
que sabes no ha de llegar
 
Echaste a andar
(te habían dicho que los hombres no lloran)
                                 a tientas
y alguien te disparó desde las sombras
una ráfaga vertiginosa
                                          de soledad innominable
 
                            De La estrecha senda inexcusable
 
 
 
 
 
Por las obtusas calles de lo cotidiano
caminamos.
Sin nadie a los costados,
con una incomprensible guía en el bolsillo
y una no menos incomprensible fe en nuestro itinerario.
 
Alrededor hay rostros que nos miran con desconfianza,
acaso horrorizados
o interrogantes,
o indignados,
o con fingido espanto santiguándose ,
y en todo caso, ajenos, del otro lado de la vía.
 
Pero en cualquier esquina nos asalta
el rostro cómplice que nos contempla con cierta admiración
y cuya sonrisa nos empuja a seguir dibujando senderos
para los pies descalzos del mañana.
 
Y entonces la nieve en los zapatos ya no resulta tan pesada
ni vacilamos ante los inclementes empujones
o las mezquinas zancadillas que se van alzando a nuestro paso.
 
Aun así, las calles son las mismas que nos vieron
echar a andar en una madrugada yacente en el olvido.
 
Tal vez no hagamos más que dar vueltas en círculo,
erráticos vaivenes en la oscuridad.
 
Y sin embargo, caminamos,
sin nadie a los costados caminamos,
con una obstinación quizá heredada
de aquellos otros que algún lejano día caminaron
forjando sin saberlo caminos útiles,
ciudades habitables y espíritus.
 
                                     De Nómadas
 
 
 
 
 
Te odiarán
si caminas.
 
Por su cojera,
por tu obstinación.
 
Te odiarán
sin saber que los zapatos hacen callos.
 
No te perdonarán.
Cada paso adelante será como un zarpazo,
como un escupitajo, una blasfemia,
lanzados contra sus cómodos divanes.
 
Te odiarán.
Con fingida indiferencia,
sembrarán los senderos de emboscadas.
Tejerán intrincados laberintos
que te guíen a ciudades lejanas y desiertas.
 
Azuzarán en tu contra los canes de la confusión.
Ciegos, querrán extraviarte.
Minarán con palabras maquilladas los matojos,
las piedras, las esquinas, los zaguanes habitables.
Levantarán por doquier edulcorados muros.
Con manos sigilosas, edificarán decorados
de cartón-piedra, neón y terciopelo,
en un desesperado intento de comprarte.
 
Pero sus telemandos carecen de poder en estas calles
porque el camino es tu única bandera.
 
Y así, caminarás,
provocando el odio a tu alrededor,
caminarás,
sin una meta explícita pero con un deseo,
caminarás,
tal vez únicamente en pos del fugitivo espejo,
caminarás
sin saber que el camino no es un medio
                                    sino un fin en sí mismo.
 
                                 De Nómadas
 
 
 
 
 
SANTUARIO
 
Hay un lugar sagrado (el corazón humano)
repleto de demonios y arcángeles y vísperas,
repleto de cadáveres y niñas de ojos negros
que invitan a la vida.
 
Un palpitante santuario carente de sacerdotes.
Un templo misterioso lleno de extraños ritos
que acaso asustarían a los posibles visitantes.
 
Mas aquí no hay turistas ni peregrinos;
es un lugar callado y solitario
cuyas puertas se entreabren muy raramente
a vientos desconocidos.
 
Ocurren entonces fenómenos inexplicables,
como la floración y la música
y el vuelo de gorriones y de alondras y musas.
 
Pero al final de la estación
la puerta termina por cerrarse
con un sordo chasquido
y todo cesa.
 
Excepto la desconcertante salmodia
que va retumbando por todo el ámbito
de la catedral en llamas.
 
                    De El Rostro Prohibido
 
 
 
 
 
Nazco cuando tu vista me recorre.
 
Nada soy
hasta que tu mirada me construye,
hasta que tus ojos me modelan
sin saber si soy amigo o enemigo.
 
Porque aquí en el papel agazapado,
sólo espero el fulgor de una mirada
para clavar mis letras en tus ojos,
para hundirme hasta el fondo en tus entrañas
quebrantando la paz de tus sentidos.
 
¿Acaso esperabas un suave remanso de prados floridos,
una nube blanca con ángeles mansos,
una cristalina música de piano?
 
Quiero saltar, poseerte y habitarte
como habita la flecha el corazón herido.
Es decir, quiero ser tú, compartirte.
 
Garra soy, ala afilada,
el fuego en que has de arder,
el agua en que ahogarte,
el abismo sin fondo en el que hundirte.
 
Subiré por tu sangre envenenándote.
Recorreré tu carne desgarrándola
como felino hambriento y excitado.
 
También ansío acariciarte, mas ¡cuidado!,
que es toda garra siempre peligrosa
aun cuando sea amor lo que la mueve.
 
Esto soy: El poema. A ti me entrego.
En ti me reconozco y me diluyo.
A ti te pertenezco. Por ti existo.
Único, irrepetible, tus ojos me crearon
para ser tu verdugo o el agua de tus mares.
 
                            De El Rostro Prohibido
 
 
 
 
 
Retener un instante las soñadas imágenes.
Apoyar suavemente mi cabeza en tu pecho
y escucharte...
 
Y una vez más tus labios me hablarían
y la lluvia sería un dulce remolino,
un rítmico remanso de belleza.
 
Y en tu voz nacerían mundos que no conozco
y un cielo sin arcángeles malditos
cobijaría nuestro amor encadenado.
 
Y una fuente ambarina saciaría
la eterna sed del alma malherida
que sólo quiere habitar tu pecho.
 
Y en tu mano sin dagas hallaría refugio
mi mano que no ansía sino escribir tu nombre.
 
Y entonces en la sala ya no habría silencio,
sólo gratas palabras y un retazo de un sueño
flotando entre los muros como tenue suspiro.
 
Y en las grises paredes sembrarían tus ojos
un pétalo de luz sobre la luz cansada.
 
Y me hablarías y el tiempo detendría
su inexorable avance de ejército implacable.
 
Y amor ya no sería tan sólo una palabra.
 
Si tan sólo la tarde juntase nuestros cuerpos,
si estuvieras...
 
 
Mas tú no estás y nadie habla
y en las estancias apenas se oye el viento
azotando impasible las persianas.
 
Tú no estás, en mis manos
no descansan tus manos de amapola cautiva.
 
Hoy me acosa la sombra de un recuerdo sin voz
que quisiera comprar mis esperanzas
por un áspero trozo de presente.
 
Es apenas el viento que gime en los cristales,
mientras tú en otros trenes, mientras tú en otras calles,
te deslizas veloz a través de la vida
y yo aquí permanezco
a oscuras y en silencio,
contemplando la noche a través de la lluvia
y añorando en mi cuerpo el peso de tu cuerpo.
 
                                      De Itinerarios hacia ti
 

 
 
HUMILDEMENTE, MAESTRO
 
Reconozco el salitre de sus pulidos versos,
la atlántica firmeza que los parió desnudos
la sangre enamorada que amamantó su fuerza
y el agudo chirriar de los ferrocarriles
que unen patrias y mares y llevan esperanzas.
 
De lucha, amor y fierro crecieron las palabras,
su luz se fue expandiendo por pueblos y senderos,
la paz del caminante fue la explosión secreta
que prestó alas al verso para poblar las sierras
donde los campesinos vieron crecer la vida,
donde se hizo mujer la fértil resistencia.
 
Hoy esa voz nacida de la roca
callada está, su grave resonancia
dejó paso a su indómito recuerdo.
 
La cordillera estremecida de su verbo
se hizo tuétano en las almas de los pobres.
Hoy, nosotros, lo que queda del pueblo malherido,
hemos querido entonar un canto hacia la aurora,
y en su memoria esparcirlo por el viento
como una ofrenda matinal que verifique
su presencia vital desde la tierra
que le cobija. Gracias.
                                   Gracias don Pablo
por enseñarnos el hierro y los volcanes,
por su recia testuz de militante,
por las navegaciones estelares
por las espigas, los navíos, las quimeras
por la fe y por el clamor de las montañas
que un día se alzarán incontrolables
contra los viles verdugos de la tierra.
 
A Don Pablo Neruda en el 28º aniversario de su fallecimiento.
23/09/2001
                            De La estrecha senda inexcusable
 

 
 
Si termina el amor
el agua es más espesa en los estanques
y un ángel de cristal se muerde el labio;
puede darse un revuelo de gaviotas
mar adentro
y en el pecho la daga de una ausencia infinita
se abre paso cual proa entre las olas
y el consuelo del sueño nunca llega.
Nunca, el sueño nunca, nunca llega.
 
Si termina el amor
nubes negras se apoderan de los cielos
lanzándose a una loca carrera delirante
cuyo único destino es la certeza
de lo perdido, sí, de lo perdido.
 
Si termina el amor se llena el alba
de funestos ladridos sin consuelo
y un ruiseñor cansado se asesina
contra el pétalo fugaz de una amapola.
 
Si termina el amor lloran los parques
y una estrella fenece en cualquier parte,
y repican las fúnebres campanas
un coro de gemidos germinados,
una salva de gritos apagados
que hacia adentro resuenan y resuenan.
 
Si el amor se termina...
 
Los porches que solían cobijarnos,
la estación del ayer que nos prestaba
sus callados andenes de férrea complacencia;
la quietud temerosa de los templos,
el generoso amparo de las calles...
¿A qué otra causa han de servir? Decidme.
 
Y la noche... la noche, la noche protectora
si el amor se termina...
¿de qué sirve la noche si el amor se termina?
 
                            De Despertar en el zaguán
 

 
 
DESPEDIDA
 
No volverán mis manos a tus manos.
No volverán mis ojos a mirarte.
No rozarán mis dedos tus cabellos.
No gozarán mis labios tu epidermis.
 
Son demasiadas las balas disparadas.
Demasiadas las batallas que nos vieron
caer entre lamentos para no levantarnos.
Pocos serán los hombres que hayan de regresar.
 
Contra el sueño incendiado de la tarde,
rostros anónimos en el silencio yacen.
 
No hemos de regresar, que nadie espere
nuestras bocas de pan frente a la plaza
que una tarde lejana contempló la partida.
Nadie sobrevivirá cuando la noche
se nos trague entre metralla y fuego
y agudos alaridos resuenen por el bosque
sin herir los oidos de quien mueve los hilos.
 
Matando sin motivo, moriremos.
Muriendo sin motivo, mataremos.
Nuestras balas harán llorar a sus mujeres.
Te harán llorar a ti, mi amor, sus proyectiles,
mas no olvides jamás que el asesino
no es el soldado triste que dispara
sino aquel que le manda en la distancia
sin que impregne sus manos el olor de la pólvora.
 
Quiéreme si algún día recibes esta carta.
Sólo un minuto acuérdate del sueño compartido,
los alegres encuentros, las tardes, las caricias.
Después recuérdame sin una sola lágrima.
Mi sangre ya te busca desde el subsuelo fértil,
atravesando el cerco desolado de cenizas,
surgiendo renovada sobre la tierra estéril.
 
                   De El Horizonte traicionado
 

 
 
CANTAMOS
 
Cantamos porque la vida lo precisa.
Porque al mágico influjo de la música
las piedras del camino devienen girasoles,
porque al cantar se cauterizan las heridas
y nace entre las manos una espiga
que eleva su estatura hacia el sonido
que fluye interminable, que germina
y se expande como un polen de promesas
por la extensión sin límite del cielo.
 
Cantamos porque el canto es necesario.
Porque en alguna parte, alguien que sufre,
necesita los versos, las notas que tañemos,
los acordes que inventa nuestra lira.
 
(Pésimo conversador es el silencio,
hay que romper su círculo encantado
y lanzar hacia el viento las palabras
como un cauce perpetuo que no tiembla
ante el rugido atronador de sus sicarios)
 
Cantamos nuestra dicha y nuestra pena,
el pan que nuestras bocas alimenta
y el vino que nos roba la consciencia.
 
El canto es una lucha que no ceja,
una herramienta contra las cadenas,
un estandarte imprescindible, una luz plena
que no apagan las noches de derrota
ni el severo fluir de lágrimas doradas.
 
Mi canto es una bandera de horizontes,
una hoguera de manos enlazadas,
un coro de palomas que despiertan.
 
                            De Despertar en el zaguán
 

 
 
MANIFIESTO
 
Porque hay pueblos dormidos más allá de la tierra.
Porque hay hormigas diminutas
y por diminutas, nunca homenajeadas.
Porque hay hombres que mueren sin más motivo
que el color de su piel o su camisa,
o quizá dando un paseo por alguna estación de tren abandonada.
Porque el amor se va desvaneciendo blandamente
como el humo, ya prófugo, del menguante cigarrillo.
 
Porque en algún lugar hay manos estrechables,
labios para el beso, brazos para la amistad.
Porque es dura la vida pero es el único sendero.
 
Y también
porque hay briznas de hierba que acarician los ojos
y pájaros que derraman sus trinos en mi oído
y en el camino, piedrecillas que acompañan
y gotas de rocío que hacen nido en la roca
y flores que sonríen al brillo de la aurora.
 
Por todo eso es necesario cantar.
 
Para abolir las prisiones y las lágrimas.
Para salvaguardar la vida de la ardilla
y el resplandor dorado de las aguas que fluyen.
Para poner de manifiesto la esperanza.
 
Hagamos, pues, de las palabras, equipaje,
partamos al futuro con la frente extendida,
salgamos definitivamente del asfalto
y construyamos.
 
                            De La estrecha senda inexcusable
 

 
 
Dos sanguinarias guerras hay en marcha.
La más antigua enfrenta
al hombre contra el hombre
desde el alba difusa de los tiempos.
 
Pero hay otro combate más terrible,
más irreal, más lento, más certero:
Es la lucha irracional del hombre
contra la tierra que le dio la savia
para formar ciudades hasta el cielo.
 
Yo vengo a hablar por boca del herido,
del que sufre el horror, del mutilado,
de la mujer que espera, del soldado,
del suelo amenazado de exterminio.
 
Yo invoco la pasión y las palabras
para hablar de los golpes recibidos,
para nombrar los nombres olvidados.
 
Quiero ser del caballo la herradura,
del águila las garras carniceras.
Quiero tener los hilos de la araña
y el salto repentino del animal salvaje
y la tenacidad inamovible
de la pequeña hormiga.
 
Quiero tener la fuerza del torrente
y la elevada altura de los riscos
y el poder permanente de la lluvia.
 
Quiero tener las olas oceánicas,
la furia del volcán y la lava candente.
 
Quiero estar en la sangre de los pobres,
en la resina espesa de los pinos
y en la herida mortal del combatiente.
 
Quiero ser trigo, tigre, peregrino
en sendas donde no haya bombardeos;
ser eucalipto, menta, ardilla, grajo,
luciérnaga fugaz, caballo, avena,
hoja perenne, oliva, jornalero,
aroma, niña, tallo, crisantemo,
amapola radiante, gorrioncito,
y nunca, nunca, nunca
                        ennegrecido cráter.
 
                   De El Horizonte traicionado
 

 
 
¡Que alargada es la sombra de tu ausencia!
 
Andar el empedrado sin tus pasos
resonando a la vera de los míos
es un camino inútil que no lleva
a parte alguna
                         un giro en infinito
cuyo único destino es el vacío.
 
Contemplar las estrellas sin tus ojos
supone abandonarse a la ceguera,
ceder al cautiverio de los cuartos menguantes.
 
Se suceden, inútiles, las horas.
Hay ecos en el aire, escuálidos reflejos
de la voz que alguna tarde me condujo
al borde de algún mar insospechable.
 
Se desangra la noche interminable
buscando entre las sábanas tus manos
que otras noches habitaron de caricias
los contornos cansados de mi cuerpo.
 
Porque aun llevo tus dientes clavados en mi alma,
porque fui poseido sin billete de vuelta,
porque desnuda de congojas me miraste...
¡Que alargada resulta en esta noche infinita
la sombra de tu ausencia que me quema!
 
                            De Mariela
 

 
 
Hay una muchedumbre de astros negros celestes
allende las fronteras que idearon los dioses,
allá donde los niños y los ancianos héroes
juegan sin entusiasmo a juegos no inventados
y las blancas alas de los serafines proletarios
dibujan círculos rectangulares en pos de un ángel
que, mudo, sonríe con maldad infinita
contemplando el tragicómico deshojar de margaritas
de las enamoradas vírgenes armadas de compases y pestañas.
 
(¡Ah, no!. No me digáis que el escenario está vacío
y los gusanos ya volaron en busca de otros muertos)
 
Raudos trenes expresos transportan inexpresivos
las tardías sensaciones de los recién nacidos
condenados a viajar perpetuamente en el vagón de cola
o en abrasantes utilitarios desparramados
por las derretidas venas de una vasta metrópoli
mientras se desploman aviones de un cielo tormentoso
entre humo terror y sangre y llamas.
 
¡Todo es noche incendiada!
¡Todo es infierno y caos!
¡Todo es un sanguinario pico destronando
las absurdas esperanzas de los cielos!
 
Quisiera contar que entre soles y estrellas
una niña fugaz sonríe tristemente.
                                   Quisiera
convencerme de la inocencia de las flores,
del vago resplandor de los espejos
que largamente reflejan la nada que nos cubre.
Quisiera decir sencillamente "hasta mañana"
y amanecer sin un rasguño al otro lado,
mas la noche, burlona, jugó sus cartas marcadas
y su canción anuncia que nunca volveremos.
 
Despertar es la temible venganza de las nubes.
 
                            De Destierro
 

 
 
NO ME BUSQUÉIS
 
Cuando, olvidados ya de mí y de mis quimeras,
tal vez echéis de menos mis manos en la noche.
Cuando, perdidas ya las pistas de mi risa,
caminéis por el filo de una voz enemiga.
Cuando mueran los trigos.
Cuando desaparezca...
 
No me busquéis en casas decoradas
por artistas del lujo y el boato.
No me busquéis en cálidos despachos
ni entre alfombras, cortinas o lámparas antiguas.
No me hallaréis tampoco entre las gentes
que, despreciando al hombre, conversan vanamente
con vacías palabras que nada significan.
 
No estaré con aquellos que filtraron
(sin piedad, sin rubores)
gota a gota la sangre de los pobres
para hacer de cada vena un instrumento
de riqueza enterrada en sus bolsillos.
 
Buscadme en el sepelio de una hoja
brutalmente arrastrada por el viento.
Tal vez en las aceras, entre las multitudes,
solo,
contemplando el ocaso de un insecto
o el cambio de colores de un semáforo.
 
Ahogándome quizás tozudamente
en gigantescas fuentes de nostalgia,
o prendido de un silbo
recorriendo recuerdos.
 
También me encontraréis enredado en la hiedra
que crece por los muros del eterno
rayo que hirió mi piel y no se apaga.
Tal vez esté subido en una estrella
o escarbando la tierra malherida
o cantando a la luna mis desvelos
o arrullando las aguas del arroyo
o a la orilla nocturna de ese mar compañero
de viajes y esperanzas, de ese mar que me ama.
 
Jugando con las ninfas sobre una flor de loto,
en el curso de un río al norte de mi aldea,
comentando con un almendro amigo
las últimas promesas del otoño
o el tono grisverdoso del crepúsculo.
 
Allí me encontraréis sinceramente vuestro
si me buscáis en pie, sin veleidades.
 
Quizá malhumorado, alegre, deprimido,
confuso, triste, solo, emocionado,
feliz, cansado, incierto...
pero vivo.
 
                            De El Rostro Prohibido
 

 
 
Regresarás, porque el regreso
es la madera inevitable del árbol del destierro.
 
Regresarás vencido, caminando despacio,
y esos mismos lugares ya no serán los mismos.
 
El parque de tu infancia ya no es el mismo parque,
tiene otro olor el césped, otro color las piedras,
y esos viejos senderos no recuerdan tus pasos
porque otros son los pasos que ahora arañan su arena.
 
¿Dónde estarán aquellos atardeceres tibios?
¿Dónde el contorno ansiado de las adolescentes?
 
Contemplarás el lago, su silencio temible,
pero es otro silencio, no son las mismas aguas
que una vez reflejaron la imagen de tus sueños.
 
Sólo serán los mismos los nombres de las cosas,
los nombres de las calles, los números, los coches,
y tal vez las ausencias.
 
Y así, aun este último reducto será como un rechazo,
como un viento caliente soplando entre los árboles
y calcinando un poco más los restos mortecinos
de tu agotado corazón que lentamente va apagándose
hacia regiones ciegas donde todo es exilio.
 
                            De La estrecha senda inexcusable
 

 
 
SEQUÍA _______________
 
Mientras llueven promesas electorales
y caen gritos contaminados sobre las azules cabezas
de los simpáticos ciudadanos despistados.
 
Mientras perecen los obreros
día a día
en agobiantes fábricas trincheras tumbas aceradas
y desaparecen niños madres maridos
en paises cuyo nombre no hace falta recordar
y nos violan los oídos -por radio y televisión-
con cálidas canciones de amor y hamburguesas,
y en el norte las gentes se acomodan y bailan
al embrujo de licores fabulosos y fuman esquizofrenias
exclamando entusiasmados: ¡Oh, que bonita canción!
 
Mientras te ponen una multa por exceso de agobio
bajo el cielo ensombrecido de aviones y de miedo
al ritmo (¡cómo no!) de la consabida música
que resuena y resuena en todos los receptores.
 
Mientras ciertos individuos vestidos de silencio
rinden culto a la más servil hipocresía
y en rincones oscuros se beben los instintos
haciendo de la tarde un simulacro
y apilando la virtud en votos arrugados.
 
(En el sur sigue el hambre,
en el sur la injusticia,
en el sur el imperio de la muerte)
 
Yo escribo y lloro harto ya y nada consigo,
y tú lloras y escribes y tu llanto es en vano
y tus poemas gritos desbocados van al cesto de papeles
como un incendio que no prende, como un labio cerrado.
 
¡Oh, infinita broma de plástico!
 
Debe ser por eso que a veces el fumador irrecuperable y el borracho nocturno
conversan con el yonqui de la esquina y la ya no tan lozana prostituta
de aquel ayer lejano vertiginosamente asesinado
que ya nadie recuerda que acaso nadie conoció
y elaboran un plan entre incógnitos maullidos y vapores de barrio
porque la noche porque la noche porque la noche
y el espantoso dios que nunca nunca nunca escucha
y la sequía que arrasó los corazones de los hombres.
 
                            De Destierro
 

 
 
Si te vas a marchar, toma mi mano
y empújame al abrazo de la muerte,
que este abismo de silencio no lo quiero,
que este cúmulo de ausencias me envenena
como un atroz licor que no perdona.
 
Si te vas a marchar, ángel vencido,
emigrante de mi cuerpo y de mis versos,
no me dejes el eco de tus risas
ni el rastro de tu piel entre los dedos
ni la instantánea de tu sombra en los zaguanes.
 
Si te vas a marchar, llévate los recuerdos;
borra de mi cuaderno las palabras
que llenaron las tardes de otro otoño.
 
Si te vas a marchar, como un tiro en la sien del horizonte,
para el latir del tiempo y acalla las mareas
de la atlántica orilla que no olvida
todas aquellas noches de música y almíbar.
 
Si me vas a matar, entierra mi cadáver.
No lo dejes pudriéndose en las fauces
del tenebroso olvido y la resaca.
 
Si te vas a marchar, ciega mis ojos:
De nada han de servirme entre las sombras.
 
                            De Destierro
 

 
 
PÁJARO EN UNA TORMENTA
 
Ese día, ese primer día de la naciente primavera
la embriagadora música amaneció sobre los montes.
La risa azul que irradiaba el firmamento
reverdecía las laderas y ensalzaba
los contrastes verdirojos de los prados.
 
Ese día florecieron los años de destierro
reconstruyendo la antigua cúpula dorada
con columnas de esperanza y miradores
que se abrían sobre el valle de la dicha.
 
Así, ciego, con la daga de tu nombre entre mis labios,
creí haber escapado a las fauces del destino,
pero hoy las sombras cenicientas de twin peaks
nuevamente han descendido sobre mí
y no hay una hondonada sin fisuras
donde poder respirar un minuto de sosiego.
 
¿Qué despiadada venganza de los dioses
me condena al arbitrio de las nubes
inquietantes, plomizas, que me cubren?
 
¿Qué oscuro designio ha desencadenado
el furor del vendaval sobre mis alas rotas?
 
Dondequiera que el atardecer me lleve
la faz del firmamento está cerrada.
 
Un granizo triste azota las esquinas
de esta ciudad vencida, saqueada y moribunda
donde hasta los perros vagabundos se estremecen
cuando sus ojos caen en la oquedad del cielo
tapiado por un muro de silencio perpetuo.
 
No hay luna que brille en esta noche aciaga
y hasta el bosque resuena con un murmullo de amenaza
que confunde la vigilia de los buhos
y acalla las canciones de los árboles
como una divinidad incontestable.
 
Los ángeles blanden un estandarte de inclemencia
y el horror se va extendiendo en los zaguanes
como un torrente negro que va desdibujando
las huellas que dejaron nuestros pasos
en la alfombra de asfalto, en las baldosas
blanquinegras que adornan el recuerdo.
 
Todo es una sombra impenetrable,
todo un trueno aterrador que nunca cesa,
un relámpago atroz que incendia la cordura.
 
Y entre el caos volar, volar toda la noche,
toda la infinita noche atravesar los cielos
sabiendo que las tormentas nunca cesan
y que el amanecer es tan sólo una utopía
urdida con los frágiles cristales
del evasivo espejo que jamás se detiene.
 
                            De Destierro