Pablo Menacho

 

Pablo Menacho
 
 
Rito de mares y sombras
 
 
 
Mención de Honor
Premio Nacional de Literatura «Ricardo Miró»
Sección Poesía
2003
 
I.
De los Mares y las Sombras
 
 
 
 
1.
 
Seguramente
—cuando la fiebre
es un voraz incendio
que amenaza con arrasar
la tierra entera,
cuando sólo quedan los grillos
que rompen el silencio arrasador
de un mundo inexplorado
donde la desolación
es señal inexorable
de lo breve del instante,
único como el destello fugaz del azul—
estarás bordeando las orillas
de una noche
en que parecen llover estrellas
en la otra cara de un mundo
que tus ojos nunca imaginaron:
 
Allí donde se deslumbraron las miradas
de aquella mañana primera
en que una delgada línea de tierra
separó a la mar del firmamento.
 
 
2.
 
En la playa,
mientras alguien traza filigranas,
bellas caligrafías
en los mapas del anochecer,
desovan las tortugas
a la sombra de ese mar
que fuera visto por vez primera
una mañana de septiembre.
 
 
3.
 
Aquí
—tal vez no lo sepas—
se edificó la estatua
de aquel que fue decapitado
en Acla
luego de contemplar
esas aguas deslumbrantes
que nunca se apaciguan
y el architalassos,
alucinado en un rapto de la iluminación,
aún se despeina
con el rumor de los vientos del nordeste,
mientras su nao avanza
hacia un poniente
que parece no tener alcance
y huye de las naos
como una presa mal herida
que se escabulle
a través de las tempestades
de todos los octubres.
 
 
4.
 
Y muy lejos,
allá donde Cook trazó los mapas
de un inmenso océano
aún inexplorado,
al sur de todos los sueños
y palmeras
que rascan el cielo
siempre azul
que se precipita en las mañanas,
más al sur, aún,
de donde Tusitala
—acompañado tal vez
por la sombra amiga
y traicionera de Long John Silver
(…y su siempre inseparable
botella de ron)—
contempló los tesoros de sus islas:
collares que se desprenden del mar
con sus corales vestidos de arco iris
y recitó sus oraciones
a la sombra protectora
del Vaea que habría de amortajarlo,
un pintor vislumbró nuevos colores
agitados en el aire tropical
que baña la luz del paraíso
para posarse en los cabellos
de una bella vahiné
semidesnuda.
 
 
5.
 
Mientras tanto,
cuando los recuerdos
aún disputan espacios
que son inaprensibles
tragados por la brisa
que persigue
estas calles despobladas,
donde una estela va dejando su luz
en las resacas
de un mar indescifrable
y siempre idéntico a sí mismo,
la ciudad parece distraída,
dislocada por un destello inentendible
y tú eres un ángel de alas rotas
que cayó del paraíso
como la sombra
de un resplandor alucinante.
 
 
6.
 
Ahora,
cuando el siroco es el aire,
ardiente y seco,
con que la danza traza
exóticos reflejos
en el centro de tus piernas
que recorren el paso de los caracoles
que dejó la incertidumbre,
la sensación de un espacio
en que se traman
emboscadas y silencios,
quizás pudiéramos limpiar los ojos
del polvo amargo
que dejan las despedidas
con largas cartas
en que nos reencontramos
—inútilmente desteñidos—
imaginando la silueta
de unos volcanes
que penden aún en la certera cercanía,
ajenos a la desesperación
de las ciudades que se tragan
nuestro asombro.
 
 
7.
 
Cuando la tarde,
finalmente,
tienda a rendirse
sobre los horizontes
y la luz se haya negado
a las esquinas,
no sé si edificaremos cápsulas
en las que desprendernos del entorno
para evitar los golpes
que asestan las ciudades,
intoxicadas
de ensombrecidos alacranes,
mientras alguien vislumbra ya
a las bestias que traen la desesperanza
a pesar de una derrota
ya cercana.
 
 
8.
 
Pero tocan ya a la puerta
los adioses
con la urgencia de deshacer
las tempestades
con los extraños conjuros
de los alquimistas.
 
En los cuadernos,
la tinta se disipa
como el humo que intoxicó
todos los fuegos
y en las paredes,
el mundo parece gritar
sin atinar a alguien
que le escuche.

 
9.
 
Mañana,
cuando las sombras
hayan de escapar
con la cautela de quien se oculta
de la luz más pura,
conjuraremos estas simas abisales
que intentan devorar
todas las naos
que van hacia el oeste,
en tanto que no logre alcanzarnos
la noche última e irremediable.
 
 
 
II.
Tempestades y Silencios
 
 
1.
 
Ciertamente,
siempre que la prisa encontró
cómo trazar la singladura exacta,
me fueron llegando tus noticias.
 
Vestidos por la nostalgia
de una noche inalcanzable,
a nuestro lado,
el mar deambula
sin percibir el color de las mareas
y los amaneceres
tiñen de naranja los zaguanes,
donde nos llega el ruido
que deja a su paso
una estampida de autobuses.
 
Se me ha enfriado el café
después de los recuerdos,
a pesar del calor y los sudores
que produce el transcurrir
por una ciudad inexplorada.
 
 
2.
 
Y en aquellos suelos,
donde se resguardan las quimeras
del alma unipolar
que pretende el rapto del planeta,
alguien trama otros modelos
de embestida
detrás de la sofisticada máscara
de unos rascacielos
tragados por el polvo
y prepara la cuadrícula
del mundo
desde donde asaltar
todos los sueños,
mientras rehace
la Caja de Pandora
con la serenidad de un súcubo
que apuesta al holocausto
y a que el Armagedón
deje de ser un tema literario
y adquiera corporeidad
al principio mismo
de un milenio que despierta.
 
 
3.
 
Pero nosotros,
mástiles astillados
de tanto navegar
sin cartas ni astrolabios,
que ceñimos las velas
para no extraviar
nuestro destino
a pesar de ir herida
nuestra arboladura,
que leemos
las ráfagas del aire
y enfilamos nuestra proa
sin prevenir que los dragones
están agazapados
más allá de las columnas
que Hércules sostiene,
trazamos palabras muy dispersas,
disueltas en el agua,
evaporadas en el gesto
que dibujan los adioses:
 
Nuestros dedos son pañuelos
que tocan la distancia
y se asombran cuando acarician
la soledad que hay oculta
detrás de los espejos.
 

 
4.
 
Nosotros,
que renombramos el mundo
al contemplar las señales
de las olas en los mares,
en las encrespaduras
que dibuja el viento
hacia el poniente,
que zarpamos sin relojes
que separen la distancia
entre las borrascas y el olvido,
que establecimos nuestra casa
al borde de un abismo
que contempla las vastedades
como un faro dispuesto
a dar la bienvenida
a los navíos extraviados.
 
Nosotros,
que nos miramos con sorpresa
si nos arrasa una pasión
que siempre llega apresurada,
estamos exhaustos ya
de contar los latidos
del planeta,
cansado de girar
hacia el oriente
con el eje dislocado.
 
Nuestra carne se ha incendiado
con los soles
de una extraña rebelión.
 
5.
 
Mañana,
cuando el asombro
se haya disipado
como suelen hacerlo
las tempestades
que se alejan del Caribe
o el aliento último
de un dios quemado
en las hogueras de la inquisición,
cuando regresen los pelícanos
del viento del invierno,
los candelabros del olvido
caerán sobre nosotros.
 
 
 
III.
Carta de las Mareas
 
 
1.
 
Seguramente hará falta
emborronar muchas cuartillas
para teñir las noches
con la luz distinta
de otros mares,
con el gélido resplandor
que atraviesa
el centro de las almas.
 
Porque en este instante,
el tiempo parece detenerse
o encallar
en la margen de tus ojos
y ya no llegan nuevas cartas.
 
 
2.
 
¿Cómo cartografiar
—sin distraernos por el eco
que dejan las sirenas
donde Venus contempló
los nacimientos—,
con los milímetros exactos
que exigen las urgencias,
los pliegues de tu cuerpo
que son costa inexplorada
y misteriosa
donde se acortan los sentidos?
 
 
3.
 
Para ello tendremos
que planificar los desembarcos
corrigiendo los compases
trastocados de la angustia
y evadir los bancos de arena
tendidos sobre las vaciantes
si se aposentan en el alma
los fantasmas del naufragio
que intentan abatirnos
y alterar nuestra derrota.
 
 
4.
 
¿Qué faro te acosó
sin mirar aún las corrientes
de los atardeceres,
para que los navíos
—agotados de sus largas travesías—
estallaran en los arrecifes?
 
 
5.
 
Somos vulnerables a desaparecer
con el paso de los años
y, cuando sea preciso
corregir las cartas
que escribimos
cuando asomó la paradoja,
habrá que hacer legible
aquello que se enmiende,
corregir el norte
con el reloj de las mareas
a pesar de que las nubes
del presagio
inutilicen los sextantes
o hagan incierta
nuestra travesía
en este mar
de vientos tempestuosos
donde enloquecen
los albatros.

 
6.
 
Pero,
mientras el ancla se hunde
en las arenas
y fondeamos en este embarcadero
del que alguna vez
habremos de marcharnos,
se dibujan en la bitácora
las siluetas
de las jarcias destempladas
y los jaguares del insomnio
tienden las sombras
de una depredación inevitable.
 
La música se apaga en el horizonte
y el sueño,
insumiso alacrán
que escapa entre las rocas,
no aparece para despertar
de esta realidad incomprensible.
 
 
IV.
Una Tarde en Ítaca
 
 
1.
 
Ya contemplarás
la vastedad del agua
desde las entalladuras,
agrestes y amorosas,
de los Picos de Europa,
allí donde descansó la mirada
saturada de palmeras
de los navegantes
que desandaban asombrados
el camino de occidente,
templadas como el éxtasis
de un druida
que aún persigue las esencias
en la huidiza luz del otoño
que busca refugio
entre las ruinas
de un monumento circular
y milenario.
 
 
2.
 
Pero hacia el este,
donde una mujer
sentada en el umbral
cuenta los días
cansada de tejer
y destejer los recuerdos
y las embestidas del olvido,
en tanto que observa el mar
con ojos tristes