Edel Morales

 

Márgenes

 
 

 

 
Viendo los autos pasar hacia Occidente
Ciudad de todos los domingos
El calibre de las armas
Lejos de la corriente
El quemante ojo de Romeo
Los tonos del ángel
Pérdida de la inocencia
Vicarias blancas
Valle de los reyes
Márgenes
Los textos escogidos
Bajo una luz muy blanca
Noches de 1990.
Un golpe de remo en el agua
Escrituras visibles
Cayo Perlas
Mientras sea posible
Idea de la rosa azul
un día en la blancura de minks
Gastadas imágenes de antaño
Dentro de mil o cincuenta años
Pisos húmedos
 
 
 
Márgenes
 
 
 
 
Jamás, hombres humanos,
hubo tanto dolor en el pecho, en la solapa, en la cartera,
en el vaso, en la carnicería, en la aritmética!
Jamás tanto cariño doloroso,
jamás tan cerca arremetió lo lejos,
jamás el fuego nunca
jugó mejor su rol de frío muerto!
César Vallejo
 
 
 
Viendo los autos pasar hacia Occidente
 
En las pequeñas ciudades del centro de Cuba
las calles, habitualmente bulliciosas y dulces,
se quedan vacías en los meses de invierno.
Yo he vivido esa pesada quietud.
Los estudiantes se han marchado a descubrir el mundo
y una paz, una extraña y larga ausencia,
llega hasta las paredes y penetra al interior de los edificios.
Los clubes, las casas de cultura, los campos deportivos,
semejan un set, cuidadosamente preparado,
que espera el regreso de los actores para continuar
        la filmación.
En las pequeñas ciudades del centro de Cuba
todo es ausencia y espera en los meses de invierno.
Yo he vivido esa pesada quietud.
Noches de febrero en la esquina vacía de Libertad y Paseo,
viendo los autos pasar hacia Occidente.
Como quien ve a una muchacha de piel muy limpia y cabellos negros
pasar gustosa hacia otro hombre.
©Edel Morales
 
 
 
Ciudad de todos los domingos
 
Querría quedarme en esta ciudad:
su manera de reír me gusta ciertamente.
 
Una eternidad cruza hacia los bailes,
deja en mi mano un vaso de cerveza,
unas músicas duras, y las puertas de la casa,
abiertas, con héroes y borrachos palabreando,
friendo carne, brindándose la vida
alrededor del fuego.
 
¿Quién hizo más por el país?
Escucho esa pregunta desde mi ventana de pasajero
y siento lo efímero de las verdades eternas.
 
Yo querría quedarme en esta ciudad
que grita en el tiempo pálido,
mientras cruza jugando hacia los bailes.
©Edel Morales
 
 
 
 
El calibre de las armas
 
Detrás de los cristales
palidece la memoria de otro tiempo,
los objetos más simples de una época
que la historia quiso elegir,
la crudeza y la claridad
que hacen a las cosas eternas.
Voy por los museos
tras la huella de un pasado
que da sentido a esta hora,
busco en mi vida
el destello inconfundible
que anuncie el momento del cambio,
la cegadora luz de entonces
(los bailes de fin de año,
el lenguaje de una adolescente
su rostro de cabellos cortos
en el interior del papel
el calibre de las armas,
las palabras del Maestro a la emigración,
la multitud manifiestamente inmóvil
sobre la tierra húmeda)
Las galerías están desiertas
y en el patio de losas
siento venir los meses de invierno.
Respiro el aire en que convergen
los tiempos de la isla,
busco un momento en mi vida:
el destello inconfundible que anuncie
el principio del cambio.
La crudeza y la claridad
que dan a las cosas comunes
el fuego de lo eterno.
©Edel Morales
 
 
 
Lejos de la corriente
 
El humo siempre irá a desvanecerse,
pero nosotros...
giramos cerca del campanario
con la dicha de mirar un poco más lejos.
 
Lástima no ser fuerte ni preciso
para abrir de golpe el ojo:
sé que vería el paso de los navegantes
dieciocho metros sobre la antigua realidad.
Pero no tenemos ancho ni lugar,
no escogimos las armas.
 
Ella posa húmeda en los muros,
cuenta que me siguió en la brújula del astro
sólo por el vino de esta noche.
Luego podrá decir que nunca estuvo,
pero no es el viento
quien alumbra el faro y pide:
tú que cruzas el mar enmudecido,
encalla en mi desnudez más intima.
Ella en la penumbra mantendrá ese tacto
en que exijo y me suicido,
y únicamente somos
la terca ilusión de nadar fieles en un lejano paraje
y volver, con la astucia de los sinceros,
a mi casa, a mi perro, a mi día de soñar.
 
El humo siempre irá a desvanecerse,
pero nosotros...
 
Dieciocho metros no es el borde más terrible
ahora que la sirena dicta su canción al náufrago.
©Edel Morales
 
 
 
El quemante ojo de Romeo

 

 
Para Odalys Victoria,
un largo de felicidad.
 
 
 
 
El brillo único de las constelaciones
rueda a lo largo del canapé,
donde el vino y los cigarros arden.
 
Vuelven y se besan. No temen perderse.
Y rueda el cielo a lo largo del canapé,
hacia los más profundos sitios del aire.
 
Adentrados en sus cuerpos exploran el pasado.
Donde siempre quiso haber un largo de felicidad
hay este minuto de preguntarse la vida,
este temblor en las terrazas,
este hacer algo histórico sobre los golpes de viento
y la cambiante sombra de los muros.
 
Seco con un beso tus pestañas:
la felicidad es un corazón para estar despiertos,
si modelamos la íntima palabra
salvada como un grano de su cáscara.
 
Mañana puede no haber ningún friso en que asciendas
por mi impulso prendida al techo,
despeinada y sostenida,
mientras caen livianas monedas en el calor del vino.
No importa, nada importa más que este instante
abierto como el cielo en las baldosas,
hermoso como un rostro al paso de los labios.
 
La vida sigue siendo un abanico, un rayo de luna,
una levitación palpable en la memoria.
 
El aire rueda en los muros y rueda la felicidad
a lo largo del canapé, y dibuja en los cuerpos desnudos
el brillo único de las constelaciones.
©Edel Morales
 
 
 
Los tonos del ángel

 

 
Por Juana Lilliam
 
 
 
El invierno apaga los cielos de la Niña.
Pero yo comienzo a descorrer su lámpara.
 
No tengo otro prodigio que el puro deseo
(manos, ámenla, no tengo otro prodigio).
 
Más allá de la tarde el piano deja en mí sus nostalgias.
Yo digo: Con el muro a la espalda
los cómplices van a morir. No llores. Acaso fíjate
qué música acerca las ciudades.
 
Pequeño es el aro de la luz.
Pero yo descorro la lámpara del ángel.
 
(... y la claridad de noviembre es larga y limpia, escribe en un costado de la sábana. Luego se abraza las rodillas y simula pensar en mí después de muchos años. En su costado de la sábana ella escribe. Todo ocurre como la fiesta del silencio en las cabezas, y la claridad de noviembre es larga y limpia, escribe...)
 
Luz que amanece y duele,
no hubiese creído este esplendor y su espejo.
Luz que amanece y duele,
sé que la voz y el tiempo me condenarán si escapa.
 
Digo: Hágase la luz,
y la claridad de noviembre es larga y limpia.
 
No lo hubiese creído: que alguien develara así
el misterio alimentado en otro juego.
©Edel Morales
 
 
 
Pérdida de la inocencia
 
Cuando el ángel terminó de llorar
alguien más humano cruzó el agua,
y se detuvo.
 
Magnetizaban lo pálido del rostro
y su voz, sencillamente tirada en la pared.
 
Llegaba la noche para el cielo y la tierra.
 
El ángel levantó su mano en el aire
como si empezar ese gesto ya lo salvara.
 
Tenía entre los dedos un cabello de luz
y lo acercó a la corteza del árbol.
 
Era un lenguaje de tristezas
por la claridad perdida.
©Edel Morales

 
 
Vicarias blancas
 
Bordes que hieren el cielo de mi infancia.
He dormido sin sueño doce iguales minutos
en una noche de lobos que buscan su carne en el asfalto.
En una distancia imposible.
Como mi madre doce horas de un mismo dolor.
Como doce rostros de mi abuelo sin río y sin peces.
Como Paulina Gutiérrez toda la eternidad vacía
(ahora va su polvo hacia una tierra entre vicarias blancas).
 
¿Qué lenguaje dirá las soledades?
¿Qué sonido en verdad significa adiós para siempre, amén?
 
Es absoluto el silencio de Caridad Fuentes Gutiérrez
junto a la tierra que espera el cuerpo de su madre.
Es absoluto el silencio de Armando Fuentes
asombrado y solo después de setenta años de amor.
Es absoluto mi silencio en la distancia imposible del asfalto.
 
Los cielos se han abierto para recibir el alma de mi abuela
(entre vicarias blancas va su eternidad hacia Dios).
 
Sé que mi madre sostiene la tierra sin una lágrima.
Sé que mi madre sostiene en la mano el rostro de su padre.
Sé que mi madre sostiene la luz.
 
Es una noche de lobos en la carne del asfalto
y en mi herida regresan el río y los peces de abuelo,
las vicarias blancas de Paulina Gutiérrez,
el cielo de mi infancia.
Yo les veo la mirada sin palabras y regreso a casa.
 
Todavía el más profundo dolor está por anunciar su eternidad.
©Edel Morales
 
 
 
 
Valle de los reyes

 

Imitación de Teresa Melo
 
 
Pero
nosotros
los desnudos
sabemos que es cierto.
 
El hombre
no se conoce
por el peso de su mortaja
sino por las pirámides que construye.
©Edel Morales
 
 
 
 
Márgenes
 
En las márgenes del río Máximo,
a la caída de la tarde,
hice que pasara el tiempo
abstraído en la contemplación.
Una hora un milenio
de gozosa indiferencia hacia las formas de lo real
un siglo cada tarde me permití ese verano.
 
Entonces no conocía otro lenguaje
que los habituales juegos de una infancia
cuidada y libre
modelada
entre los límites de la provincia,
la plaza pública y el antiguo árbol familiar.
Aquel verano
fijó los temas de mi adolescencia
y la imagen de estos días
repetidos, más o menos iguales, de mi vida.
 
Ser feliz, anclado a la deriva en las márgenes del río.
 
Los cuerpos de los otros nadaban deseosos
río adentro
en contra o a favor de la corriente
hacia los remolinos que bullían en la zona de los saltaderos.
Pero yo permanecí a la deriva,
anclado en las márgenes, sin un gesto de placer o dolor
que denunciara mi aventura.
Ajeno a la sustancia física del agua
abstraído en la contemplación de no recuerdo qué vacío,
qué figuración extraña, qué palabras
era descuidadamente feliz, sin un motivo real, ese verano.
 
Quizá por última vez, quizá sin saber cuánto.
©Edel Morales

 
 
Los textos escogidos
 
I
Después un amigo me envió unos textos de Borges.
Eran peligrosas reproducciones en mimeógrafo
encuadernadas con el escaso papel de bodega
         que pudo pagar.
Sobre la íntima pobreza que anunciaba el soporte
estaban las palabras, la ruidosa inocencia de un gesto
de juventud, que descreía del fracaso y del éxito,
de las escuelas literarias y de sus dogmas.
Eran, supe luego, apenas seis los textos escogidos
entre los mil y un poemas que Borges tradujo,
mirando las antiguas estrellas desde estos barrios del Sur.
 
 
II
Cafés de Palermo Viejo, calle Florida,
certidumbre y tiempo deseable, ya eterno, de la Recoleta.
Atestiguo la belleza y las mejillas que el amor desea,
la derrota, la falsía, el río de cielo que fundó la ciudad.
El primer puente de Constitución y a mis pies
el tedio ruinoso que se ordena hacia los arrabales infinitos,
las Obras escogidas de Jorge Luis Borges:
Naipes, bife, editoriales orientales y occidentales,
precios de oferta, tapas plastificadas, papel bond.
Veredas donde un cuerpo prefigura otro cuerpo,
una inteligencia otra inteligencia, una sensibilidad otra
que vuelve en mi memoria circular.
 
 
III
Un idioma es una tradición, un modo de sentir la realidad.
Mi lejano amigo espera aún de mi poesía una magia
que nos haga recordar los textos escogidos.
Tú buscas en los numerosos stands cuál tipografía
        hará el milagro
de eternizar una circunstancia que sé azarosa y frágil.
En esos movimientos de mi vida adivino los Límites de El otro,
el mismo; Lo perdido de El oro de los tigres.
Es Buenos Aires, su fervor, y puedo definir la claridad:
las palabras que intento para ti son también palabras
que en otra latitud del círculo mi lejano amigo espera.
Confundo, al evocar el gesto, su mano y la tuya, su libro
       y el tuyo.
©Edel Morales

 
 
Bajo una luz muy blanca

 

Para Marian Medina.

 

 
En las sucesivas noches de diciembre
la música baja desde los pisos superiores
hasta mi habitación,
iluminada por una luz muy blanca.
 
Yo escribo el renunciamiento de los hombres
y me ofrezco jugo de toronjas;
luego fumo y contemplo allá arriba
las intermitencias del satélite, su destello
en el primer minuto del nuevo día.
 
Ajena a la rareza de ese instante,
la mujer de mi eternidad
duerme en la penumbra de otra habitación.
 
Yo beso sus manos cada hora
y fumo y ofrezco a mis fieras preguntas
un vaso helado de jugo de toronjas;
luego espero hasta el amanecer
otro destello del satélite,
otro movimiento de luz en los golpes de baile.
 
Sucesivas noches de diciembre
en que la música baja desde los pisos superiores
hasta mi habitación,
y festeja Navidad y festeja Año Nuevo,
mientras escribo el renunciamiento de los hombres
bajo una luz muy blanca.
©Edel Morales
 
 
 
Noches de 1990.
 
He visto moverse un disco
en las noches de La Habana.
 
Fue sólo un instante.
Pero esa presencia de lo desconocido
en las olas de octubre,
esa claridad al alcance de mi mano,
anuncian los bordes de un nuevo horizonte.
 
He visto moverse un disco
en las noches de La Habana.
Flotando en el cielo abierto he escuchado su música.
Y puedo estar y ser feliz en cualquier sitio
donde sea posible el mar.
©Edel Morales
 
 
 
Un golpe de remo en el agua
 
Un
golpe
de remo
en el agua
 
Un
golpe
de remo
en el agua
 
Traza
el
remero
en
el
mar
 
el
esqueleto
sin
límites
de
un
pez.
©Edel Morales
 
 
 
Escrituras visibles
 
La hermosa memoria de un día en el mar.
 
Figuras que sumerges
hacia un brazo de agua más tranquilo y limpio,
más intenso
que la imagen o la palabra fuego,
tantas veces igualada por ti a la idea de la libertad.
 
Es todo lo que puedes hacer.
Mira el dolor tatuado en la ceniza,
los escombros
de otras intensidades muertas por la congelación o el límite.
Demasiado esperabas de la vida.
Todo lo que puedes hacer es un lenguaje
iluminado por esencias
y por la belleza que ves en el conocimiento de las cosas.
 
No mentir otros miedos.
No fingir que tu silencio olvide
la significación y el peso de alguna antigua tradición.
 
Lo sabes, finalmente, demasiado esperabas de la vida
y esto es todo lo que puedes hacer:
escrituras visibles, de una inocencia desnuda y hechizante.
 
Más perdurables e intensas que la palabra fuego,
o tu idea, o cualquier imagen
que antes igualabas a la libertad.
©Edel Morales
 
 
 
Cayo Perlas
 
Has escuchado la palabra maravilla.
 
Cayo Perlas:
un rostro, dos rostros, un rostro...
 
Evocada
en la magia de su significado original,
has escuchado la palabra.
Es la seducción
y el deseo por la naturaleza del trópico.
 
Cayo Perlas:
un cuerpo, dos cuerpos, un cuerpo...
 
Es la antigua transparencia del Mar Caribe,
su fuerza,
evocada en la magia de su significado original.
 
Y tú has escuchado la palabra.
©Edel Morales

 
Mientras sea posible
 
Ve mientras sea posible:
ella te espera.
 
Encantada en los bordes
pacientemente
nada una piscina más, espera una vez más,
para besarte
antes de subir al paisaje ámbar de la habitación.
 
Desnuda en el agua
ligerísima
ella te espera:
ajena al cansancio senil de la madrugada
y a la brevedad de unos días felices
que ya terminan.
 
Ve mientras sea posible:
mientras permanece en el agua
ofrecido
el cuerpo que deseas,
el cuerpo que tu escritura
nunca podrá nombrar.
©Edel Morales
 
 
 
 
Idea de la rosa azul

 

Para Viviana Cosentino Llanes,
la prefiguración de su existencia.
 

 

I
Rubia vestida de azul, de azul y no de negro,
de azul y blanco, de blanco y blanco.
Y no de negro.
Rosa que se eleva en el agua
por la luz del Este, en la costa juvenil y sola.
Y no en las cambiantes tinieblas.
Y no en el servicio estéril del ennegrecimiento.
Cuerpo de la transparencia que se abre
en plena superficie, en la arena de la costa.
Y no en la frustración del sexo.
Y no en la caducidad de los salones.
Yo entro al azul como antaño entraba al espejo.
Yo descubro en el blanco la resonancia del suelo
en las iniciaciones.
II
Rubia desnuda de azul, de azul y no de negro,
de azul y blanco, de blanco y blanco.
Y no de negro.
Rosa imposible y cierta
en la alegría de la costa a la hora del alba.
Y no en la fatuidad sin nombre.
Y no en los balnearios de la indiferencia.
Cuerpo de la imagen que sugiere la pureza
en una intensidad irreal, en el silencio de la costa.
Y no en la sombra pagada.
Y no en el ritual de la serpiente.
Yo entro a esa rosa con los ojos cálidos.
Yo descubro en ella la altivez y el deseo
de los nacimientos.
©Edel Morales
 
 
 
un día en la blancura de minks

 

Septiembre de 1990
 
 
 
Es septiembre,
caen las hojas hacia la podredumbre.
Acerco a mis manos la cabeza de Laritza:
escultura realista, la hierba es verde y suave
y es la podredumbre,
dos que caen hacia la podredumbre.
En la lentitud de los parques
—ironías del espejo, la luna del otoño
asoma entre las ramas—
rasgo el papel y los cielos pálidos,
meridianos de un mundo que nadie hizo para mí.
 
Había escrito:
Ya nada puede asombrarme.
Pero alguien dicta mis palabras:
Somos terribles —y cae hacia el costado.
el fuego es terrible —y rasga mi vida.
La voz terrible —y dinamita un mundo.
Dice verdades que yo no quería:
Bajo los árboles somos terribles con miedo.
 
Acerco a mis manos la cabeza de Laritza:
es la podredumbre, verde y suave
—ironías del espejo, asoma entre las ramas
la luna del novecientos noventa.
Es un día en la blancura de Minks
y yo quisiera ser feliz,
ver que una hoja desciende con limpieza
hacia los tiempos.
 
Pero alguien dicta mis palabras:
Es la podredumbre,
es septiembre que lanza las hojas muertas
hacia el fuego entre los árboles.
 
Y cae una escultura hacia el costado.
©Edel Morales
 
 
 
 
Gastadas imágenes de antaño
 
Que la tristeza no me impulse hacia el mar.
Costas de La Habana, abiertas
en los días de invierno de mil novecientos noventa,
que la tristeza no me obligue a ser otro.
Gastadas imágenes de antaño:
la piel de manzana de las niñas en un auto azul
y el ojo irónico de los hijos de Occidente
con su mirada posmoderna en la memoria de las islas.
Costas de La Habana, dispuestas para el viaje
en las noches más frías de enero,
que la tristeza no me lleve a morir en las playas.
Que la tristeza no me impulse hacia el mar.
©Edel Morales
 
 
 
Dentro de mil o cincuenta años
 
Es por la felicidad que escribo estas cosas.
Los discos, el ocaso, las monedas, la espera interminable
bajo la sombra apacible de los árboles.
La silueta, ligeramente inclinada y sola,
de una muchacha hermosa que todas las tardes a las seis,
tiende su ropa del día en los balcones blancos.
El silencio de las balsas que salen al mar
y los pasajeros sin voz, cada vez más lejos de la costa
que habitaron, agitando sus manos en el agua.
Es por la felicidad de unas noches aún lejanas.
Como esos pescadores que en el interior de sus botes
recogen el naylon y lo lanzan y ven pasar las lunas
sin agotarse nunca —con la misma estudiada paciencia—
miro pasar la historia bajo la sombra apacible de los árboles
y escribo estas levedades.
La profundidad del azul en el ojo del pez
me ofrece los mejores motivos.
No la fuerza con que el viento arrastra
cuando penetra en las ciudades del Golfo.
No el movimiento de las batallas que enrojecen el cielo,
haciendo más visible el sentido trascendente de las palabras.
Escribo estas levedades para noches aún lejanas.
Para la felicidad de sorprenderme un instante
—dentro de mil o cincuenta años—
mirando una silueta inclinada en los balcones blancos,
mientras el ocaso, las monedas, los discos
giran su espera interminable en el aire del mar.
Distinto a las balsas que parten
y a esos pasajeros que en el silencio agitan sus manos,
intentando vanamente retener una costa
que ya para siempre se aleja.
©Edel Morales
 
 
 
Pisos húmedos
 
Vuelves a estar en los pisos húmedos de la casa lejana
de donde en verdad nunca has partido.
En su florescencia de marzo
los altos mangos iban también en esos viajes,
picoteaban las aves tu café de las seis en el patio de lajas,
era la sonrisa de tu hermana lo que iluminaba las postales
y recogía en los espejos el humo del padre,
los silencios de la madre, la ausencia de Miguel.
Todo iba contigo por el mundo.
Todas las cosas simples
donde aprendiste a encontrar tu nombre.
Todo iba contigo en esos viajes.
Vuelves a estar luego de veinte años en los pisos húmedos
de Masó 151 —que no es avenida al mar—sino calle que termina
en el agrio movimiento de las vegas de tabaco.
Todo lo que en este tiempo has visto
era hermoso y extraño: los distintos lenguajes de los hombres,
el gozo de tocar las nubes y vivir la paz del cielo,
los cuerpos que se ofrecían gustosos y sueltos
en las escaleras de los night clubs.
Todo se te oculta frente a la claridad de este instante.
Vuelves a estar en el tono azul de los cuadros de familia
y ya sabes qué significa partir,
qué te esperaba más allá de las fantasías de neón,
qué encontrarás en las próximas ciudades.
Toda esa belleza extraña y ajena, toda esa sabiduría
—y la iluminación que pudiste gozar en los sitios lejanos—
entraba en ti para que reconocieras la humedad de estos pisos.
Pero no culpes al mundo por eso: sin el placer y el dolor
que en tus manos pusieron estos largos veinte años
nada hubiese sido claramente tuyo,
nunca hubieses podido decir: por encima de todas las cosas
el tono azul de los cuadros de familia,
la florescencia de marzo sobre las aves del patio.
Todo se te oculta frente a la claridad de este instante.
Y aún así, vuelves a estar de espaldas a la puerta,
vuelves a escuchar tu adiós en los pisos húmedos,
vuelves a buscar en nuevos viajes esta casa lejana
de donde, en verdad, nunca has partido.
©Edel Morales
 
 
 
 
 

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