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La parada de bus
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Del portal torció a la izquierda,
hacia donde estaba ubicada la parada del bus. Le bastó una ojeada al
cielo para ver que el sol intentaba hacerse visible, pero enseguida lo
raptaron nubes y nieblas escondiéndolo en alguna de sus oscuridades.
Gracias a la decisión municipal de ampliar las líneas de buses ya que el
suyo en concreto se llenaba desde el principio, ahora tomaba uno
directo, el mismo que antes tardaba una hora en llegar a su destino,
mientras paraba en barrios recogiendo a la gente que milagrosamente
conseguía abordarlo. Esto suponía media hora menos aferrado al pringoso
agarradero, y media hora más en los brazos de Morfeo.
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Envuelto de nieblas que lavaban las
legañas de sus aún somnolientos ojos, sin desviar el recorrido, que sus
piernas hacían por reflejo automático, paró en el sitio, como siempre.
Esperó. Al rato, le pareció extraña su soledad, normalmente allí mismo
se apiñaba mucha gente, intentando controlar su lugar en la cola de la
señal de Parada bus. Miró y sólo veía figuras dispersas en aquella
inesperada niebla. La alarma de haberse equivocado de sitio lo asaltó,
buscó el letrero de su bus y no lo encontró, no estaba...
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Volvió a su portal, y rehizo el corto
recorrido, ahora bien seguro y espabilado. Nada, no había parada, de la
noche a la mañana desaparecida. Entonces comprendió el trajín de las
figuras a las que antes no había prestado atención, estaban todas
desorientadas lo mismo que él, buscando la parada. Todas con el mismo
miedo en el vientre, ¡llegarían tarde al trabajo!
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Paró a la primera que tuvo cerca
preguntándole si sabía algo de la dichosa parada:- “si lo supiera no
estaría aquí paseando esta mañana” - fue su malhumorada respuesta, los
nervios y el miedo juegan esas pasadas, es posible que no respondiera de
esos modos habitualmente, pero las reacciones ante los improvistos
suelen ser diversas. Así que preguntó al siguiente:- “No sé que pasa, no
encuentro la parada, y llego tarde al trabajo”- Así que entre los dos
comenzaron a remirar el vacío de lo que siempre estuvo allí. Al rato, a
pocas meten el píe en un agujero del suelo, justo donde se asentaba el
pilar ansiado, y en el mismo suelo pintadas unas letras, que les costó
leer entre la niebla: “Esta parada ha sido trasladada provisionalmente a
la Calle A, nº 19”, perdonen las molestias”
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La habitación 112
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Los dos compartían banco, que no era
un banco al uso, sino algo impreso en sus imaginaciones, sólo pensarlo
bastaba para que los sostuviera mientras esperaban, aunque no recordaban
para qué era aquella espera, ni como habían llegado allí. Ya se sabe que
en las obligadas colas, uno aguanta de pié lo que le echen, pero si
puede, uno busca frenético el asiento que alivie a esos heroicos pies
que soportan tanta carne y osamenta. Y las dos siluetas aún arrastraban
sus costumbres mas recientes.
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En este pasmoso intervalo a la “figura
A” (así la llamaremos) se le disgustaron las pituitarias con el fuerte
perfume de su compañero. Retumbó inmediata la respuesta del otro: _
¡Pues mira que el olor a formol que traes tu, deprime hasta a un
muerto!_.
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-¡Sonamos!- Pensó la “figura A” -¡ Me
tocó el susceptible!, antes de decir nada, ya me entró. ¿Pues que será
si le digo que esa corona de flores que tiene en las manos parece de
funeral?-.
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Al segundo sintió el dolor de las
brujas en la hoguera, nada había cambiado, y sin embargo era combustión
de un invisible fuego. Su dolor, antes de desvanecerse, debió ser tan
agudo, que la “figura B” (ahora sí, le pondremos nombre) estalló del
sitio.
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Cuando la “figura A” se rehizo
aliviado de verse libre de la pira de ira que lo había asimilado vivo,
estaba sólo. Pero le llegaban unos espeluznantes alaridos, como si
rebotaran en algún muro, y su intensidad dependiera del recorrido. Un
agónico y prolongado “No”, precedió al silencio definitivo, que señaló
el adiós de su excompañero. Se sintió como nuevo, de una manera hasta
entonces desconocida, y se adentró gustoso en aquel infinito descanso.
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La enfermera llamó al médico, para
señalarle los cambios en los dos pacientes de la habitación 112. -¿Son
los del accidente?- -Sí doctor, mire...-. –Bueno- dijo este:-Parece que
el de la cama “A” ya descansó, mejor para él, estaba sufriendo
demasiado, y no tenía remedio. Sin embargo, a este pobre de la cama “B”
aún le queda purgatorio. ¡Esta visto, que también para morir hace falta
suerte!
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Amistad en la piel
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El frío encerraba el saludo, de los
pocos pero presurosos viandantes, aquella noche. Ella caminaba despacio,
no por gusto, sino de puro cansancio. Cansancio reciente del trabajo y
también el que la vida, por no cargar con todo, depositaba en cada
criatura. Así que en la apremiada parsimonia de su discrepante caminar,
aliñaba el orden de sus sentidos observando los otros bultos metidos en
lanas, que la adelantaban o cruzaban. Por su celeridad y ligereza, los
jóvenes descollaban sin discusión, también los que como ella, vivían la
fase de valorarlos o vilipendiarlos. El resto eran los que transitaban
inmersos en el tránsito acuciante de responsabilidades y preocupaciones
que impiden darse el capricho de pararse en la abstracción distante.
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Imaginó los pensamientos que recogían
todos los pasos y pisadas. Y si alguno de ellos la incluirían,
especialmente cómo la incluirían, a ella o a sus similares. “Nos resulta
más fácil tirar del drama, y apurando, hasta de la tragedia. Retenemos
más las pátinas de las desgracias, como si el resto, es decir lo bueno a
secas, no tuviera especial atractivo”. Se dijo.
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Le costó menos que nunca alcanzar al
cómico más o menos amordazado, que llevamos todos dentro. Su abrigada
carcajada retando al frío, conectó con el adolescente diálogo que se
acercaba de frente. “... ¿nos lo hacemos en la espalda? ... “me pondré
tu nombre”...” a mi me gusta el mote que te pusimos, grabaré ése. Será
para toda la vida”... “Así, aunque no queramos, siempre seremos amigas,
porque los tatuajes nunca se borran”...
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Ahora sí, que “Ella” sintió todas las
cicatrices de su vida talladas en su piel con una sólo palabra “María”.
Intentó acelerar su paso urgida por llegar a casa. “Tengo que llamarla,
desde que se mudó, no sé nada de María, nos venció la distancia”.
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