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Blasfemia
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- Mi
vida ha sido un largo pecado; tú lo hiciste;
- Yo que
lo vivo siento
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Horror… ¡Tú debes estar más triste!
- Tú más
triste, Señor, porque lo has creado;
- Quien
peca tiene el arrepentimiento,
- ¡Y el
arrepentimiento no es pecado!
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- Tú
pecas, pues, dos veces, porque siembras espinas
- En mi
vida: el mal. Después en mí lo sientes
- Y lo
sufres hasta en mi pensamiento:
- Y si
después de todo te arrepientes,
- Purgas
mi solo mal, pero el mal que originas
- Se
queda en ti como un remordimiento
- Nunca
jamás purgado
- Ni con
el dolor ni con el sufrimiento,
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¡Porque el remordimiento sí es pecado!
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- Yo te
pido perdón porque he pecado,
- Yo
espero tu perdón porque te infiero
- Culpas
que, si las he justificado,
- Ha
sido por lo mucho que te quiero.
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©Vicente Rosales y Rosales
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Queja en futuro imperfecto
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- Si no creaste otras cosas en tu
sabiduría
- Un futuro imperfecto más te
atormentaría
- Si yo no hubiera sido,
- Mi vida no sería
- Bajo los astros soplo de la tuya,
Señor,
- ¡Cuánta fe faltaría!
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- Pero tú bien quisiste
- En la iglesia de siglos de tu
labor increada,
- Angustiar esta llama de mi lámpara
triste
- Que casi no ardió nada
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- Alargar esta llama que mi carne
consume,
- Y ponerme muy hondo de este
aliento
- La intimidad del alma que en
apenas perfume
- De tu presentimiento.
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- Tus manos filotécnicas en su
alquimia incompleta
- Ungen siempre un encanto sobre
todas las cosas;
- Das al mundo grotesco su ilusión,
un poeta
- Cuya vida en tus áureas balanzas
milagrosas
- Fluctúa con el peso sideral de un
planeta
- Y un manojo de rosas.
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- Si yo no hubiera sido,
- ¡Qué tristeza no habría
- En un alma dolida de ti mismo,
Señor;
- Cuánta fe faltaría,
- Qué hondo anhelo de olvido,
- Qué gran forma de amor!
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©Vicente Rosales y Rosales
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Mediodía
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- El día hincha sus llamas,
- Buscan acribillados la sombra
algunos asnos;
- Y por entre las ramas
- Levantan las cabezas y botan los
duraznos.
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- Niños desherados de hambre y de
sed maltrechos
- Se acercan al pomar casi maduro.
- Una niña harapienta muestra en
parte los pechos
- Y al ver que hurgo y deploro sus
harapos deshechos
- Se cubre con las manos el tesoro
más puro.
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- Mi corazón se dora como un
durazno. Siento
- Deseos de ser árbol y darme en
largos frutos
- Y que me utilizaran en un ciento
por ciento
- Estos niños desnudos que por el
desaliento
- Viven entre las patas y el humor
de los brutos.
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- El día allá en el fondo de un gran
calor resuella;
- Sobre un sonoro yunque desespera
un martillo.
- Dos niños comen tierra; la niña
que es muy bella
- Me ofrece desde lejos un durazno
amarillo.
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©Vicente Rosales y Rosales
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- La
canción sin palmas
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- Un ritmo dócil, una emoción sedeña
- En qué vaciar el oro de una
canción humana,
- Que tenga esa fragancia de la
novia risueña
- Que deja los corpiños olientes a
manzana.
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- Unos vocablos tristes que hagan
melancolía.
- Y puntos suspensivos que dan tanto
temblar,
- Se fugen en un largo suspiro de
agonía
- ¡Despertando un recóndito deseo de
llorar!
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- Dame una gorga, Alondra. Yo
cantaré contigo,
- Ya que inquieto de celos, como tú
―todo amor—,
- Bien me acostumbraría a comer
granos de trigo
- Y a beberme el rocío que amanece
en una flor.
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- Oculta entre la rama, cubriendo a
vientre el nido
- Y el ojo redondo todo el oro del
sol,
- Dar mi trino más diáfano que
engañar al oído
- De una perla que rueda dentro de
un caracol.
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- Una sílaba larga, larga, larga,
muy larga,
- En que se fuera toda la
musicalidad
- Inédita del alma, que se me ha
puesto amarga
- De succionar el gajo de la
Sensualidad.
- ¡Una sílaba larga! Tan larga que
midiera
- Mis elasticidades. Y un modo de
sentir
- Que hiriera alma, silencio,
corazón y quimera,
- Como sobre una cuerda dulcísimo en
que hubiera
- Tendido largamente mi ansiedad de
morir.
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- Unos ojos de humilde diafanidad
celeste,
- Unos labios floridos, sabrosos a
panal,
- Unas manos perlíferas y un
suspirar agreste
- ¿No serían el claro motivo de
cristal?
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- ¡Oh! Canción sin palabras… Amor,
novia trigueña,
- ¡Cielo azul que te acercas a la
hora temprana,
- A poner tu dulzura personal y
risueña
- En la paz inefable de mi abierta
ventana!
- ©Vicente
Rosales y Rosales
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- El
río
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- En las márgenes plácidas y quietas
- Del río en cuyos bordes me recreo,
- El agua entre las piedras del
paseo
- Va formando remansos y facetas.
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- Rompiéndose en puñados de saetas
- Del horizonte alcanza el aleteo
- Con el último y trémulo gorjeo
- Que se oye del caudal entre las
grietas.
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- En los rumores que en el curso
deja
- Produce el lecho un musical acento
- Y el cauce hace de tul una madeja.
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- Sentado en la esmeralda de una
peña
- Yo me mojo los pies y, oído
atento,
- Sigo y repito la canción risueña.
- ©Vicente
Rosales y Rosales
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Nocturno
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- Sube
el verdor del campo hacia la altura
- En la
noche sin lunas y con estrellas,
- Las
estrellas agrestes y más bellas
- Que el
silencio soñó en la noche oscura.
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- Se
refleja en cada órbita de aquellas
- Desde
la tierra azul la honda espesura,
- Donde
el temblor de la heredad madura
- El
esplendor que idealizó con ellas.
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- Negros
crespones bordan el boscaje
- Que se
abisma o de pronto transfigura
- En las
disoluciones del paisaje.
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- Que
ora se esconde y luego se ilumina
- En un
autro de luz de la colina
- Donde
rima sus sueños la natura.
- ©Vicente
Rosales y Rosales
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Luciérnagas
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Relámpagos de un cielo de saturno,
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Luciérnagas que pasan por la casa
- Y
logran alumbrar con luz escasa
- El
aire familiar y taciturno.
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Relámpagos juglares de un nocturno
- Y
diminuto mundo que, en el asa
- A
veces de la lámpara, sin brasa,
- Por
raras circunstancias hacen turno.
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- O
regiones tal vez desconocidas
- Del
hogar en las ánimas dormidas
- A
media noche exploran en la sombra.
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- Desde
donde encendidas o apagadas
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Adviértanse caer o por la alfombra
- Rodar
cual finas gemas encantadas.
- ©Vicente
Rosales y Rosales
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