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Del
libro: Poesía quebrada
Diario de abril
Atardece, el viento penetra por debajo de las puertas
y, en las terrazas, las ropas danzan la triste música del otoño.
Veo a dos adolescentes acariciarse en un banco de estación,
ella tiene los ojos azules y él la aprieta contra su pecho.
Después, ¿buscarán una habitación
y se desnudarán el uno al otro y en silencio, la luz de una lámpara?
¿Qué es el viento? ¿Quién es que me llama por mi nombre de viajero?
¿Qué soy, quién soy que me miro en el espejo y no me reconozco?
Y la respuesta que tarda en llegar,
y mi hijo que duerme su sueño de invertebrado en el vientre de la
desconocida,
ahora que estoy solo, en otoño, y ningún pájaro me sobrevuela.
Tengo pocas cosas
Tengo pocas cosas, todas erradas, débiles:
recuerdos como lloviznas, un apellido que pronto olvidaré,
el corazón lleno de incertidumbres, los ojos heridos por el otoño.
Ayer enterré a mis muertos, cerré sus ojos y besé el hielo de sus frentes.
Y después lloré hasta quedarme sin lágrimas,
solo bajo la luz de una lámpara, rodeado de fantasmas,
sepultado vivo en un mundo que no me ve, no me habla ni me oye.
Escrito en la pared del siglo
Qué esfuerzo el de la tibia por alcanzar al pájaro,
el del vaso por contener el alba,
el del caballo por ser mariposa.
Qué dolor el del que da de beber a su propia sombra,
el del que siempre anda descalzo sobre las brasas.
Qué número el uno irremediable,
qué desnudez la del que nunca anduvo desnudo,
la del que llora al borde del pañuelo
su hartazgo de dioses y su hambre de alimento.
Nueva entrada de Cristo en Bruselas
A Daniel Mastroberardino
Porque lo andado, si vuelvo la mirada, es demasiado breve
comparado con lo que me aguarda,
adonde camino para cumplir el doble, inevitable destino
de fundir mi carne con la carne de la palabra
y perderme, más allá de nombre y medida,
ya sin palabra, destino y sustancia.
Los sueños no alcanzan para mitigar el alma,
ni la memoria de Ostende, bandadas sobre grúas y engranajes;
ahora formo un cuenco con mi mano
para que la sangre derramada no se pierda,
y pienso en el lastimado, desnudo otra vez sobre la tierra,
desnudo y desclavado, listo para andar de nuevo
desde una Bruselas de pétrea arquitectura
hacia un horizonte de enloquecidas mariposas blancas.
Reunión de fuegos
Arden los cuerpos de los muertos y el humo asciende y forma nubes
que se retuercen, espasmódicas, en el viento.
Arden las ramas y las hojas que los niños arrancaron de los árboles. A
la luz de las hogueras otro niño dice tengo miedo.
Arden las estrellas y un hombre y una mujer se buscan. Entrelazados
ya no son sino un mar único cuyas olas golpean con furia los arrecifes.
¿Arderán el papel en el que escribo, mi mano que escribe, arderé
por entero en medio del poema cuando yo esté en pantanos de sangre,
puentes de sogas y cañas tendidos sobre las boces de los volcanes?
En mundos violentos moramos.
Del
libro: Éxodo y trenes
Pound Revisited
Ve libro mío en la mudez nacido,
y abraza a quien se apiadó de solteros y casados,
de la pequeña Aurelia y de las vendedoras de tienda,
y que ahora es una sombra,
una presencia fantasmal que cruza los jardines de Kensington,
los senderos de los sucios, vigorosos herederos de la Tierra.
Abraza a quien un día entregó su vasto corazón a la lluvia
y se quedó para siempre en las aguas del zafiro,
dile que yo también me he unido al vuelo de las golondrinas
y traigo en mi sangre la luz de los abedules y el oro rojo de los arces,
para que cuando llegue la más terrible de las horas
y en mí todo sea cernido y disuelto,
ante los ojos de mis ojos permanezca intacta la Belleza.
Me da miedo despertar
A Raúl Gustavo Aguirre
Me da miedo despertar,
abrir los ojos, sentir que en mí permanecen,
implacables,
los dolores y los recuerdos.
Metáforas, filosofías, pitagóricas ecuaciones
y no poder ni siquiera resolver el alba.
Y no hablemos de mundo. Yo no tengo mundo,
apenas un hueco donde sólo cabe mi esqueleto.
Yo no quiero acabar crucificado al calendario,
atado al mismo invierno, a la misma lámpara.
Qué soledad la de este cuarto,
me da muertes de periódico, y quema
hasta las cenizas el niño que llevo adentro.
Qué desgracia la de este siglo,
la de este cotidiano desayuno de sombra y sangre
del que no quiero probar ni una gota.
Adónde ir, cómo saber entre tanta máquina,
entre tanta música confusa.
A qué viento obedecer, en qué espejo mirarme.
Dolores y recuerdos, tengo miedo.
Puentes y caminos, pájaros idos, caigo, caigo.
Mal de piedra
Este permanente combate contra una hoja en blanco,
¿qué ofrece a mi vida? Quizá menos
que la astilla que me da en pleno rostro
cuando ando por las calles hacia mi calle.
El aire que no arde, los ojos enrojecidos,
límites inapelables: vigilia de la brizna,
burla del légamo, sangre clamando por el jaspe,
un pez fluyendo por la corriente
hasta el último fulgor del cobalto.
Ah, querido Cavalcanti, tiene que haber una puerta,
un secreto,
una llave.
He visto...
He visto las máscaras de Ensor y los retratos de Van Eyck
He visto las treinta y nueve tesis que perdieron a Jan Huss
He visto el rostro de Alejandra, amado rostro desaparecido
He visto la Luna de Luciano y la Luna de Wells
He visto el costado abierto de Cristo y la lanza del soldado
He visto el seno desnudo de la Virgen de Fouquet y el fuego que devoró a
Santa Juana
He visto el nombre de Byron grabado en la piedra blanca de Westminster
Abbey
He visto la rosa de Rilke y la rosa verdadera de Borges
He visto el pan amargo del prisionero y la mano ensangrentada del verdugo
al acabar su tarea
He visto a Romeo y Julieta amarse con el mismo movimiento de las olas en
el mar
He visto a María amamantar a Bernardo, en Saint-Vorlés
He visto el río de Heráclito y los tréboles de Amiens
He visto muchas cosas y no he visto nada
Afuera cae la lluvia y sopla el viento
Sobre París brillarán las estrellas
Tengo miedo
No puedo acostumbrarme a vivir con mis fantasmas
Primer retrato
En esta fotografía
C.B. lee un poema de Eliot.
Un mirar atento, con cierto dejo de tristeza,
como decir adiós
o abrir cartas amarillentas.
Su rostro pálido, su mano izquierda, un paisaje desolado
de De Chirico
repitiéndose una y otra vez en sus ojos negros.
Un destino de pájaro en la lluvia.
La vida le duele, como llaga
en la carne,
Y aunque C.B. diga
que la poesía
viene sin que la llame,
lo desmienten
sus labios en tensión, los nervios a punto de estallar:
allí nomás, detrás de los curvos
huesos de su pecho,
hay alguien que busca adverbios
para no morir de frío en la penumbra
Del
libro: Viga bajo el agua
Sale de una grieta en la tierra.
Respira y crece; crece y respira;
crece porque respira; respira porque crece.
De átomo de lodo en el lodo
a fruto en cuyo centro
una visión madura y se perfecciona.
Crece hasta no dar más de conciencia
De cópula, de minutos,
de leves y densas maquinarias de aire y de tierra.
Entonces habla.
Muerto de miedo, me contestaba: nada.
Sartre.
Ningún padre es bueno y no tengo visiones.
Araño la tierra y el nudo de la tierra.
Arranco madejas de venas
de los feroces animales que gritan de noche.
Vivir, morir no basta
pero no hay otro fuego, otro hielo.
Un humo sube desde la sangre
y atrae ángeles y cuervos,
entre ese humo y esas alas voy
queriendo saberlo todo u olvidarlo todo
y no puedo.
Ningún padre es bueno y he leído demasiado
The day is in the sea, the night grows cold.
John Brinnin.
No siempre estamos desnudos, a veces
nos cubre el trapo negro que nos arroja el mundo:
un entierro sin ceremonia
de un corazón de ciervo, todavía palpitante,
una súplica por la devolución
de los propios huesos,
la muerte ajena sin un relámpago en el cielo,
sin un mísero resplandor de una luz de fósforo
contra el vidrio de una ventana.
No siempre oímos el rumor del agua
bajo los puentes, por las canaletas
cuando cae la lluvia, a veces
trepa desde el fondo hasta nosotros
un grito ahogado que no acaba,
apuñala toda música,
nos hiela la sangre,
las manos.
Algo calla y ya no llama desde la carne
y la tierra. Ahora entre tu respiración y la mía
hay otra respiración parecida a la muerte,
más temible que la muerte (al fin
y al cabo morir es seguir conversando con el Misterio,
salvo que más lejos.) Sombra
que nos abraza y nos dice al oído:
ayer el humo cubrió el árbol junto a la ventana,
la orilla blanca de enfrente.
Ahora entre nosotros se apagan aquellas preguntas
(¿qué es este sueño de membranas opacas
el sendero de sangre de cabra, de cordero?
¿dónde el fermento y dónde el reposo?)
y nos recostamos contra una pared
con los ojos cerrados, del lado de la oscuro.
(Valéry, Eupalinos)
Un día le habla a Dios y no obtiene respuesta.
Un día lo sorprende la respuesta grabada a punta de
navaja en la corteza de un árbol.
Un día es una criatura débil y ciega.
Un día aguanta el peso del mundo en su espalda y ve
fuegos en la noche del espacio.
Un día cifra vida y muerte en teoremas y logaritmos.
Un día sale a la calle con una olla de carbones
encendidos mientras el viento disemina el olor de la
peste o pasa horas sentado en una ciénaga haciendo
gestos, riendo a carcajadas porque otro viento lo ha
dispersado.
Ha nacido, como todos, varios,
Y, como todos, morirá sólo uno
...la noche ofrece sapos, perros negros
y cadáveres ahogados...
Kawabata.
Una mujer se lava cada noche
con un agua pura, imperiosa,
así sople el fuego o el hielo,
así echen abajo las puertas
y entren a la casa con perros y linternas, así
no venga nadie y un violín se parta,
una estrella se rompa,
así un hombre, cualquier hombre, se desangre en el fondo
de un pozo,
y la sangre manche los lomos de los caballos,
y los caballos galopen hacia la fiebre y el espanto.
Se lava y tiembla
como quien rueda entre sapos, perros negros
y cadáveres de ahogados, y grita,
antes de ser tragado por la tierra.
Del libro: El peso de los días
¿Qué hay de vida en este refugio?
Poco, nada: espalda contra espalda:
una mano se agita, lejos; en el aire
un relámpago helado, el olor
de un tabaco seco fumado entre varios,
urgido y trágico testamento
de la Especie.
¿Qué hay de luz sino su reverso,
lluvia negra y densa sobre el último
folio de la infancia?
- Por favor,
dicen, una lengua de cordero
por el glande de un niño,
mineros que caven hacia lo otro,
lo prometido y una y otra vez negado-
¿Qué si no la cicatriz, que duele,
en el centro de una materia
por siglos y naciones y mares amada?
Una
veleta gira y señala el sur:
desasosiego:
una abeja lucha desesperada,
brevemente, en la telaraña, antes
de resignarse; alguien
levanta la vista
y mira la vacilante luz
sobre la línea del horizonte
(La luz
no tardar en desaparecer,
la oscuridad trae preguntas
que no hallarán respuesta.)
Arriba, remota, una fuerza
hace caer de los plátanos
hojas que al contacto con la tierra
se corrompen, se convierten
en una materia deshonrosa,
inútil.
¿Quién fue? ¿Quién
de éstos que ahora mismo
miran con ojos de corderos asustados
la gran lluvia del mundo, matan
o mueren bajo un mismo cielo de antimonio?
¿O fui yo, en un momento de inconsciencia,
de locura, ciego, desesperado?
Hace frío, la noche habla un idioma extranjero,
una estrella consume su propio combustible
y se apaga, un árbol crece
en un país hiperbóreo y da un fruto
inútilmente dulce -.
Está escrito
todo cuanto debiera llover en este día.
Exactamente eso llueve.
Perdón para quien llega tarde a la oración
por los ahogados (tal vez
tenga los pies pequeños y el mundo
es demasiado grande.) Perdón
para la que desnuda ante su propia sombra
o no se desnuda a la hora de los relámpagos (tal vez
haya ruidos dentro de su cabeza,
cascos de caballos, ciudades a las que la tierra
se traga.) Perdón
para el animal que no da más
y se echa a un paso de la fuente,
para quien, confundido, grita
a las puertas del infierno
creyéndolas las puertas del cielo (tal vez
la única brújula sea un remolino,
un alocado giro de luces y sombras,
un caótico ascenso y descenso de tambores,
campanas.)
En plena tormenta, solo.
Arboles sacudidos desde las raíces,
cables de teléfono que golpean
contra las ramas.
(Mientras
camina con dificultad, piensa
en un peñasco arrancado de algún planeta
girando en lo negro y profundo
del espacio.)
Hay
un perro ahogado en el fondo
de una cuneta, un paraguas roto,
abandonado.
(Cuando
el sol se abra paso a través
de las nubes y el viento deje paso
a la calma, todo para él,
qué horrible es decirlo, seguir siendo
viento y lluvia, no
podrá percibir la progresiva irrupción
de la luz, la lenta llegada
del buen tiempo, cada paso suyo
será , como ahora, un paso más
entre charcos, postes caídos,
colmados desagües.)
About
suffering they were never wrong,
The Old Masters...
Auden.
Tampoco Mantegna se equivocó
acerca del hondo sufrimiento de la materia, y
ató parte de su espíritu con un hilo de plata
a una sonda y bajó hasta la cerrada noche
que sobreviene al martirio;
y dejó que el resto soplase
sobre otros cuerpos que, ignorantes de todo,
se amaban.
Del libro: La luz y alguna cosa
Entre
los dos -uno
que no nadó nunca y esperó en la orilla,
y una que nadó entre campos de ahogados
y naciones de algas para abrazarlo-
hay ahora
algo a lo que no atinan a darle un nombre
(cubre de polvo el camino de piedras blancas
e inclina con su peso las ramas
hasta obligarlas a tocar el suelo).
Ayer
tenían la mirada puesta en un sol remoto
y sus pies pugnaban por abandonar el suelo;
la carne se les volvió vidrio, se hizo trizas,
un niño recoge los pedazos, se lastima.
Este lugar que fuera de ellos
esel actual desierto en el que se extravían;
lo que los separa desde hace un momento
dura ya siglos.
El niño
se mira la mano,
grita.
Afuera la noche respira,
parece una ballena cansada.
En el cuarto,
el Juicio se abre:
No mataste pájaro alguno,
de tus labios no salió jamás
maldición alguna contra la lluvia;
no es suficiente,
te faltó arribar, por ejemplo,
una tarde a Estambul,
no encontrar a quien debía esperarte en el puerto,
andar por un laberinto de calles
repitiendo a gritos un nombre,
acabar en una cama de pensión y tener sueños
de tejas rotas, de cigarras muertas,
de mercados en llamas.
Y también
descender por una ladera escarpada
hasta el estrecho valle
donde las aguas se juntan
y, entre olas de amor, de odio, de pena,
de duda. de desesperación,
de angustia, encontrar por fin una llave
o un nuevo nudo de sogas.
Afuera
cada cosa se abandona a un ciego azar,
cada ser entra descarnado al olvido.
Adentro, una aguja fina
penetra la débil defensa de quien escucha,
interesa su centro,
lo perfora.
¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?
Pablo, Romanos VII.
Golpea la puerta cerrada de una casa
a oscuras.
Llueve.
Su cabeza sabe
que va a morir y que, antes,
un poco antes, se topará cara a cara
con eso que funde los pasos de un hombre
con el efímero y errático
vuelo de un insecto.
El agua lo moja:
para que esta lluvia caiga
como cae, y lo moje del modo en que lo moja,
debió suceder algo vasto y terrible
en otra parte:
la extinción de una especie,
muerta de sed a orillas de un río seco,
las nubes huyendo grávidas
de toda el agua, sin sentir culpa alguna.
A sus golpes nadie responde.
O sí,
una voz remota, casi inaudible,
que le advierte
lo que su razón ya aceptó
y su corazón rechaza:
Hasta
el fuego un día reposa,
frío.
(Jackson Pollock, Océano gris)
Un golpe seco en mitad de la espalda.
En ese golpe y en la magulladura
levanta una casa, y en ella
madura para el arte y para la muerte
(The running water and the standing stone...)(*)
Aún está el árbol flaco
al borde del abismo, el río
cuyo cauce seco pare las preguntas
(¿Es esto todo, el corazón
y a un paso el viento que devasta?
¿Hay un único camino, éste,
abierto a pedregales, a desmoronamientos?)
Mira:
camiones detenidos junto al camino,
conductores que duermen
o pulsan el siempre pesado cuerpo de las meretrices,
y sudan, después tienen visiones
de hierros oxidados, de densos aceites
que chorrean de máquinas abandonadas
y se mezclan con las pinturas que cubren el rostro
de quien augura, sin estremecimiento alguno,
el final de lo visto y medido.
Abandonado en el aire libre, al cansancio, al frío...
Juan Carlos Onetti.
Junto a la espuma de un mar extranjero.
Pero no ser el pez, ni siquiera el alga, o
la escoria:
inmóvil,
inútilmente cubierto de espinas.
No contar con una mano para hacer visera
y con otra mano para arrancarse las espinas,
no tener piernas, y pies,
no poder andar hasta el centro de lo conocido, y, allí,
besar la bolsa cálida donde estuve alojado,
o internarme en lo desconocido, y trocar,
entre sacudimientos, temblores.
¿cómo?, el destino en su reverso.
(Paul Klee, La luz y alguna cosa)
Bajo la luz aguarda el momento de revelarse,
de salta desde el fondo hasta nosotros.
Por ahora sólo se extiende,
invisible en lo profundo, sumergido
en lo luminoso, espera
sin desesperar su día:
cuando sea púa
en la carne de quienes vivimos
sin saber que estamos durmiendo,
sin saber si despertamos.
(A Pierre Jean Jouve)
Desnudo, careciente, frágil a punto de romperse,
reciente y por ello inmaduro para la vida
y ya maduro para la muerte.
Salido recién
de una boca de misterio, dentro
de la que oyó, voz, aullido,
y desde la que preguntó,
en otra lengua, sin encontrar respuesta:
¿qué es este presenimiento
de agujas, de ojos, de éteres?
Si bajé al pozo negro donde caen los sueños
fue por amor, no por otra cosa. Remé
con remos de esponja por el agua más dura:
alrededor de mí
se ahogaba lo necesario, lo querido,
el grito de la virgen desflorada por un lagarto
desde una cama pantada entre opuestas corrientes,
el peso del aire en una ampolleta,
cierta sombra que aún hoy
no puedo memorar sin que se lastime
el triste animal que cuido.
Si bajé
fue por amor a lo que todavía
(¿hasta cuándo?)
incendia la lluvia cuando todo es tiempo,
culpa.
(New York, 9 de noviembre de 1953)
Lo golpean en el pecho
y en la espalda y no despierta. Es un sueño
profundo, largo, un sueño-
chimenea.
Los relámpagos lo acuchillan,
perros rabiosos le saltan a la cara
desde los muslos, su padre y el padre de su padre
le entran al pecho con palas y lámparas
y cavan la tierra de las horas
hasta la infancia, pero
no abre los ojos, no despierta.
Duerme en un mar vasto y quieto,
en un cálido exilio viejo como el carbón
y nuevo como un recién nacido.
No regresará, no puede regresar, ni quiere
Del libro: Desnuda materia
Desde una lengua imprecisa, un idioma frágil,
Una palabra a medio camino entre la nada
y el polvo (llueve
en ángulo, en impío silencio, de espaldas a los puertos,
nada junta a los amantes, a Valéry con la luz de su
lámpara, a cada sombra con la explicación
de su ser sombra).
Yo tuve corteza, mar, gravidez, etc., pero ¿quién o qué
asegura el soplo hacia el deseo,
o se multiplica en impulsos,
en palpitaciones, encarna lo difuso,
tapona el orificio que sangra?
No hay ya viento o sopla un viento pobre
que ni agita la hierba. Ando
por la calle de polvo como tal vez
haya andado Robert Lowell
en ciertas mañanas llenas de hojas muertas:
los ojos sin número, con musgo,
y, en las manos, un mínimo vellón de oveja
parida y crecida en un país remoto,
caído en la niebla.
No hay ya oferta, salario,
el oficio que ejerzo es apenas luz reflejada,
engaño.
Y si aquel poeta hallaba luego consuelo,
tal vez, en el olor de las bodegas,
en las ramas golpeando contra los vidrios,
en el vuelo nupcial de las abejas
sobre los campos de lavanda,
yo no lo encuentro
y todo alrededor es reseca inocencia,
costado a la deriva, margen, periferia
(A Cristina Piña)
Cuando era niño cerraba los ojos
a cada tormenta, los muros de la casa
se sacudían, el agua de la lluvia
penetraba por debajo de las puertas.
Mi casa no luchaba, el niño no luchaba.
El agua arrastraba los sueños,
los juguetes; el viento cortaba la soga
y se llevaba al perro, se colaba
por los intersticios y se adueñaba de todo.
No importa el tiempo transcurrido,
los dolores y los trabajos, lo visto
y lo presentido, lo amado y lo odiado,
cada noche de tormenta regreso a aquella casa,
soy de nuevo el niño con los ojos cerrados.
Anduve por la raíz de la lluvia
hasta esta casa sucia y corroída.
La humedad cubre los paredes,
el polvo domina el aire.
La tarde anticipa la noche
Y en lo oscuro trabajará el óxido
en llaves y herrajes.
Y es amargo
el pan con que me alimento.
Y es turbia el agua que bebo.
Y la voz que oigo, o creo oír,
Parece llegar del otro lado del mundo
y apenas si proviene del cuarto contiguo,
vacío, y no es sino una falla
en el apretado tejido del silencio.
(Afuera y a lo lejos,
un perro ladra a la lluvia,
la lluvia lo moja, con indiferencia.)
(A Andrea Miranda)
Sepultan la luz bajo el negro suelo.
El cráneo y su sueño se quedarán a oscuras
y a oscuras beberá el desnudo
el agua de las piedras.
Contra el cristal,
la mejilla de la niña, su mirada
hacia donde las horas se espesan
y la bondad agoniza;
después soñará con bosques deshojados,
una boca abierta en mitad de la palabra añil.
Ahora los pájaros se desbandan,
rozan con sus alas los árboles y los techos;
¿existe espacio de calma, onda en la superficie,
roca terrena o celeste, fruto de Edén, de Matisse
en este lienzo extendido al ojo de la lluvia?
Sepultan la luz a la hora más grave;
la entierran bajo capas de turba;
el mar retrasa su ola,
la tierra espera, en silencio, sedienta.
En el centro del día, la muerte, insepulta.
En mitad de la noche, un relámpago helado
contra la madera que se pudre,
la palabra que se pudre.
¿Pedir
una respuesta-estallido de bengala,
una hipótesis ingeniosa,
un polvo para el rostro que ya es casi sólo huesos?
¿Soñar con una nevada donde nunca hubo nieve,
con una lluvia donde siempre fue desierto?
La playa recibe los detritus,
y yo desnudo tu espalda;
la tierra se enferma de un mal grave,
acaso incurable, y yo beso tu vientre.
Hay una locura en el filo de la sábana,
en el silencio de la lámpara,
en cada marca en la pared,
en el agujero donde cabemos
y no cabe otra cosa.
Una tormenta sin nubes se desata.
Te abrazo, tiemblo un poco, te penetro.
Hay una locura en las cartas escritas,
En ese zapato del aire, en la ropa dispersa y sin nadie.
Las ruedas girarán y seguirán moliendo,
las corrientes arrastrarán a los débiles
y, quizás, a nosotros, mañana, entre ellos.
Pero, ahora, el temor huye,
oscuro, por lo oscuro.
¿Y el cuerpo? Por la materia cruda,
una herida para cumplir
alguna remota profecía.
En cada ojo de la noche,
un furor se disipa.
Sufrirás, tendrás un mal,
extrañas mujeres traerán ungüentos
y culparán al amor,
al relámpago.
El cuerpo
Tiene ahora dos orillas,
en una dragón y en otro sulfuro,
y luz en diagonal sobre cuerda tensada, incierta,
y mares opacos, agrios, ilimitados,
y arre transido de miedo, de pena.
En cada ojo del día,
un deseo, sal o nácar, se disipa.
En el silencio, aguja, en lo oscuro,
en el desabrigo de los abrigados,
en la lluvia de astillas sobre los techos,
en el agua quieta y en el temblor
de los que sueñan.
Aguja,
punza el ala, pincha la cáscara,
hacia donde se acomoda la gracia.
Hacia donde se acomoda amor,
capa tras capa en nieve y en turba,
abajo, en el fondo, voces y manos,
manos y sábanas, voces y sábanas
Del libro: La orilla desierta
¿Cuál es la medida, la tabla,
el esbozo? En la sombra, el instinto;
en la luz, la herrumbre
que migra de cuerda en cuerda.
Creo, no creo: se peina
en la penumbra, después del deseo y su conclusión;
brevedad, infinito: el agua es confusa,
baja espesa hacia un centro inmóvil,
la belleza se hace y deshace
mientras espío lo que queda del mundo
a través de su última voz, áspera y profunda.
¿Cuál es la cábala, la melodía, el arco
ahora que todo se apaga
y, en lo que cae, rueda y se trastorna,
pronto nadie, pasado, periferia?
Diciembre 24, 1999.
Una larga hora difunde sombra
y a cada minuto un apartado
mezcla polvo de muerte con niebla.
Hay un fruto y aquello que lo infesta,
un juego de opuestos
que descubren u ocultan
detalles de una naturaleza muerta
donde una cosa es igual a otra
y todas valen poco, casi nada.
I
¿Dormir y soñar que la carne
se derrite, se mezcla con un agua inmensa
sin olas ni orillas a la vista,
que la razón se extravía en un éter difuso,
ilimitado?
II
¿Pensar que hubo alguna vez
una lengua pura,
a salvo?
(A Laura Yasán)
El dolor -una música que se desvanece,
un silencio que se puebla de malos sueños-.
es lo único que sobrevive
después de las llamas frías,
el error instalado en el mundo.
Llamo,
no sé qué se concentra y qué se esparce,
qué erige una casa
y qué se oculta en el baldío,
apenas sé que aquella marca en la madera
exuda una sustancia
que gota sobre una hierba
irremediablemente seca.
Y el aire y el agua se empobrecen,
pierden altura y medida,
un cuerpo y otro cuerpo ya no se ajustan,
se retira lo vivido
con su exceso de cálculo, de derivación,
de deuda.
Se conoce por la corteza, el rasguño
en la madera, la ola en la superficie:
¿hay hora, día, noche para ir más abajo?
En la orilla, limo
acumulado tras el deseo.
Aves que beben sostenidas en un pie.
Fui hasta ese límite, desnudo y solo.
Pero no más allá,
¿hacia donde todo se repliega
y se oye a sí mismo?
Te ilumino con una lámpara,
te hago blanca cuando debería hacerte negra.
Y bebo del agua de la orilla,
limitado, implume.
Si yo gritara, ¿alguien me escucharía
del otro lado de la niebla?
Raro y ancho mundo de cópulas secretas
y públicos crímenes, de sogas,
de tierras quemadas, de calles quemadas.
Si yo diese nombre a lo que veo,
¿despertarían los animales de sus sueños,
cada sombra obtendría perfecta capa de dicha?
Se librará la noche de su destino
y el día de su azar,
está escrito.
Pero, ¿y esta escoria,
esta tabla quebrada vacía de ley,
este perfil oculto tras un deber inútil,
un confuso existir, este pozo
adonde van a dar amor y lenguaje?
Si yo enterrase mi vida en el lodo,
¿qué crecería?
¿Es traición el aire que se deposita en la sangre?
¿Es culpa el pez envuelto en papel de diario
y el manojo de hierbas que el animal se lleva a la boca?
Ahora desde abajo
fluye una música de opera que se oxida;
ahora se enmohece un metal de deseo,
la luz pierde su ojo, el ojo su luz.
¿Quién tiene manos,
muerde con sus propios dientes,
se clava astillas para despertarse,
graba el peso de su dolor
en el duro tendón de la noche?
¿Quién entiende al número, al agua,
al resplandor entre las hojas,
al hueco que sobrevine al amor, el amor
y la carroña, a la sombra en el largo pasillo,
a cada ola que golpea,
a cada soplo sobre lo inmóvil?
After such knowledge, what forgiveness?
Eliot.
Quisiera ignorar pero no ignora.
Lo que sabe lo hostiga,
lo lastima, lo quema:
...la oscuridad
es profunda, el cielo se abstiene
y deja en amarga libertad a sus criaturas,
en lo profundo no se puede hacer pie
y la palabra se retira en olas
hacia el olvido.
Ya no cree.
O cree apenas en un posible rincón
entre pasaje y pasaje donde guarecerse
por un instante,
acaso en algún futuro breve rapto de felicidad,
momentánea falla en la sólida masa del hastío.
Poco, casi nada.
Le viene a la memoria la imagen
de un árbol de Segantini,
siente que el suelo
lo encadena, abre los brazos,
cierra los ojos,
espera la muerte o el milagro
mientras, alrededor,
los vendedores arman puestos
que llenarán de frutos y pescados.
Un fruto perforado a la luz del ojo nocturno
y entre los pliegues,
una bondad que no ofrece respuesta.
Quizás una mosca sobrevuele lo que queda;
yo ahora la aparto de mi boca
y la ola me devuelve confuso
a lo que creía polvo.
Mi hermano ni vino.
Se hiela su mano lejos de la mía
y ningún vertedero o máscara lo sostiene.
Se pudre la pregunta en la orilla desierta.
Se agita el sueño en su inútil pompa marchita.
El viento barrerá los restos.
Del libro: Puntos de fuga
1
Acaso ya no importe si verdadero
o falso. Acaso dé igual
la hierba o su sombra,
el vientre o la torpe figura
que intenta representarlo.
Acaso ya no quede nada,
ni el borde, ni la herrumbre.
El lento animal no bebe del agua
del charco, el amor no se ensucia
con el puro hollín, la pared
no se agrieta tratando de extender
la casa hasta donde se pasea,
ingrávida, la belleza.
Acaso ya no importe si honrado o vil,
si vertical o desplomado,
si deseo o cuchillo o relámpago.
Por el viento, insepulta, todavía,
la palabra, golpeando
contra negra, alta desdicha.
2
Vivo, muerto,
a través de la tierra hueca,
hacia luz fría, amor cercado.
El deseo sin pellejo,
puesto cabeza abajo.
Hablo, la lengua que uso
no tiene centro, es todo borde,
espera, perro sediento, la lluvia,
a veces ladra,
a veces hace silencio.
Todo vacila, pierde firmeza,
se desgasta al más leve roce.
¿Si niego lo que bebo,
ganaré vida con ello?
¿Si la empujo, desnuda,
contra otros cuerpos desnudos,
y a todos abrazo, y penetro,
se encenderá un fuego
entre piedra y piedra?
3
(A Aldo Tavella)
Vida, copia de copia:
humo, bruma, adentro,
materia que duerme o agoniza.
En el humo: novela: sombra de uro.
En la bruma, envuelta en red,
un deseo, pez hembra
con ojos hinchados y ciegos.
Hubo cuerpo, carne,
recinto de único amor o malaria;
hay ironía, deseo en péndulo,
belleza inclinada, caída
sobre su propio y obsesivo repique,
luz que alumbra con oscuro un dibujo,
provisorio, asimétrico.
4
Pende sobre un suelo seco.
Agotados ya el aire altísimo,
la promesa de ventura,
la luz del sol en el agua trémula,
la hora del blando pie entre raíces,
oscila, abajo la tierra
sin anhelo ni nutriente.
En su cabeza, ahora,
se juntan, en una sola masa de indiferencia,
olas de pasado y de presente,
y lo que debía ser súbito, urgido, deseoso
se resigna y abstiene de todo movimiento.
2 de abril, mediodía.
5
Polvo sobre polvo en un Libro que vacila.
Queda el hueco y al fondo, ¿todavía?,
árboles cabeza abajo, aves cabeza abajo,
lluvias raras sobre naciones olvidadas,
una esfera rotando sobre su propia ebriedad,
su propia locura.
¿Y si voláramos, si duráramos siglos,
si encontráramos bajo la arena la palabra,
si diéramos con la fórmula, la llave?
¿Y si más allá, donde se concentran,
en un gran centro, todos los puntos de fuga,
nos penetráramos de lado a lado
sin sentir el más mínimo sufrimiento?
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