Pablo Mora

 


Antología poética

 
 
 

 

 
MANIFIESTO
 
Nubes juntas, sueños juntos,
barrio humilde, desnudo, recio, original.
Tiempo viejo, puño pronto. Trago Largo.
 
Año nuevo, mochila nueva, calle nueva.
Sin mentira, sin miedo, sin tardanza,
al abierto, al rompe, a lo mejor.
A lo que venga, como venga, como se pueda.
Sin cortar la luz, sin horario, sin retorno,
sin bajar la guardia, sin bajar la alegría.
En nombre del pan, del pobre y de la cena santa.
 
Quedan la vigilia, el amor, la angustia espiralada;
el héroe, la sangre, la huida;
las preguntas, la seña, la orfandad.
Alta nube, alto desconsuelo, alto sol.
El rito, el brazo, las cantinas, la pena, la salida.
 
Quedan ansias, llanto, luceros, desvarío;
el atajo, la consigna.
Queda el firme clamor hacia la fe.
 
Buscaremos la guarida de la sombra, trepando eternidad.
 
Sabremos del columpio de la rabia, del camino que regresa;
de las edades del grito y la asechanza;
de la vagina, de la pereza, de la prisa;
del hambre, del hombre,
del ladrido imperial,
de los bellacos.
 
Sabremos de las amargas grietas del roble;
de los burdeles del aire, de las esquinas del sueño;
del  apellido del árbol, de las arenas del mal;
de los basurales del pobre, de las entrañas del daño.
 
Sabremos de las distintas caras cristianas;
de los entierros sin hombros; de los suburbios sin santo;
de los jirones de sueldo; de los retazos del agua;
de las gargantas sin voz; de los charcos del dólar;
de los gemidos del plato; de la señal del centavo.
 
Armaremos salones, cajas, calles, plazas;
milagros, camerinos y tarimas;
aceras, faroles y banderas.
Armaremos de acero los cantos.
Hasta de dos en dos armarnos y amarnos hasta el fin.
 
Echaremos las sombras al viento, a la espalda los arroyos,
la barricada a la paz.
 
Volveremos al sitio y al abrazo
Inscribiremos a Dios.
 
Revisaremos listas, nóminas, retratos.
Ajustaremos tragos, brindis, trasnochos, alegrías.
Alistaremos las mesas, las jarras, las cafeteras, los manteles.
Cuidaremos casa, avío, fincas y razones;
sabana, aldea, luna, víveres, albada.
Tornaremos al cimiento, a la ruana, al cuatro, a la vereda.
Contaremos con el voto de los pájaros,
con el aplauso de la tarde,
con el orgasmo del vino.
 
Iremos a la marcha de los árboles.
 
Al murciélago trizas volveremos.
Echaremos el resto, apañaremos el sol.
Daremos nuestra vida por un arma en paz.
 
Cantémosle a la tierra, al bahareque, al oro, al riesgo, al desafío.
Inspeccionemos armas, demonios, insignias, santidades;
andanzas, amenazas, celadas, mensajes, bodegas,
secretos, arsenales químicos, biológicos, nucleares.
 
Desenterremos el mal y sus secuaces.
Reunamos tantos inspectores como sea posible.
Crucemos las fronteras del imperio.
Ingresemos en sus antros, en el fondo de sus cajas negras.
Desarmemos su desvergonzada locura, con la fuerza de la paz.
© Pablo Mora
 
 
 
Puño en alto final
¡Ecua jey!
 
grabemos  el  sueño  entre  los  árboles
desentrañemos   los   secretos   al   asombro
tengamos mucha imaginación para ver la realidad
asumamos  absurdos  enigmas  laberintos y zozobras
perpetuemos  la  gloria  del mundo en un grano de maíz
compartamos  la  luz al mismo tiempo que la noche oscura
encendamos   lámparas en el túnel de la infamia enloquecida
mantengamos   la    espada   en  la trocha que corresponda abrir
empuñemos   las   manceras   del   arado   en  el  lugar apropiado
en    el   momento    apropiado   y   en   la  circunstancia  apropiada
© Pablo Mora
 
 
 
 
EL HOMBRE
 
Proviene de una despeñadura enloquecida. Insinúa una suave sonrisa divinal. Respira la celeste mirada de su sol. Consume la agónica tristeza de las hojas. Interpreta la silenciosa huracandad del tiempo. Cavila debajo de la noche y la tormenta. Desangra en las cinco parcelas de la Tierra. Navega entre borrasca, grito y alborada. Agoniza en la nieve, en el llanto y en el plato. Cabalga con toda la tristumbre de los montes. Transita en tempestades mundanal miseria. Maldice las horrendas torturas del hermano. Consagra la levadura eterna de los panes. Conoce los pasos permanentes de la sombra. Despliega temores, ramalazos y portentos. Se agita en el fuego bravío de la mar. Se afinca en la locura en lucha con su pena. Mendiga la lumbre de la gota en el alambre. Quisiera recuperar el curricán perdido. Tritura las indómitas fieras que lo acosan. Renace de entre la podredumbre de la fosa. Se entrega en las redes de un tiempo submarino. Violenta volcánico la luz de otras estrellas. Arremete contra la infancia alada de las rosas. Se enrumba delirante al acecho de otra aurora. Se astilla ante el antiguo malecón del puerto. Desgarra el alma fulgurante de la flor. Se inclina sobre los fogonazos de sus huesos. Se aferra a las entrañas de su viejo pan. Llovizna sobre la polvareda de sus sueños. Desguaza furente el huracán en alta mar. Desgaja las indomables fauces de la sombra. Se eterniza sepultado en la fragua de la guerra. Se esfuma entre las ventanuras del azul. Nos acusa, nos grita y nos reclama.
© Pablo Mora
 
 
 
 
LIBERTAD
 
 
¿Desfilará en el aire tu tragedia? ¿Hacia qué lado tus canciones fueron? ¿Quién canjeó tu nombre por los cheques? ¿Quién hasta cuándo quiere ser tu dueño? ¿Hasta cuándo tu sombra por los puertos? ¿A qué culpar de robo al sol, al tiempo? ¿Encenderás la patria con tus manos? ¿Qué ojo te persigue, acecha o quiere? ¿Eres ojo de Dios a la intemperie? ¿Eres el hombre liberando a Dios? ¿Eres la sombra antigua del insomnio? ¿Canción para franquear la sombra eterna? ¿La araña hilando muerte para el pueblo o el monstruo contagiado de gangrena? ¿La paz, por ti, la paz sobre la tierra? ¿Qué sangre correrá que no te nombre? ¿De dónde viene tu alma acalorada? ¿Tus altas soledades corredoras? ¿La gracia de tu gracia es resistirte? ¿Tu canto es una lumbre evanescente? ¿Vives desde que existe el universo? ¿Está tu paz de parte de la guerra?  ¿Del presagio, del miedo, del peligro? ¿Del otro lado de la sombra en sueño? ¿En qué alcancía escondes tus graneros? ¿Conoces tú los hombros de esta América? ¿Huyes acaso del clamor del pueblo? ¿Sabes tú de aquel nombre, aquella gesta? ¿Quién sostendrá tu espalda en las arenas? ¿Qué quedará del puerto sin tu sombra? ¿Quiénes te esconden, dinos, quién te engrilla? ¿Quién te corta las alas, quién tu vuelo? ¿De tu alma sólo quedan unas huellas? ¿Tu vida acaso sea un relámpago? ¿Tus placeres el mundo los ignora? ¿Cuándo serán barridos los bribones? ¿Cuándo los traficantes de la guerra? ¿Cuándo la enhiesta sombra de la escoria? ¿Cuándo el horror, la desazón, el miedo? ¿Cuándo el llanto, el dolor, el atropello? ¿Cuándo los duros goznes saltaremos? ¿Cuándo en tu nombre se alzarán los sueños? ¿En qué sueña la lámpara del pobre? ¿En quién el frente donde ruge el fuego? ¿Por qué parece más rabioso el cielo? ¿Cómo dejarte sola en el peligro? ¿Por qué tu paso vacilante, mudo? ¿Por qué este sueño apenas concebido? ¿Cuándo podremos poseer la tierra? ¿Cuánto dolor tu corazón soporta? ¿En qué trinchera escondes tu bravura? ¿Donde es aniquilado el enemigo o donde surge la esperanza ciega? ¿A quién confiarle cielo, patria y sueño? ¿A quién confiar la pena en adelante? ¿Qué quedará después del ventisquero? ¿Cómo amarrar el viento a tu cintura? ¿Cómo pasarse la palabra entera? ¿Cómo aprender el arte de morir? ¿Dónde están las auroras de los árboles? ¿Dónde se hallan tus días parisinos?  ¿Tus sueños, tempestades, horizontes?  ¿Tus enormes caminos en acecho?  ¿El pulso de tus bosques soñolientos? ¿El abrasado borde de tu cuerpo? ¿Hacia dónde cogieron tus clarines? ¿Cuánta la soledad de tu alborada? ¿Dónde están tus caminos recorridos? ¿Qué sembrados añoran tu vigilia?  ¿Por qué no ha vuelto tu canción al río? ¿Por fin entenderemos el enlace? ¿Quién puede precisar a la luciérnaga? ¿De quién será la suerte de las piedras? ¿Nadie podría ahora arrebatarte? ¿Seguirás tú encarnando el viento nuevo? ¿Cambiarás tú la espada por poema? ¿Volverás a los patios de la escuela? ¿Nos iremos pudriendo de impotencia? ¿Llama de Dios, nos caerás del cielo?
¿Inundarás algún día la tierra?
© Pablo Mora
 
 
 
 
INSOMNIO
 
NOSOTRAS Y NOSOTROS,  poetas de un siglo moribundo, náufragos de apabullantes hormigueros de concreto.  Hijos de Bolívar y del Che.  Del sol, del viento y de las lluvias. Hermanos de Violeta, Alí, Víctor, John Lennon y sus guitarras vivas. Camaradas de la rosa, de Aquiles, de Argimiro. A poco de ver nacer el siglo que evocará nuestros nacimientos y barbaridades, al terminar de pintarle de rouge
los labios a la luna.
© Pablo Mora
 
 
 
 
CONSIDERANDO
 
        En frío, imparcialmente, que el hombre es un animal lóbrego, mamífero, que suda, almuerza y se abotona.
 
         Lo cercano de la belleza, hecha  catarata en nuestras montañas.
 
        El enorme embrutecimiento, somnolencia y parálisis en que discurre nuestro pueblo, enloquecido con tanta publicidad ajena y propia.
 
        Que la alegría es el único bien que, repartiéndolo, aumenta siempre.
 
        Que se precisa una gran dosis de insomnio para ocuparnos de las sombras de los sueños, esas tremendas largas sombras legañosas.
 
        Que no ha habido obra maestra que no provenga del insomnio.
       
        Que son las horas de vigilia las que deparan las mayores recompensas a las artes, al universo poético del hombre.
 
        La necesidad del fusil allá en las tierras de Cantaura, Boca de Monte o Tancipay.  Timotes, El Morro, Tabay, Chachopo o Las Piedras.
 
        La necesidad imperiosa de desarrollar la parte femenina del hombre y la parte masculina de la mujer, pudiendo estos procesos ser irreversibles.
 
        Que para descubrir, revelar o reinventar todos los palomares requeridos por la paz, el insomnio es totalmente indispensable, ineludible.
 
        Que el día por desgracia es de los vivos; en tanto que la noche, pletórica, de sabios.
© Pablo Mora
 
 
 
DECRETAMOS
 
 
         Que sólo haya día para el hombre.
 
        Que se acaben las almohadas, las cobijas y que sólo haya ruanas para estar con el relente de las horas y saber qué nos dice cada noche el conticinio, cuando todas las cosas callan.
 
        La diurnidad en las veinticinco horas de los relojes, sean de tierra, cuarzo o sol.
 
        La vigilia permanente hasta que al amanecer, armados de una ardiente paciencia, entremos en espléndidas ciudades.
 
        La visión permanente de la noche para escudriñarle sus secretos y ver en las madrugadas el alumbramiento o desbotonadura de las rosas.
 
       
En una palabra, el insomnio.
 
 
        Insomnio en todo el territorio nacional culto, intelectual o no;  urbano, campesino, rural o burocrático.
 
        Insomnio para la creación de una Compañía Cafetalera o de Frailejones al servicio del insomnio, capaz de cubrir los trasnochos derivantes.
 
        Insomnio para la editorial de la esperanza, para las creaciones que provengan de  las medianoches y de las madrugadas, de mano con la brisa.
 
        Insomnio para la suspensión provisoria de los debates sobre el orgasmo, el divorcio, el adulterio o el aborto.
        Insomnio para la meditación general sobre nuestras cosas, verdades, engaños, dolos y mentiras.
 
        Insomnio para la resurrección de Maiakowski, Baudelaire, el Chino Valera Mora, Ramos Sucre, Zalamea; Otero Silva y Rimbaud. Su resurrección en cada uno de nuestros actos y nuestros orgasmos, creadores o no creadores y procreadores.
 
        Insomnio para el reconocimiento de los hijos del padrastro o del Espíritu Santo en pleno insomnio.
 
        Insomnio para la gente, las flores, las ventanas, los cafetales, azulejos, espejuelos y apamates.
 
        Insomnio para el serenatero, la chícara, las orquídeas y  alambiques.
 
        Insomnio contra el espantoso cáncer diurno que se cuela por las calles ciegas de concreto.
 
        Insomnio para el viento, los torrenciales, las mariposas, los ventisqueros, pastizales y gusanos.
 
        Insomnio para el ciego y sus costumbres.
 
        Insomnio sin meleril, ativán, stelazine, sinogán o fenobarbital especial,  que tanto daño hacen al insomnio. Para que dejen libres las aspas de la vida de una vez por todas.
 
        Insomnio para cada uno de nuestros zancudos, implacables camaradas camuflados en los sueños, para que nos ayuden a despertar las piernas, la arrechera, nuestras ojeras, nuestros ojos
 
Insomnio para los espejos, las arrugas y caderas.
 
Insomnio general, con permiso de los psicólogos y sus hermanos,  los psiquiatras.
 
        Insomnio para los burócratas de manera que justifiquen las mañanas libres, tendidos nada más sobre “lo pendiente” de sus Planes Operativos.
 
        Insomnio para que se acaben las misas matutinas y  cada quien las celebre en su hogar, al mediodía o en la tarde, con su mujer y sus hijos o sus nietos, los gonzalitos, las golondrinas, los turpiales y las paraulatas.
 
        Insomnio para verle las rosas pestañas a la aurora, la que será de ahora en adelante nuestra primera camarada, hasta darle un viraje a tanta sombra, puesta la mano en los arietes.
 
        Insomnio para las enfermeras, de modo que no dejen morir las nuevas criaturas, los poetas que demanda la aurora del dos mil.
 
        Insomnio a partir de la muerteviva de quien sabemos renace cada cien años cuando despierta el pueblo, siendo roja la rosa que recuerde su paso.
 
        Insomnio para los diciembres, electorales o no, los que falten para verle la cara a la esperanza.
 
        Insomnio para dar con el alma del paisaje o con el arma errante de Cantayumare, la que ha de acompañarnos  en la lucha de este tiempo sin nombre todavía.
 
        Insomnio para la paz entre nosotros, nuestros hormigueros, enramadas, bosques, solares, farallones y neblinas.
 
        Insomnio en cada aldea del planeta, la más pobre en esta noche, la que no haya sabido de ningún milagro, la que esté virgen todavía o  en el desierto gima.
 
        Insomnio para que nazcan flores en las plazas y los campos y llevemos a pasear las mariposas a La Romería, La Parada, Mesa de Aura, París, Roma o Buenos Aires.   A Los Chorros, a Los Médanos, a Canaima, Cachamay, La Hacienda o La Llovizna.  A Las Coloradas, El Tequendama, El Chimborazo o Santa Marta.
 
        Insomnio para los impotentes que no saben que el coito mayor se hace con el alma como los ouroboros cuando se desguazan a sí mismos con el alba.
 
Insomnio porque hay mucho que ver y que mirar mientras nazca la paz entre los hombres.
 
Insomnio para irnos con la noche y con la luna a buscar los duendes de la  aldea.
 
        Insomnio de ahora en adelante,  Insomnio desde este ventanal iluminado, desde esta azulada atalaya enrojecida,  para seguirle el paso a las batallas y emprender las que hagan falta todavía.
 
        Insomnio cargado de neblina, siempreviva, amorardiente y también con las aguas del Torbes y del Quinimarí; del Albarregas, Cabriales, Orinoco o Caroní;   Guanda, Plata o Tuira. Unas para espantar al diablo. Otras para enamorar las rosas y las abejas que aparezcan detrás de los caminos.
 
        Insomnio quisqueyano, nicaragüense, andino. Oriental, cubano.  Central, mundial, argentino. Peruano, maracucho o mejicano.  Insomnio para el llano que duerme con la luna.  Insomnio para el infortunio de Caracas que no sabe que tiene un ángel despierto entre su alma.
 
        Insomnio hecho en Venezuela al lado del Caribe.  Pensando en América, la Patria. Para el mundo de hoy de  mañana.  Con la gracia imponente de recias madrugadas.
 
        Insomnio para los puentes colgantes, a riesgo, de nuestros mutuos ríos.
 
        Insomnio hasta el último aliento de la vida.
 
        Insomnio nada más para la noche.
© Pablo Mora
 
 
 
 
JURAMOS
 
         No dar descanso a las pestañas hasta dar con la unidad de nuestro pueblo —nuestros pueblos—  y el espacio verbal intelectual, en el que ha de renacer la Poesía que irá por las calles del dos mil con nuestras firmas y nuestra propia sangre, alegre, entre las venas o corriendo por Cantaura, por Yumare, El Amparo. Guantánamo, Chiapas, Santa Cruz o Valle Grande.
       
Insomnio, apuntala nuestros días, sepulta nuestros odios, enrumba nuestra paz y nuestras armas cargadas de futuro.
 
Definitivamente,
 
        Insomnio, insomnio, insomnio, insomnio, insomnio.
        Luz, luz, luz, fuera de la luz la muerte.
                Tras un amanecer  que al fin alumbre
        un día con la noche esclarecida
        de azul mañana que la fe vislumbra.
 
        Insomnio, insomnio, insomnio hasta la muerte.
        Luz, luz, luz, fuera de la luz la  muerte.
        ¡Insomnio para el hombre de este tiempo!
© Pablo Mora
 
 
 
 
 
PLEGARIA CÓSMICA
 
Más allá del cosmos, de cara al sol y desde oriente; al norte, al este, al sur, al oeste, galaxias, soles, astros, montes, dioses, rogad por nosotros, por el huracán y la gaviota, por las mil cruces siderales, por las luciérnagas sin noche, por el aullido, el grito, el griterío, por las primaveras encendidas, por los ocupados y confusos, por las alas rotas en el itinerario, por los presagios alumbrados, por los justos para que enciendan de nuevo sus milagros, por la piedra, el enigma, el insomne, el insomnio y el asombro, por el plenilunio enamorado de noches que no acaban, durante mil años después del mundo, las latas, los ejércitos batracios.
 
Por la espalda —trozo hambriento y desgreñado—, por el castigo siempre miserable, por la meca, el muro, sus nichos y la cúpula dorada, por el delirio de los sanos ojos, por la lengua pegada al paladar del tacto, por el padre nuestro, el odio nuestro, el mártir nuestro, la horca, el yugo, el verdugo y la palabra huérfana, por el pus latiéndole a la herida, sobre el vientre de la tierra desguazada.
 
Por el escalofrío del que reza a pie, de rodillas, de dorso, de frente, de perfil, inverso, adverso, por los opacos, roñosos, divinos arrepentidos, fatigados guerrilleros, héroes, vueltos, pesados, entregados; por el rastro del abecedario, por la babel y el sinsentido, por el cascabel encigarrado, por la boca, el acero, la alambrada.
 
 
Por el arroyo, arrullo del mutismo, por el malvado, el humilde, el ángel, el humano redimido, por la salamandra, el limpia casas, por el cocodrilo, el ciempiés, la iguana, por el misterio de la alondra ennegrecida, por los que follan, almuerzan, se abotonan, por la sombra insomne de esta noche incierta, por los extáticos, los desnudos, los relámpagos; por el sueldo micro o el sin sueldo, por los olores, los sabores y los panes, por el ladrón enriquecido, empobreciendo, por el desnudo, el suspiro y el empeño, por las veredas del gusano, por el santuario, cotizaciones y valores, por los celulares vertebrados capitales, por los descosidos, los distintos, los vestidos.
 
 
Por los azules excrementos, por los fuegos, por las lenguas, por los dioses, por el remanso estremecido, por el ligero, el inevitable, el insolente, por el indicativo, imperativo, activo, impertinente o desactivo; por el barro, sus flores, sus simientes, por las mutilaciones, los rodeos, las posiciones, por los cumplimientos e incumplimientos, por los canallas, las sospechas, por los bastardos y bribones, por los asquerosos y cobardes.
 
Por los borbotones, los impotentes y reversos, por los inocentes, los helados, los repletos, por los rotos, los usados, los doblados, los desgarrados,  los caídos, encarnados, por la apetencia, la brecha, la vereda, los caminos, por el pan escaso y la avaricia pronta, por la calma, la borrasca o la herejía.
 
Por las tortillas, las especias, los emplastos, por los terremotos, los rosarios, los bordones, por el gemido, el grito, el alarido, por el envuelto, el quieto y el inquieto, por el furor del viento, por el incrédulo, el silbante y el creyente, por el pleito vuestro y nuestro, por la maleza incierta, por el enredo, la resaca, el miedo, por el desaguadero, la desolladura, el pan que sobra, por la cólera, el odio, la inclemencia, por el engaño y el terror y la creencia, por el descubrimiento, encubrimiento, cubrimiento, por la náusea, la quema, las cenizas, por el rayo, el espejo, la muralla.
 
Por el ciego, el apoyo, el fundamento, por el  secreto, la tumba, la palabra, la ventana o la cortina abierta; por el beso, el barro y el planeta, por el envite, el alfarero y el nonato, por los matices y las gasas del silencio, por los pétalos del sol mugiente, por las piernas callejeras salerosas, por las sombras y las luces rotas, por el gargajo, el tártago, el trabajo y el tartajo, por la liebre, por el libre, el blindado y el venado tuerto; por el dado, el perfume y el misterio, por vivir, por morir o estar presentes, por los paréntesis solos moribundos, por las balas, las dudas y las tardes, por los nombres severos de las deudas, por la inclemente soledad del orbe, por la tardanza de quien porta el pan, por el burdel —la cópula perfecta—.
 
Por las flores que brotarán en las calles de Kandahar, por los presagios fulgurantes del hombre emplumado, por las ventanas que se abren más allá de las funestas noches, por todas las historias que la ausencia nos cuenta, por quienes cañonean niños en las calles de Najaf y de Falluja, por los imperios rapaces al acecho contra el hombre, por la humanidad en marcha contra la barbarie.
 
Por el claro misterio de la luz, por el sol de la noche más gozosa, por la amarilla dulzura del oriente, por la tenue caricia de lo incógnito, por la antigua quebrada de la fronda, por la nostalgia vuelta hacia la infancia, por la aurora que se abre en el misterio, por el rayo furente de la vida, por el arroyo que quedó dormido, por la sencillez espiritual de un nido, por el claro sigilo del amor, por la desfachatez del cristofué, por la luz total de nuestras cosas, por la cuajada plenitud del grano.
 
Por los sonrojados, luminosos luceros catatumbos, mirando de reojo, por el viento durmiendo entre los árboles o a la intemperie el niño; por la emoción de quien anhela el mar desde su aldea, por el tiempo desafiando la fiesta de los hombres, por los cuentos y mitos en sombras de alborada, por la fruta y el sabor de sus perfectas mieles, por la dulce soledad del tiempo manso; por el himno triunfal de la alegría, por la lumbre amarilla del camino, por estos girasoles que nos miran, por la vida esa gloria suspendida, por el fulgente camino de la luz, por embriagar de luz la eternidad.
 
Por la nieve que duerme allá en Saluggia, por la nieve que nunca vio mi aldea, por la canción de cuna de la nieve, por la inmensa dulzura de la nieve, por el niño dormido entre la nieve, por el retorno eterno de la nieve; por la muerte sin tregua construida, por lo que está perdido, va o termina, por el hombre que gira con el día, por el hombre sin tiempo ni sin fin, tan sólo un animal desconocido.
 
Por la mágica mutilación, el afinamiento primordial, el sentido del sinsentido, camino y universo y atalaya; por el arma celeste, la palabra, para fundar un mundo para el nido, manos abiertas, pájaro en vuelo, con hambre de luz para la siembra.
 
Por el postigo y su presagio cuervo, por los instantes, cienes y millardos, los izquierdos, los neutros, los derechos, por lo oscuro, lo ralo, por lo ebrio, por lo hembro, lo sobrio, por lo macho, por las piedras, cimientos y cuadriles, por las señales de la santa lluvia, por quebradas, florestas, renacuajos, por los solteros, cuerdos y borrachos, por la tos, la sonrisa y las estrofas, por la guerra, la paz, por los de arriba, los del centro, sin nada, los sin heces, los de abajo, de cara al sol de oriente, por la última estrella que veremos.
 
Por la buenaventura de la rosa, por el atardecer de los venados,  por el alma llanera dulcecita, por la primera labradora a pie, por mí, por ti, Tolú y la Trifaldi, por la casa en el aire y en el suelo, por la varilla de llegar al cielo, por los guaduales cuando van al río, por la hazaña, la fama que eternice, por la soberbia Kalamary en celo, por Darío, Fray Luis y sus versiones, por la lujuria del primer jardín, por la guabina santandereana, por las penas del río cuando brise.
 
Por el tiempo que dura la agonía, por las espadas, ángeles y aldeas, por todos los resabios rocinantes, por el plural con una sola sombra, por el poema aquel inagotable, por el misterio del divino loco, por la noche que se arma en ciego sueño, por la puerta falsa del corral de campo, por los cuchillos de la lluvia a secas, la amenaza del gato en pleno hechizo, por el barco encantado y sus aceñas, por los dos golpes a la endeble espada, por la razón y sinrazón del viento, por el sordo pecado de la luna.
© Pablo Mora
 
 
 
 
Librémonos
 
Del poeta que escriba en menguante. Del sol que caliente la miseria. De la antigua procesión de hojas marchitas. Del virginal destierro sin regreso. Del zorro tiempo que cosió el silencio. De las vergüenzas, los odios, los bisiestos años. De los millones, billones o trillones de justos. De sus escombros, sus heces, sus herbajes. De los hombres buenos, fraternos o pendejos. De las rojas calificaciones del rocío. De la criptografía de los espías. Del aurinegro estiércol de los diablos. De los fatídicos cálculos arábigos.
© Pablo Mora
 
 
 
 
¡Librémonos
 
De los escupitajos. De los mortecinos ecos de una infancia hueca. De lunas distraídas, putrefactas, con psoriasis. De la antigua costumbre de ir por las laderas del hocico de algún pan sin nombre y apellido. De los cimientos, aleros o gargantas donde los helechos ocultan las crecientes y clinejas. De alguna vez sin sombra. De esos ojos que se van poniendo chinos de puro sentimiento muerto.
 
 
¡Librémonos!
 
De la brisa muda, confundida, agazapada. De la herida lágrima del beso de la puerta. Del llanto aguacero del payaso de los pájaros. De las simas infernales de la hormiga. De algún día sin noche. Del eterno aprendiz de pordiosero, de poeta. De ser tan sólo trapo viejo de cocina esenia. De la marginalidad de la mordaza. De la ciudadanía de la maleza. De la confusión de los espíritus. De las malas tintas, trinitarias, con pereza azulmarina. Del alegre gasto de hojllas, saludos, palabras y regresos.
 
 
¡Librémonos!
 
De los relojes de los largos sueños. De los gestos, los cantos, cuernos, cuentos y coros de la tarde. De las viejas arenas del río. De las azules piedras del mar, sus costados y quebrantos. De mirar sin miedo a maltratar al ciego. Del hórrido graznido de un auricular espía. Del sol, la luna y las estrellas. De la luz que fue hecha. Del desorden sacrosantamente público. De los orinocos de la angustia básica. De la andanza de los cristos encarnados, truculentos.
 
 
¡Librémonos!
 
Del pavoroso tesoro del hambriento, el eterno basural de los sinsontes. Del hueso gustero. Del mañanero pedazo de candela. De la saneada policía embrutecida, envenenada. De la santidad de las semanas. De la conjunta mortandad de los calvarios. De la muda orfandad de los samanes. De los apócrifos pensamientos. De su vigencia escandalosamente moribunda. De tanto malandrín contemporáneo tan lleno de sabor latino.
 
 
¡Librémonos!
 
De alguna lupanaria invasión de los marines. De posesiones, transmisiones, misiones, sumisiones. De agresiones, regresiones, transacciones, conciliaciones o casinos. De la ginecocracia de la mujer. De las angélicas pasionarias arenas de las flores y las algas. De quienes juntan casa a casa y añaden heredad hasta ocuparlo todo. De maquinaciones, de coyundas y de yugos. Del monte sin bramido de ganado. De la economía sin fronteras. De las firmes retiradas. De las mentiras, de las granadas, de las carcajadas.
 
 
¡Librémonos!
 
De los amparos, los desamparos, los roperos, los preparos y reparos De los trabajos, los dioses y los días. De los bravos, de los buenos, de los feos, de los malos. De los barcos juguetes de garbanzos o gabazos. De las gaviotas de cada día. De la luz eléctrica desinfectante y puta. De quien nos siga, nos hurgue, espere y desespere. Del Eclesiastés. Del Eclesiástico. De los Excelentísimos Señores Superviajeros. De los pasajeros. De los proverbios, los refranes y los eros. De los cinco o cinco mil panes. De los cinco puntos cardinales de los canastos engrifados por el llanto.
 
 
¡Librémonos!
 
De los canarios, los gallos, los grillos, los cristianos y los trompos tuertos. De cualquier unión patriótica. De cualquier estado hideputa unido, supremo, checo, eslovaco, ecuménico o romano. Del nostradámico naufragio del planeta. Del enfermo pobre. Del remedio caro. Del tramposo viejo. De la hornilla muerta. Del acecho de la sierpe. De la estatua del silencio. Del complejo azucarero del diabético. De las impúdicas raíces cuadradas, literarias. De las impunes rimas estridentes, procelosas, desnudas o atenuadas. Del pus supremo de los viudos y los solos. De la ponzoña, la maleza y la cizaña.
 
 
¡Librémonos!
 
De las Constituciones, los Constituidos y las Constituyentes. De las vulvas quebradas del quebranto. De los suspiros lustrales del torrente. Del delirio augusto en torrencial plegaria. De la sinérgica vacuidad del cosmos. Del lirio y la vagina a la intemperie. Del cante jondo de Dionisio en galla misa. De los Smith, de sus deudas indeseadas, inmorales, indexadas. De los Truman vagabundos de la guerra.
 
 
¡Librémonos!
 
De los racimos del hambre y la miseria. De los ridículos seguros poderosos previsores. De las bárbaras sedes de los deltas del silencio en alta mares crines de arrechera encabritada. De la ansiedad de las pedradas. De virtudes, peines, arañas, alacranes y pañales. De la solemne soledad de los agostos. De la tristeza, esa mierda, compañera insoportablemente legañosa, tiernamente oscura.
 
 
¡Librémonos!
 
De tropezar con un martes trece. Con un caballo loco o un león insomne en fuego. De una madrugada acacia hambrienta. De la corneja al lado adverso del destino. De alguna tristeza ultramarina. Del aullido de la hiena. De la salvaje cabra, del chacal y del hurón. De la madre de las rameras y de las abominaciones de la tierra.
 
 
¡Librémonos!
 
Del canto del gallo en aguacero. De la abismal oquedad de la renuncia. Del carcomido silencio en increíble soledad deshabitada. De los toreros muertos, de los huérfanos teteros. De la zocacola, las anhedonias, los pericos. De los fantasmas de Canterville. De los sobrevivientes. De Chernobyl. De las intelectuales escrituras patriarcales pendulares.
 
 
¡Librémonos!
 
Del rap de las hormigas. Del carrousel de las Eduvinas, las Adelas y las Adelitas. De los enanitos verdes. De los traviesos gusanitos. De los políticos paralíticos, sifilíticos. De la escasez del tiempo para el ocio, el vicio y el fornicio. De las mezclas con efectos especiales. De los bebedizos, menjurjes, barbechos y barbascos. De los puercos y los porchettos.
 
 
¡Librémonos!
 
De los contagios del alma. De los rituales. Del limbo y los reptiles. De los cristianos, cristales y vitrales. De los juanes, los mordiscos, las trompadas, estallidos y luceros. De los venenosos invidentes. De las tuercas, tutecas, lagartijas y cangrejos. De la tara, las lesiones, sus corotos, tormentos y lecciones. De las guerrillas, las calabazas, los velorios. De las ocurrencias de la muerte. De los ojos abiertos de los ciegos.
 
 
¡Librémonos!
 
Del medio camino de la vida. Del azufre, del agüero, del aojo. De la desnuda mariposa salamandra. De la amapola en luna descubierta. Del tísico pañuelo de la guerra. De consejas, sinagogas, conjuros y consejos. De argucias, fraudes, hurtos, dolos y asechanzas. De echar dado falso, de cargarlo. De caer en el señuelo o en el lazo. Del necio, sus celadas y sandeces. De confundirnos alguna vez de mano, de palabra, de noche o de locura. De lluvia, de casa o de garganta. Del canalla y sus vilezas. De la sangre colorada en desamparo permanente. De acampar algún día en ensangrentado llanto. De tener que cargar con la rosa agusanada sobre el opaco lomo del que nunca fuera.
 
 
¡Librémonos!
 
De la matadura de la memoria voraz que atiza los relámpagos. Del desbocado potro que golpea en el pecho sus chispeantes cascos herrados por el viento. Del vórtice abierto que engulla nuestra esperanza desolada. De la desolladura del barro que seremos. Del errante diluvio de los párpados insomnes. Del estridente relincho del rayo de los pájaros.
 
 
¡Librémonos!
 
De tener que mear sangre en los hocicos de los gusanos o pagar peaje con vinagre de Mahfud. De tener que presenciar el duelo de una telaraña con la lluvia. O el de un colibrí con el sueño de una cerbatana. De tener que oírle a la lluvia un cante jondo. O asistir al entierro de una hormiga virgen. De tener que andar en puntillas sobre un silencio o liberar una estrella de una luz alpina.
 
 
¡Librémonos!
 
De tener que regresarnos de la muerte u oírle al mar sus coruscantes sinfonías de agua. De tener que cambiar de aldea. De que se desteja el encaje del sol enfurecido. De que se desgaje el transido corazón del hombre. De que se desate la noche de la guerra o se zafe el curricán del mar.
 
 
¡Librémonos!
 
De que nos sorprenda el aplauso de un pájaro salvaje o la madre del caracol huyéndole a la pena. De aquél que no conozca la tristeza. De las indómitas fieras de la guerra. De tener que ver los mil cielos sin estrellas. De que el sueño sea el camino de la muerte. De querer en alguna madrugada abrirse una vena o un ojo que nos dé la libertad eterna.
 
 
¡Librémonos!
 
De la culebra amarilla de la acera en donde guiñan nuestra vida los goznes de los miedos menguados de unos asnos escondidos en los postigos del tiempo, amarrados al fulgor de la garita quejumbrosamente polvorienta de la lluvia en suerte.
 
 
¡Librémonos!
 
De las sombrillas del corazón. Del desierto de las bolsas. De las zapatillas de las brujas. De las gusaneras del Palacio. Del abrazo de un ogro purulento. De un Judas vivo o un Vallejo muerto. Del hambre, digo, del hombre decente, parte de la Religión, ese viejo escondite, guarida de dioses, infiernos y demonios. Del corazón, ese tercer cojón del hombre. Del sidoso divino providente. De los cojones de la Divina Providencia.
 
 
¡Librémonos!
© Pablo Mora
 
 
 
 
 
 

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