Eduardo Ritter Aislán

 

Antología poética
   
Del libro: Así hablaba Benn Asser
 
CUARTO CANTO
El arco tenso de la aurora virgen
Va disparando flechas
De luces sonrosadas.
 
El lento desperezo de los ríos
Cuelga sus campanillas de murmurios
En el portal del día.
 
Por el aire, un perfume de hojas frescas
Va acariciando el rostro adolescente
De la mañana tibia.
 
Al buen rabino Benn Asser detienen
El aria de los pájaros,
La descalza inocencia
De las mozas sin prisa,
El diálogo sencillo
De los viejos pastores
Y el ruido atronador de las carretas.
De pronto se embelesa con un nido de mirlos
Que abren la interrogante
De sus plumajes fúnebres
Y sus picos de oro.
Y piensa en el amor.
 
Adivinando que  Yavé le escucha,
Le pregunta medroso:
 
¿Qué dicen esos pájaros
que, de pronto, suspenden
la presteza de un vuelo
para cantar muy juntos
en el nido escondido
entre trémulas ramas?
¿Quieres, Yavé, decirme
qué cosa es el amor?
¿Qué cosa es ese jugo
de fruta prohibida
que cautiva y que gusta,
que envenena y trastorna,
que sostiene y que mata,
que llega sin avisos
y se va cuando deja
muchas brumas de heridas
y un carcaj de recuerdos?
Perdóname, Yavé, si te pregunto
Por algo que persiste
En el alma del hombre
Para su pena y dicha,
Para su risa y lágrimas,
Para su sed sin fuentes
Y sus fuentes sin sed.
Perdóname, Yavé, si te pregunto
Por ese sentimiento
Que entristece y que alegra,
Que se sacia y que se ansía,
Que revive y se ahoga
En sus aguas profundas;
Por ese sentimiento
Que hace hablar a los mudos,
Sonreir a los tristes
Y llorar al que ríe.
Perdóname, Yavé, si te pregunto
¿qué cosa es el amor?
 
Amor es lo que queda
después de las borrascas,
no la borrasca misma.
Es el agua que besa
Los hombros de la playa
Con sus labios de espuma,
No el ímpetu de las olas
Que golpea los navíos.
Amor ―¿tú lo sabes?―
Es la huella del canto
Que tararea el viajero,
No es el canto que cantan
Los que saben cantar.
Amor es el suplicio
De perseguir luceros
Que al asirlos se apagan,
No es asir los luceros que no se mueren nunca.
De que existe el amor
Tú te das cuenta cuando ya no existe,
Porque deslumbra y ciega al mismo tiempo,
Como las luces súbitas
De súbitos relámpagos.
Y por los siglos de los siglos, todo
Lo que el amor entraña
Habrá de ser lo mismo.
Con su herida y su bálsamo,
Con su paso y su huella,
Con su aurora y su noche,
Con su viaje y su arribo,
Con su estrella y sus nubes,
El misterio de amor
Será lo mismo siempre.
 
En el ceño fruncido del otoño
En el verdor sonriente del estío,
En el róseo esplendor de primavera
Y el helado mutismo del invierno,
Sólo el amor como el amor que existe,
Puede ser uno y vario
Puede ser algo y todo,
Puede ser de lo efímero la esencia
Y hasta ser una chispa de lo eterno.
 
 
 
Del libro: El mendigo.
 
I
(Fragmento)
Asido por los garfios
Del hambre y la fatiga;
Desnudos y callosos
Sus pies de pordiosero;
En desorden y sucias
Las obstinadas hebras
De sus cabellos canos;
Repletas de vacíos
Las manos purulentas;
Macilentas y lívidas
Las bases de sus párpados,
El mendigo arrastraba,
Por la piedra y el polvo
De la ciudad indolente,
La reata de sus días
Invariables y lentos.
―Por el amor de Dios, una limosna;
por conmiseración, señores, dadme
un poco de lo mucho
que a vosotros os sobra;
por piedad o por lástima,
regaladme del pan
que arrojáis a los perros
cuando os saciáis de vinos
y llenáis con manjares.
Ya el hambre me desahucia
Con su frialdad de hielo,
Y me arroja en la espalda
Sus brazas ulcerantes.
 
―¡Por el amor de Dios una limosna...! 
 
 
 
 
Del libro: Sonetos
 
I
Risueña como el cielo y, como el cielo,
Dueña del sol, las nubes y la brisa;
Delgada como el ala que, remisa,
Traza la espira de su limpio vuelo.
 
Orto y ocaso en mi puntual desvelo,
Aroma que en la rosa se improvisa,
Esbozo de la luz en la imprecisa
Sombra que invade y ciñe el desconsuelo.
 
Podrá pasar el flujo de los años
Sobre el helado yermo de un martirio,
Podrán cesar los grandes desengaños,
 
Pero estarán latentes, cada hora,
La firme certidumbre y el delirio
De quererte mañana como ahora.
 
 
II
Fue mucho el daño que tu amor me hizo;
Mis ojos agotaron la tibieza
De este lloro colmado de tristeza,
De este lloro sin pausa en que agonizo.
 
Si mis horas de luz las pulverizo
Removiendo su fruto y su corteza,
Se debe, solamente, a la crudeza
De aquel amor y su fatal hechizo.
 
Fue un daño irreparable, dueña mía,
Tanto te quise y te adoré tan hondo,
Que te sigo soñando todavía.
 
Fue tanto el mal por tu querer causado,
Que, aunque a veces mis lágrimas escondo,
¡no puedo amar después de haberte amado!
 
 
III
Es tu nombre la hoz que le cercena
Al corazón la paz de sus latidos;
Son tus ojos los goznes enmohecidos
A los cuales mi vida se encadena.
 
Es tu ausencia la causa de esta pena
Donde encuentran las lágrimas sus nidos;
Son tus manos dos pétalos dormidos
En la congoja que mi vida llena.
 
Yo te busco en mis horas desoladas,
Yo te busco en las noches y en el día
Con impaciencia y sed desesperadas,
 
Y, si en tinieblas de dolor me pierdo,
Creo que puedo pulsarte, amada mía,
Como una cuerda tensa en el recuerdo.
 
 
 
 
Del libro: El corazón sin tregua en diez cantos.
 
QUINTO CANTO
 
Mucho más allá del tiempo
Antonio Morales Nadler
 
Después de muchos años
―arrugas otoñales
sobre el rostro cascado del hastío―
 he vuelto a ver tos negros ojos tristes,
tu sonrisa de sol y primavera,
el traslúcido mármol de tus dedos
y el fresal florecido de tus labios.
 
Estrecha las manos, hemos dicho al unísono:
“Hace ya tanto tiempo...”
he advertido en tus ojos una lágrima,
he advertido una lágrima en mis ojos.
 
“Hace ya tanto tiempo...”
 
¡He amado tantas veces
y no se agota mi caudal de amor!
 
 
 
SEXTO CANTO
 
Llevo un crepúsculo en el alma
De ensoñadora placidez.
Guillermo Valencia
 
Todas las aventuras que surcó el corazón
Y todos los vestigios
Que dejaron los besos
En las rotas alforjas de los años,
Tienen un sacro nicho
En los muros musgosos de mi vida.
 
En mis largos silencios
De viajero cansado,
Yo dejo en cada nicho de vetustas paredes
La flor de una sonrisa,
El roce de una lágrima
O el eco de unas preces,
Pero nunca los áloes
De un reproche enconado,
Que en el ancho horizonte
De quien ha amado mucho,
No falta un arco iris
De resonancias plácidas
Que disuelven las gotas del rencor.
 
 
 
OCTAVO CANTO
 
El tiempo llega y pasa, anunciando
Horizontes, señalando combates, destruyendo
Memorias. A veces lo sentimos casi eterno
Y luego, por contraste, más breve que el auge de una rosa.
Claudia Lars
 
Era joven entonces y el corazón tenía
Fulgores y rosales para una aurora larga.
 
Hubo un nombre en la cima de mis sueños.
Después, las sombras lo absorbieron todo:
Era yo joven y el dolor no pudo
Cerrarles las compuertas al amor.
 
Cien o más nombres en mi vida:
Cada uno dejó una estrella, un pétalo y un verso
En el desván del corazón dolido
Que se habituó a la ausencia,
Que se habituó a la lágrima y la muerte.
 
 
 
NOVENO CANTO
 
Yo no nací sino para quereros.
Gracilazo de la Vega
 
Cercado por los años
Que el porvenir me angostan,
Me llegas como el último
Refugio de la dicha.
 
Eres la luminaria
Que esperaba en mis noches
Solitarias y densas como lóbrego erial.
 
Eres tú el asidero
Que encontré en mis naufragios;
Eres también albergue
De mi postrer ahínco
Y mi postrera búsqueda.

 

 
 

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