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- No entiendo a los hombres
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- ¿Por
qué los hombres son tan estúpidos? Si ellos dicen que no entienden a las
mujeres, yo puedo decir lo mismo. Son tan contradictorios, realistas,
fríos, que me cuesta trabajo creer cuando dicen que sienten algo por mí.
¿Por qué me dices tal cosa?, termino preguntándoles a cada uno para
luego mirar la manera en que no responden.
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- Ahora,
por ejemplo, no llevo más de diez minutos sentada en esta mesa del
Samborns, y ya he sentido la mirada insistente de tres hombres. Los tres
me vieron antes de que eligiera la mesa. Estoy segura que sólo bastaría
mirarlos de vuelta para que después me sigan cuando me levante de la
mesa y me dirija al baño y se interpongan en la puerta para preguntarme
mi nombre. Lo digo porque ya me ha pasado. Los hombres no son ninguna
caja de sorpresas. Puedo predecir cada uno de sus movimientos. Sus
pensamientos no, porque como dije, suelen se contradictorios. Dicen algo
y hacen lo otro; en eso se parecen a nosotras las mujeres.
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- Cada
tarde es igual, sin excepción. Después del trabajo entro a Samborns, me
siento en cualquier mesa disponible y eso basta para ser asediada por
varios hombres. Son muy evidentes. Los odio. Sin embargo, no me molesta
ser el centro de atención de vez en cuando. En ocasiones compro una
revista antes de llegar, llevo algún libro que tenga pendiente o traigo
este cuaderno donde escribo y que me hace ver, en eso no tengo duda,
interesante. Todos han de creer que soy escritora porque cuando escribo
lo hago sin descanso, se me sueltan las palabras (quizá sea por el café
o el azúcar), se liberan las ideas y escribo hasta sentir que alguien me
mira, entonces lo ubico y empiezo a mirarlo y a imaginar todo lo que
haría y dejaría por estar conmigo.
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- En mi
cuaderno suelo escribir las historias que los demás imaginan de mí, o
las que me gustaría que imaginaran o que sucedieran en realidad. Como
estoy segura que todos creen que soy una prostituta (aunque lea o
escriba soy una mujer sola que va cada tarde y que mira con atención a
los demás), escribo historias de prostitutas. Siempre soy la
protagonista, siempre acepto la invitación de subirme al auto de quien
me invite a pasear y siempre termino en un motel con un desconocido.
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- Mi
cuaderno lo escondo bien, no vaya ser que mi madre o mi hijo lo
descubran y vayan a pensar algo que no es. Aclaro: nunca he sido como la
protagonista de mis historias, nunca me he subido a ningún auto y mucho
menos he terminado en la cama acompañado de un desconocido. Si lo he
escrito es porque puede ocurrir en cuanto lo permita, y eso puede ser en
cualquier momento porque en cualquier momento hay hombres dispuestos,
como el de ayer que me siguió hasta la salida de la tienda para decirme
si quería ir a pasear. Por supuesto le dije que no, gracias, en medio de
una sonrisa. Insistió diciéndome otras cosas, pero yo me quedé con la
misma respuesta. Me dirigí al auto y subí de prisa. Antes de encenderlo
miré que el hombre aún seguía en el mismo lugar. Me dio lástima, mucha
lástima. Imaginé su vida, sus carencias, lo que lo había llevado a
realizar ese tipo de petición. Me dio lástima pero a la vez disfruté
mirarlo de ese modo. Me sentí deseada, atractiva, capaz de despertar ese
tipo de emociones.
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- Cuando
llegué a casa, abrí con apuro mi cuaderno y escribí que aceptaba su
invitación y que me llevaba a un motel donde teníamos relaciones de una
manera atroz, violenta, sin pudores. Al terminar la historia me sentí
agotada y me di un baño con agua caliente. Dentro de la tina imaginé que
aquel hombre me acariciaba.
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- Ahora
he venido al café con un mínimo de esperanza de verlo, aunque sé que ese
tipo de hombres no vuelven, desaparecen en seguida; lo sabré yo.
Confieso que me gustaría verlo para que me hiciera de nuevo la
invitación y disfrutar gozosamente su mirada. Le diría que claro que no,
que cómo se atreve, que qué estúpido, pero lo vería y lo escucharía con
atención para así alimentar mis historias que me hacen sentir, de una u
otra manera, más viva, más deseable, más mujer.
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- Amigos
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- Era
normal que llegaran al café de siempre y hablaran de las dificultades
que últimamente habían tenido cada quien en su trabajo, tomaban asiento,
pedían de beber y disfrutaban de la vista que el lugar ofrecía hacia la
avenida llena de palmeras que permitía que la conversación iniciara
recordando el viaje que habían hecho a la playa diez años atrás, cuando
estaban en el colegio y recién se habían conocido, todos estallaban en
risas con la caída de Edgar, con la fogata que tardó en encenderse
cuando ya habían consumido la comida fría y que sólo había servido como
pretexto para contar historias y de nuevo las risas por la manera en que
la habían apagado orinando encima al día siguiente, porque Jesús lo hizo
primero, dice Gerardo, no es cierto, replica Jesús, fue Esteban y entre
las discusiones se dan cuenta que no importa quien haya sido, entonces
Edgar se levanta y se dirige al baño y al alejarse Jesús empieza a
recordar que Elsa se fue con él después de la fiesta que habían
organizado un noviembre cuando Edgar había salido de la ciudad, sin
saber, sin evitar, sin esperar que su amigo estuviera de ese modo con
Ella después de que todos lamentaran su ausencia, incluyendo ellos quien
hablaron de una posible relación que jamás existiría y acordaron no
decirlo, tratar de olvidar lo sucedido porque era injusto para Edgar,
era incómodo reconocerlo, así que lo mejor había sido olvidarlo, no
hablar más aunque ese encuentro lo extrañaran por mucho tiempo, pero no
había modo de cambiar las cosas, sólo seguir adelante, continuar con la
vida y las sonrisas y los encuentros semanales en aquel café, quizá un
recuerdo cuando le pregunta por ella, un mínimo recuerdo que se asoma
por el resquicio de la memoria queriéndose escapar, pero eso era todo.
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- No se atreva
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- Entré
al salón y la encontré leyendo. Me senté en el escritorio, esperé que me
mirara y la saludé. Ella me respondió sonriendo y agregó, un poco
apenada, que había soñado conmigo.
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- Sentí
que mis piernas perdían fuerza, que caía. Le pedí que explicara su sueño
para ver si podía interpretarlo (yo que jamás he creído en esas cosas).
Me contó: estábamos usted y yo, aquí en el salón, solos. Me aplicaba un
examen y yo tardaba en responderlo. Entonces se acercaba a mí y me
preguntaba si todo estaba bien. En ese momento me pregunté si era
correcto seguirla escuchando. Ella continuó: me acarició el pelo, yo me
dejé porque me servía para pensar y responder el examen. ¿Y cómo te fue
en el examen?, pregunté ansioso para que no siguiera con las
descripciones. Usted no me dejó terminar, finalizó. Se escuchó la puerta
y el resto del grupo apareció.
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Recordé que ese día estaba programado el examen. Concluí que ella había
soñado con la prueba porque ese día iba a tenerlo. Lo que no me
explicaba era el hecho de que soñara que le acariciaba el pelo. Además,
no había entendido por qué no había podido terminar el examen.
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- Saludé
al resto del grupo y les dije que cerraran los cuadernos porque iban a
empezar a responder el examen. Repartí la prueba a cada uno. Todos
empezaron a resolverlo en silencio. Algunos no tardaron ni diez minutos
cuando se levantaron, me entregaron la hoja y se fueron. El salón se fue
desocupando. Empecé a calificar en ese momento.
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- A
mitad de la hora un alumno me entregó el examen y pude ver que alguien
más faltaba por terminar: era ella. Su compañero salió y nuevamente nos
quedamos solos. No pude seguir revisando. Desde mi escritorio veía que
escribía, borraba, movía las piernas, sus manos. Pensé en preguntarle si
estaba bien, si le podía ayudar. Me miró cuado pensaba levantarme y
dirigirme hacia ella. Quedamos suspendidos, recordando lo que había
pasado en su sueño. Pensé que iba a contarme el desenlace en ese
momento, pero me dijo con voz pausada y sin quitarme su mirada: no se
atreva, profesor.
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- Vilma
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- Las
vocaciones son inciertas. ¿Por qué aquel niño dibuja incansablemente en
su cuaderno, mientras que el otro hace barquitos o aviones de papel, y
el de más allá construye canales y túneles en el jardín, junto con su
amigo que forma equipos para jugar a la pelota, y el otro se encierra en
su habitación a resolver interminables rompecabezas? Nadie lo sabe. Lo
único que podemos estar seguros, es que esas inclinaciones de la
infancia se convierten con los años en oficios, pasatiempos o
profesiones que forman parte, de una u otra manera, de nuestras vidas.
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Menciono esto porque últimamente me he acordado de Vilma. Junto con su
recuerdo han venido imágenes de cuando yo escribía a escondidas por las
noches en mis primeros cuadernos, así como los encuentros fortuitos con
los libros de la casa a temprana edad. Después es inevitable recordar
cuando de joven lo dejé todo por ser maestro y me vuelvo a preguntar,
pero sobre todo a no responderme, por qué tomé esa decisión que ha
cambiado mi vida.
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- En mis
primeros años de trabajo fui maestro en una escuela que se encontraba a
una hora de la ciudad. La población se conformaba, aproximadamente, de
veinte casas, un preescolar, una primaria, una secundaria, un cuarto de
enfermería y dos tiendas pequeñas. Y allá, en medio de cien alumnos que
no hacían otra cosa que desear salir de la escuela para mirar la
carretera desierta, estaba Vilma.
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- En una
clase pedí que escribieran una historia que hablara sobre la libertad.
Muchos se opusieron, y no hubo modo de persuadirlos. Pero los otros lo
hicieron bien, sobre todo ella, quien escribió un texto de hoja y media.
Al final de la clase dejé una tarea, prometiéndoles que el que trajera
el mayor número de elementos que conformaran la cultura ganaría un
libro.
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Al día siguiente todo el grupo se presentó puntualmente. Les
recordé mi promesa y pedí los trabajos. Sólo algunos lo hicieron. Cuando
llegué al pupitre de Vilma, miré que descansaba su cuaderno con cuatro
hojas repletas de elementos que conformaban la cultura. No tuve que ver
los otros trabajos para darle el libro. Cuando la hora terminó, le pedí
que se quedara. Le pregunté a quemarropa si le gustaba leer, después si
escribía. Me dijo de igual modo que poesía. Le regalé otro libro
diciéndole que yo también escribía a su edad y que cualquier cosa que se
le ofreciera, me buscara.
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A los diez minutos llegó a mi oficina. Quería saber qué opinaba
de dos poemas suyos. En ese momento me convertí en su primer lector. Me
preguntó por la puntuación y la ortografía. Precisé en algunas palabras
que no hacían falta, por el título que se repetía constante a través del
texto y por las pocas imágenes que mostraba. Le recomendé algunos
autores cuyos libros descansaban en la biblioteca de la escuela. Le
entregué su cuaderno, y a cambio, me sonrió. Fue entonces que descubrí
que su mirada reflejaba la timidez de los primeros versos, ese impulso
creador innato que yo había perdido irremediablemente. Después abandonó
mi oficina.
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A los pocos días terminó mi contrato. Por cuestiones de tiempo
no pude despedirme de los alumnos. Apenas pude ver a Vilma cuando subió
al camión escolar muy lejos de la oficina. No pude decirle que siguiera
escribiendo, que leyera, que jamás dejara de ver las cosas con esa
mirada que tenía y que nunca renunciara a escribir.
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En el camino a casa ese último día (esa sensación es la que me
ha estado persiguiendo), iba respirando un suave olor a mar que poco a
poco fue desapareciendo conforme me acercaba (lo supe en ese momento) a
mi infranqueable destino. En todo el trayecto no pude pensar en otra
cosa que no fuera la imagen de Vilma, con un cuaderno abierto en medio
de los campos muy cerca del mar, escribiendo poesía.
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Cuando llegué a casa no quise preguntarme qué había pasado
conmigo.
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- Acto creativo
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- En los
últimos años se habían dado una proliferación de textos cuya
originalidad radicaba en que los autores modificaban historias clásicas,
versos tradicionales o frases populares, y las convertían en historias
con personajes absurdos, irónicos, o escribían los versos con palabras
de moda, introducían marcas de objetos comerciales, o transformaban las
frases de tal modo que fueran graciosas para el lector. Es decir, se
reciclaba la literatura, el lenguaje y otras maneras de expresión.
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- Todos
lo hacían, excepto unos cuantos escritores que se mantenían fuera de esa
tendencia por tener la firme idea de que la literatura no debía de
escribirse de ese modo, sino que debía de imperar la creatividad en
cualquier acto artístico. Pero esos eran unos pocos, nadie los conocía.
Los más leídos eran los que escribían historias y versos que ya se
habían escrito, modificando sólo ciertos aspectos para hacerlos más
divertidos, sin reparar que dicha modificación hiciera perder el sentido
de la idea original.
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- Por
eso no fue de extrañarse que un día un hombre decidiera ser escritor y
que se inclinara por hacer su obra modificando textos conocidos. Empezó
entrando en círculos de lectura, analizando novelas clásicas,
colaborando en revistas de su entidad; después se volcó escribiendo sus
propios textos, corrigiéndolos, volviéndolos a escribir hasta que pudo
publicar su primer libro, y el segundo después de dos años, y el
tercero, y poco a poco sus libros fueron pasando de mano en mano hasta
convertirse en el escritor más popular de su generación.
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- Todos
consideraban que su literatura era la renovación de todo lo que se había
escrito hasta ese momento. Sus palabras eran entendidas por cada uno de
sus lectores. Sus textos se leían en cada revista de literatura de su
país y pronto se volvieron motivo de numerosos ensayos. El cuarto libro
no fue una decepción para sus lectores, ni el quinto. En el sexto, este
hombre quiso arriesgar y escribió un libro de cuentos donde modificaba
muy pocos aspectos de otros cuentos clásicos. Fue un libro con reducidas
ventas. Su deceso como escritor empezó a ocurrir a partir de su séptimo
libro el cual se trataba de una novela totalmente original.
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- Jefe de Recursos Humanos
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- No
pude soportar tanta felicidad cuando un día me contrataron como jefe del
área de Recursos Humanos en una gran compañía. Me dijeron que mi trabajo
consistiría, básicamente, en dirigir las acciones de dos hombres que
llevaban diez años en el mismo puesto y que por lo tanto, conocían con
una gran precisión el ritmo de trabajo y las actividades a realizar.
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- No
pude presentarme el día acordado, ni el siguiente ni el otro. De pronto
había pasado una semana y no me había reportado al trabajo, y ellos
tampoco me habían llamado. No le di mucha importancia. Me sentía enfermo
de una gripe atroz y siempre he pensado que la salud es primero que las
demás cosas. Así que decidí cuidarme, ya después explicaría.
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- Cuando
pasaron dos semanas tuve que ir al banco a retirar dinero. Con sorpresa
vi que en mi cuenta había seis mil pesos más, justo el salario que iba a
ganar en la empresa. Como seguí enfermo, esta vez de la garganta, pasé
otras dos semanas en cama. Pasado lo grave fui al banco de nuevo y vi
que tenía depositado otros seis mil pesos. Entonces me propuse no
presentarme al trabajo hasta que me dejaran de pagar.
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- Seis
meses después visité el banco y vi que mi cuenta se conservaba con la
misma cantidad. Me regresé a casa eufórico, tomé el teléfono y marqué a
mi oficina. Me contestó uno de los hombres que tenía diez años en la
empresa. Me saludó efusivamente y preguntó por mi salud. Asombrado, le
respondí que estaba bien. ¿Cuando viene?, me preguntó. No sé, le
respondí. Pensé que había sido presa de una persona que se había hecho
pasar por mí, de un doble, de un estafador, de una mala jugada del
destino, de una de esas historias fantásticas que leía en las tardes
libres en mi casa. Entonces aquel hombre interrumpió mis pensamientos
para comunicarme con la gerencia.
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Respondió la voz amable y suave de una mujer. Cuando le mencioné el
motivo de mi llamada, me ofreció disculpas, prometiéndome que al colgar
haría lo necesario para que en esa misma tarde me depositaran el sueldo
a la cuenta de siempre. Me sorprendí que mi petición diera resultado. Le
pedí por último que me comunicara con el hombre que me había atendido
anteriormente.
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Aquella otra voz me respondió de inmediato preguntando si se me ofrecía
algo. Le pregunté cuando había sido la última vez que me había visto. Me
dijo que no recordaba. Su respuesta me dejó helado. Seguía sin entender
por qué recibía un pago. Todo era confuso, sin embargo no valía la pena
mencionarlo a la gente, investigar las razones, descubrir lo que aquella
gran empresa pretendía al ser tan generosos conmigo. Sólo le pude dar
las gracias.
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- A
partir de ese día no pude conciliar el sueño con facilidad. Al recibir
un nuevo pago trataba de no gastar mas que lo suficiente. No salía de
casa. Todo el día pensaba por qué, me preguntaba quién había sido el
autor de esa broma, qué esperaban que hiciera, qué pasaría conmigo. Fue
desesperante mi situación. Vivía en un infierno impreciso y confuso.
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- Un día
decidí ir a la empresa ha terminar con todo. Salí de casa con la
vestimenta de hace días, sin afeitarme y con el pelo alborotado. Caminé
firmemente hasta el interior del edificio que ya aborrecía y que veía
incluso en mis sueños más atroces. Me abrí paso hasta dar con la oficina
del director general, aquella persona que me había contratado hacía
meses. Me miró sorprendido, temeroso de que le hiciera algún daño. Le
dije que no aguantaba más en ese trabajo. Le supliqué con la voz
quebrada, envuelto en llanto, que me dejara renunciar.
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