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ANTOLOGÍA POÉTICA
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- Selección e
introducción
- por
Alejandro Elissagaray
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- INTRODUCCIÓN
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La poesía de Luis
Benítez ofrece la particularidad de que su estilo no pretende llegar a
la mera representación de un estado anímico, sino resolver la ecuación
entre las palabras, las emociones y los pensamientos. En esta tríada
podemos rastrear la sustancia de su poética, distanciada de manera
categórica tanto de las ampulosidades del discurso retórico como de los
riesgos del intimista. Benítez no dirige al lector señales
unidireccionales. La plurisignificación acentúa los planteos
convergentes en sus textos y ejerce un liderazgo esencial en la
elaboración de las imágenes. Cada poema -o cada verso- apunta a
múltiples lecturas, no sólo desde el marco semántico, sino también desde
la construcción sintáctica. La sintaxis de Benítez está dotada de una
original conjugación de osadía e irreverencia formal a la vez.
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Su poesía es tan gris
como los interrogantes que vierte acerca del mundo. El autor volatiliza
las contradicciones que exhibe la realidad aparencial, sepulta los
absolutos que han predominado en la historia de la civilización (el bien
y el mal, la verdad y el engaño, la paz y la guerra, por ejemplo) con el
objeto de aproximarnos a un todo sintético que los unifique de modo
armónico. Penetra en la raíz de la conflictiva experiencia humana en la
tierra y por eso se anima a examinar las problemáticas más cruciales que
nos invaden desde nuestros orígenes, como el tiempo, la existencia, la
memoria y el conocimiento.
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La poesía de Luis
Benítez es, por qué no decirlo, algo enigmática. Nos sugiere un conjunto
de pasadizos, labe-rintos o playas desoladas donde confluyen los
fantasmas del pasado y la dolorosa mirada del presente. No recala en el
futuro lejano, sino en la cercanía de lo que fue y también de lo que en
la actualidad gozamos o padecemos. Se nos ocurre como un incesante juego
de acertijos apropiados para despertarnos de la abulia existencial.
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Estos pormenores de
índole estético-filosóficos conforman el sustrato de sus preocupaciones,
se hallan ligados a su necesidad de aprehender lo inasible. La sobriedad
lexical y el vuelo impío de sus indagaciones no nos hablan entonces de
un poeta oscuro, sino más bien de un creador de silencios que cantan los
destellos del universo y el resplandor del vacío.
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Sus referencias míticas,
históricas y culturales nos internan en los intramundos de personajes
reales o ficticios, pero integrados al caos que paradójicamente ordena
al mundo. Con la emoción serena y algo desdibujada, a veces insinúa un
horizonte de matices épicos donde no faltan los elementos heroicos. Como
muy bien sostiene Pamela Nader “a través del mito, Luis Benítez
construye una poética destinada a conectarnos con ese universo
transpersonal, oculto sugestivo y más palpable que aquello que solemos
llamar ´realidad.
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El autor se propone
contarnos historias concebidas a la manera de los antiguos relatos a los
que son tan afectos los pueblos de tradición oral”. (1)
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Pero el tema del mito
nos lleva a otras reflexiones. Decía el crítico y traductor Antonio
Aliberti, en 1990, a propósito de Guerras, Epitafios y Conversaciones,
uno de los poemarios de Benítez que más difusión alcanzó en los
suplementos literarios nacionales y extranjeros: “No es fácil la
incorporación de tantas voces que Benítez asume con una gran dosis de
naturalidad”. (2)
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No hay definición más
acertada que ésta para referirse al carácter abiertamente polisémico del
discurso poético de Benítez, fuente de la inclusión de las múltiples
voces en sus textos.
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Por otro lado, si nos
detuviéramos en estas profundas sutilezas discursivas, advertiríamos que
la apertura de la que nos hablara Umberto Eco equivale en Benítez a la
solidez del perpetuado fluir por las dimensiones de otros géneros, lo
que termina produciendo en sus construcciones verbales un fino proceso
exploratorio del lenguaje literario. Paradójicamente, el silencio
impreso en sus versos tiene la peculiaridad de abrirse en un cúmulo de
sonoridades y de determinar, a su vez, unidad de sentido y de forma. No
hay lugar, pues, para la dispersión de imágenes e ideas. Los contextos
se asocian solidariamente y constituyen un corpues dinámico y esencial.
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Nos dice Benítez en uno
de sus poemas:
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Solo entre
lejanas cosas y sólo
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en la memoria de
los suyos,
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Anacauatl El
Loco edifica ejércitos futuros
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y futuras llamas
que cruzarán los otros.
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Una corte de
mosquitos y un puñal de roble
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tiene, pero
elige con precisión sus generales:
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los hombres que
mañana labrarán su furor
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/en piedra
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duermen en el
tiempo y en Tenochtitlán del Lago
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sin saber que un
desterrado trenza lejano
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sus destinos
como tranza lazos
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para cazar su
cena...
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(Fractal, 1993)
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Su obra poética es una
incesante búsqueda, un itinerario, un conjunto de valores -es más que
poesía, o en todo caso lo es desde las márgenes de lo dramático, merced
a una teatralidad de ribetes míticos, pero también de lo narrativo, que
aflora con su fuerza épica para resaltar perfiles humanos, describir
situaciones y estructurar pequeñas historias encubiertas con la rara
sistematicidad de un poeta que sabe conjugar la actitud observadora con
la exaltación lírica.
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- Alejandro
Elissagaray
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- NOTAS
- (1) NADER, Pamela. Mito e integración, del libro
Itinerarios (Conversaciones con Luis Benítez), Buenos Aires, Editorial
Nueva Generación, 1997.
- (2) ALIBERTI, Antonio.
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- De POEMAS DE LA TIERRA Y LA MEMORIA
- Ed. Stephen Bloom, Buenos Aires, 1980.
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- DEL UTERO A LA TUMBA UN SUEÑO TE LLEVARA
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- Del útero a la tumba un sueño te llevará,
- desnudo, el escarpín y la mortaja hechos de la
misma
- seda.
- Un sueño con mejillas de pétalos que martillea
en tu
- mente,
- un beso helado, un golpe en la nuca dado
- por un desconocido con guanteletes de hierro,
- sonando tras tu puerta en el cerrojo.
- Fantasma de metal tu cuerpo,
- desde los cortos pantalones al bastón del viejo
- transitado por extranjeros que se acercan a
escrutar
- tus vísceras
- y las señales del cielo con sus dedos de muerte,
- verás asombrado cómo la cuchara colmada
- deposita por igual besos y mordiscos en tu alma
- cóncava.
- Del útero a la tumba,
- clavado a la tierra que sólo se abre dos veces,
- tus ojos noviando con las fotografías
- verán al niño libre de pecado y cicatrices,
- diáfano, aunque su llanto presienta
- y al hierro del amor marcándote la ingle
- y al molino del olvido girando, por un viento de
huesos.
- Del útero a la tumba un sueño te llevará,
- las riendas hechas trizas en ese torbellino,
- en dos segundos de setenta años,
- sólo una muesca, en un reloj enorme.
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- ALGO FLUYE, CUANDO YA NADA SE AGITA
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- Algo fluye cuando ya nada se agita.
- Y su paso inadvertido por las tinieblas que
duermen
- con nosotros
- trocará en una luz exasperada cuanto de ciega
tiene
- la miseria.
- Desde el fondo, pozo o pantano de números,
- donde hostigados por el mundo y sus miles de
cabezas
- caímos quince lenguas dentro de la carne,
- algo que sólo puede tocarse munido de los guantes
de
- la desesperación,
- algo fluye, cuando creemos que ya nada se agita.
- Obliga al dolorido músculo del corazón
- y al cerrado hueso de la mente
- a comer y beber, aún dentro de sus celdas.
- Es una fuerza que nos lleva rudamente de la mano
- e inventa un camino de color insólito,
- por donde huimos desnudos de los ciegos.
- Obediente, ella agitará los párpados de los
muertos
- y hará huir a la mosca-heraldo, que espera
paciente,
- colgada de la gula.
- Colgará de nuevo el sol, cuando la luna caiga.
- Podremos verla latir en medio de nuestras negras
- sombras,
- aún cuando boquiabiertos, observemos día a día
- pasar nuestros propios funerales.
- Algo fluye cuando ya nada se agita.
- Por su gracia habrá fruto en las flores marchitas
- (su magia gruñirá en la vértebra)
- lanzará por el aire ancianos y guadañas con pasos
de
- diluvio;
- nuestras jóvenes canas se ennegrecen,
- ante el silbato de plata besado a último momento
- con manos temblorosas que arrojan al viento de
los
- lechos.
- Y cuando nuestros pálidos huesos
- den fuerza y vigor a las margaritas, aún
palpitarán
- desde la tumba.
- Porque algo fluye, cuando creemos que ya nada se
agita.
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- DAME UNA MENTIRA ENORME
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- Dame una mentira enorme, que haga temblar los
- pulsos de la edad
- con su pisada grave y significativa,
- que espante de mí los pájaros negros y los
gusanos
- que cosecho sin proponérmelo en la dársena del
miedo
- y se las arregle para hacerme creer que el hombre
- puede salir de sí,
- ser uno con la mujer y amarla sin destruirse.
- Algo que dure un momento y venga de tus labios,
- para que yo me esconda y los altivos y los
necios
- no me vean.
- Detrás de esos frágiles decorados vivirá feliz y
- pequeñito,
- lejos del tedio y de los ojos que escrutan en la
noche.
- Sin miedo al silencio y a las fieras,
- luego que la mentira fuese pronunciada,
- como por un hechizo efímero correrían los talones
del
- infortunio
- y ni él, ni la miseria, pescarían ya nada en mis
sentidos
- embotados.
- La angustia del hombre ardería como bruja-fénix
- y estos ojos y estas pobres manos que rezan sin
llegar
- al rabo de Dios en las alturas, arrojarían al
suelo,
- deshecho, el viejo corazón de la amargura,
- contentos en su careta nueva.
- Dame una mentira enorme,
- que haga girar al revés el tiempo en los relojes
- y arrúllame en ella,
- hasta que en mis labios aparezca
- la helada sonrisa del idiota.
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- ¡OH! TRAE EL VINO NEGRO
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- ¡Oh! Trae el vino negro,
- que lleva su bosque, la tierra con muertos y
vírgenes
- cegadoras
- en un caudal desesperado hasta mi boca,
- él mezcla la sangre y el semen del hombre para
darle
- un hijo de mirada turbia.
- Quiero los ojos de fuego y de mareas,
- que no dejan entrar la muerte a mis palabras,
- pero me acercan con alas de mojados papeles
- a la risa hueca de mis huesos,
- compañeros únicos y fieles en los años navegantes
- que bajaron del útero conmigo, a este mundo de
- chinches y desgracias.
- Trae el vino negro con tapón de seca calavera
- que me hace oír en los cuartos vecinos
- pianos tocados por mi espectro,
- mientras el tiempo transcurre despacio entre los
dedos
- y puedo jugar con él y con sus rudos templos
- bailarines.
- Sólo así puedo mirar tranquilo el mundo de la
noche,
- mientras el seco rostro del amor
- me apaga lentamente cigarrillos sobre el estómago
- y la garganta que pronunció su nombre se hace una
- cisterna,
- donde chapotean ranas, triángulos, confusos
centauros
- en desorden.
- Trae el vino negro.
- Esta noche quiero a todos mis fantasmas en las
venas.
- Ellos despertarán con sus besos,
- la gloria, en nuestros entristecidos corazones.
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- HOMBRE MASA
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- Estaba solo entre las cosas
- como una estrella única en el cielo
- y un muerto en el centro de la tierra.
- A su alrededor los hombres traficaban collares de
- alambre
- y la vida elevaba su babel,
- como una araña exacta y silenciosa.
- Años y años; los hilos de las estaciones
- lo ataban a sus nudos con la soga de la muerte
- mientras el silencio le firmaba la boca.
- Porque huía entre gritos de horribles alaridos,
- de la mano que golpea la mesa hambrienta en el
- centro del alma.
- Y en todas las cosas y en todos los hombres
- el signo de la muerte que reluce en la sombra.
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- TODO LO QUE DIRÉ DE TI
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- Boca de pájaro
- en tus ojos de hierro hoy se oxida el dolor.
- En la mañana que tiembla
- y en el sol que la entibia
- en el final de la noche con garras de muerto
- en todos los lugares comunes a saber:
- luna
- lluvia
- estrellas
- está tu origen y el origen de tu nombre.
- Eres el cuchillo que corta el pan de los pobres
- y la mano que enciende el cigarro del triste.
- Bienvenida gritan mis cosas mi pasado
- juguetes lápices caricias bienvenida
- mis años verdes y mis años grises
- la alegría de los hombres que ahora puedo ver.
- Mi amada con boca de diosa pagana
- borracha en su manto que sonríe
- mi amada con promesas de espanto
- mi amada una y mil veces viva y definitiva.
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- De MITOLOGIAS/LA BALADA DE LA MUJER PERDIDA
- Ediciones Ultimo Reino, Buenos Aires, 1983
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- LOS MIEDOS
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- ah los terrores que nos visitan de noche
- que no se ocultan del día
- los que no inspira ninguna cosa grande
- ningún desconocido continente pisado recién el
- borde
- ni tampoco un leal enemigo
- francamente buscado en una tapia
- ni el asombroso eclipse que deja el mediodía en
- sombra
- ni un terrible Señor de los Ejércitos
- en desiertos abrasados por el sol de los pueblos
- aventureros
- ah los miedos los pequeños miedos de pequeños
- hombres
- no los miedos que eran a su modo honra de un
- animal
- desnudo en la enorme extensión de cosas que no
- tenían nombre
- no a estar solo y de pie
- entre un inmenso campo y un inmenso cielo
- no a la sombra adornada de ojos fosforescentes
- a la muerte de noche
- entre los dientes del animal más bello de la
tierra
- una muerte de hombre
- no a la caída propiciada por el rayo
- al torrente al alud al fuego de la tierra
- ni al otro fuego prometido debajo de la tierra
- ah los miedos que no origina
- un dios terrible salido de la foresta
- ni un pariente medieval con su cohorte de brujas
- y de fetos
- no el sudor frío frente a frente espada contra
- espada
- flecha contra winchester dardo contra lanza
- ha cambiado la muerte de palabras
- no es la certeza de una lluvia ardiente
- ni el pronóstico que un insecto lleva entre
raíces
- al fin también una buena causa como la antigua
- peste
- ah los miedos que tú conoces
- y que son los míos exactamente ésos
- no se ocultan debajo de la cama
- no precisan el crujir de la madera el aullido de
- nada
- pueblan nuestros sueños de rostros y de notas
- ellos duermen y caminan con nosotros
- beben se alimentan vuelven siempre.
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- EL URO
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- Detrás del tiempo un animal me mira:
- él sabe lo que escribo porque antes de mí
- ya ha sido un nombre. Es el uro.
- Fantasea quien lo toma por el toro.
- A veces es un pájaro, un río, el viento
- y a veces es un algo que deja en las ramas
- grandes manchas de sangre y un paso
- que se aleja, macizo e invisible.
- No lo vulnera el hacha ni la piedra
- de una arcaica Europa que aún no sueña
- con forjar metales y la Historia.
- Es el uro. A veces es un hombre
- que huye de sí mismo.
- Un animal pensante que añora volver al bosque
- del eterno presente, a las pasiones soberbias,
- a la ira, la furia y la muerte violenta
- del dominio y el celo.
- Es el uro. En sus ojos rojizos
- hay un algo execrable.
- Nos aterra que vuelva y que vuelva
- Dionisios con su corte de faunos
- y el terror y la noche derrumbando ciudades,
- sumiéndonos en el fuego de los dioses
- hambrientos
- que reclaman la tierra, la luz, el aire.
- Las imaginaciones.
- Es el uro, En el linde de las ciudades
- todo esto cabe entre sus cuernos.
- Allí donde recuerda, una por una,
- las traiciones del hombre.
- No rumia venganzas, no planea
- surgir en la cómplice noche a cobrarse
- el desquite con sus dos puñales, si el terror
- del retorno no bastara para matar a un hombre.
- No se mata a los muertos. “Soy el uro.
- Zeus usó mi forma para raptar a Europa.
- He visto, inmutable, en el rodar de las
estaciones
- pasar a los fenicios, los partos y los griegos.
- El tiempo es un solo día. Maté a un inmortal
- en la aurora y en Sumeria y a mediodía
- me describió Plinio el Viejo, entusiasmado.
- Cartago duró una hora; Roma, quizá dos.
- El niño Lutero me temía: ya era una leyenda.
- Creyó extinguirme un cortesano del siglo
- diecisiete:
- la tierra que lo cubre tienen a su estirpe,
- su esposa y su palacio. Ése es el hombre:
- polvo que tragan las colinas.
- Soy el uro, lo real. Él es imaginario”.
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- A MARCEL SCHWOB
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- Ese espléndido encaje de terrores lujosos,
- esa trágica risa que viste en los días
- sobre hombres y cosas, no abandonó
- el mundo contigo, Marcel Schwob.
- Evocarte es una tarde en tus libros, mía,
- y una noche de escritorio, tuya:
- el tiempo, que es el mismo, confunde oscuridades.
- Nadie descubre nada, tan sólo desentierra
- secretos olvidados, verdades descartadas.
- ¿Ves? Esta es la mujer que amo:
- no ha leído tu Monelle que es su hermana,
- no conoce tus Vidas y como la de todos,
- la suya es imaginaria.
- Sus horas completan mis tardes, tus palabras.
- Entre nosotros tres hemos pactado:
- ninguno sabe qué, cómo ni cuándo.
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- LO QUE DECIA EL POETA
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- Soy tu enemigo que no tendrá
piedad. / Guerra te llamaré y tomaré / contigo las libertades
de la guerra. / Y en mis manos tu rostro oscuro y atravesado, / en
mi corazón el país que / ilumina la tormenta.
- Ives Bonnefoy
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- Tempranamente nos lanzaba la noche
- sus grandes ojos de diosa
- había en esas calles otra luz
- que no conoce el día
- y nada ni nadie sabía de la muerte
- venías detrás de tí larga y enigmática
- presencia donde me reconozco
- otros canten la gloria de lo evidente
- y harán lo justo
- yo viviré siempre
- en esta piel estas manos,
- y este cuerpo
- bañado por otra luz otra presencia.
- Otra guerra hay que la del pan
- otra embriaguez que la del vino
- otra tierra hay en esta tierra:
- Eterna es nuestra primavera.
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- INFANCIA DE LA MARAVILLOSA
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- Y allí estabas, viva,
- venías de los candentes países que no recuerda
nadie
- sino en el íltimo minuto, al inicio del tiempo
estabas
- entre la sangre y la luz como una llorosa perla
entre raíces,
- allí estabas luego de la larga agonía entre dos
respiraciones,
- luego del largo túnel y el sueño donde eras una
sola Humanidad,
- ¿recuerdas? un minuto antes eran las calles de Ur,
- la turbia prehistoria, el ciclo de la savia a la
sangre,
- la desnuda inocencia de un mezclado universo
donde todo
convivía;
- ¿recuerdas? oh sí dime que lo recuerdas largo y
centellante amor
mío,
- dime que te acuerdas de tu rostro en un lago que
se secó hace
siglos,
- que memoras la sangrienta imagen del interior del
útero
- donde toda la historia pasaba veloz por las
paredes
- y dime que te acuerdas de alguien que te amó
- y que no era yo y que era un fenicio, un tirio,
- un hombre de lejanas edades y de tu vestido
- desgarrado en la cámara del rey.
- Yo hablaré del tiempo en que te he reconocido,.
- como reconociste al fuego, ese movedizo compañero
- que te entibió las manos, que te quemó los dedos.
- Tenías dos años, ¿recuerdas? Dime que recuerdas,
- un pesado secreto puede hacerse pedazos tan sólo
por ese olvido,
- dime que te acuerdas de hombres y mujeres
gigantes
- y de paredes enormes y así sabré que es cierto:
- antes, en ese tiempo, danzaba el tiempo
- y tú corrías como corrimos todos detrás de
duendes y de hadas
- que se tragó un lento movimiento hacia nosotros,
- hacia estas manos y rostros que insultan el
espejo.
- ¿Tienes presentes a tus muñecas? ¿Te acuerdas de
la negra
- que odiabas y de la deshilachada rubia que veías,
- porque tú la veías, no es cierto, llorar sobre tu
falda?
- Y los pequeños animales, los míticos y los otros,
- formaban el cortejo de una niña sola.
- Te acuerdas del miedo, ese viejo emisario,
- te acuerdas de la sombras en un rincón del
cuarto,
- de la horrible lámpara que te hacía llorar.
- Allí del miedo nació tu risa, ésa que yo solo
puedo ver,
- ese gesto infinito que borra la muerte de las
edades,
- esa revancha del hombre sobre el polvo que será.
- Y allí seguías viva sobre un billón de muertos,
- sobre todos los muertos y nada detenía el pujar
de los huesos,
- el avance del cuerpo entre los cuerpos, la
lanzada
- mente hacia la luz corría, entre precipicios y
sombras
- y entre sangres y olvidos de lo que eras ayer,
venías,
- sí, tú venías atravesando tu espacio, tu forma,
tu materia,
- eras un universo en viaje a través del universo.
- Pero de dónde vino ese rostro a preocuparme de
sí,
- de dónde ese olor que se ignora a sí mismo, desde
- qué entonces sutil ya te conocía.
- ¿Te acuerdas de un aula donde ya eras callada y
peregrina
- entre papeles y canastos y mapas?
- Hoy la mitad de esos niños son fantasmas
- que erran por el mundo,
- ellos no te recuerdan y sin embargo envidio
- su inútil privilegio:
- el haber visto en flor tus ocho años
- cuando el inocente trazo del mundo era feliz.
- ¿Recuerdas? ¿Recuerdas la jirafa de un domingo
lluvioso
- de la mano de tu padre? Bien, yo envidio
- a ese alto animal que se sonríe siempre,
- porque te vio una tarde, hace ya mucho.
- El amor es dadivoso: nos da lo irreparable
- y no se vuelve a ese ya nunca donde vivimos
tanto,
- aunque por qué no gozar la fruta de la memoria.
- Todo es suponible y yo supongo que esa manchada,
- elevada arquitectura, desde su tiempo sin límites
- es la misma que vio lo que ya jamás podrás
mostrarme:
- esa alma primera que todavía, entonces,
- hablaba con todos los animales y el centro de las
cosas.
- ¿Pero de dónde vino este rostro a llamarme
- desde un tiempo ido que ni él recuerda
- aunque nunca lo olvida?
- ¿Pero de dónde, dónde?
- Los objetos, las llaves, los cuadernos, las aves,
los insectos,
- las nubes de los cielos que hubo, los paisajes
- donde hoy se han derrumbado casas y se han sacado
muertos,
- las noches y los días por los que has caminado
sola,
- vuelven en cada medianoche, en cada mediodía,
- vamos a llorar sobre esas imágenes,
- vemos a gritar sobre esas imágenes y sobre el
mismo llanto
- que no reconocemos: un hombre, una mujer
- que se han perdido son una victoria más
- de un cerrado círculo, la sombra sobre la luz
- traza su cono arduo, hemos perdido ambos
- esta guerra infinita. Hemos perdido ambos lo más
preciado:
- a un desconocido.
- Yo imaginé tu infancia.
- Yo fui valiente.
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- De BEHERING Y OTROS POEMAS
- Ed. Filofalsía, Buenos Aires, 1985.
- Ed. Cuadernillos del Zopilote, México D.F.,
1993
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- BEHERING
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- En cada uno de ellos era muchos un hombre.
- Eran más todavía. Traían la industria de las
armas
- y el reno rojo, como un bosque ondulante
- y detrás el lobo que, en una mañana ya añejo,
- sería el perro de la hoguera y de las sobras,
- el sirviente blanco.
- Eran muchos, no un hombre.
- Vagos sus nombres
- se referían al viento y a los tótems,
- a un hecho que pasó en un nacimiento,
- el deshielo que ahogó
- o el meteoro fugaz que ardió en la tundra
- o la muchacha audaz que en mar abierto,
- salvó a su hijo de la cólera brutal de la
ballena.
- Sus dioses eran el salmón
- que cada año retorna como el año
- y que va al mar y el oso pardo,
- una montaña que muge
- y que el filo de lanza abate,
- y el pesado bisonte y el tigre rayado,
- que se quedó en Siberia
- y que la manta del navajo evoca:
- extranjeros, ellos serían América,
- la múltiple figura que no supo Balboa y que
Pizarro
- abandonó a la imaginación de un franciscano.
- De hueso, no de madera y de noche
- serían sus dioses ni de la piedra
- que labran los pueblos de una tierra supuesta,
- entre la niebla de sus transmigraciones.
- Eran crueles y antiguos como el Asia;
- fundarían imperios en la aurora y en México,
- reinos en Bolivia, fortalezas
- donde un signo inequívoco mostrara
- la voluntad de estos dioses:
- un águila en el aire arrebatando la serpiente,
- un árbol singular, como un recuerdo
- de las llanuras heladas y el Mar Blanco,
- que ya sólo evocaban los viejos moribundos
- y el Sueño, que es eterno.
- Alzarían Tenochtitlán, el Cuzco
- y el enigma silencioso, Tiahuanaco,
- en la isla de Pascua graves rostros
- que contemplan todavía su gran marcha;
- otros, sin embargo, volverían
- al corazón de las selvas y al olvido,
- como los muertos al pasado,
- al país de la cuna y de las tumbas.
- Mañana, todavía, aún faltaba,
- nuevos extranjeros alzarían
- ferrocarriles, calles, edificios,
- calendarios regidos por el sol y no la luna,
- venidos de otros Beherings y otras fechas,
- en nuestras claras ciudades, oh ingenuas tierras,
- seremos siempre dobles:
- uno solo y muchos, hombres de ninguna parte.
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- LA INGENUA
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- Ella creía que la reflejaban los espejos
- que era esos dedos que hurgaban en el rostro
- las lentas mutaciones
- que era su pulóver sus zapatos
- lo que recordaba y lo olvidado
- que era una guirnalda detrás suyo
- que era su cabeza
- que era sus amigas sus trabajos
- un hombre en una esquina. Una mañana.
- Las casas que habitó sus cuatro barrios
- que era las que era tras el portón borroso de los
sueños
- que alcanzaba para ella el gentilicio
- y la historia de un país incierto
- el hambre la sed
- o lo que amaba
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- JOHN KEATS
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- Caen sobre él los actos inútiles del día.
- John Keats recuerda y es también de otros el
recuerdo:
- humillaciones, rostros y palabras
- hacen de un pozo la noche repetida.
- “Fanny Brawne me has alejado,
- tú me has acercado a Keats y era lo mismo”.
- Suena tan distante el Mar del Norte
- para ser cada segundo todos los mares,
- pero si lo que fue y será mañana brilla
- en su oscura hora presente, ese hombre pequeño,
- inclinado sobre el verso, lo adivina.
- Presiente que será uno y va a ser todos
- cuando es tan caro el precio de eso múltiple:
- ya no lo amparará el primer fervor por las
palabras,
- no aliviará sus horas la furia, perdida, de estar
vivo
- ni lo protegerá la noche pedida de ningún olvido;
- nada lo salvará de tanto
- que es, en su medida, tan un poco.
- John Keats será John Keats, será nosotros.
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- JUBILO Y CAIDA
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- Armonía primera allí te vi, no era necesario
- mirar las partes de tu reino entero pero allí te
vi
- y no quise detenerme en tu orilla, tu orilla
- que está en las simples cosas llenas de tu
ondulante sombra.
- Qué delicadamente, luz en la luz, centro del día,
- te corporizas o elijes una sencilla forma cuando
nos prestas tus
ojos
- y cómo un eterno amor nos lleva de la mano
- a tus criaturas, allí donde eres sí,
- en lo animado, la infinita danza,
- la queja misma de cuanto existe.
- Alta serenidad todo es tu vaso y cada uno
- declara tuyo un color nuevo. Es abril
- de un año que para ti no cuenta y sin embargo
- un dulce calor te trajo aquí a mi lado. Era yo
apenas
- una certeza esta mañana y la espuma del sueño
- y los lados del día se apagaban en mí.
- Bastó pedir, correr a tu contagio,
- para que un soplo sobre las cenizas que
empolvaban las cosas
- encendiera de nuevo el mundo de carbunclos,
- las amatistas del aire... ¿las múltiples facetas
- de tus brillantes vidrieras, de dónde vienen,
- de qué sima profunda o de qué cima pública y
expuesta,
- de qué otro tiempo apenas visitado,
- apenas entrevisto en el fuego del fuego?
-
- Peor ayuno no hay, que el que hay de ti.
-
-
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- DE LAS TANTAS COSAS QUE NO PUEDE
-
- De las tantas cosas que no puede
- mostrar ciertamente la palabra,
- la primera imposible es el olor
- tan propio y exacto de las cosas.
-
- La poesía también es como el aroma.
-
- Así quedan sin nombre
- el olor definitivo de la lluvia
- y el efímero matiz que se respira
- al asomarse a las sombras de un aljibe;
- el olor del primer mar, a los seis años,
- la fragancia, que nos asustaba, de los cielos
nublados,
- y el olor a comida de una casa
- que nos fue querida.
- La memoria tal vez sea
- sólo visión de olores olvidados,
- como este papel a donde llamo
- a la presencia ardiente de unas hojas quemadas
- y a la clave del enigma de la rosa;
- al olor de las sangres
- que no vi derramarse,
- al olor del incienso y al del alcanfor,
- un olor que resplandece;
- al de las jóvenes mujeres en los baños públicos,
- al de las monedas, que abandonan la mano
- y que retornan, al de la tierra de Pinzón
- una mañana de octubre, al de los gatos,
- al olor milagroso de las cosas vulgares,
- de las que apenas se comprende
- que emanan la noche poderosa,
- al de un río que corre lejos
- y al que sin razón evoco,
- al de la palabra marisma, al de retablo,
- a los de esta mañana
- que partieron a un país sin dónde,
- al de una muchacha que se fue,
- el 2 de noviembre de 1982,
- para que mis palabras
- pidieran el perfume de unos versos
- y me quedaran la fecha y la balada,
- el de las ballenas que tiñen
- la espuma de aceite y de tamaño,
- el de un hombre que hablaba del origen del día,
- al de las tantas cosas
- a las que no pude acercarme y que me esperan.
- Son otro mundo más sobre este mundo,
- veo el bosque y entre el bosque
- la selva del aroma.
- Yo me voy de los hombres y las cosas
- como un salvaje que marcha a las ciudades
- y dice adiós a su mundo de olores;
- también a mí ellos vuelven
- bellos y pesados como un remordimiento.
- Serán desde estos versos mi memoria,
- seguirán sobre el mundo
- cuando me haya muerto.
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- ENTONCES, EL CANTO...
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- Cruza tu voz los círculos del sueño,
- como si un dios antiguo te cerrara la boca,
- ¿detrás de qué otros cantos
- sin estela en qué aguas?
- Es de día en tu sueño bajo un sol diferente,
- sonámbula a la vez en la orilla y el centro.
- Oh no despierten a la elegida
- en las profundas gargantas de las cosas,
- que nadie, cruzando la habitación,
- salte dentro del sueño
- por caer en sus huellas sobre cuáles caminos;
- nadie, ni los sonidos ni mi mano,
- que existen en donde existe el tiempo,
- agreguen sus llaves al enigma;
- no cantas, eres tú la cantada.
- En la mañana ardiente de los ojos cerrados,
- escucha los susurros, las vetas minerales,
- acaricia las sombras, reclama otra estatura,
- la trae hasta los hombres.
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- POEMA DEL NUMERO CERO
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- Cuando la muerte señala la fibra luminosa que
somos,
- cómo tiembla su luz, cómo parpadea con el viento
repentino,
- cómo se aterra al pensar en la oscuridad, el
silencio,
- el dedo que elige antes, mientras las luces
corren ardiendo
- hacia el casi supremo resplandor, que es el
número 1,
-
antes del cero.
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- CONVERSACIONES
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- La historia de las constelaciones
- grabada en el brillo de una hoja:
- quisiera leer la hoja
- y recordar aquella forma
- de donde nos desprendimos
- los seres y las cosas.
- Y antes de que nos devore la Gran Noche
- oír su nombre,
- por empañar la orgullosa oscuridad
- con el ardiente sonido de la luz, al
quebrantarse.
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- De GUERRA, EPITAFIOS Y CONVERSACIONES
- Editorial Filofalsía, Buenos Aires, 1989.
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- LAO-TSE PREPARA UNA SENTENCIA
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- Nada de lo que diga
- Puede desviar la caída de una hoja.
- Una palabra no
- Frenará la otra.
- Es inútil que a éstos
- Que me escuchan dedique
- Una verdad: la harán pedazos.
- De sus pedazos nacerá Lao-Tsé.
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- EL PESCADOR DE PERLAS
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- Esta tarde y parte de la noche
- volví a sumergirme en el espeso mar
- donde flotamos los seres y las cosas.
- Bajé por perlas que mostrar a los hombres
- que temen siquiera el riesgo de la orilla.
- Esta tarde y parte de la noche
- estuve en ese silencio, en esas profundidades
- donde el más infinito placer sería disolverse
- y supe que en todos los caminos
- hay monstruos para quien los teme.
- Llegué nadando adonde no se ama ni se odia,
- sencillamente se flota sobre un eterno presente
- y todo lo que miras es tu contemporáneo:
- nada más traen las olas del atrás y el adelante.
- Tomé allí esta perla y ahora te la ofrezco.
- Pero cuando quise volver,
- no vi a ningún hombre en la orilla.
- No vi orilla.Todo es el mar.
- Esos que temen la orilla
- no saben que caminan en el mar.
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- POR QUITARLE A LA MUERTE SU SOBERBIA
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- Un amor absoluto, para el que no existe
- primero ni último, golpea sobre el mundo:
- en el más humilde y en el más soberbio
- canta la canción del hombre.
- Bajo las máscaras vacías e intermedias
- un amor absoluto, para el que no existe
- primero ni último, resuena escondido,
- más allá de los gritos
- y la apretada melodía de la desesperación.
- Aún más allá. Es el eje íntimo y viviente
- el que canta, el que musita las palabras
- como un talismán sonoro,
- una pedrada en la frente
- de los desmoronados mundos.
- Un amor absoluto,
- para el que no existe
- primero ni último,
- anima estos silencios,
- estas ficciones que tan sólo intento
- por quitarle a la muerte su soberbia.
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- LAS VIDAS ASOMBROSAS
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- Muchos son los rostros que habitan
- el enorme país de la distancia.
- Largas caravanas han partido y luego otras,
- las guiadas por dioses imprevistos,
- han colocado extranjeros a nuestro lado:
- ellos nos han mostrado
- sus telas multicolores, sus palabras,
- los exóticos animales de la infancia
- y algunos, sólo algunos,
- flores de oro irremediablemente perdidas
- entre vagas memorias y sentencias.
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- Trabajadas lejos, en vidas asombrosas.
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- Quién lograra cubrir a grandes pasos
- el enorme país de la distancia,
- ver el conjunto de los rostros
- y oír en la noche sin asombro
- el coro de las voces,
- el coro de las voces que retumban allá lejos,
- en los ignotos campamentos
- que preparan sus caravanas para venir a vernos.
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- Ir más allá de sus fuegos,
- de sus distantes señales,
- llegar antes que Dios
- al pecho de los hombres.
(Continua en
Antología segunda)
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