Oscar Acosta

 

Antología poética

 
 
 

 

 
 
EL CABALLO
 
El caballo tiene una sonrisa clara
enternecida por sus lágrimas. Tiene
una emoción aprisionada entre sus músculos,
un  temblor  en la  crin  violenta  y  transparente.
El  caballo  golpea  el  corazón  terrestre.
Las  bellas  mujeres  no  ven  al  hombre  galopante
y  admiran   simplemente  al  lustroso  caballo.
 
 
 
EL NOMBRE BAJO LA HIERVA
 
A Jorge Federico
 
Posiblemente su muerte flagela los jardines
y hace más dolorosa la acostumbrada misión de la
No sé, pero el recuerdo es a veces tenaz    [ceniza.  
y avanza entre los seres y las cosas
para volver lo desaparecido a la luz tibia
y dilatar el claro volumen de su nombre.
Desconozco personalmente su cadáver
y éste es legible en el aire del sur
y en el estuario vivificados por los peces.
La referencia es vaga pero su desmembrado cuerpo
se extiende a la más íntima codicia de la espuma.
Si lo hemos de recordar pensemos, sí, pensemos
que su ausencia nos provoca una decidida tristeza
y que su canción este en el vapor de Honduras
y en los instrumentos sencillos y fieles que la forman.
Pensemos que su corazón crece bajo la hierba
y que su llamase interrumpió súbitamente.
El sueño, mientras tanto, escribirá su biografía.
 
 
 
CARTA DESDE TORREMOLINOS
 
Un laurel es tu mano entre mi mano
y agua unitiva el río de tu brazo,
ansias somos unidas por un lazo
tenso de resistir y cotidiano.
 
El roce de tus labios no fue en vano
y para comprobarlo te doy plazo:
sobre mi pecho de hombre está tu trazo
y tu aliento a mi boca está cercano.
 
Mujer ausente y todopoderosa
no deseo olvidar tu cuerpo fino,
ni tu caricia misericordiosa.
 
Amo tu risa de fulgente lino
y al recordarte ahora, dolorosa
se me vuelve la sangre y agrio el vino.
 
 
 
EL NOMBRE DE LA PATRIA
 
Mi patria es altísima.
No puedo escribir una letra sin oír
el viento que viene de su nombre.
Su forma irregular lo hace más bella
Porque dan deseo de formarla, de hacerla
como a un niño a quien se enseña a hablar,
a decir palabras tiernas y verdaderas, 
a quien se le muestran los peligros de la mundo.
 
Mi patria es altísima.
Por eso digo que su nombre se descompone
en millones de cosas para recordármela.
Lo he oído en los caracoles incesantes.
Venían en los caballos y en los fuegos
que mis ojos han visto y han admirado.
Lo traían las muchachas hermosas en la voz
y en una guitarra.
 
Mi patria es altísima.
No puedo imaginármela bajo el mar
o escondiéndose bajo su propia sombra
por eso digo que más allá del hombre,
del amor que nos dan en cucharadas
de la presencia viva del carácter,
está ardiendo el nombre de la patria.
 
 
 
LITERATURA INNECESARIA
 
Tú no apareces en los libros, no tienes
jerarquía en la tinta, no puedes
subir al monte de la palabra escrita,
al risco de la literatura.
Tú no sabes lo que es un hemistiquio,
un verso de pie quebrado,
dónde vivó Góngora y Argote,
quién era el Arcipreste.
 
Tú no figuras en ninguna décima,
en el agua liviana de un romance
o en el oro de las octava reales,
 
Ante tu poderío de mujer amorosa,
ante la realidad me duele
lo innecesario de la literatura.  
 
 
 
LOS AMANTES
 
Los amantes se tienden en el lecho
y suavemente van ocultando las palabras y los besos.
Están desnudos como niños desvalidos
y en sus sentidos se concentra el mundo.
No hay luz y sombra para sus ojos apagados
y la vida no tiene para ellos forma alguna.
La cabellera de la mujer puede ser una rosa
extenuada o un río de agua astuta.
El fuego es solamente un golpe oscuro.
Los amantes están tendidos en el lecho.
 
 
 
MERCADO DE MUCHACHA
 
Vas al mercado por las berenjenas,
los tomates redondos,
las acelgas exhaustas,
las complicadas cebollas.
 
Pides el precio de la mandarinas,
de los lustrosos pimientos,
de las aburridas patatas,
de los bananos sudamericanos.
 
Pasas después al puesto del pescado
y observas las lubinas,
los apreciados róbalos.
 
En otro sitio están las aves y las carnes rojas,
la ternera y el cerdo,
la paletilla de cordero.
 
 
 
LECTURA DE MUCHACHA
 
Lo que comprabas en Mejía Baca
eran libros de viajes
con fotografías de nevadas montañas
y extendidas planicies con jirafas.
 
Después eran volúmenes de cuentos,
biografías de reinas y pontífices,
revistas de bordado con ganchillo
y recetas de comida peruana.
 
Luego te interesaste en la literatura
patria, en la poesía
de Jorge Federico,
 
en las novelas de Doña Lucila         
y repetías complacida los versos 
 para el almendro de Guillén Zelaya.
 
 
 
QUE NO DESCANSE
 
Descanse en paz
les dicen a los muertos,
pero yo no deseo
que mi padre descanse
para siempre.
 
Quiero que viva,
que se levante
y ande.
 
Que no descanse,
que se ponga camisa
y pantalón,
sombrero ancho,
que fume su tabaco
cotidiano,
que tome su tranquilo
café,
que respire,
que lea.
 
Que no descanse.
Que no pudo sacar
aunque lo quiso   
a los fariseos
del templo.
 
Mi padre fue hombre
honrado y pobre
y por tener
las manos limpias
en este suelo opaco
casi lo  fusilan.
 
Que no descanse,
yo quiero verlo aquí
lleno de sangre
y carne,
resucitado,
diciendo sus palabra.
               
trate mal a la muerte,
que camine en la luz,
que golpee
su puño diario.
Que levante las manos
y toque con sus dedos
la mañana.
 
Descanse en paz
les dicen a los muertos
para que se refugien
en su lápida.
 
Pero no quiero
que mi padre descanse
en sorda tierra.
Que no descanse.
Que su nombre tiemble.
Guerra a la muerte.
 
 
 
EL GUERRILLERO
                     
No le puedo decir
al Jefe de las Fuerzas Armadas
que es un zonzo,
ni al Ministro
que no oiga al Presidente
ya que sólo le ordena despropósitos,
ni al Alcalde
metido en la basura
que edite un libro de poemas
para Tegucigalpa,
ni al Director General
del Hospital Escuela
que no obligue a los empleados
a marcar la infamante
tarjeta de asistencia,
ni al Congreso que expulse
del salón de sesiones
a aquellos que trafican con influencias 
y con drogas foráneas
y, como no se pueden
cambiar las situaciones,
he decido agarrar mi mochila,
mi traje de fatiga,
mi biblia de bolsillo,
mi instrumental de médico,
mi frasco de pastillas,
mi revólver y marcharme
presuroso, con otros compañeros,
al refugio de Olancho,
tirarme al monte
como lo hizo Bertrand Anduray
en el 48, en tiempos de Carías,
firmando con mi nombre completo
-José María Reyes Mata –
esta página rota
que no es una proclama.
 
 
 
ERNESTO MEJÍA SÁNCHEZ
 
En mis conversaciones con Ernesto
-en Madrid, Caracas, San José-
siempre surgía el nombre de Rafael Heliodoro
como una rama que despaciosamente
se introdujera por la ventana
o como un hilo de agua
que inadvertido
entrara debajo de la puerta
y mojara las patas de las mesas,
las alfombras,
los libros dormidos en el suelo.
 
En los constantes diálogos
aparecía la persona del hondureño,
el de las tierras de pan llevar,
el cronista del nuevo mundo,
el poeta de Tegucigalpa
 
Ernesto recordaba los innumerables datos
que recogía para Rafael Heliodoro
en los archivos municipales,
en las empobrecidas hemerotecas,
en la memoria de los viejos
 
y que luego servían para hablar,
por ejemplo, de Darío,
el abuelo de todos nosotros.
Ahora Ernesto reposa,
como el maestro Valle,
en la tierra de México.
 
 
 
JORGE LUIS BORGES
 
Conocí a Borges en Jerusalén
en una concurrida reunión judía
para celebrar la feria internacional del libro
y le hablé de aquellos hondureños
que en tiempo pretéritos
escribieron en diarios bonaerenses.
 
Me confesó que no había leído nada
de Rafael Heliodoro Valle, ni de Arturo Mejía Nieto,
ni de Marcos Carías Reyes
y mucho menos del infortunado Jaime Fontana
y me di cuenta que no quería
saber nada de mi nación
y que para él nunca había existido
Tegucigalpa.             
 
Quiero decir, en su descargo,
que Borges estaba completamente ciego
cuando conversó conmigo. 
 
    
 
LECTURA DE JUAN RAMON MOLINA
 
I
 
Desterrado del llanto
ahora vives en el país de fuego,
sintiendo crecer los altos pinos,
estudiando los mapas de la poesía,
cuidando la exactitud de tus relojes,
iluminando las rosas y las aguas
y viendo tu purísimo rostro
en el espejo del rocío.
 
 
II
 
Llegar a ti, entonces, es buscar
la voz de un niño entre las multitud,
recoger el miedo interminable
que origina un viento nocturno,
iluminar el amor con una lámpara
de primitivo y de dulce aceite,
tocar con los dedos un pájaro de azúcar
que besa el cuello de las mujeres,
limitar la invasión de la nieve
que llega con sus armaduras de frío
y verte tranquilo y reposado
quemando el intacto silencio.
 
 
III
 
Estrechar tu mano de hombre solo
hace que la dulzura abandone sus sábanas,
que tus libros celestiales sonrían
abriendo sus ardientes páginas,
que a la patricia tinta con que escribes
acudan a beber las golondrinas,
que a tu fúlgida mesa llegue el gallo
del día, campana con dos alas,
puliendo los tesoros de la aurora,
resucitando abatidos luceros,
tomando posesión de nuevos mares
con su lenguaje transparente
mientras tu rostro altivo
hace que los helados mármoles
se incorporen a la santa inocencia.
 
 
IV
 
En tu caballo enérgico
de cuerpo poderoso
recorres la dormida ciudad,
velas el sueño de la noche,
atraviesa la plaza mayor
con un informe resplandeciente,
tomas licor solícito 
y, purificado en el desierto,
vuelves al alba.
 
 
V
 
Te asomas a la destrucción interior
que al hombre aguarda,
con tu labio silente
depuras pertinaces antiguas
y repudias al pez sin esplendor
de blando y siego fósforo
que se mueve confiado
en las seguras bóvedas del agua.
 
 
VI
 
Tú vienes del jardín, recoges
la enmudecida espuma, hablas
con hermosísimo y rumoroso acento
besas el oprimido cuerpo del amor,
extasiado contemplas las tierras buenas,
los mares dulces y los cielos gozosos,
mientras por ti la primavera,
a toda luz, instala en el día
sus alegres andamios.
 
 
VII
 
Tú presides la dicha,
el invencible aroma de las horas,
el reino armonioso de las llamas,

 
el vientos que a todas partes llega
abriendo secretas ventanas,
el círculo familiar de los astros
con sus ordenamientos idénticos,
el bosque y sus criaturas
portadoras de gracia
y el paraíso que construyes
con instrumentos de ternura.
 
 
VIII
 
Atrás queda el temor, el odio
golpeando los muros de la noche,
la congoja templando, el olvido
con sus muletas de inválido,
los tambores ahuyentando los pájaros,
mientras con tu presencia sonreímos
llenos de nueva vida en tu escritura.
 
 
IX
 
Afuera de la casa el aire de tu nombre
golpea las colmenas estatuas.
 
 
 

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