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- Pécora o El altar de
Magdalena
- Pécora: canción matinal
- sobre el lavadero;
- burla involuntaria.
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- Codorniz echada,
- la mesa puesta,
- zapatos en desorden
- bajo las ropas del santo.
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- Tras la sacristía:
- el Verbo
- cae en tu boca.
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- Pécora, no puta,
- cuando el cura blasfema
- en tu virginal mirada.
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-
-
-
El antes y el después
-
es una
playa:
-
la
misma arena; pasos borrados,
-
presencias perdidas.
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-
Carolina de piernas vespertinas
-
ausente esta tarde
-
cuando
agosto se aleja
-
en un
tropical invierno
-
-
El
oleaje silencioso,
-
bajo
un crepúsculo
-
de
colores cursis,
-
marca
ritmos a los cuerpos
-
que
esperan la noche
-
húmedos frente al mar.
-
-
Carolina de manos certeras
-
recorre recuerdos
-
lejos
de este mar,
-
-
fotografía otro atardecer
-
-
calcina mi tarde
-
que
desdibuja
-
su
sexo
-
sin
calmar la sed
-
ahora
que ya no tengo cerveza.
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-
-
-
Nocturno sin lluvia y sin respuesta
-
Tu
piel no deja de ser pálida:
-
sensación de arbotantes
-
alumbrando el jardín.
-
-
noche
de grillos, ranas tramposas asomadas en el pasto
-
-
Se
pierden tus cabellos
-
entre
mi aliento.
-
-
la
lluvia no llega, la humedad no escampa
-
-
Reflejado en tu boca
-
no
quiero alejarme
-
de las
caricias.
-
-
el
olor de las nubes se disipa con los destellos de la
luna
-
Cierras los ojos.
-
-
Fingimos conocernos.
-
-
Dices
mi nombre.
-
-
Regresan mis manos
-
a la
silueta de tus piernas.
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-
¿volveremos a vernos?
-
-
un
aleteo de árboles enfría la oscuridad
-
-
En la
palidez de tu piel
-
la
respuesta a mi silencio
-
irradia la certeza
-
del no
sé.
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-
-
-
Prendida libélula
-
Orgullosa, la libélula,
-
levanta las alas,
-
su garbo diamantino
-
enseñorea el rededor.
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-
Vértebras ilusorias
-
son la delgadez de su cuerpo
-
prolongado hasta los ojos
-
camuflados en verdes y sombra.
-
-
Silenciosa mamboretá
-
que no busca flores
-
donde ocultarse
-
al pasear altiva
-
por el jardín.
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-
La libélula tampoco vuela
-
posada en tu pecho
-
sostenida por un alfiler
-
deslumbra, artificial.
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-
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-
Por la tarde,
-
entre los sapos de la noche
-
y el trinar de gorriones
-
del día;
-
la luciérnaga comienza
-
su luminoso canto.
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-
El instinto y el celo
-
del insecto
-
son las primeras estrellas
-
en el firmamento vespertino.
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-
Un faro volador
-
es la luciérnaga en el parque:
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ámbar,
-
rojo,
-
y un desteñido anaranjado
-
alternan las claves
-
del apareamiento.
-
-
Veloces, los destellos
-
apresuran el acto,
-
la pareja se acerca;
-
también la curiosidad
-
de un pequeño escolar
-
camino a casa
-
que en su mano
-
de perversa inocencia
-
funde para siempre
-
el idilio
-
de las dos luces.
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-
-
-
No es un relámpago,
-
no esta noche,
-
-
La inquietud de las sábanas
-
aplaza el sueño.
-
-
La oscuridad es elocuente,
-
trama a la perfección la afrenta
-
y alarga las horas en vela
-
de la víctima que sepulta
-
entre la almohada las orejas.
-
-
Una mano busca acabar
-
en el desierto de la cama
-
aquel ataque.
-
-
Imposible dar en el blanco
-
-
La imprecisión de la defensa
-
agota al frustrado durmiente.
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-
En un acto de abnegación
-
encierra su cuerpo en las cobijas
-
para negar que la noche
-
ha sido interrumpida
-
por el zumbido de un diminuto
-
aleteo.
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-
-
Ciudad de muertos o Los pasos de Antonio
-
-
A Luis Arturo, hijo de Antonio
-
-
I
-
Sabino, calle sucia,
-
la del Chopo luce oscura
-
y no es por tu ausencia Antonio;
-
así es el tiempo:
-
lo envejece a uno, lo mata.
-
-
¿Cuántas veces no hemos muerto?
-
-
Basta con olvidar, olvidar tu muerte.
-
Olvidar tu vida, ¡qué vida te diste!
-
la de la ciudad que te has llevado,
-
te la llevaste en tus pasos
-
y las calles son las mismas.
-
-
II
-
Santa María la Ribera:
-
su alameda; tan lejos de Celaya,
-
los arcos mudéjares mirando
-
aquella vida de pueblo
-
en la inminente urbe.
-
-
Roídos por ratas
-
los bultos se amontonan,
-
no son recuerdos: es basura,
-
la basura del porvenir,
-
el futuro que no verás,
-
por que tus zapatos negros
-
no saben del lodo;
-
sólo del olor a colonia mentolada
-
de tus trajes y tu casa.
-
-
Los muros se agrietan
-
como el rostro que te conocí,
-
lejano, quizá paterno.
-
-
Ahora envejecen los edificios
-
que viste cuando apenas
-
sus esqueletos jugaban
-
a modernizar los barrios.
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-
-
III
-
El púrpura de la Semana Santa
-
se transformó
-
en el lindo tornasol
-
de los charcos de alcantarilla
-
donde tu gallarda mirada
-
no se posó.
-
-
Pocos secretos guardan
-
las viejas casonas;
-
todos callan a sus muertos
-
corriendo las pesadas cortinas
-
para negar la luz
-
de las ventanas.
-
-
Desde un puerto
-
me entero de tu vida.
-
Aquí se escondió la nostalgia,
-
como el dinero en los sombreros,
-
los cigarros entre las canas;
-
las penas sobre las putas.
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-
-
-
-
IV
-
¡Qué memoria la de tus hijas!
-
-
Un rosario,
-
la estampa de la Concepción;
-
un hombre que camina
-
hacia San Juan de Letrán
-
puntual cual compás de mambo,
-
adusto en el instante
-
que es la vida toda.
-
-
Nuevos y aturdidos autos
-
cortejan ataúdes.
-
Morir en esta ciudad
-
es un acto de elegancia,
-
transitar entre flores artificiales
-
perfumadas de alivio,
-
muerto para siempre.
-
-
-
V
-
Desterrada del olvido
-
la metrópoli se niega,
-
no es el cadáver
-
que evocan los viejos.
-
Tampoco el cementerio
-
en que habitan
-
las frustraciones colectivas.
-
-
Ha dejado de ser un parque
-
para el idilio prohibido;
-
la marquesina de un cine acalorado,
-
húmedo de deseo;
-
tampoco es la estación radial
-
donde la suerte cantaba.
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-
La ciudad es la ciudad:
-
a nadie le sorprende.
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-
-
VI
-
¡Colonia Anáhuac!
-
-
Acertijo lleno de altares,
-
ningún hospital
-
huele a tanta pureza,
-
en ninguno hay tantos enfermos
-
como en la vitrina
-
de casa de los abuelos.
-
-
Suena un timbre,
-
el televisor y
-
“Siempre en domingo”.
-
No falta nada, ni nadie
-
a la hora de cenar;
-
sólo una veladora
-
para “ todos santos”.
-
-
-
VII
-
Aceras mugrosas,
-
opulentos edificios,
-
multifamiliares atestados,
-
cristalinas fuentes,
-
la ciudad entera,
-
arcángel a medio valle,
-
donde hoy tu ausencia
-
es sólo muerte.
-
-
La muerte, Antonio,
-
de quienes aún vivimos.
-
-
-
-
Ola
-
en
Zicatela
-
-
rompe
la ola,
-
brisa
de farallón
-
peligro de tormenta;
-
una
línea,
-
estelada espuma,
-
por
donde el surfer,
-
jugando al niño equilibrista,
-
crea
al mar,
-
el
viento
-
rompe
la ola
-
brisa
de farallón…
-
-
-
-
Pasatiempo
-
Cielo
sin nubes
-
silencio caluroso:
-
mediatarde
-
Un
viento aburrido
-
recorre empedrados
-
en
bicicleta;
-
pinta
entonces,
-
de
colores azarosos,
-
a
veces casi lascivos
-
las
casas de Tlacotalpan.
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-
-
-
Diurno
-
La
humedad
-
viste
las paredes;
-
pero
no llueve.
-
-
El
mar,
-
inunda
al mediodía
-
con su
silencio.
-
-
Prisionero de tus piernas
-
no
escucho al sol
-
que
grita en la acera.
-
-
Has
cerrado las ventanas
-
para
abrir tu cuerpo,
-
y
encarcelar mi tacto
-
mientras cantas a coro
-
con
las gaviotas
-
notas
de agotada pureza.
-
-
La
tarde llega
-
con
rumor de palmeras;
-
en la
playa se pierden
-
nuestros nombres.
-
-
Luego
vendrá la noche
-
y en
mi libertad
-
regresaré al mar
-
para
esperar
-
que el
sol traiga
-
tu
cuerpo.
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