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CAMINATA
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La ciudad dormida,
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el sol apenas muestra su cabello erizado,
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es una caminata de mirada limpia.
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Bajo el puente añil,
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entre cartones posan los cuerpos de mimbre,
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esperan masticar al menos el día,
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asoman los pies de hielo
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tragan el frío con cucharadas de miel.
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En la esquina solitaria
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una anciana de cal riega las memorias sembradas entre la grama;
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con su escoba reprende a las hojas caídas,
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rejuvenece la acera trasnochada.
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En el callejón
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el panadero suena la bocina
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con su mente quizá puesta en otro mañana.
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Los panes tiemblan en el canasto:
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tienen miedo de que nadie los coma.
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CACERIA
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Quedaron inmóviles las hojas,
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el
cielo se tragó el bullicio
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y los
pájaros urdieron una huelga de alas caídas
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ante el
paso del dolor humano
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que
sangraba y regalaba las espinas de su pecho,
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que le
fueron clavadas ante la mirada del ave sobre el señuelo
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y ante
la indiferencia del señuelo sobre el cazador
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en el
momento en que el perdigón ensombreció la pradera,
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que el
plumaje fracturó al mutismo,
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que el
plomo se fundió entre las garras
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y que
más cenizas fueron ofrecidas a la tierra.
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La
Tierra sollozaba en su interior,
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toleraba la vanidad del cazador
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que
ocultaba en sus entrañas el temor de ser él
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quien
tarde o temprano fijaría su mirada sobre el señuelo
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en el momento en que el plomo se fundiera
entre sus uñas.
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AGONIA
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Mis
ojos apenas divisan el grosor de las horas,
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escucho
la lejanía de mis anhelos horadados
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y se
quema la costura de mis pasos sobre una playa de escoria;
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voces
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murmullo
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silencio.
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Llegó
la hora de tirar la llave y cerrar la puerta al miedo,
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de
conocer la soledad que se esfuma entre las piedras,
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de
acostumbrarse a no tocar y a no ser tocado,
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voces
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murmullo
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nada.
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Voy a
gritarle al mar que regreso al punto de partida.
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ESA
FRONTERA.
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Después de cruzar esa frontera no hay nada.
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No se escuchan los disparos que hieren la madrugada a diario,
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no están las calles de polvo, ni las empedradas,
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no suena la sirena que se desangra camino al hospital,
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y no está el sicario que huye caminando.
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No están las manos temblorosas de la madre,
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ni el edredón que guarda tantos secretos,
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tampoco las paredes donde duermen las hormigas,
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ni el espejo que tiene la esquina quebrada.
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Después de cruzar esa frontera no hay regreso.
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El tiempo es lento en la madrugada.
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A
veces se detiene a esperar que en la esquina de siempre
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los cirios enardezcan detrás de la ventana
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y
que intimiden al espíritu de la sombra perdida.
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Aunque el tiempo se esconde del amanecer,
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no abandona su costumbre de esfumarse a cada instante;
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tropieza intencionalmente con la redondez del miedo
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y
deambula por las calles solitarias.
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La suerte ya está echada.
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Cuando la noche termine, terminarán las miradas.
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Los pétalos caen sin revolver el polvo.
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Conocen su recorrido antes de que el viento los exilie de la flor.
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En los primeros segundos una espina hiere su color.
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Tiemblan mientras las hojas se aferran a la paternidad del tallo
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y las abejas regresan a la maternidad de la miel.
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A mitad del trayecto las hormigas rompen filas para verlos caer.
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Cuando los pétalos por fin tocan el polvo,
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el silencio se transforma junto con la oruga
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y la nueva mariposa extiende sus oraciones entre los mirtos.
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Oscurece en la flor y lloran las hojas.
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Muere la miel.
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Los eclipses son ojos para la muerte.
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Enrojecen cuando las manos empuñan el frío,
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se empañan con las lágrimas sembradas en el cielo
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y se cierran hasta que la piel no es más que una sombra.
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Son ojos cansados que derrotan a la luz.
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Se inquietan mientras se teje la oscuridad
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y la neblina amordaza las copas de los árboles.
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Se desorbitan por el opio de la sangre,
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parpadean cada vez que un alma se extirpa del cuerpo
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e inclinan su mirada hacia la cúpula del miedo.
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Los ojos de la muerte no descansan.
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Los ojos de la muerte no lloran.
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Las piedras son diamantes corroídos por el tiempo.
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Se abandonan en el camino que conduce al entierro de la noche,
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entre las huellas de las aves que perdieron su ruta
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y las hojas que marchan con el viento envejecido;
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se refugian en el callejón que repite el grito de mis manos,
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entre el llanto monótono que se confiesa con la ventana vacía
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y el murmullo de las máscaras colgadas en la pared;
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se olvidan en la espalda herida de un volcán sin nombre,
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entre las raíces tibias de un árbol que se desangra
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y la tierra golpeada por las horas inmóviles.
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Entre las piedras mueren las huellas,
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se cosume el llanto,
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duermen los árboles.
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