Luis Téllez 

Antología poética

 
   
Pécora o El altar de Magdalena
Pécora: canción matinal
sobre el lavadero;
burla involuntaria.
 
Codorniz echada,
la mesa puesta,
zapatos en desorden
bajo las ropas del santo.
 
Tras la sacristía:
el Verbo
cae en tu boca.
 
Pécora, no puta,
cuando el cura blasfema
en tu virginal mirada.
 
 
 
El antes y el después
es una playa:
la misma arena; pasos borrados,
presencias perdidas.
 
Carolina de piernas vespertinas
ausente esta tarde
cuando agosto se aleja
en un tropical invierno
 
El oleaje silencioso,
bajo un crepúsculo
de colores cursis,
marca ritmos a los cuerpos
que esperan la noche
húmedos frente al mar.
 
Carolina de manos certeras
recorre recuerdos
lejos de este mar,
 
fotografía otro atardecer
 
calcina mi tarde
que desdibuja
su sexo
sin calmar la sed
ahora que ya no tengo cerveza.
 
 
 
Nocturno sin lluvia y sin respuesta
Tu piel no deja de ser pálida:
sensación de arbotantes
alumbrando el jardín.
 
noche de grillos, ranas tramposas asomadas en el pasto
 
Se pierden tus cabellos
entre mi aliento.
 
la lluvia no llega, la humedad no escampa
 
Reflejado en tu boca
no quiero alejarme
de las caricias.
 
el olor de las nubes se disipa con los destellos de la luna                                                                                          
Cierras los ojos.
 
Fingimos conocernos.
 
Dices mi nombre.
 
Regresan mis manos
a la silueta de tus piernas.
 
¿volveremos a vernos?
 
un aleteo de árboles enfría la oscuridad
 
En la palidez de tu piel
la respuesta a mi silencio
irradia la certeza
del no sé.
 
 
 
Prendida libélula
Orgullosa, la libélula,
levanta las alas,
su garbo diamantino
enseñorea el rededor.
 
Vértebras ilusorias
son la delgadez de su cuerpo
prolongado hasta los ojos
camuflados en verdes y sombra.
 
Silenciosa mamboretá
que no busca flores
donde ocultarse
al pasear altiva
por el jardín.
 
La libélula tampoco vuela
posada en tu pecho
sostenida por un alfiler
deslumbra, artificial.
 
 
 
Por la tarde,
entre los sapos de la noche
y el trinar de gorriones
del día;
la luciérnaga comienza
su luminoso canto.
 
El instinto y el celo
del insecto
son las primeras estrellas
en el firmamento vespertino.
 
Un faro volador
es la luciérnaga en el parque:
ámbar,
rojo,
y un desteñido anaranjado
alternan las claves
del apareamiento.
 
Veloces, los destellos
apresuran el acto,
la pareja se acerca;
también la curiosidad
de un pequeño escolar
camino a casa
que en su mano
de perversa inocencia
funde para siempre
el idilio
de las dos luces.
 
 
 
No es un relámpago,
no esta noche,
 
La inquietud de las sábanas
aplaza el sueño.
 
La oscuridad es elocuente,
trama a la perfección la afrenta
y alarga las horas en vela
de la víctima que sepulta
entre la almohada las orejas.
 
Una mano busca acabar
en el desierto de la cama
aquel ataque.
 
Imposible dar en el blanco
 
La imprecisión de la defensa
agota al frustrado durmiente.
 
En un acto de abnegación
encierra su cuerpo en las cobijas
para negar que la noche
ha sido interrumpida
por el zumbido de un diminuto
aleteo.
 
 
 
Ciudad de muertos o Los pasos de Antonio
          
A Luis Arturo, hijo de Antonio
                       
I
Sabino, calle sucia,
la del Chopo luce oscura
y no es por tu ausencia Antonio;
así es el tiempo:
lo envejece a uno, lo mata.
 
¿Cuántas veces no hemos muerto?
 
Basta con olvidar, olvidar tu muerte.
Olvidar tu vida, ¡qué vida te diste!
la de la ciudad que te has llevado,
te la llevaste en tus pasos
y las calles son las mismas.
 
II
Santa María la Ribera:
su alameda; tan lejos de Celaya,
los arcos mudéjares mirando
aquella vida de pueblo
en la inminente urbe.
 
Roídos por ratas
los bultos se amontonan,
no son recuerdos: es basura,
la basura del porvenir,
el futuro que no verás,
por que tus zapatos negros
no saben del lodo;
sólo del olor a colonia mentolada
de tus trajes y tu casa.
 
Los muros se agrietan
como el rostro que te conocí,
lejano, quizá paterno.
 
Ahora envejecen los edificios
que viste cuando apenas
sus esqueletos jugaban
a modernizar los barrios.
 
              
III
El púrpura de la Semana Santa
se transformó
en el lindo tornasol
de los charcos de alcantarilla
donde tu gallarda mirada
no se posó.
 
Pocos secretos guardan
las viejas casonas;
todos callan a sus muertos
corriendo las pesadas cortinas
para negar la luz
de las ventanas.
 
Desde un puerto
me entero de tu vida.
Aquí se escondió la nostalgia,
como el dinero en los sombreros,
los cigarros entre las canas;
las penas sobre las putas.
 
 
 
 
IV
¡Qué memoria la de tus hijas!
 
Un rosario,
la estampa de la Concepción;
un hombre que camina
hacia San Juan de Letrán
puntual cual compás de mambo,
adusto en el instante
que es la vida toda.
 
Nuevos y  aturdidos autos
cortejan ataúdes.
Morir en esta ciudad
es un acto de elegancia,
transitar entre flores artificiales
perfumadas de alivio,
muerto para siempre.
 
 
V
Desterrada del olvido
la metrópoli se niega,
no es el cadáver
que evocan los viejos.
Tampoco el cementerio
en que habitan
las frustraciones colectivas.
 
Ha dejado de ser un parque
para el idilio prohibido;
la marquesina de un cine acalorado,
húmedo de deseo;
tampoco es la estación radial
donde la suerte cantaba.
 
La ciudad es la ciudad:
a nadie le sorprende.
              
 
VI
¡Colonia Anáhuac!
 
Acertijo lleno de altares,
ningún hospital
huele a tanta pureza,
en ninguno hay tantos enfermos
como en la vitrina
de casa de los abuelos.
 
Suena un timbre,
el televisor y
“Siempre en domingo”.
No falta nada, ni nadie
a la hora de cenar;
sólo una veladora
para “ todos santos”.
               
 
VII
Aceras mugrosas,
opulentos edificios,
multifamiliares atestados,
cristalinas fuentes,
la ciudad entera,
arcángel a  medio valle,
donde hoy tu ausencia
es sólo muerte.
 
La muerte, Antonio,
de quienes aún vivimos.
 
 
 
Ola
en Zicatela
 
rompe la ola,
brisa de farallón
peligro de tormenta;
una línea,
estelada espuma,
por donde el surfer,
jugando al niño equilibrista,
crea al mar,
el viento
rompe la ola
brisa de farallón…
 
 
 
Pasatiempo
Cielo sin nubes
silencio caluroso:
mediatarde
Un viento aburrido
recorre empedrados
en bicicleta;
pinta entonces,
de colores azarosos,
a veces casi lascivos
las casas de Tlacotalpan.
 
 
 
Diurno
La humedad
viste las paredes;
pero no llueve.
 
El mar,
inunda al mediodía
con su silencio.
 
Prisionero de tus piernas
no escucho al sol
que grita en la acera.
 
Has cerrado las ventanas
para abrir tu cuerpo,
y encarcelar mi tacto
mientras cantas a coro
con las gaviotas
notas de agotada pureza.
 
La tarde llega
con rumor de palmeras;
en la playa se pierden
nuestros nombres.
 
Luego vendrá la noche
y en mi libertad
regresaré al mar
para esperar
que el sol traiga
tu cuerpo.

 

 
 

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