Porfirio Mamani Macedo

 

Antología poética

 
 
ALBA
 
Amanece el día, como siempre, con tu aliento suave a perturbar mi soledad. Un vacío ha colmado mi sueño. Palabras que no me dicen nada. Hojas que caen, se amontonan, se pudren en otoño. Desafíos míos en tiempos de olvido. Quedo sentado, esperando en una puerta, no sé a quién, Alba, cada tarde al anochecerse ya el día. Pensaré en tu forma, amanecer que fuiste por un instante un delirio. Que se vayan todos a recoger lo que han dejado. No se detiene el destino. Miremos solos, el mar, desde el llano en que nacimos. Alba, constante amanecer que tanto esperamos abrazar los navegantes. Llévame aire, aroma protector, a tus profanos horizontes que nunca he frecuentado. Allá encontraré, viento anunciador de males, lo que he perdido. En tus áureas tierras, ave solitaria, acamparé un día. Cruzaré, Alba, el ancho mar para contemplar, dónde habitas en las noches.
© Porfirio Mamani Macedo
 
 
 
LA PARTIDA
 
He partido al otro lado del mar. No llevo ningún adiós en mi recuerdo. En la travesía, las aves, mis únicas compañeras de viaje, han preferido callar su canto. No sé nada de los días, aquellos que preceden y anteceden a las formas futuras. He presenciado el invierno. No he preguntado a nadie de la tierra a donde voy ni de la tierra que dejo. Sólo guardo un sueño debajo de una piedra, en el campo. Llevo este nombre que me han dado las aves al alejarme. Viaje, ya no nos alcanza la mano del olvido, aunque haya tempestad, en este vuelo que nunca esperemos, cruzar, como un viejo animal, el día. ¿Qué puedo decir de lo que soy? En alguna parte quedará mi cuerpo. No habrá fiesta, sólo en una piedra deforme, grabará, la tinta en la costra el nombre. Seguramente un día, no lejos de un allá, pernoctará, silenciosa y triste la lluvia. Un camino, ya herida la tierra, será el río. Amanecer que tanto el corazón suspira.
© Porfirio Mamani Macedo
 
 
 
 
Poemas del libro: Más allá del día
Poema para un niño del desierto
 
Niño que en el polvo naces, y en el polvo del desierto vives, ¿quién mejor que tú, para decirles a los hombres lo que sientes? De ti sé por las montañas, el eco del dolor con el que moras. Mas vuelve tu rostro a tus sueños. Y como antes, y como siempre debe ser, vuelve a jugar, a reír en el filo de la tarde. Que no todo se hunda en el diente del olvido. Que no todo sea por los caminos, polvo del olvido. Que mis ojos no vuelvan a mirar el dolor que de tus ojos sale. Por ahí te veo arrastrando tu sombra desnutrida, por ahí te pierdes, tras los muros invisibles que nosotros ignoramos. Entonces yo me acerco como un recuerdo y llamo: ¡niño que en el polvo naces, vuelve tu rostro a tus sueños, y que el viento se lleve toda lágrima vertida en el desierto inútilmente
© Porfirio Mamani Macedo
 
 
 
Lluvia después de mi caída
 
Cae lluvia mía,
tres días y tres noches,
lluvia mía.
Cae como trueno
sobre los ojos de los desgraciados.
Cae lluvia sobre las calles de París,
por estas que camino,
enlodado hasta mis codos.
Cae para que arrastres en tu piel
la miseria que todos respiramos.
Cae para sentir fresca la mañana.
Cae para que vuelvan a sonar los ríos,
para que se abran las noches,
para que yo vuelva a mirar los ojos de la gente
y mis hombros soporten sin dolor
la pena,
esta cosa que veo en cada pecho,
hoy que camino entre dudas por esta orilla.
Cae humana lluvia
para borrar mis huellas y mi nombre,
para cerrar mis ojos a la historia.
Cae lluvia mía como un recuerdo
no vivido,
como un sueño tanto tiempo ya esperado,
como tierna melodía en este viaje.
Cae lluvia mía para abrazar tu piel
cuando me mojes gota a gota.
Cae para limpiar el aire oscuro,
aquel que brilla detrás de cada puerta.
Cae como una enfurecida ola,
para limpiar mis ojos
y las sombras de mis ojos.
Aquí te espero junto a una piedra,
desde aquí te veré llegar,
como un divino laberinto,
abrazando entre las ramas
las noches que acogieron a mis ojos.
No más oreja ni ojo
en el umbral de mi caída,
ni palabras que me hieran como espadas.
Borrar quisiera las nubes de mis ojos.
Alejar quisiera la pena de los desgraciados.
Allá van como sombras sin destino.
Por allí asoman sus flacos rostros desamados
a la aurora que vuelve a despertar sus ojos.
Seres que del sol vienen huyendo.
Seres que la lluvia acoge como hijos.
Almas que florecerán en alguna parte.
Ríos que irrigarán otros amores olvidados.
Cae lluvia para incendiar mi pecho.
Cae lluvia mía,
tres noches y sus días,
para sentirte cuando duermo
agotado,
sin mirar por la ventana,
el sol que nunca llegará.
Sólo tú, lluvia mía,
conducirás los recuerdos de los desgraciados
por los más estrechos caminos
que te ofrecerá el viento miserable.
No son sólo lágrimas
lo que del cielo nos ofrece la desventura,
es también la pena,
de una voz que nadie escucha.
Pero tú,
lluvia que te posas en mis ojos como un sueño,
lluvia que fecundas la tierra sin dolor,
lluvia, sustento de todo lo que existe,
llévate esta pena como herencia de todo lo vivido.
Lluvia, alma de mis ojos en la noche.
Lluvia, peregrina del desierto,
cae como un rayo en mi camino,
cae y vuelve a caer,
para sentir el olor de la tierra,
para sentir el frescor olvidado de la hierba,
el sonido de cada paso que damos en la duda.
Cae sobre las noches que imploran en secreto,
las voces de los desgraciados,
aquellos que sueñan con un árbol,
aquellos que nunca han sido amados,
aquellos que en la mirada llevan una herida.
Húndete en la piel de cada cosa,
en cada cosa imaginada,
en cada piel meditabunda.
Pero cae sobre los bosques,
sobre los cristales de los bosques
para oírte cuando pases
y humedecer mi rostro en el camino.
Allá van distanciadas
unas de otras las voces de los desgraciados
repitiendo sus nombres en los valles
como lamentos de almas penitentes.
Cae por ellos, lluvia mía
para acompañar su silencio y su dolor
entre tanto ruido
que hace la despiadada gente.
Cae lluvia mía.
Cae como un milagro,
tres días y tres noches,
Lluvia mía.
© Porfirio Mamani Macedo
París: 4/4/01
 
 
 
La palabra
 
Para mi hija Alba Ondina Manuela
 
I
 
Nada es efímero, ni el dolor ni el placer.
Corremos de una puerta a un árbol solitario,
de un puente a una gruta que guarda el tiempo.
Cada mirada es un descubrimiento perfecto.
La lluvia es el sol que ocultan ciertas nubes.
Nuestra palabra es un grito irreversible en la nada.
Escribimos un nombre de alguien que no conocemos.
Oramos en el templo desierto del olvido
y soñamos con Dios encadenado a su dolor.
Somos peregrinos sin fe por el desierto
y dormimos sobre la blanca arena mirando el universo.
Para existir, a veces, inventamos un amigo,
le damos un nombre y con su recuerdo
nos perdemos en un bosque de palabras que se mueven.
Decimos que venimos de otro pueblo y nos confunden
con la lágrima que dejaron los que se fueron.
No conservamos nada del silencio que nos procuró
la suerte, el destino que no deseamos tener jamás.
Como aquel oscuro pasado, sobre la hierba cruzamos
para alcanzar el recuerdo que dejaron los otros peregrinos.
En una calle encontramos la sonrisa de un desconocido,
luego nos sentamos en una piedra para ver
las huellas que sobre la hierba quedan,
y también tu rostro que en la penumbra esperando queda,
amigo, hermano, la palabra que nos salve.
© Porfirio Mamani Macedo
 
 
 
II
 
Entonces, pienso en la palabra que a todos no libera
del miedo, de la sombra que cerca la memoria,
del aire que se filtra por las rendijas del dolor.
 
Pienso en la palabra que a todos nos libera
del dolor que encontramos en este valle.
 
Pienso en la palabra que nos nombra un camino,
aquella que nos muestra la ventana, no el olvido.
 
Pienso en la palabra que me dio un amigo en la frontera,
aquella que abrigó con un pan todo mi destino.
 
Pienso en la palabra secreta que a todos
nos espera en alguna parte, desnuda y sola.
 
Pienso en la palabra que pronunciaron otros hombres,
aquella que abrió las puertas del insomnio.
 
Pienso en la palabra que me dejaste escrita en un árbol
aquella que ya escribieron otras manos en otros muros.
 
Pienso en la palabra destinada por otros al olvido,
aquella que me nombra, un ruido, una cosa, una imagen.
 
Pienso en la palabra que separó las aguas del mar,
aquella que atravesó todo un desierto.
 
Pienso en la palabra que soñamos
en el fondo de una gruta.
 
Pienso en la primera palabra que pronunciamos
con dolor, por este camino que nos lleva a alguna parte.
 
Pienso en la palabra que no pronunciaré un día,
aquella que todo lo nombra, que todo lo revela.
 
Pienso en la palabra que escribí en una carta
a un desconocido.
 
Pienso en la palabra que mide el tiempo,
aquella que destruye los caminos como las noches.
 
Pienso también en la palabra que encontré a orillas de un río,
en aquella que me dio un niño en el alba
para cruzar el ancho día.
© Porfirio Mamani Macedo
 
 
 
 
III
 
No era la noche sino la luz
No el pasado sino el camino que faltaba recorrer
Eran sus manos agarrándose de una rama
Eran voces que rodaban de sus labios
Era su larga cabellera que jalaba el viento
No era la noche sino sus ojos en la noche como luces
No era una estrella sino una ventana abierta:
era su voz que llamaba en el centro de un bosque y también
el ruido de sus pasos que sobre la arena iba dando.
Yo la esperaba cada tarde
al pie de este roble que sombrea mi cansado cuerpo.
No era la duda sino su voz que cortaba el viento,
su voz que refrescaba todo mi cuerpo en el desierto.
Pero hoy que quiero verla no la veo
y así, hacia una sombra que se mueve en el camino yo me acerco.
Hundo mis pasos en el polvo que ha soplado el viento,
jalo mi cuerpo como se jala una roca del camino.
No era la noche sino la palabra que inventa el día
para que todo fuera diferente en el huerto prohibido,
para que los niños no miraran en sus manos
el hambre,
la sed que corría como un río por los cuerpo de los desgraciados.
Era otra sombra que ya nadie quería recordar,
el rostro que ya nadie quería recordar.
No era la noche sino el viento que bajaba o subía al cielo.
Era ella, la palabra, la voz que creo todo el universo
y todas las cosas que en el universo existen.
Era la piedra que en la piedra se formaba.
Eran los mares que impacientes me esperaban.
Eran las flores que miraban nuestros ojos en los prados.
Eran los manantiales que nacían del vientre de la tierra.
No era la noche sino un camino abierto que todos esperaban.
No era el fuego sino la fuente del reposo
allí donde encontraran los desgraciados
agua para lavar sus miserables rostros
que vivieron como huyendo de la vida de los afortunados,
pues nada les dejaron sino olvido, indiferencia y desprecio.
Era la palabra que todo lo guarda y todo lo recuerda.
© Porfirio Mamani Macedo
 
 
 
Arte poética – París, mayo 2006
 
Por montes y llanos amargos, recorro este universo,
y por oscuras callejas, solo, sin lamentos me perdí.
Hoy que la luz alumbra de este lado, no de mí,
busco tus huellas y tu rostro, Extranjera Azul,
en silencio por los estrechos días y las largas noches.
 
El tiempo es un dilema y camino por él,
plagado de dudas, como montañas,
de un lado a otro, como barco a al deriva
tanto años, y tantos otros años más, voy
sin puerto, sin bandera, sin horizonte cierto en mis amores.
 
Allá van estos pasos marcados de ceniza,
envueltos de barro, regados de olvido.
Traicionado por sombras sin memoria
que sin piedad me lanzaron una piedra en pleno pecho,
allá detrás de las montañas donde se enroscaron como dudos laberintos.
 
Los olivos que de la ventana miran, la miseria
del universo entero, miran también mi pena,
mi furor y mis batallas que solo enfrento.
A veces, estrechado  por el hambre, ando y ando,
despacio, empujado por el viento, para no quedarme en el camino.
 
Desde aquel instante que tu sonrisa imaginé,
al filo de las tardes, Extranjera Azul, te recuerdo,
y te reinvento cada día, para enfrentar el día.
No es sólo mi silencio, son también mis sueños,
los que rugen, en el fondo de este llano amargo.
 
De una puerta a otra puerta, voy atado a mi destino,
buscando a los amigos del camino.
Alguno habrá, me digo yo, mientras ando,
volteando las esquinas de las palabras
aquellas que encierran la otra cara de las gentes.
 
A ambos lados del inmenso río de la vida, crecen:
piedras como árboles, con ojos y con dientes.
Hay que pasar por esta selva oscura, Extranjera Azul,
para ver la luz, para verte, para ver a mis amigos;
ya que por este mundo, mucha gente nublan lo que son.
 
Busco en el desierto de mi pecho herido: una luz, un camino, un sueño,
lejos de las voces arrugadas que pasan por los hilos y los nefastos vientos,
aquellas que se arrastran por el polvo y luego,
muerden como pirañas,
bajo las sombras oscuras donde moran.
 
Ahora no quiero recordar nada de aquello;
pero, me digo, cómo olvidar lo inolvidable,
si en la memoria de los mortales, el olvido no existe.
Entonces vivo, sobre los escombros de los días amargos,
buscando el río que me conduzca fuera de este laberinto.
 
Más allá de las gastadas noches, te miro, Extranjera azul,
como un reflejo en le fondo de mis ojos, y me alegro.
Mañana estaré solo, mirando el horizonte.
Veré un paisaje hermoso y un camino largo como un sueño.
Allí quiero encontrarlos, amigos, para juntos continuar el resto del camino.
© Porfirio Mamani Macedo
París  3-6-2006
 

 

 
 

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