Luis Benítez

 

Antología segunda

 
 

 

 
 
EL POEMA   DE  HIERRO
 
Dame  un poema de hierro que restalle sobre las
            vacías cabezas
y una  mano firme en la muesca de la antorcha,
un poema de sangre y de huesos impacientes
y la pluma de carne firmando sentencias
en las culposas mentes de los jinetes locos;
que convierta en sal a los cobardes, un poema de
            hierro
oxidado y torvo pateando en el estanque a
            medianoche,
cuando ni los muertos sueñan con la aurora.
Un martillo de palabras para  dejar al mundo con las
            cuencas vacías,
rabioso ademán, piedra encendida en la boca  de los
            que duermen
mientras el agua sube  en el Gran Cuarto Esférico;
un puñetazo en el sexo de la muchacha arrodillada,
idiota, paciente humanidad,
que no ve, que no oye,
sólo conversa con las cenizas de sus dioses muertos.
 
 
 
 
LAS LÍNEAS  DEL   MUNDO
 
Quien ve a las líneas del mundo
unir a la desdicha
con la alegría sin tiempo ni motivo,
a la ceguera del hombre con lo luminoso del hombre,
al cobarde, al justo, al tonto
(que asiste a la ceremonia del crepúsculo
asombrado, muy quieto, flotando sobre el agua),
nunca se vuelve altivo
a contemplar la guerra que incendia
el lugar  donde vibra todo esto.
Ya nunca sueña.
Abre los ojos despierto, abre los ojos dormido.
El que ve a las líneas del mundo
servir de trampolín a los pájaros
y de escalera a las almas,
sabe por qué no vuelan
y se guarda de contarlo.
Otro será su interés:
él querrá trepar por ellas
disimuladamente, sin un solo comentario,
sin que nadie note la ausencia del  desertor.
Feliz, ignorado por todos,
vagará por la tierra sin nombre
con su precioso secreto, ese momento en que espió:
él conoce signos que lo conocen,
hace su propia ley.
Y por fin, cuando se retira,
como un oscuro bulto con corazones de tormenta,
hacia la tierra oculta en esta misma tierra,
que guarda de toda noche el sol,
no olvida, ni por un momento,
que el tiempo está en su red.
Sabe que no hay milagros, sabe qué cosa son.
 
Algún día todo será plenitud.
 
 
 
 
EPITAFIOS
 
Juan Arturo Nicolás Rimbaud:
¿junto a qué sagrado terror
por lo entrevisto, navegó por tu alma
la certeza atroz de perder para siempre
la visión, al abandonar la Ciencia?
Ya no hubo tiempo, ni otra oportunidad
de contemplar aturdido el incendio de las estrellas,
para traducirlo al hombre ya no hubo tiempo.
 
 
 
 
De FRACTAL
Ediciones Correo Latino, Buenos Aires, 1992
 
 
 
LOS OJOS DE RIMBAUD
 
Azules, de bárbaro. Hoy cantan para ti
los suaves trinos y en el taller literario
adelgaza la voz el papagayo: conmovida
endulza las Grandes Miradas su lección de confitero.
De este lado rezamos por ti hincados ante un lobo:
que la bella ciencia es una habitación que da a lo oscuro
y el hombre, ese acertado inconstante,
es apenas unos pocos pasos que poe ella van y vienen.
Hoy que las profesoras de letras olvidaron todo
lo que saben de ti los presidiarios
y el vago que, a riesgo de ser aplstado por los automóviles,
detiene la metáfora de su paso por recoger el milagro
de una hoja, sin alcanzar a explicárselo;
hoy que apenas los escensoristas
se levantan de entre los demás,
hoy que esta loca materia aparece ahogada y vencida,
como lo estuvo siempre, como va a estarlo siempre,
flotando sobre las aguas de los números;
hoy que en tusa selvas vírgenes arraigaron los casinos
y suena música disco en todas las Africas tonantes,
hoy que en la calle 88 y Broadway una horrible fulana te pasea
impreso en su remera, sonriente con toda la Gloria Americana,
hoy que encuadernado e ncuero y con letras doradas
te exhiben los dentistas en sus huecas bibliotecas
y te honran a su modo, repartiendo venenos por las calles
del mundo los ágiles traficantes,
hoy que caen los muros y todas las posteridades se desploman,
hoy que la Historia, esa vieja enemiga,
se ríe de nosotros diciendo que no existe,
como en tu tiempo repetía el Diablo;
hoy que los blandos músculos de los diputados
pueden arrojar al mar, si quieren, a miles de forzudos extranjeros,
hoy que la tímida democracia probó ser más efectiva que los                                                                                                             reyes,
hoy que todos por fin somos buenos
y alza su copa radiante el rosado, negro, amarillo y cobrizo
banquete de la vida, más allá
de los caritativos grupos que intentan el soneto,
a través de las bibliotecas barridas por el polvo y las secretarias,
sin dactilografía ni voz ni esperanza ni objeto,
cruzan las geografías dos luces gruesas y potentes
anillando la Tierra. No por el símbolo sino por la mirada
eres como el dios de plástico que cuelga de su pared el asustado,
para que esos Ojos le sigan por la casa. Para nosotros
los mínimos, para nosotros los pocos, para nosotros los débiles,
que sólo queremos estar ociosos, tus párpados están
siempre abiertos, hermano desdeñoso,
Jesucristo el Terrible,
hoy que es una verguenza tener hambre
siguen mirando lo mismo tus fanales salvajes.
 
 
 
 
LA  BESTIA  DE LA  AURORA
 
El gato perpetuo en la mañana absoluta
está gritando que es bestia de la aurora,
¿y quién oye al mínimo animal que encarna,
sino el árbol de oro a cuyo pie repite,
se desgañita?
Está hecho de animales
como una fábula antigua,
pero ni aquellos frisos  encanecidos
por el polvo donde duermen los imperios,
ni la fresca novia del amanecer alcanzan
para adelgazar el oído que duerme,
que duerme aunque hace mucho es de día.
Brutal sombra que ves
con indiferencia la sombra de tu sombra
y la de todos hundirse lenta como un barco
en el océano que alardea de ser
la única, posible sombra,
como todo lo terrible tú pareces pedir apenas
una caricia inconsciente de lo frágil,
simulas ser un sirviente y eres el amo que distingue
entre el árbol de oro y la raíz,
por siempre hundida en la tierra,
volumen apenas de la sombra.
 
 
 
 
CATON, EL CENSOR
 
“Duda como un griego pero actúa como un romano”,
acaba de decir  hace un rato,
perdido entre los pliegues del pasado,
a un niño poderoso que domina
su suerte y la del mundo que lo escucha.
Hace  un rato, apenas: el tiempo es el tiempo  que repite
las voces de Catón y otras maneras.
Sobre el eco del aplauso se ha enroscado la hiedra,
hoy otro Mediterráneo divide la tierra de la tierra.
Pero él sigue envolviéndose en su manto,
victorioso sobre el emperador y los mortales,
huyendo hacia su villa donde el ánfora
y el pecho de dos adolescentes aún le esconden
el peso del papel representado,
las arduas consecuencias para otros
que son la duda griega, quién  y cuándo.
 
 
 
 
UNA AVISPA CRUZO
EL HIMEN DE LA VENTANA
 
El astuto animal fue ingenuo dos horas por la casa:
antes del polvo de las cosas tocó los helechos salvajes,
los gruesos valles del jardín diminuto,
la piedra que es llanura de lava para su  ojo infinito:
un viajero aprensivo por las habitaciones casi desiertas
alentó inútilmente las plantas prisioneras,
rondó la cabeza del perro semidormido
que lo espantó como a un remordimiento.
La antesala fue el Cañón del Colorado:
antes sus poderosos antepasados visitaron
otras comarcas ausentes de follaje.
Fue curiosidad: Rousseau no pensó
en la avispa negra que anida sólo en tierra
cuando  labró la  cara del salvaje conveniente, bondadoso;
curiosidad de ver dónde desova su estirpe
y  cómo amasa el barro de sus habitaciones el gran animal
             blanco
que le teme y espanta desde el origen del tiempo.
Armado activista de otra casa,
antigua, abandonada,
donde fuimos el intruso,
curioso, como una avispa negra.
 
 
 
 
EL MAR DE LOS ANTIGUOS
 
No volverá jamás el mar de los antiguos
a rebañar las costas creadas por sus olas.
Un año de ancho, una vida de largo,
se sumió en la honda bocanada del fondo.
Con él las bandas de Erik el Violento
y la pacífica vela de otro ladrón, fenicio,
doblaron para siempre ese horizonte blando
y abajo el precipicio que los tragó
a todos como se cierra un libro.
Ni el ceñudo pirata que un día fue
estatura y bronceado y sombra,
ni el traficante sofocado bajo tricornio y títulos,
tuvieron el poder de detener
aquellas otras olas que se llaman horas;
menos el múltiple ahogado, ése sin nombre,
puede asomar la cabeza ahora
para su intrépido persistir
bajo la luna, a solas.
Ah mar de Eneas y de Ulises
que no eras éste y eras
la cuna del delfín y las especias
y el camino del oro y siempre, lo Otro.
Qué portugueses y españoles eran
cuando eran los que eran en el mar.
¡Y el junco de esa otra historia, la ignorada,
que salía a él bajando de los ríos
como una rama armada de astrolabio,
con hombres amarillos bajo la tensa seda
guardando sus secretos, sus caminos y sus signos!
Veo entre peces voladores
cabalgar la trirreme del romano
y al bajel del griego salir de la zozobra;
todas esas ambiciones que iban tras las Hespérides
encalladas en el arrecife del Minuto.
Y la Sirena, el paganismo de a bordo
recubierto de escamas y colocado fuera,
y el oficial Leviatán del Viejo Testamento
condensados en la ballena blanca
que surcó todavía, en mil ochocientos y tantos,
el querido inolvidable mar de los antiguos.
 
 
 
 
CARACOL DE  SUEÑO
SOBRE UNA COSA QUE MATA
 
Una bestia terrible resbala sobre todo:
terrible como  decir “yo permanezco”,
de la tribu que puede cruzar sobre una hoja de afeitar
tomándose su tiempo,
arrastrando su fuerza pausadamente
sobre el agudo diminuto abismo
que separa  un lado de otro lado.
Y no puedo ver la sonrisa de esta casi cosa
tras su hazaña que no puedo imitar,
yo, frágil  materia que sólo puede aplastarla,
ella, como casi todas las cosas, fuerte gelatina
determinada a seguir sin que yo exista.
Para mí, la certeza es el brilloso camino de su nunca.
 
 
 
 
DEJA QUE HABLE EZRA POUND
 
Si no tienes nada que decir cállate
deja que hable Ezra Pound
desde las sombras el espléndido anciano
desde la fina línea de agua
el magnífico anciano
te muestra los genuinos billetes de su fortuna
y todos brillan legítimos peces
de un río infinito que sí
ése nunca se detiene.
Si no tienes nada que decir cállate
los altos caballeros las damas abigarradas
que vivieron y murieron y nacieron por esta sola causa
no pueden tener al lado
el tartamudeo de un enano
la cojera de un monedero falso
que delata que el oro de sus verbos
carece de aquella delgada línea de agua
esa finesse salvaje la impecable mancha
que no adorna la cabeza del animal escrito
-que cruza sólo un instante por el papel-
sino que sale de adentro del animal desfondado
de las vísceras vivas donde corre la sangre real
-ésa de donde proviene el color del colorado-
y palpita afuera como un monstruo de luz
como una imagen sin otra capilla que cada cosa
de cada universo posible e imposible
la que podría muy bien ser adorada
de pie y sin velos sin altares ni nada
-ni siquiera acólitos-
bajo el nombre de nuestra señora de los verbos
nimbada de estiércoles y nervios
de eclipses y novas oh tú
alta y baja sublime maliciosa
poesía que reinas sobre la amplia noche
y el delgado día
 
 
 
 
THE SWAN
 
“Si yo fuera otro animal, ¿qué animal sería?”
no dijo ella, nunca.
Tù serías  un cisne y por el camino del cisne
se abrirían las aguas donde los hombres
lloran abismos verticales.
Si  tú fueras un cisne,
tal vez aquellos que conozco no morirían jamás,
y estaría saciada esta sed memorable
de presentir en las sombras
el paso de otra Sombra.
El día, poblado de sentido,
girando sobre sí mataría el lado que se ignora
para devorar en minutos la obra de los siglos.
Y volvería a rodar la máquina necesaria
para encontrar en los ojos la Primera Palabra.
Cada piedra sería la de la locura
y mi alma no andaría lejos,
escondiéndose, como la de todos,
para no ver en el claro donde la luna baña estos milagros
que apenas somos unas furtivas cáscaras de la alegre                                                                                                             Nada:
Adán es como lee el diablo, que mira al revés.
Si tú fueras un cisne los veranos oceánicos
se perderían lejos y un gesto
que no termina de caer sería detenido.
Pero tampoco vendría ninguna clase de invierno
a cambiar la piel de las serpientes
ni el sueño en la palabra.
No  iríamos más lejos, aunque fueras un cisne.
 
 
 
  
 
De EL PASADO Y LAS VISPERAS
Ediciones Aleph /Universidad de los Andes, Venezuela, 1995.
 
 
 
CESAR VALLEJO
 
Por los corredores de la imaginación ir caminando,
libre y solo para siempre, como cuando era
y no sabía que era un niño,
hasta olvidar que estoy imaginando.
Que esta carne pesada, que orina y suda,
en una o dos ideas se resuma
o vuelva bien atrás, a esa casi nada
que casi nada ve en su cielo nublado.
Devuélveme al chimpancé o hazme sólo literatura,
mas no me dejes la condición de hombre.
Esto que todo lo pesa en mí
afuera no pesa nada.
 
 
 
 
DE LO QUE HUYE
 
Pensar que Spinoza murió puliendo lentes.
Que Blake se fatigaba en una imprenta
esperando la conversación de ese día con los ángeles.
Que por vivir Baudelaire se humillaba ante su madre.
Que Rimbaud fue silenciado por Rimbaud,
para que este ingenuo me hable de la literatura.
Como si posible fuera otra cosa que inventar
ante otros la forma de lo informe
y cobrar un salario. Qué persuadido está
de lo improbable. Esas palabras
han erigido congresos y simposios
y prestigios y famas quizá más perdurables.
Y en el centro, el errante, de esta cosa mundana,
ese brillo salvaje que por disfraz,
por burlarse o por escapar aun más
del terco intento, ha inventado
también estas criaturas, seguro
ríe en alguno desde el fondo de la sala.
O mira con piedad su simulacro.
 
 
 
 
AL CASTELLANO
 
I.
 
En esta lengua que hablo, en estas frases de un eco
cuántas voces viven, cuánto eres la inmortalidad,
lengua de plurales que siendo una eres
metáfora de aquello que siendo uno es lo diverso.
El todo te contiene y tú contienes esa palabra: Universo.
Porque de qué otro modo podrían vivir en estos verbos,
en estas sonoridades, en estos silencios y alturas,
tantas sombras que fueron y tantas que serán mañana:
de las que serán ya están las palabras en las bocas
y estuvieron en la luna sangrienta de Quevedo,
en la mañana en que Díaz de Vivar tomó una ciudad
ya muerto, en la impávida marinería que otra mañana,
de octubre, vio una costa (sueño dentro de un sueño),
y estaba hecha de dolor, de hambre y de coraje.
Oh lengua donde cabalgan hombres y donde
tantas lenguas han desembocado,
ancho río de España que ha salido al mar,
es cierto que no conservaste para nosotros
la gracia leve de las declinaciones,
pero del sólido latín vienen tus huesos,
la carne somos hoy los que te hablamos
(el centurión que rige en la provincia
lejana de su imperio, no comprende
que al pedir el vino pide a la historia que conserve
unos distintos matices, unos cambios que no serán
fugaces como su humana sombra,
sino el futuro del habla de Virgilio).
El fenicio que apoyaba su balanza en su lanza
y desde lo conjeturable a cambio
nos dejó su sangre y sus palabras.
El doctor que en la Torá canta al Dios de Abraham,
el duro visigodo que bautiza a su hijo
con trabajosas frases que ya no son exactamente
            las sajonas
con que fue nombrado. El victorioso muslín,
que bajo el verde triángulo de sus banderas
no sabe que fue él el conquistado.
El probable griego que lejos de Bizancio
sumó a sus ciencias el arte de vivir en el exilio.
El capitán de hombres, asturiano,
que juró sobre la espada de hierro tomar esa colina
y en la colina duerme desde entonces.
El fraile que en la celda deleita las horas y las horas,
al resguardo del muro y de su tiempo,
inclinado sobre el tomo y que transcribe
siglos después el porvenir de esos ecos,
las frases de Aristóteles y los dobles sueños de Plutarco,
no conoce que en lo que ara su pluma
otro rumbo se ha abierto.
Lo supo el triste, el alto, el solo
que soñó en la cárcel que era Miguel de Cervantes
y que escribía el Quijote.
Ni el judío ni el moro ni el cristiano
que disputan y entremezclan sus sangres
en tu sonoro ancestro lo comprenden:
de qué miles de hombres y de historias
has salido, lengua de Gracián y las Américas.
 
 
II.
 
Veo en ti. No estás hecha de sonidos solamente,
ni de ideas solamente ni de conceptos. Fuiste hecha
también para nombrar esas penumbras de
            las imprecisiones,
la ambigua senda que entre la palabra y los hechos
declara su dominio. Otra proeza tuya, castellano.
Que la eternidad tenga un cuerpo y que podamos
palpar el peso de una hora en la palabra.
En Persia ciertas oraciones podían mover los astros;
sólo tú, ahora, puedes convocarlos. Que yo diga pradera
y la pradera se extienda, como una alfombra sin árboles,
amarillento cielo derramado de aquí hasta el horizonte.
Que yo diga volcán y que éste brote en la habitación
            sonora,
arrancando los pisos e hirviendo los aires y el aliento.
Que diga mar y pise el légamo del fondo
con los cabellos sacudidos por las olas, todo venido
            en torno
sueño líquido, blando peso en movimiento,
            inconmensurable.
Que diga aire y me eleve o todo hacia algún allá
            descienda,
como si cayera la tierra y en el mismo lugar
            me quedara, solo.
De alguna forma, en millones de bocas,
lo has abarcado todo, lo has devorado todo:
¿qué otras palabras, como gentes del futuro,
en ti, lengua infinita, allá adelante esperan por nosotros?
Cuáles habrá para nombrar lo que no ha nacido nunca,
como no habían nacido antes éstas que hablamos.
Si presente es eso que al nombrarlo en ti
es lo que ha sido, más el mañana de lo mismo, incluso,
lengua que has sido la de Góngora y es mía,
usando tus palabras yo te sueño tan eterna
como la tierra y el aire. A ti, que abarcas por igual
el fuego y el agua y la tierra y el aire.
 
 
 
 
 
De LA YEGUA DE LA NOCHE
Ed. Del Castillo Editores, Santiago de Chile, 2001
 
 
 
ESTA MAÑANA ESCRIBI DOS POEMAS
 
Esta mañana escribí dos poemas.
No me pregunto ya por el sentido
que tiene o no tiene este oficio oscuro.
Simplemente es otra manera, posible, de estar vivo.
Me pregunto por el origen
de esas dos cosas que ahora están sobre la mesa,
no exactamente hechas de papel y de pigmentos.
Por los hombres que lo han dicho mejor
y hoy están muertos.
Por los siglos de guerras y de paces
que entre las palabras han corrido.
Me pregunto los nombres y el semblante
del que en otra parte del globo ha dejado
sobre su mesa otras dos cosas iguales
y que duda también de mi existencia.
Me pregunto por los miles de días y de noches
que han debido transcurrir para que hiciéramos esto.
Por los cientos de personas
que han donado los versos.
Me pregunto por qué, hace un rato,
se ha modificado dos veces este mundo.
 
 
 
 
 
LA MANO
 
Esta mano que tiendo
y que te aguarda
es otro vano prodigio,
otro milagro inútil
de la serie infinita
que nos rodea en silencio.
En la mañana que ha dejado
atrás las dos vigilias,
la del insomnio y la del sueño,
que también es posible,
la contemplo a veces con ese solo asombro
que reservamos para lo extraño.
Ha viajado conmigo toda la noche.
Quizá, no lo recuerdo, ha palpado
cosas que no tienen forma.
A su tacto se han abierto
puertas y se han opuesto muros
que tal vez no existen.
Ha temblado de frío o ha sudado
bajo climas que no cambian. Posiblemente
ha sido cortada, como en una noche
de 1676, y permanece intacta.
Ha de viajar conmigo por todo el día.
Es mi remedo: hará girar cerraduras,
tocará lo que ha sido tocado y tocarán los otros.
Todo es un infinito pasamanos.
Aceptará la alevosa amistad e intentará
disuadir las amenazas, que no son otra cosa
que equívocos de amor entre los hombres.
Y no desdeño que las horas de luz
la obliguen a papeles menores:
encender un cigarrillo o dejar
la humillación de la limosna
son parte del misterio donde actúa la mano.
Como yo, mi mano es algo que está
en el mundo para aceptarlo todo.
Ahora, que en la tarde,
cuando contemplo lo que escribe
estas voces sin el honor de algunas precisiones,
oscuramente comprendo
jirones de su metáfora. Como un libro sagrado,
celosamente guardado por el enigma de su lengua,
se ha desgajado otra día
por el paso de la mano.
 
 
 
 
EN EL MUSEO DE ADENTRO
 
recuerdas amor mío el largo adiós
subdividido las innumerables salas como siglos
como millones de años cada vitrina absorta
y en el centro de donde emanaba la extensa arquitectura
el dinosaurio
 
enorme la fiera extinta
la cabeza más grande que el cuerpo
el bocado feroz todavía tendido hacia la carne
asimismo evaporada
 
los cónicos dientes las fauces en el solo hueso
como la crueldad de dos que se aman
y se hieren profundamente en una frase
un gesto debajo de la apariencia de inmovilidad
debajo de los huesos debajo del alma
el gran animal insomne que reina todavía
pasea por nosotros el reptil tan hondo
 
y tú y yo callamos
ante el conflicto escamoso
que arrastra su cola amarga
por ese jurásico escondido
tan suyo fue como nuestro es
aquel pantano
es este
 
malignamente te amo
malignamente te espera esta carne desnuda
que el tiempo no evapora
porque sabe que vence a la fauce
indefensa
 
 
LA YEGUA DE LA NOCHE
 
“The nightmare, mare of the night...”
 
“La pesadilla, yegua de la noche...”
                               Robert Graves
 
Carne que carne fue
Y amada fue
Y hoy es literatura.
 
Muerte que pudo ser
Y no llegó, al menos hasta ahora
Que su dibujo hago
Sobre este papel, efímero.
 
Esplendor que no me estaba destinado.
Hombres que no fui y no seré ya nunca,
Horas que sin venir me habían antes abandonado.
 
De día y de noche veo el alto caballo,
Negro de tanto contener estas cosas,
Que me observa y lo hace sin cuidarse
De papeles y de manos.
 
La franca pesadilla, su yegua pasta en mí
Y tú me entiendes, Robert Graves,
Bajo el suelo que guarda tu apellido.
 
 
 
 
VEO A UNA MUJER MAQUILLARSE
 
Veo a una mujer maquillarse cualquier mujer y cambia
primero está pensando en otra cosa (porque cuando una
                                                           mujer
comienza a maquillarse aún no ha separado este acto
                                                           del resto del día)
 
Pero luego disponiendo los objetos varios que la
                                                           ceremonia
determina preciosamente en su exacto lugar en torno de
                                                           sus manos
la mujer sabe que algo ha ingresado de nuevo a este
                                                           mundo
Se abstiene sin embargo de nombrar eso que viene
Polvos cremas pinturas para la delicada construcción
lápices que escribirán otras palabras que estas
palabras que intentarán decir a la que esconde
La otra como ella se ve debe ser dibujada por esta la que
                                                           se asoma
al espejo para verla
Ella está como tímida ante su hermana mayor que
                                                           insiste insiste
“sácame de la nada invócame haz que nuevamente sea
entre los seres las horas y las cosas
haz que sea nuevamente entre los hombres
sí sobre todo haz que nuevamente sea entre los hombres”
Y la pequeña se somete al llamado de la grande y la saca
                                               y la dibuja en el espejo
Del otro lado se queda ella colocada en el dibujo
Polvos cremas pinturas lápices el instrumental es el                                                                 mismo
de todas las ceremonias semejantes
quien fabrica estas cosas sí que sabe lo que hace
Veo a una mujer maquillarse y me fascina
Por su parte y como siempre la mujer sólo está fascinada
                                                           por sí misma
Nada ni nadie existe ni cuando se acerca al espejo
ni cuando está ante el espejo ni cuando se quita de él
Extraña especie tan cantada y sorda
Navega por la vida atada a su poder y lo puesto en sus
                                                           oídos
lo colocado ante sus ojos lo concentrado en su boca
                                                           la salva de caer
Será por eso que ante una estamos siempre solos
Enigmas de lo que no puede caer
Ahora traza una línea ha dudado no por no saber sino
                                                           porque
conociendo el significado de la ceremonia goza de lo
                                                           preliminar
ahora traza una línea y divide el día en dos
Ya fue hecho lo demás es desarrollo una línea azul oscura
                                                           apenas un trazo
sobre el ojo izquierdo que ha sido completamente
                                                           transformado
Ya no es un ojo humano no es el ojo que vino con ella
                                                           del vientre que sabía
que paría a una mujer sino un ojo de ella
definitivamente suyo
El ojo mira al resto en el espejo y está satisfecho
parpadea para alentar a la mujer
La otra la mira desde ese ojo donde ya se asoma y
                                                           vigilante
la obliga a lo demás
Sin embargo la mujer hace una pausa a medias
                                                           maquillada bebe
una taza de té hay un placer en eso de andar
a medias maquillada por el mundo
Paralelamente es como demostrarle todavía a la otra un
                                                           diminuto poder
una ligera potencia que alcanza a diferirla pero que no
                                                           podrá evitarla
Cosa que ambas saben y agradecen
Pero finalmente también el ojo derecho cambia y la otra
                                                           ya ve
perfectamente en el espejo ahora es ella la que ve
y la primera mujer se va yendo lentamente trazo a trazo
Hay unas cremas castañas untuosas con las que las                                                                 mujeres cambian de piel
no oscurecen la suya sino que sacan la otra piel de las
                                               mejillas la dejan asomar
Ignoro por completo el nombre de ese ungüento como
                                               ignoro los nombres
de los otros elementos de la ceremonia porque ellos
                                               y sus nombres
pertenecen por completo al otro mundo
El que convive con el del hombre en esta tierra y en la
                                               historia
Nombres cosas términos precisos que no podemos
                                               comprender
que vienen de otra lengua que son dichos en otra lengua
mucho más sugestiva que la nuestra
una lengua que está hecha para usarla en voz baja casi
                                               susurrándola
Porque no pertenece al universo de las grandes
                                               expansiones sino
al de la reserva al de lo íntimo lo cerrado
En esa lengua hablan entre sí las mujeres y hablan ante el
                                               espejo con la otra
Donde un gesto quiere decir otra cosa donde ninguna
                                               palabra
se corresponde con las nuestras allí en esa lengua una
                                               mujer se maquilla
y nosotros creemos que se adorna
Ante el espejo todo ha sido consumado y la otra ya está
                                               en este mundo
la mujer anterior se ha ido y esta es la que se mira entera
Mueve alternativamente un músculo sonríe levanta o                                                   inclina la cabeza
como un actor que calcula sus fuerzas y ensaya
                                               previamente movimientos
Esta mujer otra mide ante el espejo sinuosidades gestos
                                               pausas
A solas previas únicas estas gesticulaciones son como los
                                               arquetipos
que viven perfectos en el mundo de las ideas pero luego
                                               se plasman en número
Repeticiones de cada uno de estos movimientos serán                                                                                    lanzadas
con alevosa precisión sobre el mundo de las cosas
Se incorporarán a él sin perder su condición de extrañas
La mujer no es sólo ella sino también sus gestos además
                                                           del cuerpo
ocupa el alrededor del cuerpo la habitación el lugar
entero donde se encuentre
Como esta mujer la otra que todavía se mira un poco más
                                                           en el espejo
máscara de la máscara  ficción se cree que completa
 
 
 
 
DEL AMOR POR LOS BÁRBAROS
 
Lo opuesto busca su opuesto
Y en lo blanco la gota que hay de negro
Crece
Hasta hacer lo blanco negro
Y así en lo contrario hace la gota blanca
 
Todos deseamos lo opuesto
Que encarna frente a ti
De tanto en tanto
Y trae su exótica religión su idea del asunto
Sus distracciones sus aparentes crueldades
El poco cuidado con que trata los más preciados dones
Las ofrendas y regalos que destinábamos
Antes
A nuestro propio fetiche
Tal nuestra donación
 
Los bárbaros poseen la ingenuidad de lo que fuimos
Aquello que en ellos no ha crecido nunca
O bien nunca lo ha hecho en esta dirección
 
Son lo que fue posible que fuéramos hoy y no prosperó
Por eso la ternura el celo el interés que sentimos
Por su aparente torpeza
Su falta constante de consideración
 
Nuestro consuelo cuando nos matan sus actos
es mirarlos benignamente
Y acariciar o al menos intentar hacerlo
La brutalidad que destroza y que
Cuando se les reprocha
Sinceramente no comprenden
Como no comprenderían si llorásemos delante de ellos
El porqué de todas esas lágrimas se sienten inocentes
Lo son nuestra es la tragedia de entenderlo
Y de entender que nada podemos hacer
Ni por amor ni por odio para redimir a la criatura
De su condición de bárbara
 
Este de todos los dones es quizás el más extraño
Que nos dieron nuestros dioses
Nuestros dioses que no existen
 
También están esos bárbaros que se nos parecen
Pero no son nosotros cuídate sobre todo de ellos
Son los más peligrosos son los que realmente
Llegan a tu corazón
Con sus similitudes
Sus engaños de los que son desde luego
Totalmente inocentes
 
Pero nadie cambia a los bárbaros
 
Y cuando aparece su barbarie expresa su “bajeza”
Su “violencia” su “impiedad” su fastidiosa negligencia                                                                         extrema
Ya están dentro de nosotros y es tarde
Muy tarde para todo
Y no se van jamás de aquello
Que conquistó su impericia su malicia inconsciente
Y también su destreza
Largamente adquirida
En combate contra otros bárbaros
 
Seremos su triunfo la gota de alegría infantil
Que dura un día
La jactancia a solas que pronto se disipa
Nuestras serán las ruinas las veneradas estatuas
Rotas que vendimos por ellos a precio de mercado
Nada o casi nada vale algo nuestro entre los bárbaros
Y nuestra será la noche donde algo se incendiará
Eternamente para siempre en llamas
Por amor a los bárbaros
 
 
 
 
 
KUSTENDJE, A ORILLAS DEL MAR NEGRO
 
A José Kozer
 
Me decías en tu carta que es bella Kustendjé,
cuando los chinos y el viento llegan del Mar Negro
y que no lejos de la estación de ómnibus
hay una piedra donde -te dijeron- se sentaba Ovidio
cuando se llamaba Tomis y era su destierro.
 
Nadie, la divinidad, nos salve del favor de los poderosos,
que de los cambios no se salva nadie.
 
Que ayer demolieron la última estatua de Lenín
y que en Tomis él lloraba la Roma nocturna,
risueña, la frívola lectura de poemas de amor,
la arrepentida resaca del mediodía siguiente,
cuando con otros ociosos comentaba licencias,
conquistas o rechazos, en los baños o en las calles
de un mundo que reía para siempre.
 
Me decías en tu carta que todavía murmuran poco inglés
y que mientras hablaba solo y espantaba las gallinas
con la voz de sus hexámetros, seguía siendo Ovidio
aquel viejo andrajoso, el mismo que otras ropas
y cabellos y perfumes presentaron a Augusto.
 
Que ya sabías por qué las piedras y los versos
cambian, cuando cambia la mirada, así como
-antes de la metamorfosis- Ovidio supo
por qué la poesía le interesa a nadie.
 
 
 
EL HUDSON
 
 
¡Oh! ¡Y luego estar con uno mismo!
¡Estos enmudecimientos! ¡Este andar a la deriva!
Gottfried Benn
 
 
Cuando la tomamos demasiado en serio,
la poesía empieza a tomarnos en broma:
 
Dónde es el papel, en qué otro cielo
vuela este insecto porque yo lo escribo.
Por qué cadencias la madurez de su ausencia
se troca en lo que ya antes sin yo saberlo era
una agregada catástrofe, quizá feliz,
sin que sea del todo aquí la falta del volumen
y del peso, casi inconsistente pero ya
medianamente cierto, éste
que revolotea entre el cuarto y aquel cielo,
sin duda tan entero como nosotros
lo estamos de su lado.
Y si no, certidumbre dime
de dónde viene y adónde va
su desafiante respiración
que señalas como ajena y es suya
aunque lejana, en trayecto.
De igual modo allí están
cuantos y cuanto no veo,
adonde el insecto va y donde vuela...
 
¿Quieres cuál insecto, dime, tras esos bordes?
 
Nadie conjura nada que no lo haya evocado.
 
Y leer que es buscar
lo que más se teme,
el otro acto tan indivisible
como el caballo o el hombre del centauro,
no es atravesar ningún borde
sino en la misma vigilia otra repentina forma;
las manos que vuelven cada página
abren la maleza de una ambigua selva.
Atardece, es de noche en la ciénaga,
ya ves como obediente a la luz que declina
se ha posado a cantar en la orilla vecina,
las alas contra el cuerpo, inocente de todo.
Nada puede ocurrir si le acierta esta piedra.
 

I.
 
¿Qué otro río es éste bajo el nombre
sino el mismo río que te mata, Heráclito, en sus aguas?
Las saladas y las dulces son el idéntico
caudal que las transporta:
una orilla es el Hudson, otra es el Ganges
y hay otra orilla, además, para otros nombres.
 
Ancho y angosto, largo y corto río del mundo
al que tomamos por sus meandros:
incluso el que gotea en sus sótanos profundos.
Todo es la orilla: ni la rueda ni el fuego ni el lenguaje
salieron jamás hacia otras tierras que no fueran esta azul                                                                     Mesopotamia.
Siempre atrás, siempre adelante,
nunca supiste, Almirante,
cuán interiores
eran las aguas que cruzaste.
 
Así es de noche y es de día en cada mitad del río.
 
 
II.
 
Qué ingenuo, viejo Hudson, el que creyó
que iba a hablar de ti y del Rin y del Danubio,
cuando esta noche he bebido tus metáforas
como allá enfrente ¿es New Jersey? alguien bebe
su vodka, su arak, su whisky, el usho de las Cícladas,
el vino negro y espeso de un fuerte mediodía.
El trago de tus aguas que emborrachan lleva
al centro mismo de tu corriente múltiple:
 
cuanto más quito de ella, más le devuelvo.
 
¿Qué relación habrá, íntimo Hudson, entre tú
y este río al que veo escurrirse entre los puentes,
este sí, seguro, de la estirpe del río único del que habla el                                                        primer canto?
Cuánto se aclararía y se enturbiaría de saberlo,
entre un juego del mundo y un juego de palabras.
Pero tenía que engañarte a ti que lees o a ti que escuchas
(¿dónde, en qué lugar correrá ahora, después de escrito,
el poema-río?) para que con menos desconfianza
me acompañaras a estos movedizos remolinos,
donde como en el desorden de una sopa de letras
muchos nombres se asoman y se esconden.
Me pregunto también qué pasaría si estuviera a mi lado
un poderoso policía, un hombre bueno,
y tuviera que explicarle todo esto paso a paso,
la intoxicación con agua que no está
pero que sí, también ella deja su huella en el aliento
y un andar trémulo y distante,
es esto ya una experiencia rara en el mundo
pero igualmente fácil de confundir con otras dilatadas
                                                                       pupilas,
con otros pulsos alterados, con otras alucinaciones ¿más                                                                                baratas?
Ni hablar de las secuelas. Crea un hábito incontenible.
En otros tiempos seguramente había quien mataba para
                                                           proporcionársela
(¿Me escuchas Gilles de Rais? ¿Me escuchas gran                                                                 Tiberio debajo de la tierra?)
O nunca hubo nadie en ese trance. Ni siquiera alguien                                                 que muriera por ella;
viejo Hudson de la mente, tú que eres su objeto y su                                                                          riego
tendrías que saberlo y que decírmelo.
 
Ya nadie dice “caballo”
y hay un potrillo nuevo sobre el mundo.
Maldice, bendice, de ahora en más
el pan que lleves a tu boca sabrá a contradicción
 
 
 

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