Rafael Valero Oltra

 

Antología poética I

 
 
 

 

 
 
I.- 
 
Renuncie a la esperanza de aquel cielo
que en tu piel aprendí. Desde este instante
viviré lo que fue. Será bastante
saber que lo viví. Mataré el duelo
de amanecer prendido en el anhelo
de calmar en tu amor mi sed de amante
y buscare la paz en otro estanque
cuyas aguas me den fugaz consuelo. 
Me quedarán de ti, las cicatrices
que me hicieron sentir gozo en el daño;
las muescas del amor esperanzado
que alumbro aquellos días tan felices.
Mas si no han de volver, sobra el engaño
de empeñar mi presente a tu pasado. 
 

 
II.- 
 
Anodinos, redondos, como cantos rodados
sobre el cauce de un río, resbalan por mi tiempo
las horas y los días. Y tan en vano giran
- perdida la esperanza de ser una paloma
bajo el disfraz de barro que cubre los sentidos –
que al asomarme, a veces, al dintel de mis ojos,
me asalta su negrura de cántaro vacío
y el eco del silencio que mató sus entrañas. 
Me instalé entre los muertos. Esos muertos ruidosos
que comen y se ríen y gritan y fornican,
sin mirarse al espejo, por mantenerse en vuelo.
Y al negar la evidencia de mi paso en la huella
del polvo del camino, me transformo en vilano,
detenido, imposible, sobre un bucle de viento. 
 
 
 
III.- 
 
Hoy, sin saber por que ( corduras de la luna
que se duele, menguante ), he vuelto a mi y he visto,
que aun no siendo el de ayer, por mas que me resisto
he de capitular a la verdad. Y es una:
tan frágil barro soy, que mi única fortuna,
no está en tener ni en ser, sino en saber que existo
volando sin barreras, negando lo previsto
y amando la quimera que en mi verdad se acuna. 
He sabido la angustia de ser intrascendente,
cuando al cerrar los ojos ensayaba la huida
y en un farol de feria, mojado de relente,
me ha dolido la ausencia de una luz encendida.
Mas también, sin embargo, que al vivir lo que quiero,
no sufro la añoranza de lo que ya que no espero. 
 
 
 
IV.- 
 
Tengo lo necesario  
para escribir un libro de tristeza:  
una pluma de pájaro;  
un tintero de ausencia;  
todas las hojas pálidas, caídas  
sobre mi sombra quieta;  
mil besos disecados tirando de las venas;  
un camino a la luna - blanca virgen desnuda -  
y unos pies, desgraciados, que no saben  
caminar sin estrella.  
Tengo un silencio de guitarra muerta;  
un reloj detenido  
en la precisa hora de tu falta  
y un cuerpo que me sobra,  
cerrada ya la puerta a tu presencia.  
Tengo una canción vaga, recorriéndome el alma  
y unos labios desiertos  
que no saben decirla.  
Tengo hormigas de luna  
tan hondas en la entraña,  
que es mi noche vigilia tras tu sombra  
y mi día, cansancio de caminos sin alba.  
Tengo lo necesario  
para escribir un libro de poemas. 
 
 
 
V.- 
 
Cuando al llegar a casa, me quito los zapatos,
me enjabono las manos limpiando sus ausencias
y cuelgo en el perchero la sonrisa de hielo
que me hace aproximable y me guarda las distancias;
cuando ya estoy seguro de que nadie me observa
ni me escucha, ni espera, ni me busca o controla
el gesto de mis manos o el rictus de mi boca;
cuando frente al espejo puedo ser yo, cansado
-cada vez mas- del día vivido en el desierto
y descubro mis ojos
estuchados en cuencos de falso terciopelo;
cuando el alma se inunda de la sorda salmodia
que imperturbable, mana desde el reloj de péndulo.
Entonces, me doy cuenta
de lo inútil que puede ser el paso del tiempo. 
 
 
 
VI.- 
 
Te esperaré
con los cinco sentidos
abiertos; amapolas
dispuestas a quemarse
tan lentamente como sea preciso
para gozar cada minuto denso
de la hermosa agonía... 
Los ojos, adentrándose en los ojos
por escrutar el ansia que a ellos brota
desde la fuente oculta del deseo.
La piel, hipersensible al tacto atento
que busca los resortes
que nos lleven al trémolo.
Los labios y la lengua, desatados
en apurar humores insondables
nacidos del misterio.
Abiertas y crispadas las aletas nasales
por no perder un átomo del aire,
que mutuamente exhalan nuestro pechos;
por olernos.
Y el oído, acerado,
hasta captar el leve ultrasonido
del gemido gestante
o el placentero llanto aun no nacido....
 
Así, despacio, muy despacio, iremos
apurando las mil fases del juego,
hasta que al fin, la sangre,
en encarnado fuego convertida,
nos pueda, nos domine, nos arrastre
el uno contra el otro, enajenados,
para al final, rompernos.
como las olas rompen bajo el acantilado. 
 
 
 
VII.- 
 
Silenciaré la voz. El sedimento 
en que incuban mis versos su latido, 
está, de hurgar en él, tan removido, 
que ya no se si digo lo que siento; 
si vivo lo que digo; si me invento; 
si mi llanto es auténtico o fingido, 
ni si el amor que doy como perdido 
existió mas allá del pensamiento. 
 
Cada vez más escribidor de oficio; 
cada vez menos corazón abierto; 
cada vez más prolífico artesano; 
cada vez menos yo y mas artificio, 
me duele, uno tras otro, parir muerto 
cada verso alumbrado por mi mano. 
 
 
 
VIII.- 
 
Las veo descender. Lentas. Sin alma. 
Sangradas ya sus venas. 
Inútiles. 
Traspasadas de vientos inclementes 
y de heladas escarchas. 
De una en una, 
desde el árbol frondoso que vistieron 
de efímera mentira, 
de la que - ya es noviembre - se desnuda. 
Y veo como queda el árbol ( quedo ), 
gritándole a la nube  
en suplica del rayo. 
Como un crucificado que no sabe el porqué. 
Desnudo. Lamentando 
no haber sido capaz, al fin de tiempo, 
de impregnar en amor, 
al menos una sola de sus hojas, 
que hoy - noviembre - 
no se volviera ceniciento barro 
y volara como una mariposa 
esperanzada en encontrar el alba. 
 
 
 
IX.- 
 
Sobre un mar encalmado, sin ribera 
ni velas a lo lejos, floto ausente. 
A veces, aun me llega, recurrente, 
desde el abismo azul de la quimera, 
la luz de una perdida primavera 
que ilumina mis ojos y en mi frente 
nos dibuja abrazados nuevamente 
como lenguas de fuego de una hoguera. 
Pero es solo un instante. Luego, el cielo 
se hace otra vez mortaja. La deriva 
marca al albur mi rumbo y adivino 
que, como un pez trabado en el anzuelo 
de un hermoso espejismo, mientras viva, 
será el dolor el pan de mi camino. 
 
 
 
X.- 
 
No se que fue de mi. Me busco en vano
por los lugares por los que solía
y ya no estoy ni en la melancolía
del pétalo en el cuenco de la mano.
Muerto, mas que mortal, me siento. Grano
que renuncia a ser mies sin rebeldía;
pasión descabalada, voz baldía,
tiempo sin fecha, nube de verano...
Leño reseco, que incapaz de arder,
no encuentra mas  resquicio a la esperanza
que el aguacero que lo arrastre al mar
donde acabe el dolor de estar sin ser.
Pues, si no estoy siquiera en la añoranza
de tu mano....
                       ¿Qué mas debo esperar?... 
 
 
 
 

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