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- Viendo los autos pasar
hacia Occidente
- Ciudad de todos los
domingos
- El calibre de las armas
- Lejos de la corriente
- El quemante ojo de Romeo
- Los tonos del ángel
- Pérdida de la inocencia
- Vicarias blancas
- Valle de los reyes
- Márgenes
- Los textos escogidos
- Bajo una luz muy blanca
- Noches de 1990.
- Un golpe de remo en el
agua
- Escrituras visibles
- Cayo Perlas
- Mientras sea posible
- Idea de la rosa azul
- un día en la blancura de
minks
- Gastadas imágenes de
antaño
- Dentro de mil o cincuenta
años
- Pisos húmedos
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Márgenes
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- Jamás, hombres humanos,
hubo tanto dolor en el pecho, en la solapa, en la cartera,
en el vaso, en la carnicería, en la aritmética!
Jamás tanto cariño doloroso,
jamás tan cerca arremetió lo lejos,
jamás el fuego nunca
jugó mejor su rol de frío muerto!
- César Vallejo
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Viendo los autos
pasar hacia Occidente
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En las pequeñas
ciudades del centro de Cuba
-
las calles,
habitualmente bulliciosas y dulces,
-
se quedan vacías
en los meses de invierno.
-
Yo he vivido esa
pesada quietud.
-
Los estudiantes se
han marchado a descubrir el mundo
-
y una paz, una
extraña y larga ausencia,
-
llega hasta las
paredes y penetra al interior de los edificios.
-
Los clubes, las
casas de cultura, los campos deportivos,
-
semejan un set,
cuidadosamente preparado,
-
que espera el
regreso de los actores para continuar
-
la
filmación.
-
En las pequeñas
ciudades del centro de Cuba
-
todo es ausencia y
espera en los meses de invierno.
-
Yo he vivido esa
pesada quietud.
-
Noches de febrero
en la esquina vacía de Libertad y Paseo,
-
viendo los autos
pasar hacia Occidente.
-
Como quien ve a
una muchacha de piel muy limpia y cabellos negros
-
pasar gustosa
hacia otro hombre.
- ©Edel
Morales
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- Ciudad de
todos los domingos
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-
Querría quedarme
en esta ciudad:
-
su manera de reír
me gusta ciertamente.
-
-
Una eternidad
cruza hacia los bailes,
-
deja en mi mano un
vaso de cerveza,
-
unas músicas
duras, y las puertas de la casa,
-
abiertas, con
héroes y borrachos palabreando,
-
friendo carne,
brindándose la vida
-
alrededor del
fuego.
-
-
¿Quién hizo más
por el país?
-
Escucho esa
pregunta desde mi ventana de pasajero
-
y siento lo
efímero de las verdades eternas.
-
-
Yo querría
quedarme en esta ciudad
-
que grita en el
tiempo pálido,
-
mientras cruza
jugando hacia los bailes.
- ©Edel
Morales
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-
El calibre de las armas
-
-
Detrás de los cristales
-
palidece la memoria de otro tiempo,
-
los objetos más simples de una época
-
que la historia quiso elegir,
-
la crudeza y la claridad
-
que hacen a las cosas eternas.
-
Voy por los museos
-
tras la huella de un pasado
-
que da sentido a esta hora,
-
busco en mi vida
-
el destello inconfundible
-
que anuncie el momento del cambio,
-
la cegadora luz de entonces
-
(los bailes de fin de año,
-
el lenguaje de una adolescente
-
—su
rostro de cabellos cortos
-
en el interior del papel—
-
el calibre de las armas,
-
las palabras del Maestro a la emigración,
-
la multitud manifiestamente inmóvil
-
sobre la tierra húmeda)
-
Las galerías están desiertas
-
y en el patio de losas
-
siento venir los meses de invierno.
-
Respiro el aire en que convergen
-
los tiempos de la isla,
-
busco un momento en mi vida:
-
el destello inconfundible que anuncie
-
el principio del cambio.
-
La crudeza y la claridad
-
que dan a las cosas comunes
-
el fuego de lo eterno.
- ©Edel
Morales
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-
-
-
Lejos de la corriente
-
-
El humo siempre irá a desvanecerse,
-
pero nosotros...
-
giramos cerca del campanario
-
con la dicha de mirar un poco más lejos.
-
-
Lástima no ser fuerte ni preciso
-
para abrir de golpe el ojo:
-
sé que vería el paso de los navegantes
-
dieciocho metros sobre la antigua realidad.
-
Pero no tenemos ancho ni lugar,
-
no escogimos las armas.
-
-
Ella posa húmeda en los muros,
-
cuenta que me siguió en la brújula del astro
-
sólo por el vino de esta noche.
-
Luego podrá decir que nunca estuvo,
-
pero no es el viento
-
quien alumbra el faro y pide:
-
tú que cruzas el mar enmudecido,
-
encalla en mi desnudez más intima.
-
Ella en la penumbra mantendrá ese tacto
-
en que exijo y me suicido,
-
y únicamente somos
-
la terca ilusión de nadar fieles en un lejano paraje
-
y volver, con la astucia de los sinceros,
-
a mi casa, a mi perro, a mi día de soñar.
-
-
El humo siempre irá a desvanecerse,
-
pero nosotros...
-
-
Dieciocho metros no es el borde más terrible
-
ahora que la sirena dicta su canción al náufrago.
- ©Edel
Morales
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-
El quemante ojo de Romeo
-
-
Para
Odalys Victoria,
-
un
largo de felicidad.
-
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-
-
El brillo único de las constelaciones
-
rueda a lo largo del canapé,
-
donde el vino y los cigarros arden.
-
-
Vuelven y se besan. No temen perderse.
-
Y rueda el cielo a lo largo del canapé,
-
hacia los más profundos sitios del aire.
-
-
Adentrados en sus cuerpos exploran el pasado.
-
Donde siempre quiso haber un largo de felicidad
-
hay este minuto de preguntarse la vida,
-
este temblor en las terrazas,
-
este hacer algo histórico sobre los golpes de viento
-
y la cambiante sombra de los muros.
-
-
Seco con un beso tus pestañas:
-
la felicidad es un corazón para estar despiertos,
-
si modelamos la íntima palabra
-
salvada como un grano de su cáscara.
-
-
Mañana puede no haber ningún friso en que asciendas
-
por mi impulso prendida al techo,
-
despeinada y sostenida,
-
mientras caen livianas monedas en el calor del vino.
-
No importa, nada importa más que este instante
-
abierto como el cielo en las baldosas,
-
hermoso como un rostro al paso de los labios.
-
-
La vida sigue siendo un abanico, un rayo de luna,
-
una levitación palpable en la memoria.
-
-
El aire rueda en los muros y rueda la felicidad
-
a lo largo del canapé, y dibuja en los cuerpos desnudos
-
el brillo único de las constelaciones.
- ©Edel
Morales
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-
Los tonos del
ángel
-
- Por Juana Lilliam
-
-
-
-
El invierno apaga
los cielos de la Niña.
-
Pero yo comienzo a
descorrer su lámpara.
-
-
No tengo otro
prodigio que el puro deseo
-
(manos, ámenla, no
tengo otro prodigio).
-
-
Más allá de la
tarde el piano deja en mí sus nostalgias.
-
Yo digo: Con el
muro a la espalda
-
los cómplices van
a morir. No llores. Acaso fíjate
-
qué música acerca
las ciudades.
-
-
Pequeño es el aro
de la luz.
-
Pero yo descorro
la lámpara del ángel.
-
-
(... y la claridad
de noviembre es larga y limpia, escribe en un costado de la sábana.
Luego se abraza las rodillas y simula pensar en mí después de muchos
años. En su costado de la sábana ella escribe. Todo ocurre como la
fiesta del silencio en las cabezas, y la claridad de noviembre es
larga y limpia, escribe...)
-
-
Luz que amanece y
duele,
-
no hubiese creído
este esplendor y su espejo.
-
Luz que amanece y
duele,
-
sé que la voz y el
tiempo me condenarán si escapa.
-
-
Digo: Hágase la
luz,
-
y la claridad de
noviembre es larga y limpia.
-
-
No lo hubiese
creído: que alguien develara así
-
el misterio
alimentado en otro juego.
- ©Edel
Morales
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-
-
Pérdida de la
inocencia
-
-
Cuando el
ángel terminó de llorar
-
alguien más humano
cruzó el agua,
-
y se detuvo.
-
-
Magnetizaban lo
pálido del rostro
-
y su voz,
sencillamente tirada en la pared.
-
-
Llegaba la noche
para el cielo y la tierra.
-
-
El ángel
levantó su mano en el aire
-
como si empezar
ese gesto ya lo salvara.
-
-
Tenía entre los
dedos un cabello de luz
-
y lo acercó a la
corteza del árbol.
-
-
Era un lenguaje de
tristezas
-
por la claridad
perdida.
- ©Edel
Morales
-
-
-
Vicarias blancas
-
-
Bordes que hieren
el cielo de mi infancia.
-
He dormido sin
sueño doce iguales minutos
-
en una noche de
lobos que buscan su carne en el asfalto.
-
En una distancia
imposible.
-
Como mi madre doce
horas de un mismo dolor.
-
Como doce rostros
de mi abuelo sin río y sin peces.
-
Como Paulina
Gutiérrez toda la eternidad vacía
-
(ahora va su polvo
hacia una tierra entre vicarias blancas).
-
-
¿Qué lenguaje dirá
las soledades?
-
¿Qué sonido en
verdad significa adiós para siempre, amén?
-
-
Es absoluto el
silencio de Caridad Fuentes Gutiérrez
-
junto a la tierra
que espera el cuerpo de su madre.
-
Es absoluto el
silencio de Armando Fuentes
-
asombrado y solo
después de setenta años de amor.
-
Es absoluto mi
silencio en la distancia imposible del asfalto.
-
- Los cielos se han abierto para recibir el alma de mi abuela
-
(entre vicarias
blancas va su eternidad hacia Dios).
-
-
Sé que mi madre
sostiene la tierra sin una lágrima.
-
Sé que mi madre
sostiene en la mano el rostro de su padre.
-
Sé que mi madre
sostiene la luz.
-
-
Es una noche de
lobos en la carne del asfalto
-
y en mi herida
regresan el río y los peces de abuelo,
-
las vicarias
blancas de Paulina Gutiérrez,
-
el cielo de mi
infancia.
-
Yo les veo la
mirada sin palabras y regreso a casa.
-
-
Todavía el más
profundo dolor está por anunciar su eternidad.
- ©Edel
Morales
-
-
-
-
-
Valle de los
reyes
-
Imitación de Teresa Melo
-
-
-
Pero
-
nosotros
-
los desnudos
-
sabemos que es
cierto.
-
-
El hombre
-
no se conoce
-
por el peso de su
mortaja
-
sino por las
pirámides que construye.
- ©Edel
Morales
-
-
-
-
-
Márgenes
-
-
En
las márgenes del río Máximo,
-
a la
caída de la tarde,
-
hice
que pasara el tiempo
-
—abstraído
en la contemplación.
-
Una
hora —un
milenio—
-
de
gozosa indiferencia hacia las formas de lo real
-
—un
siglo cada tarde me permití ese verano.
-
-
Entonces no conocía otro lenguaje
-
que
los habituales juegos de una infancia
-
cuidada y libre
-
—modelada
-
entre
los límites de la provincia,
-
la
plaza pública y el antiguo árbol familiar.
-
Aquel
verano
-
fijó
los temas de mi adolescencia
-
y la
imagen de estos días
-
—repetidos,
más o menos iguales, de mi vida.
-
-
Ser
feliz, anclado a la deriva en las márgenes del río.
-
-
Los
cuerpos de los otros nadaban deseosos
-
río
adentro
-
—en
contra o a favor de la corriente—
-
hacia
los remolinos que bullían en la zona de los saltaderos.
-
Pero
yo permanecí a la deriva,
-
anclado en las márgenes, sin un gesto de placer o dolor
-
que
denunciara mi aventura.
-
Ajeno
a la sustancia física del agua
-
—abstraído
en la contemplación de no recuerdo qué vacío,
-
qué
figuración extraña, qué palabras—
-
era
descuidadamente feliz, sin un motivo real, ese verano.
-
-
Quizá
por última vez, quizá sin saber cuánto.
- ©Edel
Morales
-
-
-
Los textos
escogidos
-
-
I
-
Después un amigo
me envió unos textos de Borges.
-
Eran peligrosas
reproducciones en mimeógrafo
-
encuadernadas con
el escaso papel de bodega
-
que pudo
pagar.
-
Sobre la íntima
pobreza que anunciaba el soporte
-
estaban las
palabras, la ruidosa inocencia de un gesto
-
de juventud, que
descreía del fracaso y del éxito,
-
de las escuelas
literarias y de sus dogmas.
-
Eran, supe luego,
apenas seis los textos escogidos
-
entre los mil y un
poemas que Borges tradujo,
-
mirando las
antiguas estrellas desde estos barrios del Sur.
-
-
-
II
-
Cafés de Palermo
Viejo, calle Florida,
-
certidumbre y
tiempo deseable, ya eterno, de la Recoleta.
-
Atestiguo la
belleza y las mejillas que el amor desea,
-
la derrota, la
falsía, el río de cielo que fundó la ciudad.
-
El primer puente
de Constitución y a mis pies
-
el tedio ruinoso
que se ordena hacia los arrabales infinitos,
-
las Obras
escogidas de Jorge Luis Borges:
-
Naipes, bife,
editoriales orientales y occidentales,
-
precios de oferta,
tapas plastificadas, papel bond.
-
Veredas donde un
cuerpo prefigura otro cuerpo,
-
una inteligencia
otra inteligencia, una sensibilidad otra
-
que vuelve en mi
memoria circular.
-
-
-
III
-
Un idioma es una
tradición, un modo de sentir la realidad.
-
Mi lejano amigo
espera aún de mi poesía una magia
-
que nos haga
recordar los textos escogidos.
-
Tú buscas en los
numerosos stands cuál tipografía
-
hará el
milagro
-
de eternizar una
circunstancia que sé azarosa y frágil.
-
En esos
movimientos de mi vida adivino los Límites de El otro,
-
el mismo;
Lo perdido
de El oro de
los tigres.
-
Es Buenos Aires,
su fervor, y puedo definir la claridad:
-
las palabras que
intento para ti son también palabras
-
que en otra
latitud del círculo mi lejano amigo espera.
-
Confundo, al
evocar el gesto, su mano y la tuya, su libro
-
y el tuyo.
- ©Edel
Morales
-
-
-
Bajo una luz muy
blanca
-
Para Marian Medina.
-
-
-
-
En las sucesivas
noches de diciembre
-
la música baja
desde los pisos superiores
-
hasta mi
habitación,
-
iluminada por una
luz muy blanca.
-
-
Yo escribo el
renunciamiento de los hombres
-
y me ofrezco jugo
de toronjas;
-
luego fumo y
contemplo allá arriba
-
las intermitencias
del satélite, su destello
-
en el primer
minuto del nuevo día.
-
-
Ajena a la rareza
de ese instante,
-
la mujer de mi
eternidad
-
duerme en la
penumbra de otra habitación.
-
-
Yo beso sus manos
cada hora
-
y fumo y ofrezco a
mis fieras preguntas
-
un vaso helado de
jugo de toronjas;
-
luego espero hasta
el amanecer
-
otro destello del
satélite,
-
otro movimiento de
luz en los golpes de baile.
-
-
Sucesivas noches
de diciembre
-
en que la música
baja desde los pisos superiores
-
hasta mi
habitación,
-
y festeja Navidad
y festeja Año Nuevo,
-
mientras escribo
el renunciamiento de los hombres
-
bajo una luz muy
blanca.
- ©Edel
Morales
-
-
-
-
Noches de 1990.
-
-
He visto moverse un disco
-
en las noches de La Habana.
-
-
Fue sólo un instante.
-
Pero esa presencia de lo desconocido
-
en las olas de octubre,
-
esa claridad al alcance de mi mano,
-
anuncian los bordes de un nuevo horizonte.
-
-
He visto moverse un disco
-
en las noches de La Habana.
-
Flotando en el cielo abierto he escuchado su música.
-
Y puedo estar y ser feliz en cualquier sitio
-
donde sea posible el mar.
- ©Edel
Morales
-
-
-
-
Un golpe de remo
en el agua
-
-
Un
-
golpe
-
de
remo
-
en el
agua
-
-
Un
-
golpe
-
de
remo
-
en el
agua
-
-
Traza
-
el
-
remero
-
en
-
el
-
mar
-
-
el
-
esqueleto
-
sin
-
límites
-
de
-
un
-
pez.
- ©Edel
Morales
-
-
-
-
Escrituras
visibles
-
-
La hermosa memoria
de un día en el mar.
-
-
Figuras que
sumerges
-
hacia un brazo de
agua más tranquilo y limpio,
-
más intenso
-
que la imagen o la
palabra fuego,
-
tantas veces
igualada por ti a la idea de la libertad.
-
-
Es todo lo que
puedes hacer.
-
Mira el dolor
tatuado en la ceniza,
-
los escombros
-
de otras
intensidades muertas por la congelación o el límite.
-
Demasiado
esperabas de la vida.
-
Todo lo que puedes
hacer es un lenguaje
-
iluminado por
esencias
-
y por la belleza
que ves en el conocimiento de las cosas.
-
-
No mentir otros
miedos.
-
No fingir que tu
silencio olvide
-
la significación y
el peso de alguna antigua tradición.
-
-
Lo sabes,
finalmente, demasiado esperabas de la vida
-
y esto es todo lo
que puedes hacer:
-
escrituras
visibles, de una inocencia desnuda y hechizante.
-
-
Más perdurables e
intensas que la palabra fuego,
-
o tu idea, o
cualquier imagen
-
que antes
igualabas a la libertad.
- ©Edel
Morales
-
-
-
-
Cayo
Perlas
-
-
Has
escuchado la palabra maravilla.
-
-
Cayo
Perlas:
-
un
rostro, dos rostros, un rostro...
-
-
Evocada
-
en la
magia de su significado original,
-
has
escuchado la palabra.
-
Es la
seducción
-
y el
deseo por la naturaleza del trópico.
-
-
Cayo
Perlas:
-
un
cuerpo, dos cuerpos, un cuerpo...
-
-
Es la
antigua transparencia del Mar Caribe,
-
su
fuerza,
-
evocada en la magia de su significado original.
-
-
Y tú
has escuchado la palabra.
- ©Edel
Morales
-
-
Mientras sea posible
-
-
Ve
mientras sea posible:
-
ella
te espera.
-
-
Encantada en los bordes
-
—pacientemente—
-
nada
una piscina más, espera una vez más,
-
para
besarte
-
antes
de subir al paisaje ámbar de la habitación.
-
-
Desnuda en el agua
-
—ligerísima—
-
ella
te espera:
-
ajena
al cansancio senil de la madrugada
-
y a
la brevedad de unos días felices
-
que
ya terminan.
-
-
Ve
mientras sea posible:
-
mientras permanece en el agua
-
—ofrecido—
-
el
cuerpo que deseas,
-
el
cuerpo que tu escritura
-
nunca
podrá nombrar.
- ©Edel
Morales
-
-
-
-
-
Idea
de la rosa azul
-
Para Viviana
Cosentino Llanes,
-
la prefiguración
de su existencia.
-
-
I
-
Rubia
vestida de azul,
de
azul y no de negro,
-
de
azul y blanco, de blanco y blanco.
-
Y
no
de negro.
-
Rosa
que se eleva en el agua
-
por
la luz del Este, en la costa juvenil y sola.
-
Y no
en las cambiantes tinieblas.
-
Y no
en el servicio estéril del ennegrecimiento.
-
Cuerpo de la transparencia que se abre
-
en
plena superficie, en la arena de la costa.
-
Y no
en la frustración del sexo.
-
Y no
en la caducidad de los salones.
-
Yo
entro al azul como antaño entraba al espejo.
-
Yo
descubro en el blanco la resonancia del suelo
-
en
las iniciaciones.
-
II
-
Rubia
desnuda de azul, de azul y no de negro,
-
de
azul y blanco, de blanco y blanco.
-
Y no
de negro.
-
Rosa
imposible y cierta
-
en la
alegría de la costa a la hora del alba.
-
Y no
en la fatuidad sin nombre.
-
Y no
en los balnearios de la indiferencia.
-
Cuerpo de la imagen que sugiere la pureza
-
en
una intensidad irreal, en el silencio de la costa.
-
Y no
en la sombra pagada.
-
Y no
en el ritual de la serpiente.
-
Yo
entro a esa rosa con los ojos cálidos.
-
Yo
descubro en ella la altivez y el deseo
-
de
los nacimientos.
- ©Edel
Morales
-
-
-
-
un día en
la blancura de minks
-
Septiembre de 1990
-
-
-
-
Es septiembre,
-
caen las hojas
hacia la podredumbre.
-
Acerco a mis manos
la cabeza de Laritza:
-
escultura
realista, la hierba es verde y suave
-
y es la
podredumbre,
-
dos que caen hacia
la podredumbre.
-
En la lentitud de
los parques
-
—ironías del
espejo, la luna del otoño
-
asoma entre las
ramas—
-
rasgo el papel y
los cielos pálidos,
-
meridianos de un
mundo que nadie hizo para mí.
-
-
Había escrito:
-
Ya nada puede
asombrarme.
-
Pero alguien dicta
mis palabras:
-
Somos terribles —y
cae hacia el costado.
-
el fuego es
terrible —y rasga mi vida.
-
La voz terrible —y
dinamita un mundo.
-
Dice verdades que
yo no quería:
-
Bajo los árboles
somos terribles con miedo.
-
-
Acerco a mis manos
la cabeza de Laritza:
-
es la podredumbre,
verde y suave
-
—ironías del
espejo, asoma entre las ramas
-
la luna del
novecientos noventa.
-
Es un día en la
blancura de Minks
-
y yo quisiera ser
feliz,
-
ver que una hoja
desciende con limpieza
-
hacia los tiempos.
-
-
Pero alguien dicta
mis palabras:
-
Es la podredumbre,
-
es septiembre que
lanza las hojas muertas
-
hacia el fuego
entre los árboles.
-
-
Y cae una
escultura hacia el costado.
- ©Edel
Morales
-
-
-
-
-
Gastadas imágenes
de antaño
-
-
Que la tristeza no
me impulse hacia el mar.
-
Costas de La
Habana, abiertas
-
en los días de
invierno de mil novecientos noventa,
-
que la tristeza no
me obligue a ser otro.
-
Gastadas imágenes
de antaño:
-
la piel de manzana
de las niñas en un auto azul
-
y el ojo irónico
de los hijos de Occidente
-
con su mirada
posmoderna en la memoria de las islas.
-
Costas de La
Habana, dispuestas para el viaje
-
en las noches más
frías de enero,
-
que la tristeza no
me lleve a morir en las playas.
-
Que la tristeza no
me impulse hacia el mar.
- ©Edel
Morales
-
-
-
-
Dentro de mil o
cincuenta años
-
-
Es por la
felicidad que escribo estas cosas.
-
Los discos, el
ocaso, las monedas, la espera interminable
-
bajo la sombra
apacible de los árboles.
-
La silueta,
ligeramente inclinada y sola,
-
de una muchacha
hermosa que todas las tardes a las seis,
-
tiende su ropa del
día en los balcones blancos.
-
El silencio de las
balsas que salen al mar
-
y los pasajeros
sin voz, cada vez más lejos de la costa
-
que habitaron,
agitando sus manos en el agua.
-
Es por la
felicidad de unas noches aún lejanas.
-
Como esos
pescadores que en el interior de sus botes
-
recogen el naylon
y lo lanzan y ven pasar las lunas
-
sin agotarse nunca
—con la misma estudiada paciencia—
-
miro pasar la
historia bajo la sombra apacible de los árboles
-
y escribo estas
levedades.
-
La profundidad del
azul en el ojo del pez
-
me ofrece los
mejores motivos.
-
No la fuerza con
que el viento arrastra
-
cuando penetra en
las ciudades del Golfo.
-
No el movimiento
de las batallas que enrojecen el cielo,
-
haciendo más
visible el sentido trascendente de las palabras.
-
Escribo estas
levedades para noches aún lejanas.
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Para la felicidad
de sorprenderme un instante
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—dentro de mil o
cincuenta años—
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mirando una
silueta inclinada en los balcones blancos,
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mientras el ocaso,
las monedas, los discos
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giran su espera
interminable en el aire del mar.
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Distinto a las
balsas que parten
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y a esos pasajeros
que en el silencio agitan sus manos,
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intentando
vanamente retener una costa
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que ya para
siempre se aleja.
- ©Edel
Morales
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Pisos húmedos
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Vuelves a estar en
los pisos húmedos de la casa lejana
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de donde en verdad
nunca has partido.
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En su florescencia
de marzo
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los altos mangos
iban también en esos viajes,
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picoteaban las
aves tu café de las seis en el patio de lajas,
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era la sonrisa de
tu hermana lo que iluminaba las postales
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y recogía en los
espejos el humo del padre,
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los silencios de
la madre, la ausencia de Miguel.
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Todo iba contigo
por el mundo.
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Todas las cosas
simples
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donde aprendiste a
encontrar tu nombre.
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Todo iba contigo
en esos viajes.
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Vuelves a estar
luego de veinte años en los pisos húmedos
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de Masó 151 —que
no es avenida al mar—sino calle que termina
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en el agrio
movimiento de las vegas de tabaco.
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Todo lo que en
este tiempo has visto
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era hermoso y
extraño: los distintos lenguajes de los hombres,
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el gozo de tocar
las nubes y vivir la paz del cielo,
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los cuerpos que se
ofrecían gustosos y sueltos
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en las escaleras
de los night clubs.
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Todo se te oculta
frente a la claridad de este instante.
- Vuelves a estar en el tono azul de los cuadros de familia
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y ya sabes qué
significa partir,
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qué te esperaba
más allá de las fantasías de neón,
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qué encontrarás en
las próximas ciudades.
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Toda esa belleza
extraña y ajena, toda esa sabiduría
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—y la iluminación
que pudiste gozar en los sitios lejanos—
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entraba en ti para
que reconocieras la humedad de estos pisos.
- Pero no culpes al mundo por eso: sin el placer y el dolor
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que en tus manos
pusieron estos largos veinte años
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nada hubiese sido
claramente tuyo,
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nunca hubieses
podido decir: por encima de todas las cosas
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el tono azul de
los cuadros de familia,
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la florescencia de
marzo sobre las aves del patio.
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Todo se te oculta
frente a la claridad de este instante.
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Y aún así, vuelves
a estar de espaldas a la puerta,
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vuelves a escuchar
tu adiós en los pisos húmedos,
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vuelves a buscar
en nuevos viajes esta casa lejana
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de donde, en
verdad, nunca has partido.
- ©Edel
Morales
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