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- EL POEMA DE HIERRO
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- Dame un poema de hierro que restalle sobre
las
- vacías cabezas
- y una mano firme en la muesca de la
antorcha,
- un poema de sangre y de huesos impacientes
- y la pluma de carne firmando sentencias
- en las culposas mentes de los jinetes locos;
- que convierta en sal a los cobardes, un poema
de
- hierro
- oxidado y torvo pateando en el estanque a
- medianoche,
- cuando ni los muertos sueñan con la aurora.
- Un martillo de palabras para dejar al mundo
con las
- cuencas vacías,
- rabioso ademán, piedra encendida en la boca
de los
- que duermen
- mientras el agua sube en el Gran Cuarto
Esférico;
- un puñetazo en el sexo de la muchacha
arrodillada,
- idiota, paciente humanidad,
- que no ve, que no oye,
- sólo conversa con las cenizas de sus dioses
muertos.
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- LAS LÍNEAS DEL MUNDO
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- Quien ve a las líneas del mundo
- unir a la desdicha
- con la alegría sin tiempo ni motivo,
- a la ceguera del hombre con lo luminoso del
hombre,
- al cobarde, al justo, al tonto
- (que asiste a la ceremonia del crepúsculo
- asombrado, muy quieto, flotando sobre el
agua),
- nunca se vuelve altivo
- a contemplar la guerra que incendia
- el lugar donde vibra todo esto.
- Ya nunca sueña.
- Abre los ojos despierto, abre los ojos
dormido.
- El que ve a las líneas del mundo
- servir de trampolín a los pájaros
- y de escalera a las almas,
- sabe por qué no vuelan
- y se guarda de contarlo.
- Otro será su interés:
- él querrá trepar por ellas
- disimuladamente, sin un solo comentario,
- sin que nadie note la ausencia del desertor.
- Feliz, ignorado por todos,
- vagará por la tierra sin nombre
- con su precioso secreto, ese momento en que
espió:
- él conoce signos que lo conocen,
- hace su propia ley.
- Y por fin, cuando se retira,
- como un oscuro bulto con corazones de
tormenta,
- hacia la tierra oculta en esta misma tierra,
- que guarda de toda noche el sol,
- no olvida, ni por un momento,
- que el tiempo está en su red.
- Sabe que no hay milagros, sabe qué cosa son.
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- Algún día todo será plenitud.
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- EPITAFIOS
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- Juan Arturo Nicolás Rimbaud:
- ¿junto a qué sagrado terror
- por lo entrevisto, navegó por tu alma
- la certeza atroz de perder para siempre
- la visión, al abandonar la Ciencia?
- Ya no hubo tiempo, ni otra oportunidad
- de contemplar aturdido el incendio de las
estrellas,
- para traducirlo al hombre ya no hubo tiempo.
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- De FRACTAL
- Ediciones Correo Latino, Buenos Aires,
1992
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- LOS OJOS DE RIMBAUD
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- Azules, de bárbaro. Hoy cantan para ti
- los suaves trinos y en el taller literario
- adelgaza la voz el papagayo: conmovida
- endulza las Grandes Miradas su lección de
confitero.
- De este lado rezamos por ti hincados ante un
lobo:
- que la bella ciencia es una habitación que da
a lo oscuro
- y el hombre, ese acertado inconstante,
- es apenas unos pocos pasos que poe ella van y
vienen.
- Hoy que las profesoras de letras olvidaron
todo
- lo que saben de ti los presidiarios
- y el vago que, a riesgo de ser aplstado por
los automóviles,
- detiene la metáfora de su paso por recoger el
milagro
- de una hoja, sin alcanzar a explicárselo;
- hoy que apenas los escensoristas
- se levantan de entre los demás,
- hoy que esta loca materia aparece ahogada y
vencida,
- como lo estuvo siempre, como va a estarlo
siempre,
- flotando sobre las aguas de los números;
- hoy que en tusa selvas vírgenes arraigaron
los casinos
- y suena música disco en todas las Africas
tonantes,
- hoy que en la calle 88 y Broadway una
horrible fulana te pasea
- impreso en su remera, sonriente con toda la
Gloria Americana,
- hoy que encuadernado e ncuero y con letras
doradas
- te exhiben los dentistas en sus huecas
bibliotecas
- y te honran a su modo, repartiendo venenos
por las calles
- del mundo los ágiles traficantes,
- hoy que caen los muros y todas las
posteridades se desploman,
- hoy que la Historia, esa vieja enemiga,
- se ríe de nosotros diciendo que no existe,
- como en tu tiempo repetía el Diablo;
- hoy que los blandos músculos de los diputados
- pueden arrojar al mar, si quieren, a miles de
forzudos extranjeros,
- hoy que la tímida democracia probó ser más
efectiva que los
reyes,
- hoy que todos por fin somos buenos
- y alza su copa radiante el rosado, negro,
amarillo y cobrizo
- banquete de la vida, más allá
- de los caritativos grupos que intentan el
soneto,
- a través de las bibliotecas barridas por el
polvo y las secretarias,
- sin dactilografía ni voz ni esperanza ni
objeto,
- cruzan las geografías dos luces gruesas y
potentes
- anillando la Tierra. No por el símbolo sino
por la mirada
- eres como el dios de plástico que cuelga de
su pared el asustado,
- para que esos Ojos le sigan por la casa. Para
nosotros
- los mínimos, para nosotros los pocos, para
nosotros los débiles,
- que sólo queremos estar ociosos, tus párpados
están
- siempre abiertos, hermano desdeñoso,
- Jesucristo el Terrible,
- hoy que es una verguenza tener hambre
- siguen mirando lo mismo tus fanales
salvajes.
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- LA BESTIA DE LA AURORA
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- El gato perpetuo en la mañana absoluta
- está gritando que es bestia de la aurora,
- ¿y quién oye al mínimo animal que encarna,
- sino el árbol de oro a cuyo pie repite,
- se desgañita?
- Está hecho de animales
- como una fábula antigua,
- pero ni aquellos frisos encanecidos
- por el polvo donde duermen los imperios,
- ni la fresca novia del amanecer alcanzan
- para adelgazar el oído que duerme,
- que duerme aunque hace mucho es de día.
- Brutal sombra que ves
- con indiferencia la sombra de tu sombra
- y la de todos hundirse lenta como un barco
- en el océano que alardea de ser
- la única, posible sombra,
- como todo lo terrible tú pareces pedir apenas
- una caricia inconsciente de lo frágil,
- simulas ser un sirviente y eres el amo que
distingue
- entre el árbol de oro y la raíz,
- por siempre hundida en la tierra,
- volumen apenas de la sombra.
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- CATON, EL CENSOR
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- “Duda como un griego pero actúa como un
romano”,
- acaba de decir hace un rato,
- perdido entre los pliegues del pasado,
- a un niño poderoso que domina
- su suerte y la del mundo que lo escucha.
- Hace un rato, apenas: el tiempo es el
tiempo que repite
- las voces de Catón y otras maneras.
- Sobre el eco del aplauso se ha enroscado la
hiedra,
- hoy otro Mediterráneo divide la tierra de la
tierra.
- Pero él sigue envolviéndose en su manto,
- victorioso sobre el emperador y los mortales,
- huyendo hacia su villa donde el ánfora
- y el pecho de dos adolescentes aún le
esconden
- el peso del papel representado,
- las arduas consecuencias para otros
- que son la duda griega, quién y cuándo.
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- UNA AVISPA CRUZO
- EL HIMEN DE LA VENTANA
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- El astuto animal fue ingenuo dos horas por la
casa:
- antes del polvo de las cosas tocó los
helechos salvajes,
- los gruesos valles del jardín diminuto,
- la piedra que es llanura de lava para su ojo
infinito:
- un viajero aprensivo por las habitaciones
casi desiertas
- alentó inútilmente las plantas prisioneras,
- rondó la cabeza del perro semidormido
- que lo espantó como a un remordimiento.
- La antesala fue el Cañón del Colorado:
- antes sus poderosos antepasados visitaron
- otras comarcas ausentes de follaje.
- Fue curiosidad: Rousseau no pensó
- en la avispa negra que anida sólo en tierra
- cuando labró la cara del salvaje
conveniente, bondadoso;
- curiosidad de ver dónde desova su estirpe
- y cómo amasa el barro de sus habitaciones el
gran animal
- blanco
- que le teme y espanta desde el origen del
tiempo.
- Armado activista de otra casa,
- antigua, abandonada,
- donde fuimos el intruso,
- curioso, como una avispa negra.
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- EL MAR DE LOS ANTIGUOS
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- No volverá jamás el mar de los antiguos
- a rebañar las costas creadas por sus olas.
- Un año de ancho, una vida de largo,
- se sumió en la honda bocanada del fondo.
- Con él las bandas de Erik el Violento
- y la pacífica vela de otro ladrón, fenicio,
- doblaron para siempre ese horizonte blando
- y abajo el precipicio que los tragó
- a todos como se cierra un libro.
- Ni el ceñudo pirata que un día fue
- estatura y bronceado y sombra,
- ni el traficante sofocado bajo tricornio y
títulos,
- tuvieron el poder de detener
- aquellas otras olas que se llaman horas;
- menos el múltiple ahogado, ése sin nombre,
- puede asomar la cabeza ahora
- para su intrépido persistir
- bajo la luna, a solas.
- Ah mar de Eneas y de Ulises
- que no eras éste y eras
- la cuna del delfín y las especias
- y el camino del oro y siempre, lo Otro.
- Qué portugueses y españoles eran
- cuando eran los que eran en el mar.
- ¡Y el junco de esa otra historia, la
ignorada,
- que salía a él bajando de los ríos
- como una rama armada de astrolabio,
- con hombres amarillos bajo la tensa seda
- guardando sus secretos, sus caminos y sus
signos!
- Veo entre peces voladores
- cabalgar la trirreme del romano
- y al bajel del griego salir de la zozobra;
- todas esas ambiciones que iban tras las
Hespérides
- encalladas en el arrecife del Minuto.
- Y la Sirena, el paganismo de a bordo
- recubierto de escamas y colocado fuera,
- y el oficial Leviatán del Viejo Testamento
- condensados en la ballena blanca
- que surcó todavía, en mil ochocientos y
tantos,
- el querido inolvidable mar de los antiguos.
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- CARACOL DE SUEÑO
- SOBRE UNA COSA QUE MATA
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- Una bestia terrible resbala sobre todo:
- terrible como decir “yo permanezco”,
- de la tribu que puede cruzar sobre una hoja
de afeitar
- tomándose su tiempo,
- arrastrando su fuerza pausadamente
- sobre el agudo diminuto abismo
- que separa un lado de otro lado.
- Y no puedo ver la sonrisa de esta casi cosa
- tras su hazaña que no puedo imitar,
- yo, frágil materia que sólo puede
aplastarla,
- ella, como casi todas las cosas, fuerte
gelatina
- determinada a seguir sin que yo exista.
- Para mí, la certeza es el brilloso camino de
su nunca.
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- DEJA QUE HABLE EZRA POUND
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- Si no tienes nada que decir cállate
- deja que hable Ezra Pound
- desde las sombras el espléndido anciano
- desde la fina línea de agua
- el magnífico anciano
- te muestra los genuinos billetes de su
fortuna
- y todos brillan legítimos peces
- de un río infinito que sí
- ése nunca se detiene.
- Si no tienes nada que decir cállate
- los altos caballeros las damas abigarradas
- que vivieron y murieron y nacieron por esta
sola causa
- no pueden tener al lado
- el tartamudeo de un enano
- la cojera de un monedero falso
- que delata que el oro de sus verbos
- carece de aquella delgada línea de agua
- esa finesse salvaje la impecable mancha
- que no adorna la cabeza del animal escrito
- -que cruza sólo un instante por el papel-
- sino que sale de adentro del animal
desfondado
- de las vísceras vivas donde corre la sangre
real
- -ésa de donde proviene el color del colorado-
- y palpita afuera como un monstruo de luz
- como una imagen sin otra capilla que cada
cosa
- de cada universo posible e imposible
- la que podría muy bien ser adorada
- de pie y sin velos sin altares ni nada
- -ni siquiera acólitos-
- bajo el nombre de nuestra señora de los
verbos
- nimbada de estiércoles y nervios
- de eclipses y novas oh tú
- alta y baja sublime maliciosa
- poesía que reinas sobre la amplia noche
- y el delgado día
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- THE SWAN
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- “Si yo fuera otro animal, ¿qué animal sería?”
- no dijo ella, nunca.
- Tù serías un cisne y por el camino del cisne
- se abrirían las aguas donde los hombres
- lloran abismos verticales.
- Si tú fueras un cisne,
- tal vez aquellos que conozco no morirían
jamás,
- y estaría saciada esta sed memorable
- de presentir en las sombras
- el paso de otra Sombra.
- El día, poblado de sentido,
- girando sobre sí mataría el lado que se
ignora
- para devorar en minutos la obra de los
siglos.
- Y volvería a rodar la máquina necesaria
- para encontrar en los ojos la Primera
Palabra.
- Cada piedra sería la de la locura
- y mi alma no andaría lejos,
- escondiéndose, como la de todos,
- para no ver en el claro donde la luna baña
estos milagros
- que apenas somos unas furtivas cáscaras de la
alegre
Nada:
- Adán es como lee el diablo, que mira al
revés.
- Si tú fueras un cisne los veranos oceánicos
- se perderían lejos y un gesto
- que no termina de caer sería detenido.
- Pero tampoco vendría ninguna clase de
invierno
- a cambiar la piel de las serpientes
- ni el sueño en la palabra.
- No iríamos más lejos, aunque fueras un
cisne.
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- De EL PASADO Y LAS VISPERAS
- Ediciones Aleph /Universidad de los Andes,
Venezuela, 1995.
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- CESAR VALLEJO
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- Por los corredores de la imaginación ir
caminando,
- libre y solo para siempre, como cuando era
- y no sabía que era un niño,
- hasta olvidar que estoy imaginando.
- Que esta carne pesada, que orina y suda,
- en una o dos ideas se resuma
- o vuelva bien atrás, a esa casi nada
- que casi nada ve en su cielo nublado.
- Devuélveme al chimpancé o hazme sólo
literatura,
- mas no me dejes la condición de hombre.
- Esto que todo lo pesa en mí
- afuera no pesa nada.
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- DE LO QUE HUYE
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- Pensar que Spinoza murió puliendo lentes.
- Que Blake se fatigaba en una imprenta
- esperando la conversación de ese día con los
ángeles.
- Que por vivir Baudelaire se humillaba ante su
madre.
- Que Rimbaud fue silenciado por Rimbaud,
- para que este ingenuo me hable de la
literatura.
- Como si posible fuera otra cosa que inventar
- ante otros la forma de lo informe
- y cobrar un salario. Qué persuadido está
- de lo improbable. Esas palabras
- han erigido congresos y simposios
- y prestigios y famas quizá más perdurables.
- Y en el centro, el errante, de esta cosa
mundana,
- ese brillo salvaje que por disfraz,
- por burlarse o por escapar aun más
- del terco intento, ha inventado
- también estas criaturas, seguro
- ríe en alguno desde el fondo de la sala.
- O mira con piedad su simulacro.
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- AL CASTELLANO
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- I.
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- En esta lengua que hablo, en estas frases de
un eco
- cuántas voces viven, cuánto eres la
inmortalidad,
- lengua de plurales que siendo una eres
- metáfora de aquello que siendo uno es lo
diverso.
- El todo te contiene y tú contienes esa
palabra: Universo.
- Porque de qué otro modo podrían vivir en
estos verbos,
- en estas sonoridades, en estos silencios y
alturas,
- tantas sombras que fueron y tantas que serán
mañana:
- de las que serán ya están las palabras en las
bocas
- y estuvieron en la luna sangrienta de
Quevedo,
- en la mañana en que Díaz de Vivar tomó una
ciudad
- ya muerto, en la impávida marinería que otra
mañana,
- de octubre, vio una costa (sueño dentro de un
sueño),
- y estaba hecha de dolor, de hambre y de
coraje.
- Oh lengua donde cabalgan hombres y donde
- tantas lenguas han desembocado,
- ancho río de España que ha salido al mar,
- es cierto que no conservaste para nosotros
- la gracia leve de las declinaciones,
- pero del sólido latín vienen tus huesos,
- la carne somos hoy los que te hablamos
- (el centurión que rige en la provincia
- lejana de su imperio, no comprende
- que al pedir el vino pide a la historia que
conserve
- unos distintos matices, unos cambios que no
serán
- fugaces como su humana sombra,
- sino el futuro del habla de Virgilio).
- El fenicio que apoyaba su balanza en su lanza
- y desde lo conjeturable a cambio
- nos dejó su sangre y sus palabras.
- El doctor que en la Torá canta al Dios de
Abraham,
- el duro visigodo que bautiza a su hijo
- con trabajosas frases que ya no son
exactamente
- las sajonas
- con que fue nombrado. El victorioso muslín,
- que bajo el verde triángulo de sus banderas
- no sabe que fue él el conquistado.
- El probable griego que lejos de Bizancio
- sumó a sus ciencias el arte de vivir en el
exilio.
- El capitán de hombres, asturiano,
- que juró sobre la espada de hierro tomar esa
colina
- y en la colina duerme desde entonces.
- El fraile que en la celda deleita las horas y
las horas,
- al resguardo del muro y de su tiempo,
- inclinado sobre el tomo y que transcribe
- siglos después el porvenir de esos ecos,
- las frases de Aristóteles y los dobles sueños
de Plutarco,
- no conoce que en lo que ara su pluma
- otro rumbo se ha abierto.
- Lo supo el triste, el alto, el solo
- que soñó en la cárcel que era Miguel de
Cervantes
- y que escribía el Quijote.
- Ni el judío ni el moro ni el cristiano
- que disputan y entremezclan sus sangres
- en tu sonoro ancestro lo comprenden:
- de qué miles de hombres y de historias
- has salido, lengua de Gracián y las Américas.
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- II.
-
- Veo en ti. No estás hecha de sonidos
solamente,
- ni de ideas solamente ni de conceptos. Fuiste
hecha
- también para nombrar esas penumbras de
- las imprecisiones,
- la ambigua senda que entre la palabra y los
hechos
- declara su dominio. Otra proeza tuya,
castellano.
- Que la eternidad tenga un cuerpo y que
podamos
- palpar el peso de una hora en la palabra.
- En Persia ciertas oraciones podían mover los
astros;
- sólo tú, ahora, puedes convocarlos. Que yo
diga pradera
- y la pradera se extienda, como una alfombra
sin árboles,
- amarillento cielo derramado de aquí hasta el
horizonte.
- Que yo diga volcán y que éste brote en la
habitación
- sonora,
- arrancando los pisos e hirviendo los aires y
el aliento.
- Que diga mar y pise el légamo del fondo
- con los cabellos sacudidos por las olas, todo
venido
- en torno
- sueño líquido, blando peso en movimiento,
- inconmensurable.
- Que diga aire y me eleve o todo hacia algún
allá
- descienda,
- como si cayera la tierra y en el mismo lugar
- me quedara, solo.
- De alguna forma, en millones de bocas,
- lo has abarcado todo, lo has devorado todo:
- ¿qué otras palabras, como gentes del futuro,
- en ti, lengua infinita, allá adelante esperan
por nosotros?
- Cuáles habrá para nombrar lo que no ha nacido
nunca,
- como no habían nacido antes éstas que
hablamos.
- Si presente es eso que al nombrarlo en ti
- es lo que ha sido, más el mañana de lo mismo,
incluso,
- lengua que has sido la de Góngora y es mía,
- usando tus palabras yo te sueño tan eterna
- como la tierra y el aire. A ti, que abarcas
por igual
- el fuego y el agua y la tierra y el aire.
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- De LA YEGUA DE LA NOCHE
- Ed. Del Castillo Editores, Santiago de
Chile, 2001
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- ESTA MAÑANA ESCRIBI DOS POEMAS
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- Esta mañana escribí dos poemas.
- No me pregunto ya por el sentido
- que tiene o no tiene este oficio oscuro.
- Simplemente es otra manera, posible, de estar
vivo.
- Me pregunto por el origen
- de esas dos cosas que ahora están sobre la
mesa,
- no exactamente hechas de papel y de
pigmentos.
- Por los hombres que lo han dicho mejor
- y hoy están muertos.
- Por los siglos de guerras y de paces
- que entre las palabras han corrido.
- Me pregunto los nombres y el semblante
- del que en otra parte del globo ha dejado
- sobre su mesa otras dos cosas iguales
- y que duda también de mi existencia.
- Me pregunto por los miles de días y de noches
- que han debido transcurrir para que
hiciéramos esto.
- Por los cientos de personas
- que han donado los versos.
- Me pregunto por qué, hace un rato,
- se ha modificado dos veces este mundo.
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- LA MANO
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- Esta mano que tiendo
- y que te aguarda
- es otro vano prodigio,
- otro milagro inútil
- de la serie infinita
- que nos rodea en silencio.
- En la mañana que ha dejado
- atrás las dos vigilias,
- la del insomnio y la del sueño,
- que también es posible,
- la contemplo a veces con ese solo asombro
- que reservamos para lo extraño.
- Ha viajado conmigo toda la noche.
- Quizá, no lo recuerdo, ha palpado
- cosas que no tienen forma.
- A su tacto se han abierto
- puertas y se han opuesto muros
- que tal vez no existen.
- Ha temblado de frío o ha sudado
- bajo climas que no cambian. Posiblemente
- ha sido cortada, como en una noche
- de 1676, y permanece intacta.
- Ha de viajar conmigo por todo el día.
- Es mi remedo: hará girar cerraduras,
- tocará lo que ha sido tocado y tocarán los
otros.
- Todo es un infinito pasamanos.
- Aceptará la alevosa amistad e intentará
- disuadir las amenazas, que no son otra cosa
- que equívocos de amor entre los hombres.
- Y no desdeño que las horas de luz
- la obliguen a papeles menores:
- encender un cigarrillo o dejar
- la humillación de la limosna
- son parte del misterio donde actúa la mano.
- Como yo, mi mano es algo que está
- en el mundo para aceptarlo todo.
- Ahora, que en la tarde,
- cuando contemplo lo que escribe
- estas voces sin el honor de algunas
precisiones,
- oscuramente comprendo
- jirones de su metáfora. Como un libro
sagrado,
- celosamente guardado por el enigma de su
lengua,
- se ha desgajado otra día
- por el paso de la mano.
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- EN EL MUSEO DE ADENTRO
-
- recuerdas amor mío el largo adiós
- subdividido las innumerables salas como
siglos
- como millones de años cada vitrina absorta
- y en el centro de donde emanaba la extensa
arquitectura
- el dinosaurio
-
- enorme la fiera extinta
- la cabeza más grande que el cuerpo
- el bocado feroz todavía tendido hacia la
carne
- asimismo evaporada
-
- los cónicos dientes las fauces en el solo
hueso
- como la crueldad de dos que se aman
- y se hieren profundamente en una frase
- un gesto debajo de la apariencia de
inmovilidad
- debajo de los huesos debajo del alma
- el gran animal insomne que reina todavía
- pasea por nosotros el reptil tan hondo
-
- y tú y yo callamos
- ante el conflicto escamoso
- que arrastra su cola amarga
- por ese jurásico escondido
- tan suyo fue como nuestro es
- aquel pantano
- es este
-
- malignamente te amo
- malignamente te espera esta carne desnuda
- que el tiempo no evapora
- porque sabe que vence a la fauce
- indefensa
-
-
- LA YEGUA DE LA NOCHE
-
- “The nightmare, mare of the night...”
-
- “La pesadilla, yegua de la noche...”
- Robert
Graves
-
- Carne que carne fue
- Y amada fue
- Y hoy es literatura.
-
- Muerte que pudo ser
- Y no llegó, al menos hasta ahora
- Que su dibujo hago
- Sobre este papel, efímero.
-
- Esplendor que no me estaba destinado.
- Hombres que no fui y no seré ya nunca,
- Horas que sin venir me habían antes
abandonado.
-
- De día y de noche veo el alto caballo,
- Negro de tanto contener estas cosas,
- Que me observa y lo hace sin cuidarse
- De papeles y de manos.
-
- La franca pesadilla, su yegua pasta en mí
- Y tú me entiendes, Robert Graves,
- Bajo el suelo que guarda tu apellido.
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- VEO A UNA MUJER MAQUILLARSE
-
- Veo a una mujer maquillarse cualquier mujer y
cambia
- primero está pensando en otra cosa (porque
cuando una
-
mujer
- comienza a maquillarse aún no ha separado
este acto
-
del resto
del día)
-
- Pero luego disponiendo los objetos varios que
la
-
ceremonia
- determina preciosamente en su exacto lugar en
torno de
-
sus manos
- la mujer sabe que algo ha ingresado de nuevo
a este
-
mundo
- Se abstiene sin embargo de nombrar eso que
viene
- Polvos cremas pinturas para la delicada
construcción
- lápices que escribirán otras palabras que
estas
- palabras que intentarán decir a la que
esconde
- La otra como ella se ve debe ser dibujada por
esta la que
-
se asoma
- al espejo para verla
- Ella está como tímida ante su hermana mayor
que
-
insiste
insiste
- “sácame de la nada invócame haz que
nuevamente sea
- entre los seres las horas y las cosas
- haz que sea nuevamente entre los hombres
- sí sobre todo haz que nuevamente sea entre
los hombres”
- Y la pequeña se somete al llamado de la
grande y la saca
-
y la dibuja en el
espejo
- Del otro lado se queda ella colocada en el
dibujo
- Polvos cremas pinturas lápices el
instrumental es el
mismo
- de todas las ceremonias semejantes
- quien fabrica estas cosas sí que sabe lo que
hace
- Veo a una mujer maquillarse y me fascina
- Por su parte y como siempre la mujer sólo
está fascinada
-
por sí
misma
- Nada ni nadie existe ni cuando se acerca al
espejo
- ni cuando está ante el espejo ni cuando se
quita de él
- Extraña especie tan cantada y sorda
- Navega por la vida atada a su poder y lo
puesto en sus
-
oídos
- lo colocado ante sus ojos lo concentrado en
su boca
-
la salva
de caer
- Será por eso que ante una estamos siempre
solos
- Enigmas de lo que no puede caer
- Ahora traza una línea ha dudado no por no
saber sino
-
porque
- conociendo el significado de la ceremonia
goza de lo
-
preliminar
- ahora traza una línea y divide el día en dos
- Ya fue hecho lo demás es desarrollo una línea
azul oscura
-
apenas un
trazo
- sobre el ojo izquierdo que ha sido
completamente
-
transformado
- Ya no es un ojo humano no es el ojo que vino
con ella
-
del
vientre que sabía
- que paría a una mujer sino un ojo de ella
- definitivamente suyo
- El ojo mira al resto en el espejo y está
satisfecho
- parpadea para alentar a la mujer
- La otra la mira desde ese ojo donde ya se
asoma y
-
vigilante
- la obliga a lo demás
- Sin embargo la mujer hace una pausa a medias
-
maquillada bebe
- una taza de té hay un placer en eso de andar
- a medias maquillada por el mundo
- Paralelamente es como demostrarle todavía a
la otra un
-
diminuto
poder
- una ligera potencia que alcanza a diferirla
pero que no
-
podrá
evitarla
- Cosa que ambas saben y agradecen
- Pero finalmente también el ojo derecho cambia
y la otra
-
ya ve
- perfectamente en el espejo ahora es ella la
que ve
- y la primera mujer se va yendo lentamente
trazo a trazo
- Hay unas cremas castañas untuosas con las que
las
mujeres cambian de piel
- no oscurecen la suya sino que sacan la otra
piel de las
-
mejillas la dejan
asomar
- Ignoro por completo el nombre de ese ungüento
como
-
ignoro los nombres
- de los otros elementos de la ceremonia porque
ellos
-
y sus nombres
- pertenecen por completo al otro mundo
- El que convive con el del hombre en esta
tierra y en la
-
historia
- Nombres cosas términos precisos que no
podemos
-
comprender
- que vienen de otra lengua que son dichos en
otra lengua
- mucho más sugestiva que la nuestra
- una lengua que está hecha para usarla en voz
baja casi
-
susurrándola
- Porque no pertenece al universo de las
grandes
-
expansiones sino
- al de la reserva al de lo íntimo lo cerrado
- En esa lengua hablan entre sí las mujeres y
hablan ante el
-
espejo con la otra
- Donde un gesto quiere decir otra cosa donde
ninguna
-
palabra
- se corresponde con las nuestras allí en esa
lengua una
-
mujer se maquilla
- y nosotros creemos que se adorna
- Ante el espejo todo ha sido consumado y la
otra ya está
-
en este mundo
- la mujer anterior se ha ido y esta es la que
se mira entera
- Mueve alternativamente un músculo sonríe
levanta o inclina
la cabeza
- como un actor que calcula sus fuerzas y
ensaya
-
previamente
movimientos
- Esta mujer otra mide ante el espejo
sinuosidades gestos
-
pausas
- A solas previas únicas estas gesticulaciones
son como los
-
arquetipos
- que viven perfectos en el mundo de las ideas
pero luego
-
se plasman en número
- Repeticiones de cada uno de estos movimientos
serán
lanzadas
- con alevosa precisión sobre el mundo de las
cosas
- Se incorporarán a él sin perder su condición
de extrañas
- La mujer no es sólo ella sino también sus
gestos además
-
del
cuerpo
- ocupa el alrededor del cuerpo la habitación
el lugar
- entero donde se encuentre
- Como esta mujer la otra que todavía se mira
un poco más
-
en el
espejo
- máscara de la máscara ficción se cree que
completa
-
-
-
-
- DEL AMOR POR LOS BÁRBAROS
-
- Lo opuesto busca su opuesto
- Y en lo blanco la gota que hay de negro
- Crece
- Hasta hacer lo blanco negro
- Y así en lo contrario hace la gota blanca
-
- Todos deseamos lo opuesto
- Que encarna frente a ti
- De tanto en tanto
- Y trae su exótica religión su idea del asunto
- Sus distracciones sus aparentes crueldades
- El poco cuidado con que trata los más
preciados dones
- Las ofrendas y regalos que destinábamos
- Antes
- A nuestro propio fetiche
- Tal nuestra donación
-
- Los bárbaros poseen la ingenuidad de lo que
fuimos
- Aquello que en ellos no ha crecido nunca
- O bien nunca lo ha hecho en esta dirección
-
- Son lo que fue posible que fuéramos hoy y no
prosperó
- Por eso la ternura el celo el interés que
sentimos
- Por su aparente torpeza
- Su falta constante de consideración
-
- Nuestro consuelo cuando nos matan sus actos
- es mirarlos benignamente
- Y acariciar o al menos intentar hacerlo
- La brutalidad que destroza y que
- Cuando se les reprocha
- Sinceramente no comprenden
- Como no comprenderían si llorásemos delante
de ellos
- El porqué de todas esas lágrimas se sienten
inocentes
- Lo son nuestra es la tragedia de entenderlo
- Y de entender que nada podemos hacer
- Ni por amor ni por odio para redimir a la
criatura
- De su condición de bárbara
-
- Este de todos los dones es quizás el más
extraño
- Que nos dieron nuestros dioses
- Nuestros dioses que no existen
-
- También están esos bárbaros que se nos
parecen
- Pero no son nosotros cuídate sobre todo de
ellos
- Son los más peligrosos son los que realmente
- Llegan a tu corazón
- Con sus similitudes
- Sus engaños de los que son desde luego
- Totalmente inocentes
-
- Pero nadie cambia a los bárbaros
-
- Y cuando aparece su barbarie expresa su
“bajeza”
- Su “violencia” su “impiedad” su fastidiosa
negligencia
extrema
- Ya están dentro de nosotros y es tarde
- Muy tarde para todo
- Y no se van jamás de aquello
- Que conquistó su impericia su malicia
inconsciente
- Y también su destreza
- Largamente adquirida
- En combate contra otros bárbaros
-
- Seremos su triunfo la gota de alegría
infantil
- Que dura un día
- La jactancia a solas que pronto se disipa
- Nuestras serán las ruinas las veneradas
estatuas
- Rotas que vendimos por ellos a precio de
mercado
- Nada o casi nada vale algo nuestro entre los
bárbaros
- Y nuestra será la noche donde algo se
incendiará
- Eternamente para siempre en llamas
- Por amor a los bárbaros
-
-
-
-
-
- KUSTENDJE, A ORILLAS DEL MAR NEGRO
-
- A José Kozer
-
- Me decías en tu carta que es bella Kustendjé,
- cuando los chinos y el viento llegan del Mar
Negro
- y que no lejos de la estación de ómnibus
- hay una piedra donde -te dijeron- se sentaba
Ovidio
- cuando se llamaba Tomis y era su destierro.
-
- Nadie, la divinidad, nos salve del favor de
los poderosos,
- que de los cambios no se salva nadie.
-
- Que ayer demolieron la última estatua de
Lenín
- y que en Tomis él lloraba la Roma nocturna,
- risueña, la frívola lectura de poemas de
amor,
- la arrepentida resaca del mediodía siguiente,
- cuando con otros ociosos comentaba licencias,
- conquistas o rechazos, en los baños o en las
calles
- de un mundo que reía para siempre.
-
- Me decías en tu carta que todavía murmuran
poco inglés
- y que mientras hablaba solo y espantaba las
gallinas
- con la voz de sus hexámetros, seguía siendo
Ovidio
- aquel viejo andrajoso, el mismo que otras
ropas
- y cabellos y perfumes presentaron a Augusto.
-
- Que ya sabías por qué las piedras y los
versos
- cambian, cuando cambia la mirada, así como
- -antes de la metamorfosis- Ovidio supo
- por qué la poesía le interesa a nadie.
-
-
-
- EL HUDSON
-
- ¡Oh! ¡Y luego estar con uno mismo!
- ¡Estos enmudecimientos! ¡Este andar a la
deriva!
- Gottfried Benn
-
- Cuando la tomamos demasiado en serio,
- la poesía empieza a tomarnos en broma:
-
- Dónde es el papel, en qué otro cielo
- vuela este insecto porque yo lo escribo.
- Por qué cadencias la madurez de su ausencia
- se troca en lo que ya antes sin yo saberlo
era
- una agregada catástrofe, quizá feliz,
- sin que sea del todo aquí la falta del
volumen
- y del peso, casi inconsistente pero ya
- medianamente cierto, éste
- que revolotea entre el cuarto y aquel cielo,
- sin duda tan entero como nosotros
- lo estamos de su lado.
- Y si no, certidumbre dime
- de dónde viene y adónde va
- su desafiante respiración
- que señalas como ajena y es suya
- aunque lejana, en trayecto.
- De igual modo allí están
- cuantos y cuanto no veo,
- adonde el insecto va y donde vuela...
-
- ¿Quieres cuál insecto, dime, tras esos
bordes?
-
- Nadie conjura nada que no lo haya evocado.
-
- Y leer que es buscar
- lo que más se teme,
- el otro acto tan indivisible
- como el caballo o el hombre del centauro,
- no es atravesar ningún borde
- sino en la misma vigilia otra repentina
forma;
- las manos que vuelven cada página
- abren la maleza de una ambigua selva.
- Atardece, es de noche en la ciénaga,
- ya ves como obediente a la luz que declina
- se ha posado a cantar en la orilla vecina,
- las alas contra el cuerpo, inocente de todo.
- Nada puede ocurrir si le acierta esta piedra.
-
I.
- ¿Qué otro río es éste bajo el nombre
- sino el mismo río que te mata, Heráclito, en
sus aguas?
- Las saladas y las dulces son el idéntico
- caudal que las transporta:
- una orilla es el Hudson, otra es el Ganges
- y hay otra orilla, además, para otros
nombres.
-
- Ancho y angosto, largo y corto río del mundo
- al que tomamos por sus meandros:
- incluso el que gotea en sus sótanos
profundos.
- Todo es la orilla: ni la rueda ni el fuego ni
el lenguaje
- salieron jamás hacia otras tierras que no
fueran esta azul
Mesopotamia.
- Siempre atrás, siempre adelante,
- nunca supiste, Almirante,
- cuán interiores
- eran las aguas que cruzaste.
-
- Así es de noche y es de día en cada mitad del
río.
-
-
- II.
- Qué ingenuo, viejo Hudson, el que creyó
- que iba a hablar de ti y del Rin y del
Danubio,
- cuando esta noche he bebido tus metáforas
- como allá enfrente ¿es New Jersey? alguien
bebe
- su vodka, su arak, su whisky, el usho de las
Cícladas,
- el vino negro y espeso de un fuerte mediodía.
- El trago de tus aguas que emborrachan lleva
- al centro mismo de tu corriente múltiple:
-
- cuanto más quito de ella, más le devuelvo.
-
- ¿Qué relación habrá, íntimo Hudson, entre tú
- y este río al que veo escurrirse entre los
puentes,
- este sí, seguro, de la estirpe del río único
del que habla el
primer canto?
- Cuánto se aclararía y se enturbiaría de
saberlo,
- entre un juego del mundo y un juego de
palabras.
- Pero tenía que engañarte a ti que lees o a ti
que escuchas
- (¿dónde, en qué lugar correrá ahora, después
de escrito,
- el poema-río?) para que con menos
desconfianza
- me acompañaras a estos movedizos remolinos,
- donde como en el desorden de una sopa de
letras
- muchos nombres se asoman y se esconden.
- Me pregunto también qué pasaría si estuviera
a mi lado
- un poderoso policía, un hombre bueno,
- y tuviera que explicarle todo esto paso a
paso,
- la intoxicación con agua que no está
- pero que sí, también ella deja su huella en
el aliento
- y un andar trémulo y distante,
- es esto ya una experiencia rara en el mundo
- pero igualmente fácil de confundir con otras
dilatadas
-
pupilas,
- con otros pulsos alterados, con otras
alucinaciones ¿más
baratas?
- Ni hablar de las secuelas. Crea un hábito
incontenible.
- En otros tiempos seguramente había quien
mataba para
-
proporcionársela
- (¿Me escuchas Gilles de Rais? ¿Me escuchas
gran
Tiberio debajo de la tierra?)
- O nunca hubo nadie en ese trance. Ni siquiera
alguien que muriera
por ella;
- viejo Hudson de la mente, tú que eres su
objeto y su
riego
- tendrías que saberlo y que decírmelo.
-
- Ya nadie dice “caballo”
- y hay un potrillo nuevo sobre el mundo.
- Maldice, bendice, de ahora en más
- el pan que lleves a tu boca sabrá a
contradicción
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