Alberto Hermoza 

 

Antología poética

 
 
 
EL HIGO PRODIGO
 
Llego hasta donde comenzó el Génesis.
 
Pero de la Abuela Simiente sólo queda
La Higuera Persistente,
Frondosa,
Maternal,
Callada.
 
Llego a ella siguiendo el ritual enésimo
de atravesar un patio y liberarse del hechizo de una cocina.
 
Y sigue allí,
con su pollera verde, como una matrona.
 
Cuando me ve se agita.
Siento que sus horcones, desde sus ramas hasta sus raíces,
quisieran abrazarme, estrujarme,
tan fuerte como la hacía la Abuela Simiente
cuando llegaba yo desde lo lejano.
 
Y un cierto cielo y unas ciertas montañas son testigos
de cómo un Nieto Triste anuda un espasmo en la garganta,
y enjuga una lágrima.
 
Y ella, la higuera, enjuga un higo.
 
Entonces las palabras se me vuelven higos.
 
Y yo soy también un higo.
 
Un higo pródigo.

 
 
UNAS QUE LLAMAN
 
La poesía ahora mismito está levantada.
 
Como los brazos de siete mujeres que ondean sus llamamientos.
En realidad son ocho las que llaman/ pero tú sólo levantas tus párpados/
y es lo terso que cabalga sobre tus dunas lo que me llama.
 
Cada día de la semana es asignada a una de las mujeres llamadoras/
pero a ti no tenía donde ponerte/ hasta que te apoderaste de las noches
y los sueños/ que te los ocupabas toditos.
 
Cuando sacudes la poesía, me caen unos colibríes en almíbar/
dos ojos negros con niñitas con sus vestiditos blancos/
y una libélula encarnada.
 
También caen algunas hojas que se ríen de mis embelesos.
 
Y cómo no van a caer cosas así con los tremendos zarandeos
que le das a la pobre poesía cada vez que vienes
y quieres mamar de ella como cachorrita.
 
A la poesía también le gusta viajar.
El otro día alistó su maletita y me miró con unos ojitos pidiendo un aventón/
no tuve más remedio que hacerle un sitio en el carromato
que llevaba viajantes hoscos al trabajo.
 
Ojalá no se le ocurra trabajar también. La poesía es así/
se le ocurre cada cosa/ y en los momentos más inusitados/ como cuando le viene su necesidad/ y te dice “amigo, quiero hacer pis” y hay que ver
dónde encuentra uno el lugar adecuado para que haga sus urgencias.
 
El otro día pasó un hipopótamo cuando bostezaba la poesía.
Los hipopótamos son así/ pasan nomás sobre el corazón de los poetas/
y ellos tiene que hacerles sitio en algún verso.
 
Tú en cambio, desciendes siempre en todos mis versos
que forman el archipiélago de fantasías en el mar de la cordura.
Porqué será que este mar es tan calmo que uno tiene que estarle
soplando tormentitas para que se digne agitarse un poco.
 
Se parece a la señora razón/ que le gusta la jurisprudencia/, es decir
le gusta vestirse de prudencia emperifollada con algún prefijo.
 
Así llamas tú y la poesía/ y yo, pobrecito, tengo que seguiros/
si no la señora razón se puede quedar en cueros
y es deber de todo caballero evitar que eso suceda.
 
 
REMONTAR UN RIO
 
Para recordar lo cristalino de otrora
se puede remontar un río andino,
que renueve de risa seductora
los huérfanos almarios vacíos de destino.
 
Si el río canta es porque almas trae
almas níveas de gélidas cumbres,
blancas como cuando al ordeñar cae
cantarina espuma de pletóricas ubres.
 
Lo diáfano entonces humedece el alma
como fresca savia ascendiendo a la flor,
como colibrí que liba dejando en la calma
un corazón que remonta orillando el amor.
 
Remonto el río, me engarzo en sus cauces,
me ahíto aspirando el frescor matinal,
y olvido el colmillo, las ávidas fauces,
de la urbe enceguecida de furia animal.
 
 
 
ELANIA
 
Esta noche, Elania, tu alma celeste brilla por tus ojos.
 
Busco la secuencia clara de cómo llegaste a mí...
 
¿Recuerdas al escarabajo incitante que había trasnochado?
Era también de la provincia.
¿Habría hibernado?
Él halaba su caracola de greda y se solía estremecer.
 
¿Recuerdas la lucecita exigua que despedía cuando le hablabas?
Tu decías que era una manifestación de su abochornamiento/
y te reías divertida y le hablabas más y más/ le decías/ lo recuerdo claramente/
que ya sabías el nombre de la escarabaja que lo traía encendido.
 
Yo te decía que a él le faltaba un tornillo.
Porque los escarabajos incitantes son así.
Están locos porque se creen luciérnagas/
¿cuándo se ha visto que un escarabajo despida luces?
 
Ahora que recuerdo, cuando me conociste tú también despedías luces.
Tus ojos ya brillaban cuando recogí tu mirada en aquel maizal que había viajado.
Tus labios encendidos ya habían teñido de rojo los reflejos de aquel arroyo
por cuya orilla yo andaba ascendiendo en busca de lo diáfano.
 
Candores así fulgen como llamando
y yo me asomé aquel día por ése caminito...
 
Tu versación sobre los temas del candor
removieron todos mis fundamentos sobre los pétalos,
lo sensible a lo fulgente de algunos espíritus albinos
y otras estructuras límpidas y tersas que enternecen.
 
Cuando tú abriste ésa puerta salió a borbotones la poesía.
¿era acaso una poesía congénita o ella simplemente dio conmigo?
El caso es que un aroma a provincia aleteaba en mi arbolito
cuando te viniste a posar en él como tortolita.
 
¿Recuerdas mi pena grandota como ballena en la que estaba yo encaramado?
Tus manos que sabían las destrezas del pescar la acariciaron y se fue solita/
como caminando, a prosperar en otro mar azul descalabrado.
 
Contigo la alegría parecía un continente
que se ufanaba de haber sido descubierto.
Y yo me posaba en sus playas, como ave exploradora/
enviada desde un arca ignota tras un diluvio enclaustrado.
 
Ahora que has llegado a mí y que retozamos como dos ciervos,
a la metafísica, esa señora dueña de lo sutil y que le gusta lo primigenio,
démosle su poltrona/ que oscile para que sepa lo que es obnubilarse/
y démosle harta alegría para que quede empalagada y no moleste.
 
Y no me preguntes cosas difíciles, como dónde van a morir los elefantes
o qué significa el advenimiento de la libélula encarnada.
No lo sé. El tiempo es un señor de edad inexorable
y no se está para importunarlo con esas preguntas.
 
Mejor cuéntame que hiciste con las sinrazones abstractas,
esas que deshojamos el otro día y que ladraban.
Pero, espera...
Escucho pisadas como de saurios...
 
Me tengo que ir.
Los señores de lo preciso han llegado.
 
Adiós, Elania, paloma celeste...
 
 
 
ESCUCHO ARPAS
 
Escucho sonidos de arpas.
Lloran las arpas diría yo.
¿Porqué no podría escuchar sonidos de arpas?
¿Porqué no podrían llorar las arpas?
 
¿Porqué no podrían llorar los escarabajos?
Escarabajos niños también hay.
¿Porqué no podría haberlos?
¿Acaso no hay delfines niños y delfinas núbiles?
 
Créanme, escucho arpas llorar.
 
Escucho niños secos llorar.
Escucho madres empujadas llorar.
Por ejemplo ésa madre niña
que exhaló un niño seco/ al que se le salía el almita
por el chorrito de agua de abajo.
 
Tú/ mundo seco/ el de los principescos y grandes saurios/
me haces llorar.
 
Créanme, escucho arpas llorar.
 
¿No ven que mi llanto seco necesita agua de rocío/
ésa de compartir?
Agua de rocío/ como Elania.
Veo a Elania que se asoma por la ventana
que da a mi alma izquierda.
 
Créanme, escucho arpas cantar.
 
¿Porqué no podrían cantar las arpas si han llorado?
 
 
 
SUSURROS DE VELAMEN
 
Noche depositada sobre un mar solitariamente vasto
nos envuelve a la luna y a mí, que menguamos.
 
Tengo el corazón en la arena estacionado
y una desazón percola, gota a gota, hasta la médula.
 
Toda la arena vertida sobre mi playa horadada
es anegada por melancolías que van y vienen.
 
En este paisaje silente se puede escuchar hasta el resuello del alma.
 
Pero hay un sonido que llega lejano in creciendo
como si se batieran llamamientos y querencias.
 
Entonces son susurros de velamen.
 
De velamen son porque ¿qué blancuras hay
sobre lo lóbrego y vasto, que susurren como corazones remando?
 
Entonces aparece un bergantín halado por blanco velamen,
a la deriva, flameando susurros, ondeándolos como sueños.
 
¿Qué hace aquí en este mar y en esta noche azabache este solitario?
 
Sus quejumbrosas velas ¿ansían acaso un timonel?
¿Acaso temen un encallamiento que les inmovilice el alma?
 
Ahora está frente a mí y se mece.
 
El susurro de velamen me llama.
 
Oye, barquito abandonado, ¿porqué me llamas?
¿quieres acaso que camine sobre las aguas para llegar a ti?
¿acaso pretendes que las huellas que deje sean sustentadas sólo por la fe?
 
¿Acaso, el último pétalo que me queda en el bolsillo del corazón,
puede sustentar toda una vida de travesías?
¿y qué haremos con lo lóbrego que se agazapa?
¿acaso el mar siempre estará en calma?
 
¿qué haremos cuando azote la tormenta/
ésa que hace encallar el alma?
¿acaso el viento nos será siempre propicio?
¿qué haremos con los sargazos que carcomen
y que nos pueden dejar sin fundamento?
 
¿Han escuchado el llanto de velamen?
 
Es el mismo sollozo triste con que el barquito se va.
Se aleja de mí llorando.
 
Entonces, ¿porqué lloro yo también?
 
¿Han escuchado el llanto del corazón, cuando se aleja una ilusión?
 
 
 
LO INCREÍBLEMENTE VASTO QUE TRANSCURRE
ENTRE DOS ALETEOS DE COLIBRÍ
 
Entre sucesivos aleteos de colibrí
se han medido longevas leguas de tiempo.
 
Por ejemplo/ yo podría regresar de nuevo hasta mi yo sumerio/
nacer varias veces en una sucesiva y pertinaz reencarnación
y recién habráse acabado un parpadeo.
 
Una lágrima acunada por una pena podríase deslizar por una mejilla/
inundar un alma entristecida/ percolar a un manantial/
transgredir un río soberbio y llegar a una bahía que le abra los brazos/
y recién entonces habráse iniciado el siguiente aleteo.
 
También/ entre cada vibración/ una anhelación
podríase tomar ínfulas de huracán/
soplar y soplar, embravecer circulaciones
y así recorrer toda la latitud sur de tu corazón.
 
¿Tanto puede durar cada aleteo?
 
¿Abarcar tanto tiempo en la pupila no es acaso una locura?
 
Pulsaciones así/ tan vastas/ sólo podrían entenderse
si fuésemos hoja que arranca el otoño/
y llevásemos la cuenta/ año tras año/ suspiro tras suspiro/
del inconmensurable tiempo que transcurre
desde el desprendimiento hasta el posarse en tierra.
 
También podríamos entender esto tan prolongado
si yo me hiciera dueño del aleteo de tus párpados/
o me hiciera colibrí para libar de ti/
o simplemente...que me quisieras.
 
 
POEMA CIRCUNSCRITO
 
Te doy un poema circunscrito para abarcarte toda.
 
Con el alma izada como compás
partiré de la intersección de tus labios y los míos.
 
Al ángulo formado por tus brazos y tu corazón
circunscribiré un satinado beso curvo/ que circule/
y llegue al mismo punto inicial de mis labios.
 
El trilátero formado por tus laderas y tu talle también será circunscrito.
 
Luego/ por aproximaciones sucesivas/
convergiré hasta tu mismo centro.
 
Entonces, y sólo entonces/
habré dibujado/ completa y ávidamente/
toda tu geometría.
 
 
 
TRINOS AL ALBA... OTRA VEZ
 
El corazón otra vez se despierta con un trinerío
que se ha posado en su arbolito.
 
¿Qué pájaros efímeros son esos que pían
urgentes pedidos/ como maitines ancestrales?
 
¿Dónde está la pájara celeste que les dé
alimento de amar?
 
El corazón de un noctámbulo impertérrito
no se está para despertarse con trinos así.
 
Y como atraída por el pajarerío,
a veces llega la torcaza Poesía/ que suelta su llanto.
 
¿Porqué lloras/ canorita impredecible/
convocas penas/ y me haces llorar?
 
El corazón de un lacónico no se está ya para llorar/
ni beber de la cerrazón/ que le oculta lo celeste.
 
El otro día pasó un celeste tan raudo
que no le dio tiempo para levantar su banderita.
 
Y su arbolito que le da sombra a los palpitares
también causa problemas.
 
Todo el tiempo se le andan posando unas rara avis
en el ramaje cándido de hojas asediadas.
 
Por ejemplo se le vino a posar un búho taciturno
que comenzó a cantar arias a diestra y siniestra/
acabando con la paciencia de Wagner/ que se vino
a golpear la puerta reclamando por la irreverencia.
 
Otro día vino una gaviotita núbil a posarse/
esperando por su febril delfín soñado.
Cuando vino el amante no sabía uno como esconderlos
de las indiscretas miradas de los parroquianos.
 
A veces, también llegan algunas albricias aladas.
 
El otro día llegó Juan Salvador Gaviota
y se puso a enseñar a volar, a experimentar con el aire/
a profesar de la libertad de no comer lo que come la bandada.
 
Un jilguerito de Chalatenango, el André Cruchaga,
vino también a picotear y hacer cosquillas.
 
Ojalá viniesen ruiseñores a posarse también.
 
¿Vendría acaso Benedetti a posarse?
¿y Juan Gelman vendría acaso a aletear sus alas australes?
¿Cómo sería que Vallejo venga a anidar/ para encender de nuevo al mundo?
¿Acaso el Paul Eluard vendría con sus surrealismos desplegados?
¿o el ruiseñor Whitman vendría inmigrando a celebrarse y cantar?
¿y Maiakovski batiría acaso alas de resistir y “ser todo labios”?
¿qué sacudiría entonces Alberti, si llegase volando con su voz condecorada?
 
Claro que un cóndor como Neruda no se está para posarse en arbolitos así.
 
Si viniesen y se posaran se podría encarar a los señores de lo preciso/
esos gigantes vacuos que les gusta podar arbolitos.
 
Bueno/ torcaza Poesía/ si vas a llorar, llora nomás...
 
Pueda que algún celeste se detenga ante un llanto.
 
 
 
UN COMETA SE PERSIGUE LA COLA
 
Ser campo verde, hermano del follaje, antes que la lluvia toque la campana.
 
Ser lluvia, gotas que incursionan en la matriz, antes que regresen como savia.
 
Ser savia caliente, bárbara, intransigente con el ascenso/
antes que el colibrí aspire su alimento.
 
Ser colibrí precursor de la fruición, antes que el sol decline su mediodía.
 
Ser sol rojo y sangriento antes que el ocaso se duerma desangrado.
 
Ser ocaso que se entrega al nocturno crepusculario/
antes que el alba despierte a los pájaro efímeros.
 
Ser alba que se pierda en lo insondable y abisal de una gota de rocío/
antes que ésta/ gota milenaria/ se encrespe y reviente en los arrecifes de la memoria.
 
Ser arrecife solitario y cortante, que talle espumas para adornar el umbral del mar/
antes que toda la vastedad de lo horizontal se derrame del vaso estelar.
 
Ser extenso y pendular para abarcar todo lo insondable de un ojo callado/
antes que una mirada se adentre en el infinitésimo pálpito aletargado.
 
Y así, palpitar y palpitar en la inútil búsqueda del perpetuo celeste/
antes que un otoño se ponga a deshojar, impunemente, olvidos.

 
 
UN ESTOICO ELOGIA LA ECUANIMIDAD
 
A la orilla del río alado que cruza tu ser
a la orilla de ti misma/ subiendo/
ha crecido un abedul/ muy ecuánime él.
 
No se anda con llantos de sauce/
con llantos de torcaz/
con llantos de amante/ como yo mismo
que intento fundar un cañaveral en tu orilla.
 
Y yo que puedo hacer/ así será el amor/
como una cañita que tiembla/ llora/ ríe/ se embelesa/
de frente/ de espaldas/ de costado/ de palpitar a diestra y siniestra/
pero no se está para ecuanimidades.
 
Sobre todo cuando llega un pájaro purpúreo/
con el amor en el pico/ y me lo deja chiquito y piando...
qué puedo hacer ante eso/ si no acunarlo/
y regurgitar mi corazón en trocitos/
para que coma y pare de piar/ llorar.
 
Ése amor desatado que se lava con mis lágrimas/
que se seca con la opresión incrustada en el corazón/
y se cubre con mi manta de anhelar,
se acurruca a merced de ti/
se hace el dormido para ver si tus manos lo arropan...
y se entrega al poderoso río de la cautividad.
 
 
 
LAS AVIDAS PREGUNTAS DE UN NOMADA CREPUSCULAR
 
“A tu abandono opongo la elevada
torre de mi divino pensamiento.
Subido a ella, el corazón sangriento
verá la mar, por él empurpurada”
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
 
 
Aquí, en las arenas del crepúsculo/
un nómada berebere observa su corazón inmóvil.
 
Dirigiéndose a él le plantea sus cuitas y le interroga/
con preguntas convalecientes desde su última anidada.
 
¡Oh, dador de vida! respóndeme urgentemente/
le dice/ antes que levante mi tienda de querer:
 
¿A dónde fue la pluma ésa/ la ardida/
consumida en el aire por el amor cenital en su apogeo?
 
¡Ah la luz!, aquella ansiada por la urgente sed del corazón
¿dónde ilumina con antelación a las sombras impávidas que la acechan?
 
Mi reino por un haz de luz/ aunque sea de luna/
que provea de claridad al alma asediada por la cerrazón.
 
Y lo celeste que transcurría entre dos torres pupilares/
que venía embebido en un colibrí que le libaba el amor/
¿a dónde voló con alas inminentes?
¿porqué no se posó en la ramita ésa que crepitaba espejismos?
 
Y la tierra fecunda que prometí buscar/ ávido/
para que una germinación suceda a una semilla/
¿en qué punto del horizonte bajó a pernoctar?
¿dónde están las cumbres sucesivas
que acogieron  su asentamiento en espera de la lluvia?
 
¿Y dónde está la lluvia esa, aunque sea un ínfimo rocío,
que los dioses prometieron arrancar a los elementos/
para regar un corazón baldío que aún ondea su hojita verde levantada?
 
Un corazón nómada no puede estarse nutriendo sólo de lo humectante que nace de la pupila y desciende por las mejillas taladradas.
 
Y esos ojos ascendentes que se debatían en la cruz del sur/
¿dónde iluminan ahora?
¿porqué se han evadido del faro que alimentaba de luz
a toda la ínsula de pulsos primordiales del mar de la circunspección?
 
Ya me bebí el primer té amargo de la vida, a borbotones.
¿porqué el segundo, ese suave como el amor,
me deja un rictus triste en la boca?
¿me darás por fin las respuestas, antes que me beba el tercer té,
dulce como la partida?
 
Si tú no lo sabes, allende el horizonte que se engulle a la distancia
¿estarán las respuestas salvadoras a estas irrefrenables preguntas?
 
 
 
PISO MUNDO
 
Hoy postergaré mi preocupación por ti hasta ayer
y miraré haber qué pasa en el mundito nuestro de cada día.
 
La globalización/ dice el diagnóstico del tiempo/ va a llover
sobre todo lo que tenga alma en la tierra.
 
La globalización... hum... me escuece ese concepto/
me rasco entonces la cabeza/ ¿qué será eso?
 
¿Acaso la carcajada de los nutrientes idos a una fiesta/
dejando a las pancitas de niñitos olvidados como globitos/
y ellos pasan entonces flotando sobre la indiferencia?
 
Duele eso/ como duele que el amor este famélico/
inflado por la nada de lo insustancial.
 
Las armas acríticas de obstrucción masiva también son noticia
que se come uno cada día hasta el hartazgo de la cabecita.
 
Son armas que pasan volando sobre quimeras.
 
Son peligrosas esas quimeras.
 
Desatan guerras totalmente factibles y odios tiniebla del alma.
 
Pero hay muerte y la sangrecita corre de verdad, ah.
 
Entonces los murciélagos del rencor se chupan la opción azul por la vida/
y desatan a los sacerdotes que se sacrifican por su alucinante parnaso.
 
Y los corderos sacrificados entre dos torres/ ¿acaso alguien les avisó
que venían los leones de damasco?
 
¿Y la mesopotamia ardida que tragó azufre en la mala hora?
¿porqué le quieren ordeñar el oleaginoso líquido negro a las vacas asirias?
 
Y respecto a las artes/ las buenas y bellas claro está/
por ejemplo el cine.
 
Veamos/ se ha estrenado El Imperio Contraataca.
Luego viene el Imperio se Atraganta Contigo.
Se completa la saga con el Imperio te Vigila desde Arriba.
 
¡Oye tú Imperio! (disculpen la irreverencia y volumen alto)
¡Mira!... y el poeta le hace un mohín a su satélite de la guarda.
 
Esas alambradas le duelen al poeta/ que quiere salir de este guetto contenido/
por eso grita y patalea.
 
Y pone su granito de verso para sembrarse lo solidario/
esa bandada de gaviotitas lindas/ que pasan ahora mismito por su alegato/
y que surcan los mares buenos.
 
Definitivamente no es el día del poeta. Disculpas son pedidas nuevamente.
 
El poeta ha transcurrido toda su perplejidad con estas ideotas.
 
El poeta no es ningún idiota/ sólo que se tapa los oídos
con la poesía para no escuchar idioteces.
 
Disculpen lo cáustico/ pero el mundito está así de ordenado.
 
A otro tema...
 
Bueno/ el diagnóstico del tiempo dice que la temática
ya no calentará más por hoy.
 
Entonces amiguita/ dime ya que sí y veámonos en Marte/
o en la solidaria lunita de mis cuitas/ ¿ya?
 
 
SENCILLAMENTE, FULGURAS
“Mi corazón se va de mí
¡Ay señor, no sé si me volverá!
¡Me duele tanto por el amigo!
Está enfermo, ¿cuándo sanará?”
JARCHA MOZARABE
 
No he encontrado hallazgo más sencillo que tú.
 
Eres como un libro donde no se lee nada/ donde se hojean puros arbolitos/ arbolitos que pían mientras la mañana trae tempranísimos amores de pan llevar.
 
¿Quién dijo que el lirismo elogia sólo a las flores?
También hay hortalizas sencillas para sembrarles elegías.
 
Porque tienes la frescura lozana de una colecita que vino a contribuir.
 
Te pareces a la morica esa que me curó la derrota.
Moraima se llamaba ella/ payita cordobesa/ y en todo Al-Andalús/
nunca comí mejores aceitunas que las que ella recogía.
Traía víveres para cocer amor mientras yo convalecía del combate.
 
Yo/ Taric Ibn  Mahmûd/ moro cenizo de entonces/ había llegado herido/
derramando azogue/ a refugiarme en los olivares de las vegas moras/
y caí en su morada/ perseguido por los heráldicos señores de lo preciso/
castellanos y navarros/ visigodos caballeros del campeador matamoros.
 
¿Qué extraña luz me salvó entonces del degüello?
¿porqué no repararon en un malherido yaciendo?
¿porqué vieron solamente a una sencilla y trémula mujer/
cubriéndose el alma con su almejía?/ ¿acaso vieron a la soledad misma?
¿tanta sencillez también puede deslumbrar?
 
Con ella bebí de la mansedumbre de la espera/
escuchando amorosas jarchas de sus ásperas manos compañeras.
Yo recitábale el Corán/ ella bajaba los ojos y me recitaba moaxajas.
¿cómo ella podía acunar/ en su cotidiana y áspera laboriosidad/
un alma tan tersa?
 
Siglos y siglos después, heme aquí/
evocando sucesos ilegibles como si fuera dueño de la memoria/
preguntándome qué extraño instinto trashumante
me hizo alzar el vuelo ésa vez/ para llegar hoy/ con la poesía congénita/
como peregrino sempiterno que vuelve a extrañar el horizonte.
 
Todo esto traigo al tintero porque/ amiga/
tu sencillez una vez más vuelve a fulgurar.
 
 
 
¿QUÉ SENTIRA EL COLIBRÍ CUANDO LIBA ZUMOS?
 
Granadita de Toropalca/
¿ya terminaste de madurar?
cuando acabes/
a lo dulce derramado en tu madurar/
y a ti/ las he de robar.
 
CANCIÓN BOLIVIANA
 
 
Era un pueblito jugoso en un trópico arcaico/
donde/ conmovedoramente/ la vi.
 
Allá, los ríos pecan de transitorios/
ejercen sus estíos olvidados/
ajenos al ansia memoriosa de los sembradíos.
 
Por eso cuando llegan acontece la humedad.
 
Había mucho corazón andando por ahí/
y a ella le florecían besos rojos por cosechar.
 
Algarrobo, algarrobal/ azul de enhebrar lejanías
¿tú eras acaso el dueño de sus pasos de gacelita alada/
lozana pero sencilla/ solícita con el florecer?
 
Los mangos solidarios se deshacían en efluvios
para que ella se haga zumo.
 
Yo entonces era un pájaro diletante/ buscador de caminos/
dueño de dilapidar distancias y vuelos libérrimos/
pero ¿cómo no detenerse en ése arbolito
que llamaba con llamaradas?
 
Llegamos el río y yo/ vimos/ y amamos.
 
Yo a ella/ él al valle.
 
Un beso rojo/ libador de eflorescencias/
nos inauguró la era de la ternura subcutánea.
 
Entonces me hice colibrí/ y ella savia dilecta/
y lo exultante me fue concedido.
 
Pero no pude con el llamado del horizonte y alcé vuelo.
 
¿Porqué no me la robé allí mismo/ toda/
cuando era flor de añorar?