René Figueroa

 

Antología poética
 
 

 

 
CAMINATA
 
La  ciudad dormida,
el sol apenas muestra su cabello erizado,
es una caminata de mirada limpia.
Bajo el puente añil,
entre cartones posan los cuerpos de mimbre,
esperan masticar al menos el día,
asoman los pies de hielo
tragan el frío con cucharadas de miel.
En la esquina solitaria
una anciana de cal riega las memorias sembradas entre la grama;
con su escoba reprende a las hojas caídas,
rejuvenece la acera trasnochada.
En el callejón
el panadero suena la bocina
con su mente quizá puesta en otro mañana.
Los panes tiemblan en el canasto:
tienen miedo de que nadie los coma.
 
 
 
CACERIA
 
Quedaron inmóviles las hojas,
el cielo se tragó el bullicio
y los pájaros urdieron una huelga de alas caídas
ante el paso del dolor humano
que sangraba y regalaba las espinas de su pecho,
que le fueron clavadas ante la mirada del ave sobre el señuelo
y ante la indiferencia del señuelo sobre el cazador
en el momento en que el perdigón ensombreció la pradera,
que el plumaje fracturó al mutismo,
que el plomo se fundió entre las garras
y que más cenizas fueron ofrecidas a la tierra.
La Tierra sollozaba en su interior,
toleraba la vanidad del cazador
que ocultaba en sus entrañas el temor de ser él
quien tarde o temprano fijaría su mirada sobre el señuelo
                        en el momento en que el plomo se fundiera entre sus uñas.
 
 
 
 
AGONIA
 
Mis ojos apenas divisan el grosor de las horas,
escucho la lejanía de mis anhelos horadados
y se quema la costura de mis pasos sobre una playa de escoria;
voces
         murmullo
                        silencio.
Llegó la hora de tirar la llave y cerrar la puerta al miedo,
de conocer la soledad que se esfuma entre las piedras,
de acostumbrarse a no tocar y a no ser tocado,
voces
         murmullo
                            nada.
Voy a gritarle al mar que regreso al punto de partida.

 

ESA FRONTERA.
 
Después de cruzar esa frontera no hay nada.
No se escuchan los disparos que hieren la madrugada a diario,
no están las calles de polvo, ni las empedradas,
no suena la sirena que se desangra camino al hospital,
y no está el sicario que huye caminando.
No están las manos temblorosas de la madre,
ni el edredón que guarda tantos secretos,
tampoco las paredes donde duermen las hormigas,
ni el espejo que tiene la esquina quebrada.
Después de cruzar esa frontera no hay regreso.
 
 
 
 
El tiempo es lento en la madrugada.
A veces se detiene a esperar que en la esquina de siempre
los cirios enardezcan detrás de la ventana
y que intimiden al espíritu de la sombra perdida.
 
Aunque el tiempo se esconde del amanecer,
no abandona su costumbre de esfumarse a cada instante;
tropieza intencionalmente con la redondez del miedo
y deambula por las calles solitarias.
La suerte ya está echada.
Cuando la noche termine, terminarán las miradas.
 
 

 

 
Los pétalos caen sin revolver el polvo.
Conocen su recorrido antes de que el viento los exilie de la flor.
En los primeros segundos una espina hiere su color.
Tiemblan mientras las hojas se aferran a la paternidad del tallo
y las abejas regresan a la maternidad de la miel.
A mitad del trayecto las hormigas rompen filas para verlos caer.
Cuando los pétalos por fin tocan el polvo,
el silencio se transforma junto con la oruga
y la nueva mariposa extiende sus oraciones entre los mirtos.
 
Oscurece en la flor y lloran las hojas.
Muere la miel.
 

 

Los eclipses son ojos para la muerte.
Enrojecen cuando las manos empuñan el frío,
se empañan con las lágrimas sembradas en el cielo
y se cierran hasta que la piel no es más que una sombra.
Son ojos cansados que derrotan a la luz.
Se inquietan mientras se teje la oscuridad
y la neblina amordaza las copas de los árboles.
Se desorbitan por el opio de la sangre,
parpadean cada vez que un alma se extirpa del cuerpo
e inclinan su mirada hacia la cúpula del miedo.
 
Los ojos de la muerte no descansan.
Los ojos de la muerte no lloran.
 
 
 
Las piedras son diamantes corroídos por el tiempo.
 
Se abandonan en el camino que conduce al entierro de la noche,
entre las huellas de las aves que perdieron su ruta
y las hojas que marchan con el viento envejecido;
 
se refugian en el callejón que repite el grito de mis manos,
entre el llanto monótono que se confiesa con la ventana vacía
y el murmullo de las máscaras colgadas en la pared;
 
se olvidan en la espalda herida de un volcán sin nombre,
entre las raíces tibias de un árbol que se desangra
y la tierra golpeada por las horas inmóviles.
 
Entre las piedras mueren las huellas,
se cosume el llanto,
duermen los árboles.
 
 
 

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