|
Antología Primera
|
||
|
|
HUMILDEMENTE, MAESTRO Reconozco el salitre de sus pulidos versos, la atlántica firmeza que los parió desnudos la sangre enamorada que amamantó su fuerza y el agudo chirriar de los ferrocarriles que unen patrias y mares y llevan esperanzas. De lucha, amor y fierro crecieron las palabras, su luz se fue expandiendo por pueblos y senderos, la paz del caminante fue la explosión secreta que prestó alas al verso para poblar las sierras donde los campesinos vieron crecer la vida, donde se hizo mujer la fértil resistencia. Hoy esa voz nacida de la roca callada está, su grave resonancia dejó paso a su indómito recuerdo. La cordillera estremecida de su verbo se hizo tuétano en las almas de los pobres. Hoy, nosotros, lo que queda del pueblo malherido, hemos querido entonar un canto hacia la aurora, y en su memoria esparcirlo por el viento como una ofrenda matinal que verifique su presencia vital desde la tierra que le cobija. Gracias. Gracias don Pablo por enseñarnos el hierro y los volcanes, por su recia testuz de militante, por las navegaciones estelares por las espigas, los navíos, las quimeras por la fe y por el clamor de las montañas que un día se alzarán incontrolables contra los viles verdugos de la tierra. A Don Pablo Neruda en el 28º aniversario de su fallecimiento. 23/09/2001 De La estrecha senda inexcusable Si termina el amor el agua es más espesa en los estanques y un ángel de cristal se muerde el labio; puede darse un revuelo de gaviotas mar adentro y en el pecho la daga de una ausencia infinita se abre paso cual proa entre las olas y el consuelo del sueño nunca llega. Nunca, el sueño nunca, nunca llega. Si termina el amor nubes negras se apoderan de los cielos lanzándose a una loca carrera delirante cuyo único destino es la certeza de lo perdido, sí, de lo perdido. Si termina el amor se llena el alba de funestos ladridos sin consuelo y un ruiseñor cansado se asesina contra el pétalo fugaz de una amapola. Si termina el amor lloran los parques y una estrella fenece en cualquier parte, y repican las fúnebres campanas un coro de gemidos germinados, una salva de gritos apagados que hacia adentro resuenan y resuenan. Si el amor se termina... Los porches que solían cobijarnos, la estación del ayer que nos prestaba sus callados andenes de férrea complacencia; la quietud temerosa de los templos, el generoso amparo de las calles... ¿A qué otra causa han de servir? Decidme. Y la noche... la noche, la noche protectora si el amor se termina... ¿de qué sirve la noche si el amor se termina? De Despertar en el zaguán DESPEDIDA No volverán mis manos a tus manos. No volverán mis ojos a mirarte. No rozarán mis dedos tus cabellos. No gozarán mis labios tu epidermis. Son demasiadas las balas disparadas. Demasiadas las batallas que nos vieron caer entre lamentos para no levantarnos. Pocos serán los hombres que hayan de regresar. Contra el sueño incendiado de la tarde, rostros anónimos en el silencio yacen. No hemos de regresar, que nadie espere nuestras bocas de pan frente a la plaza que una tarde lejana contempló la partida. Nadie sobrevivirá cuando la noche se nos trague entre metralla y fuego y agudos alaridos resuenen por el bosque sin herir los oidos de quien mueve los hilos. Matando sin motivo, moriremos. Muriendo sin motivo, mataremos. Nuestras balas harán llorar a sus mujeres. Te harán llorar a ti, mi amor, sus proyectiles, mas no olvides jamás que el asesino no es el soldado triste que dispara sino aquel que le manda en la distancia sin que impregne sus manos el olor de la pólvora. Quiéreme si algún día recibes esta carta. Sólo un minuto acuérdate del sueño compartido, los alegres encuentros, las tardes, las caricias. Después recuérdame sin una sola lágrima. Mi sangre ya te busca desde el subsuelo fértil, atravesando el cerco desolado de cenizas, surgiendo renovada sobre la tierra estéril. De El Horizonte traicionado CANTAMOS Cantamos porque la vida lo precisa. Porque al mágico influjo de la música las piedras del camino devienen girasoles, porque al cantar se cauterizan las heridas y nace entre las manos una espiga que eleva su estatura hacia el sonido que fluye interminable, que germina y se expande como un polen de promesas por la extensión sin límite del cielo. Cantamos porque el canto es necesario. Porque en alguna parte, alguien que sufre, necesita los versos, las notas que tañemos, los acordes que inventa nuestra lira. (Pésimo conversador es el silencio, hay que romper su círculo encantado y lanzar hacia el viento las palabras como un cauce perpetuo que no tiembla ante el rugido atronador de sus sicarios) Cantamos nuestra dicha y nuestra pena, el pan que nuestras bocas alimenta y el vino que nos roba la consciencia. El canto es una lucha que no ceja, una herramienta contra las cadenas, un estandarte imprescindible, una luz plena que no apagan las noches de derrota ni el severo fluir de lágrimas doradas. Mi canto es una bandera de horizontes, una hoguera de manos enlazadas, un coro de palomas que despiertan. De Despertar en el zaguán MANIFIESTO Porque hay pueblos dormidos más allá de la tierra. Porque hay hormigas diminutas y por diminutas, nunca homenajeadas. Porque hay hombres que mueren sin más motivo que el color de su piel o su camisa, o quizá dando un paseo por alguna estación de tren abandonada. Porque el amor se va desvaneciendo blandamente como el humo, ya prófugo, del menguante cigarrillo. Porque en algún lugar hay manos estrechables, labios para el beso, brazos para la amistad. Porque es dura la vida pero es el único sendero. Y también porque hay briznas de hierba que acarician los ojos y pájaros que derraman sus trinos en mi oído y en el camino, piedrecillas que acompañan y gotas de rocío que hacen nido en la roca y flores que sonríen al brillo de la aurora. Por todo eso es necesario cantar. Para abolir las prisiones y las lágrimas. Para salvaguardar la vida de la ardilla y el resplandor dorado de las aguas que fluyen. Para poner de manifiesto la esperanza. Hagamos, pues, de las palabras, equipaje, partamos al futuro con la frente extendida, salgamos definitivamente del asfalto y construyamos. De La estrecha senda inexcusable Dos sanguinarias guerras hay en marcha. La más antigua enfrenta al hombre contra el hombre desde el alba difusa de los tiempos. Pero hay otro combate más terrible, más irreal, más lento, más certero: Es la lucha irracional del hombre contra la tierra que le dio la savia para formar ciudades hasta el cielo. Yo vengo a hablar por boca del herido, del que sufre el horror, del mutilado, de la mujer que espera, del soldado, del suelo amenazado de exterminio. Yo invoco la pasión y las palabras para hablar de los golpes recibidos, para nombrar los nombres olvidados. Quiero ser del caballo la herradura, del águila las garras carniceras. Quiero tener los hilos de la araña y el salto repentino del animal salvaje y la tenacidad inamovible de la pequeña hormiga. Quiero tener la fuerza del torrente y la elevada altura de los riscos y el poder permanente de la lluvia. Quiero tener las olas oceánicas, la furia del volcán y la lava candente. Quiero estar en la sangre de los pobres, en la resina espesa de los pinos y en la herida mortal del combatiente. Quiero ser trigo, tigre, peregrino en sendas donde no haya bombardeos; ser eucalipto, menta, ardilla, grajo, luciérnaga fugaz, caballo, avena, hoja perenne, oliva, jornalero, aroma, niña, tallo, crisantemo, amapola radiante, gorrioncito, y nunca, nunca, nunca ennegrecido cráter. De El Horizonte traicionado ¡Que alargada es la sombra de tu ausencia! Andar el empedrado sin tus pasos resonando a la vera de los míos es un camino inútil que no lleva a parte alguna un giro en infinito cuyo único destino es el vacío. Contemplar las estrellas sin tus ojos supone abandonarse a la ceguera, ceder al cautiverio de los cuartos menguantes. Se suceden, inútiles, las horas. Hay ecos en el aire, escuálidos reflejos de la voz que alguna tarde me condujo al borde de algún mar insospechable. Se desangra la noche interminable buscando entre las sábanas tus manos que otras noches habitaron de caricias los contornos cansados de mi cuerpo. Porque aun llevo tus dientes clavados en mi alma, porque fui poseido sin billete de vuelta, porque desnuda de congojas me miraste... ¡Que alargada resulta en esta noche infinita la sombra de tu ausencia que me quema! De Mariela Hay una muchedumbre de astros negros celestes allende las fronteras que idearon los dioses, allá donde los niños y los ancianos héroes juegan sin entusiasmo a juegos no inventados y las blancas alas de los serafines proletarios dibujan círculos rectangulares en pos de un ángel que, mudo, sonríe con maldad infinita contemplando el tragicómico deshojar de margaritas de las enamoradas vírgenes armadas de compases y pestañas. (¡Ah, no!. No me digáis que el escenario está vacío y los gusanos ya volaron en busca de otros muertos) Raudos trenes expresos transportan inexpresivos las tardías sensaciones de los recién nacidos condenados a viajar perpetuamente en el vagón de cola o en abrasantes utilitarios desparramados por las derretidas venas de una vasta metrópoli mientras se desploman aviones de un cielo tormentoso entre humo terror y sangre y llamas. ¡Todo es noche incendiada! ¡Todo es infierno y caos! ¡Todo es un sanguinario pico destronando las absurdas esperanzas de los cielos! Quisiera contar que entre soles y estrellas una niña fugaz sonríe tristemente. Quisiera convencerme de la inocencia de las flores, del vago resplandor de los espejos que largamente reflejan la nada que nos cubre. Quisiera decir sencillamente "hasta mañana" y amanecer sin un rasguño al otro lado, mas la noche, burlona, jugó sus cartas marcadas y su canción anuncia que nunca volveremos. Despertar es la temible venganza de las nubes. De Destierro NO ME BUSQUÉIS Cuando, olvidados ya de mí y de mis quimeras, tal vez echéis de menos mis manos en la noche. Cuando, perdidas ya las pistas de mi risa, caminéis por el filo de una voz enemiga. Cuando mueran los trigos. Cuando desaparezca... No me busquéis en casas decoradas por artistas del lujo y el boato. No me busquéis en cálidos despachos ni entre alfombras, cortinas o lámparas antiguas. No me hallaréis tampoco entre las gentes que, despreciando al hombre, conversan vanamente con vacías palabras que nada significan. No estaré con aquellos que filtraron (sin piedad, sin rubores) gota a gota la sangre de los pobres para hacer de cada vena un instrumento de riqueza enterrada en sus bolsillos. Buscadme en el sepelio de una hoja brutalmente arrastrada por el viento. Tal vez en las aceras, entre las multitudes, solo, contemplando el ocaso de un insecto o el cambio de colores de un semáforo. Ahogándome quizás tozudamente en gigantescas fuentes de nostalgia, o prendido de un silbo recorriendo recuerdos. También me encontraréis enredado en la hiedra que crece por los muros del eterno rayo que hirió mi piel y no se apaga. Tal vez esté subido en una estrella o escarbando la tierra malherida o cantando a la luna mis desvelos o arrullando las aguas del arroyo o a la orilla nocturna de ese mar compañero de viajes y esperanzas, de ese mar que me ama. Jugando con las ninfas sobre una flor de loto, en el curso de un río al norte de mi aldea, comentando con un almendro amigo las últimas promesas del otoño o el tono grisverdoso del crepúsculo. Allí me encontraréis sinceramente vuestro si me buscáis en pie, sin veleidades. Quizá malhumorado, alegre, deprimido, confuso, triste, solo, emocionado, feliz, cansado, incierto... pero vivo. De El Rostro Prohibido Regresarás, porque el regreso es la madera inevitable del árbol del destierro. Regresarás vencido, caminando despacio, y esos mismos lugares ya no serán los mismos. El parque de tu infancia ya no es el mismo parque, tiene otro olor el césped, otro color las piedras, y esos viejos senderos no recuerdan tus pasos porque otros son los pasos que ahora arañan su arena. ¿Dónde estarán aquellos atardeceres tibios? ¿Dónde el contorno ansiado de las adolescentes? Contemplarás el lago, su silencio temible, pero es otro silencio, no son las mismas aguas que una vez reflejaron la imagen de tus sueños. Sólo serán los mismos los nombres de las cosas, los nombres de las calles, los números, los coches, y tal vez las ausencias. Y así, aun este último reducto será como un rechazo, como un viento caliente soplando entre los árboles y calcinando un poco más los restos mortecinos de tu agotado corazón que lentamente va apagándose | |