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- EL CABALLO
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El caballo tiene una sonrisa clara
- enternecida por sus lágrimas.
Tiene
- una emoción aprisionada entre sus
músculos,
- un temblor en la crin
violenta y transparente.
- El caballo golpea el corazón
terrestre.
- Las bellas mujeres no ven al
hombre galopante
- y admiran simplemente al
lustroso caballo.
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- EL NOMBRE
BAJO LA HIERVA
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- A Jorge Federico
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Posiblemente su muerte flagela los jardines
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y hace más dolorosa la acostumbrada misión de la
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No sé, pero el recuerdo es a veces tenaz [ceniza.
- y avanza entre los seres y las
cosas
- para volver lo desaparecido a la
luz tibia
- y dilatar el claro volumen de su
nombre.
- Desconozco personalmente su
cadáver
- y éste es legible en el aire del
sur
- y en el estuario vivificados por
los peces.
- La referencia es vaga pero su
desmembrado cuerpo
- se extiende a la más íntima
codicia de la espuma.
- Si lo hemos de recordar pensemos,
sí, pensemos
- que su ausencia nos provoca una
decidida tristeza
- y que su canción este en el vapor
de Honduras
- y en los instrumentos sencillos y
fieles que la forman.
- Pensemos que su corazón crece bajo
la hierba
- y que su llamase interrumpió
súbitamente.
- El sueño, mientras tanto,
escribirá su biografía.
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- CARTA DESDE TORREMOLINOS
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- Un laurel es tu mano entre mi mano
- y agua unitiva el río de tu brazo,
- ansias somos unidas por un lazo
- tenso de resistir y cotidiano.
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- El roce de tus labios no fue en
vano
- y para comprobarlo te doy plazo:
- sobre mi pecho de hombre está tu
trazo
- y tu aliento a mi boca está
cercano.
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- Mujer ausente y todopoderosa
- no deseo olvidar tu cuerpo fino,
- ni tu caricia misericordiosa.
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- Amo tu risa de fulgente lino
- y al recordarte ahora, dolorosa
- se me vuelve la sangre y agrio el
vino.
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- EL NOMBRE
DE LA PATRIA
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- Mi patria es altísima.
- No puedo escribir una letra sin
oír
- el viento que viene de su nombre.
- Su forma irregular lo hace más
bella
- Porque dan deseo de formarla, de
hacerla
- como a un niño a quien se enseña a
hablar,
- a decir palabras tiernas y
verdaderas,
- a quien se le muestran los
peligros de la mundo.
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- Mi patria es altísima.
- Por eso digo que su nombre se
descompone
- en millones de cosas para
recordármela.
- Lo he oído en los caracoles
incesantes.
- Venían en los caballos y en los
fuegos
- que mis ojos han visto y han
admirado.
- Lo traían las muchachas hermosas
en la voz
- y en una guitarra.
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- Mi patria es altísima.
- No puedo imaginármela bajo el mar
- o escondiéndose bajo su propia
sombra
- por eso digo que más allá del
hombre,
- del amor que nos dan en cucharadas
- de la presencia viva del carácter,
- está ardiendo el nombre de la
patria.
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- LITERATURA
INNECESARIA
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Tú no apareces en los libros, no tienes
- jerarquía en la tinta, no puedes
- subir al monte de la palabra
escrita,
- al risco de la literatura.
- Tú no sabes lo que es un
hemistiquio,
- un verso de pie quebrado,
- dónde vivó Góngora y Argote,
- quién era el Arcipreste.
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- Tú no figuras en ninguna décima,
- en el agua liviana de un romance
- o en el oro de las octava reales,
-
- Ante tu poderío de mujer amorosa,
- ante la realidad me duele
- lo innecesario de la literatura.
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-
- LOS
AMANTES
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- Los amantes se tienden en el lecho
- y suavemente van ocultando las
palabras y los besos.
- Están desnudos como niños
desvalidos
- y en sus sentidos se concentra el
mundo.
- No hay luz y sombra para sus ojos
apagados
- y la vida no tiene para ellos
forma alguna.
- La cabellera de la mujer puede ser
una rosa
- extenuada o un río de agua astuta.
- El fuego es solamente un golpe
oscuro.
- Los amantes están tendidos en el
lecho.
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-
MERCADO DE MUCHACHA
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Vas al mercado por las
berenjenas,
-
los tomates redondos,
-
las acelgas exhaustas,
-
las complicadas cebollas.
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Pides el precio de la mandarinas,
-
de los lustrosos pimientos,
-
de las aburridas patatas,
-
de los bananos sudamericanos.
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-
Pasas después al puesto del
pescado
-
y observas las lubinas,
-
los apreciados róbalos.
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En otro sitio están las aves y
las carnes rojas,
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la ternera y el cerdo,
-
la paletilla de cordero.
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- LECTURA
DE MUCHACHA
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Lo que comprabas en Mejía Baca
- eran libros de viajes
- con fotografías de nevadas
montañas
- y extendidas planicies con
jirafas.
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- Después eran volúmenes de cuentos,
- biografías de reinas y pontífices,
- revistas de bordado con ganchillo
- y recetas de comida peruana.
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- Luego te interesaste en la
literatura
- patria, en la poesía
- de Jorge Federico,
-
- en las novelas de Doña
Lucila
- y repetías complacida los versos
- para el almendro de Guillén
Zelaya.
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- QUE NO
DESCANSE
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-
Descanse en paz
- les dicen a los muertos,
- pero yo no deseo
- que mi padre descanse
- para siempre.
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- Quiero que viva,
- que se levante
- y ande.
-
- Que no descanse,
- que se ponga camisa
- y pantalón,
- sombrero ancho,
- que fume su tabaco
- cotidiano,
- que tome su tranquilo
- café,
- que respire,
- que lea.
-
- Que no descanse.
- Que no pudo sacar
- aunque lo quiso
- a los fariseos
- del templo.
-
- Mi padre fue hombre
- honrado y pobre
- y por tener
- las manos limpias
- en este suelo opaco
- casi lo fusilan.
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- Que no descanse,
- yo quiero verlo aquí
- lleno de sangre
- y carne,
- resucitado,
- diciendo sus palabra.
-
- trate mal a la muerte,
- que camine en la luz,
- que golpee
- su puño diario.
- Que levante las manos
- y toque con sus dedos
- la mañana.
-
- Descanse en paz
- les dicen a los muertos
- para que se refugien
- en su lápida.
-
- Pero no quiero
- que mi padre descanse
- en sorda tierra.
- Que no descanse.
- Que su nombre tiemble.
- Guerra a la muerte.
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- EL GUERRILLERO
-
- No le
puedo decir
- al
Jefe de las Fuerzas Armadas
- que es
un zonzo,
- ni al
Ministro
- que no
oiga al Presidente
- ya que
sólo le ordena despropósitos,
- ni al
Alcalde
- metido
en la basura
- que
edite un libro de poemas
- para
Tegucigalpa,
- ni al
Director General
- del
Hospital Escuela
- que no
obligue a los empleados
- a
marcar la infamante
-
tarjeta de asistencia,
- ni al
Congreso que expulse
- del
salón de sesiones
- a
aquellos que trafican con influencias
- y con
drogas foráneas
- y,
como no se pueden
-
cambiar las situaciones,
- he
decido agarrar mi mochila,
- mi
traje de fatiga,
- mi
biblia de bolsillo,
- mi
instrumental de médico,
- mi
frasco de pastillas,
- mi
revólver y marcharme
-
presuroso, con otros compañeros,
- al
refugio de Olancho,
-
tirarme al monte
- como
lo hizo Bertrand Anduray
- en el
48, en tiempos de Carías,
-
firmando con mi nombre completo
- -José
María Reyes Mata –
- esta
página rota
- que no
es una proclama.
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-
ERNESTO MEJÍA SÁNCHEZ
-
- En mis conversaciones con Ernesto
- -en Madrid, Caracas, San José-
- siempre surgía el nombre de Rafael
Heliodoro
- como una rama que despaciosamente
- se introdujera por la ventana
- o como un hilo de agua
- que inadvertido
- entrara debajo de la puerta
- y mojara las patas de las mesas,
- las alfombras,
- los libros dormidos en el suelo.
-
- En los constantes diálogos
- aparecía la persona del hondureño,
- el de las tierras de pan llevar,
- el cronista del nuevo mundo,
- el poeta de Tegucigalpa
-
- Ernesto recordaba los innumerables
datos
- que recogía para Rafael Heliodoro
- en los archivos municipales,
- en las empobrecidas hemerotecas,
- en la memoria de los viejos
-
- y que luego servían para hablar,
- por ejemplo, de Darío,
- el abuelo de todos nosotros.
- Ahora Ernesto reposa,
- como el maestro Valle,
- en la tierra de México.
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- JORGE LUIS
BORGES
-
-
Conocí a Borges en Jerusalén
- en una concurrida reunión judía
- para celebrar la feria
internacional del libro
- y le hablé de aquellos hondureños
- que en tiempo pretéritos
- escribieron en diarios
bonaerenses.
-
- Me confesó que no había leído nada
- de Rafael Heliodoro Valle, ni de
Arturo Mejía Nieto,
- ni de Marcos Carías Reyes
- y mucho menos del infortunado
Jaime Fontana
- y me di cuenta que no quería
- saber nada de mi nación
- y que para él nunca había existido
- Tegucigalpa.
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- Quiero decir, en su descargo,
- que Borges estaba completamente
ciego
- cuando conversó conmigo.
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- LECTURA DE
JUAN RAMON MOLINA
-
- I
-
-
Desterrado del llanto
- ahora vives en el país de fuego,
- sintiendo crecer los altos pinos,
- estudiando los mapas de la poesía,
- cuidando la exactitud de tus
relojes,
- iluminando las rosas y las aguas
- y viendo tu purísimo rostro
- en el espejo del rocío.
-
-
- II
-
-
Llegar a ti, entonces, es buscar
- la voz de un niño entre las
multitud,
- recoger el miedo interminable
- que origina un viento nocturno,
- iluminar el amor con una lámpara
- de primitivo y de dulce aceite,
- tocar con los dedos un pájaro de
azúcar
- que besa el cuello de las mujeres,
- limitar la invasión de la nieve
- que llega con sus armaduras de
frío
- y verte tranquilo y reposado
- quemando el intacto silencio.
-
-
- III
-
-
Estrechar tu mano de hombre solo
- hace que la dulzura abandone sus
sábanas,
- que tus libros celestiales sonrían
- abriendo sus ardientes páginas,
- que a la patricia tinta con que
escribes
- acudan a beber las golondrinas,
- que a tu fúlgida mesa llegue el
gallo
- del día, campana con dos alas,
- puliendo los tesoros de la aurora,
- resucitando abatidos luceros,
- tomando posesión de nuevos mares
- con su lenguaje transparente
- mientras tu rostro altivo
- hace que los helados mármoles
- se incorporen a la santa
inocencia.
-
-
- IV
-
- En tu caballo enérgico
- de cuerpo poderoso
- recorres la dormida ciudad,
- velas el sueño de la noche,
- atraviesa la plaza mayor
- con un informe resplandeciente,
- tomas licor solícito
- y, purificado en el desierto,
- vuelves al alba.
-
-
- V
-
- Te asomas a la destrucción
interior
- que al hombre aguarda,
- con tu labio silente
- depuras pertinaces antiguas
- y repudias al pez sin esplendor
- de blando y siego fósforo
- que se mueve confiado
- en las seguras bóvedas del agua.
-
-
- VI
-
- Tú vienes del jardín, recoges
- la enmudecida espuma, hablas
- con hermosísimo y rumoroso acento
- besas el oprimido cuerpo del amor,
- extasiado contemplas las tierras
buenas,
- los mares dulces y los cielos
gozosos,
- mientras por ti la primavera,
- a toda luz, instala en el día
- sus alegres andamios.
-
-
- VII
-
- Tú presides la dicha,
- el invencible aroma de las horas,
- el reino armonioso de las llamas,
-
el vientos que a todas partes llega
- abriendo secretas ventanas,
- el círculo familiar de los astros
- con sus ordenamientos idénticos,
- el bosque y sus criaturas
- portadoras de gracia
- y el paraíso que construyes
- con instrumentos de ternura.
-
-
- VIII
-
-
Atrás queda el temor, el odio
- golpeando los muros de la noche,
- la congoja templando, el olvido
- con sus muletas de inválido,
- los tambores ahuyentando los
pájaros,
- mientras con tu presencia
sonreímos
- llenos de nueva vida en tu
escritura.
-
-
- IX
-
-
Afuera de la casa el aire de tu nombre
- golpea las colmenas estatuas.
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