Elvio Romero

Antología poética

 
 
 
Tormenta

LA noche ha sido larga.
Como desde cien años
de lluvia,
de una respiración embravecida
proveniente de un fondo de vértigo
nocturno,
de un cántaro colorado
jadeando en la tierra,
el viento ha desatado su tempestad violenta
sobre el velo anhelante de la ilusión
efímera, sobre los fatigados menesteres
y tú y yo, en la colina
más alta,
en el rincón de nuestros dos silencios,
abrazados al tiempo del amor,
desvelándonos.
Deja que el viento muerda sobre el viento.
Yo te cerraré los ojos.
©Elvio Romero
 
 
 
 
Fiesta
 
Y ASI te pasarías
la vida,
tibia carne adorada.
 
Danzando,
empapada de lluvias,
los cabellos pegados a la piel,
joya desengarzada, aroma y rosa
sobre un campo de hortensias y jazmines.
 
Cantando,
arrebatada, risa
y ofrenda clara, elástica y hermosa,
los labios frescos en la noche, agitando
el ansia de las guitarras, tentadora
música montaraz, vivaz y airosa, dulce
codicia de forasteros,
blusa de encaje y flores sobre el hombro desnudo,
llenando el patio abierto de canciones.
 
Así te pasarías,
en el canto y la danza
y asombrado a los caminantes,
hija del fuego, del aire, de las tardes,
visita inesperada, brisa prometedora
de ardor y adivinanzas, apartando
y abriendo las cortinas de las ventanas, viento
marcando el calendario del amor en la aurora.
 
Así te pasarías,
tibia carne dorada.
©Elvio Romero
 
 
 
Fraternidad del fusil
 
Con mis dedos lo acaricio, tenaz y fiel compañero.
Su inquebrantable amistad
me enseña como un ejemplo
lo que es lidiar sin flaquezas,
sirviendo de parapeto
contra las balas que llegan
buscando encontrar los cuerpos.
Con aspereza acaricio
su frío metal de acero,
oscuro túnel cargado
que en los minutos intensos
de la contienda enrojece,
se nombra y late en el fuego.
De inquebrantable amistad,
lo sé, lo palpo, lo siento:
lo comprendo cuando vamos
camino de bosque adentro,
y buscando su calor,
al caño negro me aferro.
¡Qué erguido cuando entre sombras
avanza mis regimiento!
¡Qué firme cuando penetra
malezas, firme guerrero!
Este fusil es amigo
que me acompaña en el hecho
de sangre que se desata
por una verdad de pueblo.
Y cuando llega la noche
-posada en el campamento-
después de ver la jornada
del plomo en su caño experto
(sin que duerman esos hombres
tendidos sobre sus puestos),
reposa a mi lado, en frío,
tenaz, a medias despierto
como yo, como los otros,
que no olvidamos el eco
de los pasos rezagados
del enemigo siniestro.
Lo acaricio con mis manos;
fusil gozoso en el duelo
terrible de la contienda;
siempre nombrando a un encuentro
de balas que al aire silban
sin dar al viento sosiego.
Entonces en la batalla
cuando se nombra a este pueblo,
se templa en un rojo vivo,
gozoso mira, y soberbio
perfila su boca negra
destacándose primero.
Lúcido hermano y amigo,
sobre mis brazos lo siento.
Ayer le dijo a la muerte:
-"No vengas, porque te espero;
que el pueblo desnudo y pobre
disputa, pleno de esfuerzos,
con fin de aplastar las ratas
cobardes, llenas de miedo."
Lo palpo y lo siento mío,
parapeto de mi cuerpo.
©Elvio Romero

 

Alegres éramos...
 
Usted sabe, señor,
qué alegría colgaba en la floresta;
qué alegría severa
como raigambre sudorosa;
cómo el alegre polvo veraniego
fulguraba en su lámina esplendente,
cómo, ¡qué alegremente andábamos!
¡Qué alegremente andábamos!
Usted sabe, señor,
usted ha visto cómo
la lluvia torrencial sempiterna caía
sobre un textil aroma de bejucos salvajes
y cómo iba dejando con sus pétalos húmedos
su flora resbalosa,
su acuosa florería.
Usted sabe, señor,
cómo los sementales retozaban
hartos de florecer, jubilosos de hartazgo,
con qué poder la noche deponía
su amargura en la altura del rocío
tal como deponía la desdicha
su arma en las arboledas.
Usted sabe qué alegre
aflicción de racimos por las ramas
en frutal arco iris vespertino;
cómo alegres luciérnagas subían
a encender las estrellas,
a conducir azahares que estallaban
como emoción nupcial o lumbraradas.
Usted sabe, señor,
que antes de que aquí se enseñoreara
la pobreza, frunciendo hasta las hojas,
desesperando el aire,
bien sabe, bien conoce
que cualquier miserable aquí podía
fortificar un canto en su garganta,
en su pecho opulento.
(¡Cómo podías reír, muchacha mía!
Juvenil, ¡cómo izabas
una sonrisa fértil como un grano,
cómo te coronaban los jazmines
y cómo yo apuraba
mi vaso de fervor! ¡Qué alegres éramos!)
Antes, antes de la amargura,
antes de que sorbiéramos
un caudaloso cáliz de indigencias boreales,
antes de que amarraran los perfumes,
que en su reverso el sol guardase el hambre,
¡qué alegres caminábamos!
Antes,
antes de que el aura ofendieran,
de arrancar la raíz sangrándole los bulbos,
antes del mayoral, del tiro, antes del látigo,
qué alegría, señor,
¡qué alegremente andábamos!
©Elvio Romero
 
 
 
 
Esos días extraños...
 
Vienes de afuera. Traes
vitales adherencias en la mirada clara.
Se te ve el regocijo. El júbilo te invade.
Repites nombres, cosas. Y al punto te detienes
en ese espacio grave de distancia que existe
en ese espacio grave de distancia que existe
entre el fervor que traes y el silencio que habito...
¿Qué tengo? ¿Qué contorno
de penumbra me sella y me fatiga?
¿Bajo qué precipicios cierro los ojos tristes
y apenas ya converso con brumas imprecisas?
¿Qué sucede que apenas te conozco,
que tu mirada clara se me borra en las manos
y me enredo en mi noche y mis recuerdos?
Pronto ves que no entiendo.
Que no estoy. Que no escucho.
Que irremediablemente me pierdo en esa umbría
donde, ciego y perdido, rompo mis pobres báculos
que he bajado a una estancia de fiebres invasoras
de donde extraigo, huraño y melancólico,
mis diarias cosechas, mis vinos silenciosos.
Algo quieres decirme. Algo quieres contarme.
Pero no estoy. No siento. Persisto en mi guarida.
Me hospedo en esa niebla donde a veces me pierdo,
bajo la estera oculta donde me afano y doblo,
en la triste carlanca donde enfundo mi sangre,
en mi agujero amargo.
©Elvio Romero
 

 

Nuestro país
 
Nuestro país (el mío,
el que puedo ofrecerte), aquella
dulce tierra violenta, con la frente
segada y abolida por un aire quemado,
donde ochocientos ríos le dan curso a sus ojos
y cordilleras verdes le apoyan la andadura,
desgajo de protesta vegetal y verano,
mi país que se instruye sobre un nivel
de lluvias,
oh mi país hermoso,
despiadado y profundo,
fiel a si mismo, puro, solitario, implacable,
nos reserva un asiento
de hierbas y azahares, desenvuelve
-mi amor- sus recelosos,
sus imperiosos meses, su silencio,
por esto, por nosotros,
por asir esa luna de carbón desdichado
que se nos sube a veces por la noche a los ojos...
©Elvio Romero
 
 
 
La historia de mi corazón
 
La historia de mi corazón
es simple, así lo ven, como la vasija de arcilla
traída de aquel barranco rojo, como los frutos 
                                                        radiantes
de mi país; un suceso callado y sobrellevado como
el puñal riesgoso que se esconde en el pecho;
bonancible unas veces y otras veces amarga como
todas las cosas del amor: un eco de guitarra
rasgada en el amanecer y en el atardecer de la 
                                                                tierra.
 
La historia de mi corazón
contiene un ancho río con piraguas y hogueras,
recónditos remansos con reflejos de pieles
de jaguares y pumas que se acercan jadeando a sus orillas;
un aire antiguo aventa sin pausa sus latidos
y un viento de verano sopla en sus cicatrices;
vigila a un ancho cielo que atestiguó las danzas
rituales de una raza callada y destruida.
 
Abarca la de mi pueblo,
el pergamino de su largo viacrucis,
guarda sus viejas crónicas de esplendor 
                                                        y violencia,
sus secretos de guerra y campamentos;
están aquí, con su vigor de sangre y su escritura
de fuego, sus hitos silenciosos de victoria y 
                                                            catástrofes.
 
Así es mi corazón,
así sus encrucijados, sus atajos dorados;
se reflejan en él-como una nube en la 
                                                        corriente-
senderos recorridos, amores padecidos
                                  y olvidados, hechos hondos
que lo movieron, de una luna a otra luna, de una
    magia a otra magia,
intensa, interminablemente
hacia un extraño suelo de color aturdido.
 
Mil veces ha tenido que marchar de tu lado
y regresar mil veces. Tendría acaso la
                                                    predestinación
de esta tierra, la de todos los hombres y las cosas
de este solar: cambiar de sitio siempre,
trasladarse y volver
a la querencia, salir y retornar a la entraña, a la
    matriz desollada,
desmemoriado y memorioso, intacto, herido,
con espadas dispuestas a otra intensa jornada.
 
Ahora el viejo fuego lo estremece de nuevo,
hoguera sin extinción, diamante de estos días
profundos, reanimando sus lumbres. Y es entonces
cuando comprende que ya no cejará en sus
                                    arrebatos, en su reiteración
de saberse en la música del querer, de entre tantas
cenizas salir airoso hacia la plenitud, hacia el
                                                                    rocío,
hacia el acto invencible con que el amor se
                                                encara con la muerte.
©Elvio Romero

 

 
 

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