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Fugitiva luz de los espejos
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![]() Rene Magritte |
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“Ahora nos conduce un borde pétreo
y el vapor del riachuelo se condensa
aliviando el ardor de las orillas”
Dante Alighieri: Canto XV
PAISAJE BAJO LA LUZ
He despertado infinitas veces
Bajo la luz de medianoche.
Su halo de nueces se entrega sombrío
Por el pestilo de la ventana
Que es por donde entra el paisaje
De los sueños y las sombras.
Este viejo insomnio, converge
Con el anhelo de subir a la luz
Y volar en la transparencia
Más ausculta de los charcos de la oscuridad.
Porque es la oscuridad en la luz
La que ilumina el firmamento.
Ahora lo sé en esta irrealidad
Pétrea de la noche que agita
Mientras callo los ríos de la sangre.
Aunque sin duda, este instante,
Es sólo eso: desgarre del fuego
Interior ante el vuelo premonitorio.
LOS ÁRBOLES
Existen muy poco lugares donde crecen con ímpetu y sin embarazo: las
coníferas. Chalatenango, entre su estampado suelo de piedras posee esa
exquisita vegetación de las zonas frías, propias de la altura. En las
tardes, asalta el visillo de la neblina, como si, mano con mano, los
pinos se cerraran. Una mañana me encontré con el rumor de sus labios,
mojada el alba. La luz era impenetrable; y solo, ante ese ropaje ceñido
a mis pupilas, llegaba una embarcación de trementina desde la profunda
certeza del verde.
VENID, ACOMPAÑADME
Venid, acompañadme en esta paso del tiempo tan efímero. Contra lo
fugitivo, lo turbado y desfalleciente de la luz de los espejos. Venid a
esta otredad de las luciérnagas de presente movedizo. El corazón se
queda perplejo ante el vuelo. La realidad es una ráfaga de espejismos.
Huyendo de la oscuridad, aprisiono la luz de las ventanas y un hilo de
pájaros ―cegados en su aleteo― me pintarrajean su afanosa libertad. A
veces me dan ganas de asirlos. Sin embargo, es tan esencial su fantasía
que seguramente yo mismo me mutilaría.
ALBA IRISADA
No te sorprendas, amor, si en el tránsito de las horas, quiero que
lleguemos al alba, irisados por el viento. Es un privilegio que en el
aluvión, el calandario sea una sábana de tétalos y el ensimismamiento,
mantel de la sangre. En tu cuerpo hay una legión de luz fosforescente:
regazo de hojas hiladas sobre la yerba por donde escalamos el arcoiris
del encantamiento. Así nos forjamos. En las pagodas del corpiño hay una
parva de relámpagos y un cantar de dulce armonía como decía Shakespeare.
“Then, window, let day in”...
SOÑANDO CAMINOS
“Yo voy soñando caminos”, como decía don Antonio Machado, en plena
lluvia. Pero en ese soñar, hay que sortear fuegos diferentes y respiros.
¡Qué más quisiera yo que aprender las lecciones del subconciente! ¡Soñar
y escribir! Sin desesperar que la palabra transparente lo vivido. A
veces tropezamos con nuestras propias heridas y la trepidación del
parpadeo humano: lo inefable. Pero no basta ese callar silencioso del
desgarre humano, estoico y helenístico. Soñar caminos es multiplicarse
en la crisálida del universo: intentar alcanzar los frutos del rocío que
se rompen en trino sobre el follaje. ¡Soñar caminos! Salir de la propia
humanidad. Y, al cabo, que el ojo sirva para desafiar lo que ve: ventana
en el camino para entrar, salir o ascender. Yo voy soñando ser, ese
cielo azul que nadie ve. Y, aunque allí esté, se necesita hacer la luz y
escuchar al pétalo que navega como barcaza.
SIBARITA DEL INVIERNO
La lluvia es como el idioma que la vegetación usa para alumbrarse. Es
decir, para renovar su burbujeante verde. Por eso yo me considero un
sibarita del invierno igual que las palabras hacen su prodigio. Y beben
y sobreviven y cantan. Giro alrededor de este milagro, llamado también
agua: la tierra es un badajo donde la aurora ha puesto infinitas
lágrimas para que crezca la bonanza de las espigas. Sobre los cerros
asciende cada mañana y se desborda, su sangre enfebrecida. Así es, pues,
el espectáculo: ávido orgasmo del cosmos. Plenitud del Universo.
DESMESURA DEL VUELO
Soñar es un poco contraponerse a lo efímero de la vida humana. Mas no
por ello se perderá el juicio y el alma; tal vez el cuerpo que es una
pequeña categoría del mundo. Soñando vi la luz a través del espejo del
sueño que hacía agitar la rítmica resina de los pinos. Soñar con la
capacidad de soñar y meterse en otro túnel de claridad: el caminar
subconciente de la desnuda memoria, las sáabas hablando como el pétalo
que alimenta a la abeja en su desmesura del vuelo. Romper el cascarón
que nos mira es obra del ala que nos alza, que nos arranca de esa grave
situación terrena. Y, así, lo ignoto es cómplice de la “luz que
ilumina”.
AHORA PARTO DE MÍ
Quisiera estar cierto de que ésta es la última vez en que florecen
alelíes en mi pecho. Mi alma y mis pensamientos no quieren libertarse
del follaje y la hojarasca. Huyo de cantar y andar. Ya la garganta es un
viejo sudario de yerbas quemadas. Agucé los sentidos y corrí. Lamento
que en todo florezcan el abismo de la noche en su esplendorosa
oscuridad. Mejor que así sea la alegría: abrazo sombrío de lo soñado
muriendo. Ahora parto de mí: mi sueño que se agolpa en una multitud de
ataúdes. Hace frío; pero siempre hace frío en mi alma. ¡Oh, ríos de la
vida! ¡Ríos lentos, peregrinos como una mañana infestada de neblina.
LUZ QUE VIENE HACIA MÍ
“La luz que viene por el cielo ―dice el poeta Bernárdez―no es la del
alba aunque parece la del laba.” Es la luz, ―pienso desde mí mismo―, que
ilumina el arcano fuego de la vida. Esa búsqueda ―en la sique personal―
de fragor y desasosiegos. Andando por la vida, todos somos pequeños
dioses: desde el alfarero hasta el arúspice. E esto, no es un eufemismo
ni una osadía: claro está que no para todos es alimento la imaginería o
las premoniciones, el aguzar los sentidos para vislumbrar el tránsito o
las mutaciones. Ese pestañeo de luz no es del alba, aunque sea la
prefiguración del día y de muchas conjeturas. Es el espejo que prodiga
la imagen del augurio y de los pájaros en la garganta.
LIRIOS BLANCOS
Tal vez los lirios blancos de los cementerios son esa otra parte clara
de la vida: faceta de la tierra de lo que no muere. Con el invierno se
han acentuado sobre las tumbas. Cada transeunte queda perplejo ante sus
belfos y sus párpados de condensada fuerza expresiva. Yo me pregunto si,
con la parsimonia de sus pupilas, embelesadas y embebidas, la vida
renace o redime con tanta transparencia. Pero claro, ―esto que pienso es
sólo el deslumbre de mi sique: orgasmo del tiempo― Dios sabe el porqué
de este delicado rocío iluminando las sombras de la tierra, encarnando
el milagro de la pureza y el entusiasmo del espíritu.
DISQUISICIÓN METAFÍSICA (1)
El campo rebasa todas mis posibilidades humanas. Estímulo directo,
inmediato. Ahora rasga mis vísceras en virtud de los espectros de la
abstracción. Una luz de espejos se diluye como la esperanza en su
inefable aventura. Nada me aproxima al conocimiento verdadero. Es como
una plantación ceremonial de apariencias esta herida que ata las alas y
rompe el polen inagotable del alba. Nada se hace patente por sí mismo
―aunque lo afirmara Heidegger―: velada es la sangre del pecho, su
“modus” de existencia. A ratos se me caen todos los pensamientos:
anhelos rotos que emergen de la antípoda y rugosa realidad que me
inmunda.
DISQUISICIÓN METAFÍSICA (II)
Pienso con desnuda desazón y desconcierto que no hay libertad aunque
aunque la busquemos con fervoroso ahínco. Así me lo parece este andar
cotidiano donde el corazón va quedando descarnado. Uno está atado a
tanta interrogante, a tanto humano sentimiento. El trajín de la vida
―ese vivir y morir― no es frutero que se sirve a la mesa. La paz del
alma es una montaña que diezma la razón y encanece la esperanza. ¡Ah,
esta vigilia de acumular, en el mejor de los casos, sollozos agitados! A
ratos pienso que todo se me extravía en la hipnótica arena. A ratos,
también, exhalo mi desnudez y, desde el fondo, ―nebulosa y muerta― la
ceniza que sobrellevo se esparce en las centellas del viento.
Casa de la Yedra, diciembre 4 de 1995.
ÁNIMO SALVAJE
Asirte quiero como la ráfaga encarnada del entusiasmo. Mi corazón fue
bautizado con un ánimo salvaje. Amiga que me lleva al manantial de los
corpiños, al movimiento certero del instinto. Amiga que hiere la luz del
alba con su rediviva sangre. Amiga toda. Amiga total de la fecundidad de
las enredaderas. En cada poro nace el parpadeo espejeante y unitario de
la sangre que libera sus campánulas. ¿Sientes, amiga, el aleteo de la
esperanza? No dejemos que mutilen nuestra alegría; mejor inventemos
entre las campanas de la hojarasca, nuestro propio amuleto: el amor
siempre es hermoso cuando hace falta, se inventa y está destinado a una
lluvia alada de meteoritos.
SUEÑO QUE NACE EN LA PALABRA
Mis ojos andan en buscando el follaje: sueño y alegría como la vestidura
inmensa que cubre el mar. Sueño y alegría como dos pájaros que laten en
el pecho y despolvorean el aserrín de los pensamientos. Cada mañana subo
al altar de la esperanza para besarla y sorber el rocío en sus pestañas.
Cierto que esta búsqueda aprieta las sienes; pero yo la celebro porque
es la ilusión que irrumpe con sus manotazos, es la rosa que emerge
bullente del sepulcro a la extensióm total del aire. Eso es este milagro
alado en el pecho. Eso son los helechos de tu cabellera: racimo de
gaviotas que soplan las campanas de la aurora: delirio donde las
almendras de tus ojos parecen dos vitrales con la magnanimidad de los
jazmines.
Casa de la Yedra, diciembre 7 de 1995.
VIAJE TRANSITIVO
El verano tropieza en mi garganta
Y enmudezco: fangosa polvazón
Que obstruye los torrentes del suspiro.
Esta vez he dado traspiés en la compuerta.
Esta vez la edad sesga los pájaros.
Y en este pórtico indeleble, el viaje
Transitivo, adviene, hojeándome la herrumbre
Como una isla en los labios.
Isla que sólo es el capitolio de mi sique
Duplicase en río, en látigo y trueno.
Hay tanto martirio en mi naturaleza:
Crecer y emigrar las espigas del pecho
Convertidas en sed y pálido polvo.
HE GANADO AL HABER VIVIDO
Haber vivido para nacer muriendo,
Acompañando a penas el rumor de los segundos,
Las flechas que sostienen la memoria,
El silencio que atosiga
Los mirtos del dolor como manchas
De pañuelos, como pájaros
Francamente sin vuelo.
Haber nacido para torturar
La vela del estertor primigenio.
Haber nacido en la reclusa memoria
De alucinadas ventanas.
Después de todo, ahogándome,
Muriendo he ganado la corporeidad
Del trino; y al trasmundo de la espiga,
―con temblor puro― he bebido
la luz de la sangre que redime.
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