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De la palabra al fuego
Ahí está la palabra.
Recogedla.
Haced con ella
el agua poderosa, establecida
desde el rocío anunciador
de la esperanza, hasta el brazo de los mares
o del llanto.
La palabra era. Ha sido siempre.
Estuvo con el hombre
primitivo
y está en el primitivo anhelo de entendernos.
Está en las vértebras del frío,
derrotada,
pero está.
Vedla en el silencio
volcánico del pueblo. Miradla
historiando el barro
en el muslo de nuestra
raza y viento.
La palabra vive, conduce.
Prologa las edades.
Se toca en la herida del desvelo
lo mismo que en la luna
jubilosa de los sueños.
Se intuye la raíz de su distancia
en el puerto
de la sangre.
En todo.
Aquí.
En el ángulo inexacto de los
cementerios;
en el sexo tropical
del vientre
púber;
en suelos agotados, sin emblemas;
en simientes de paz, guerra o cansancio;
en la pátina cruel
de los olvidos; en las islas
del loco; en el pecado;
en la sed; en las uñas del miedo;
en los escapularios del invierno,
en esto, en aquello, en todo: ¡la palabra!
¡Recogedla, señores de la siesta,
y haced con ella las sandalias
para llegar al fuego!
©Rafael Góchez Sosa
(De Poemas circulares,
1964)
Luz y sombra
(Poema a la sombra de la luz)
Preguntad
qué es la luz y veréis que nadie sabe.
Es tan difícil llegar a los
conceptos.
Por ejemplo, luz
puede ser el instante que pronuncio
sin mencionar razones.
luz el ámbito cruel del perseguido. Luz
la búsqueda, el surco,
los desvelos.
Luz la sombra del árbol contra el
hacha.
Preguntad a las piedras
y su rostro de siglos encenderá silencios.
La luz
en ellas
tiene más sentido
que en los rótulos de neón.
Preguntad al niño, y el niño
reirá.
Preguntad al ciego, y el ciego
alumbrará vuestras
tinieblas.
Preguntad a cuanta cosa habite,
gire y calle.
(Hay luz hasta en el moho,
la pátina,
en oquedades de olvidados nombres).
Preguntad, por ejemplo, a mis
deformes huesos,
y mis huesos os dirán
que hay luz en ellos,
aunque esa luz -a veces-
me duela
como llaga irrenunciable.
©Rafael Góchez Sosa
(De Revista La
Universidad, 1966)
Poema del retorno
He vuelto. Estoy aquí.
Respiro por la herida de esta
noche,
por los huecos ladridos de mil perros, por la luna
vacía de los huérfanos,
por lo que está presente y sin embargo lejos.
He regresado. Vengo
a decir flores de olvido, la voz
desamparada en los ciclos del hambre,
el corazón
del agua para la sed viajera.
Vengo de allá, de donde mariposas resuelven
sus colores sobre el llanto.
Vengo del labio
donde el beso no llega porque perdió las huellas
del amor.
Vengo
del fuego negro y pordiosero que adivina
la sombra en el insecto. Vengo del húmedo
recuerdo que deja un crepúsculo
de invierno, de las uñas del miedo sobre la madrugada
y sus aires de viuda
solitaria, del ámbito del loco
que amanece
desnudo porque las ropas queman.
Vengo del vaso enfermo que la
razón impone
para negar sonidos,
lluvias, miel.
Vengo...
Cuando me fui, cuando dejé las
cosas
de frente contra el muro, todo era tan distinto,
tan personal, tan mío.
Mío el mar. Mi lámpara mi lámpara.
Mis coplas sólo mías. Mi pan era mi pan.
El muro
recogiendo carcajadas amaneció
en alcoholes sonámbulos
distantes del silencio.
Y me fui. La piedra supo alimentar
cansancios.
Y conocí el desvelo con que gritan
los ciegos sus auroras. Llegué
al dolor, al carruaje tirado por dos ecos,
al teatro donde un hombre
decapita a su hermano, donde una madre
aborta; donde un poema vive, no se escribe.
Allí creció mi edad de ciervo atormentado. Allí
me nació barba de espuma. Allí supe
sabores en lágrimas
candentes. Allí apagué mi vanidad
deforme.
Hoy he vuelto.
Estoy aquí para enseñar
regresos,
para pedir perdón a los abuelos, para ofrecer
y compartir mi cena, para hablar
por la herida que me sangra,
para sembrar
la luz y cosechar estrellas.
©Rafael Góchez Sosa
(De Voces del
silencio, 1967)
Explicaciones desde la
banca de un parque
Muchos de los que me leen
piensan
que soy un hombre raro, escéptico, pequeño dios.
No.
Soy un hombre común
como cualquiera.
Me citan para jurado en causas criminales.
Porto cédula de vecindad.
Como.
Defeco.
Doy mi voto en tiempo de elecciones.
No crean que me la paso sólo bebiendo.
No.
Tengo mujer e hijos.
Tengo empleo
y me han afiliado
al Seguro Social.
Soy como ustedes, un ser corriente.
Juego.
Fumo.
Me gustan las muchachas en minifalda.
Hay deudas
y anhelo sacarme el gordo
de la Lotería Nacional.
Ahora bien,
lo que pasa es que ciertas cosas penetran en mis venas y circulan.
Hacen que mi barba crezca blanca. Que
mis ojos lloren por los ciegos.
Y
si duermo, sueño que hay mucho amor en el mundo.
Sucede que cuando soy jurado
en causas criminales
no sé si condenar o absolver al reo.
Si leo los periódicos
me duele saber que han hallado
dos cadáveres en la Puerta del Diablo
o que anoche
hubo recogida de putas
o que en la madrugada alguien se desangró
frente al Hospital Rosales.
Y
resulta
que ya no duermo bien.
Y la digestión comienza a fallarme.
Sucede
que un poeta
desapareció en mi tierra.
Los gringos
hunden barco con gas nervioso.
Onassis
cada minuto es más rico.
La guerra en Vietnam no termina.
Duvalier
mata patriotas en Haití.
Y vuelvo al librium.
Y el librium
no me hace dormir.
Esta, la pequeña diferencia. La
pequeña.
Pero soy ciudadano corriente.
Buen marido, buen padre de familia.
Hasta voy a misa.
Ah, también toso y tengo algo de viejo verde.
©Rafael Góchez Sosa
(De Poemas para
leer sin música, 1971)
-
La lluvia
-
-
- La lluvia tiene duendes y
sonidos.
- Tiene voces, cristal,
arquitectura
- De asombro desmayado,
presentidos
- Alfabetos de llanto y de
ternura.
-
- Porque en la lluvia los
recuerdos crecen.
- Y la escuela y Toñín y el
barrilete;
- Los barcos de papel, ¡Cómo se
mecen!
- Y aquel domingo que robé un
juguete.
-
- (Lejos. Siempre que llueve
estoy de viaje.
- Me voy con mi palmera y mi
lenguaje
- A los dominios de la hierba
amada)
-
- La lluvia tiene ramazón de
infancia,
- Cabellera de ríos, sol,
distancia,
- Y un perfume de tierra
liberada.
-
©Rafael Góchez
Sosa
-
(De Cancionero
de colina y viento, 1967)
-
-
-
-
- Oración
-
- Oro por todos los que sufren.
Pido
- Por aquellos que llevan la
agonía
- De ser más tristes que la luz
del día
- Cuando llega el minuto del
despido.
-
- Ruego por el injusto
perseguido,
- Por el que halló la muerte en
la porfía,
- Por la mujer que abandonó su
cría,
- Por el que sueña auroras,
oprimido.
-
- Oro por el dolor del
campesino,
- Por la negada mesa del obrero,
- Por los necios que nunca se
enamoran.
-
- Imploro por la paz. Por el
camino
- Del himno sin fronteras,
verdadero.
- Pido por todos los que nunca
lloran.
-
©Rafael Góchez
Sosa
- (De
Cancionero de colina y viento, 1967)
-
-
-
-
- Mi patria es este mundo
-
- El que canta soy yo. Que no te
asombre:
- Viajo en horas de fuego, sin
partido,
- No pertenezco a sectas. Soy
olvido,
- Presencia. Mi desvelo es por
el hombre.
-
- Están mis huesos indios
saturados
- De universalidad. Llevo en la
frente
- Estrellas y caminos,
refulgente
- Vegetación de los ilusionados.
-
- Mi patria es este mundo a
veces lleno
- De maldades, a veces bueno,
bueno,
- Pero siempre dispuesto a la
porfía.
-
- Mi cielo están en el suelo
donde habito,
- Donde la noche enciende su
infinito
- Para causar la anunciación del
día.
-
©Rafael Góchez
Sosa
- (De Voces
del silencio, 1967)
-
-
-
-
- Medio camino
-
- Y sea indulgente con
los hombres
- Que envejecen
- Rilke
-
-
Cuando el llanto mojó las amapolas,
-
Cuando el invierno me tendió su mano,
-
Voz y trueno movieron un verano:
-
Verano antiguo de las piedras solas.
-
- Y
fue la soledad música en olas,
-
Delgado silbo, nocturnal, cercano;
-
Desde entonces me siento más anciano,
-
Más amigo de musgos y corolas.
-
-
Estoy a medio andar, medio camino.
- Mi
anciana juventud —ave del trino―
-
Pide concordia, comprensión, colmenas.
-
-
Estoy a media cruz, medio sustento.
-
Reclamo, compañeros, un momento
-
Para explicar esta vejez de penas.
-
©Rafael Góchez
Sosa
- (De
Cancionero de colina y viento, 1967)
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