Norberto James Rawlings

 

Antología poética
 
 

 

 
LOS INMIGRANTES

Aún no se ha escrito
la historia de su congoja.
Su viejo dolor unido al nuestro.
 
 
I
 
No tuvieron tiempo
-de niños-
para asir entre sus dedos
los múltiples colores de las mariposas.
Atar en la mirada los paisajes del archipiélago.
Conocer el canto húmedo de los ríos.
No tuvieron tiempo de decir:
-Esta tierra es nuestra.
Juntaremos colores.
Haremos bandera.
La defenderemos.
 
 
 
II
 
Hubo un tiempo
-no lo conocí-
en que la caña

los millones
y la provincia de nombre indígena
de salobre y húmedo apellido
tenían música propia
y desde los más remotos lugares
llegaban los danzantes.

Por la caña.

Por la mar.
Por el raíl ondulante y frío
muchos quedaron atrapados.

Tras la alegre fuga de otros
quedó el simple sonido del apellido adulterado
difícil de pronunciar.
La vetusta ciudad.
El polvoriento barrio
cayéndose sin ruido.
La pereza lastimosa del caballo de coche.
El apaleado joven
requiriendo
la tibieza de su patria verdadera.
 
 
 
III
 
Los que quedan. Éstos.
Los de borrosa sonrisa.
Lengua perezosa
para hilvanar los sonidos de nuestro idioma son
la segunda raíz de mi estirpe.
Vieja roca
donde crece y arde furioso
el odio antiguo a la corona.
A la mar.

A esta horrible oscuridad
plagada de monstruos.
 
 
 
IV
 
Óyeme viejo Willy cochero
fiel enamorado de la masonería.
Óyeme tú George Jones

ciclista infatigable.
John Thomas predicador.
Winston Brodie maestro.
Prudy Ferdinand trompetista.
Cyril Chalanger ferrocarrilero.
Aubrey James químico.
Violeta Stephen soprano.
Chico Conton pelotero.
Vengo con todos los viejos tambores
arcos flechas
espadas y hachas de madera
pintadas a todo color ataviado
de la multicolor vestimenta de "Primo"
el Guloya-Enfermero.

Vengo a escribir vuestros nombres
junto al de los sencillos.
Ofrendaros

esta Patria mía y vuestra
porque os la ganáis
junto a nosotros
en la brega diaria
por el pan y la paz.
Por la luz y el amor.
Porque cada día que pasa
cada día que cae
sobre vuestra fatigada sal de obreros
construimos
la luz que nos deseáis.
Aseguramos
la posibilidad del canto
para todos.
s.p.m. 1969
 
 
 
 
URDIMBRE DEL SILENCIO
 
No olvido nada
 
No olvido el rastro de tus manos las huellas de tu boca, el níveo paisaje de tus senos obstinados, desafiantes. ¿Cómo olvidar la fibra de tus dedos, si a cada paso me las sugiere esta yedra indomable que permuta su verdor por la sangre reseca de los ladrillos? Tu recuerdo sigue adherido a la memoria, como la sombra al cuerpo, como el vaivén a la ola.
 
 
 
 
Torre del deseo
 
Líquido vertido sobre la cofia del día
rocío reciente.
Me conjugo en las vastas parcelas de la memoria
y busco los embriagados mangles del tiempo,
el escurridizo pez de tu cuerpo.
Procuro ahogar esta robusta sed
en tus más copiosas aguas.
Sed de tu voz,
algodón neutro,
felpa,
        seda,
                terciopelo,
                        discreto ángel,
                               flor encubierta,
torre del deseo,
bóveda de mis noches.
 
 
 
 
Señal de identidad
 
Me niego a habitar mi nombre en el nombre de mi padre
y de mi propio espíritu que en él se guarece.
 
Me niego a negar este rostro que como bandera enarbolo,
esta voz que proyecto en el vacío de mis muertos,
estos gestos que encarno    inmerso en estas raíces por las que me nutro y soy
 
Me niego a negarme desasociándome de este mortal      que exhibe sus flaquezas.
 
Me niego a volver la mirada destruir mis tambores,
        impugnar mis dioses, ignorar mis colores.
        Si a mi memoria erigieran monumento alguno,
        que sea dolmen al amor que profesé,
        no obelisco a la desidia o al desamor.
 
 
 
 
En estas aguas
 
Hay en estas aguas
un lugar donde saltan delfines
y vagan mansos manatíes.
Un lugar donde se confirma el valor de la vida,
las formas del delirio,
las perplejas márgenes del miedo.
Allí reposan esencias del silencio,
envejecimiento del tiempo,
urgencia de ti
de que me completes
de que termines de forjar
esta sonora diadema de luz
que mi sed irá a calmar.
 
 
 
 
¿Quién desvía nuestra columna de luz?
 
Perros mudos al acecho del relámpago que los puebla.
        Caracoles que en noches y sal,
        descuelgan los más refinados laúdes,
        escudos,
                apellidos,
                               linajes.
Quien tiende sábanas al sol,
procura alejar toda impureza posible,
        todo peligro a la labrada blancura de tales banderas.
 
Nadie desciende al fondo de estos fríos laberintos,
        provoca estos perros, desentierra estos caracoles.
                ¡Oscurece!
 
 
 
Asta de vientos
 
Al fondo de mi patio
se alza un tierno abedul,
asta de pájaros y ardillas
que se extiende entre las sedosas cortinas.
        Si llueve,
el abedul renueva la textura de su corteza,
(re)inventa su blancura.
 
        Al fondo de mi patio,
entre la seda de los días,
hay un bejuco que se mece,
allí octubre iza su amplia corona de hojarasca
y aves migratorias
y el invierno indiscreto y voraz se anuncia.
 
 
 
Pugna interna
 
Las flores que de la nada nacen,
son testigo de mi indecisión.
Viejo músico de jazz,
mi capacidad de improvisación
se pone a prueba,
siempre que como una música quieta,
este camino me conduce a ella.
Casi todo me arrebata y su belleza
enorme eco sobre las aguas,
me roba la voz,
me nubla de deseos.
 
 
 
 
Extranjero
 
Ya no navega sonámbulo por los mares interiores
buscándote, amor.
No escudriña las rayas de sus manos,
por quién sabe cuál secreto
para encontrarte.
No le sirve ya la ciega guitarra,
el herido bandoneón,
ni el piano de derritiéndose en notas lastimeras.
¿Para qué este reloj gelatinoso?
¿Para qué paraguas si no llueve ni hace sol?
Hoy todo es diferente.
Tu silbante corazón envejece junto al mío,
ajado de distancia y espera.
Cascada de luz,
origen del asombro.
Dulce gozne de lo irreversible.
 
 
 
¿Qué tedios recubren las rendijas de tu casa?
 
¿Qué tedios recubren las rendijas de tu casa,
vieja y polvorienta,
de casi muertos sonidos,
en cuyo mañanero sopor pacen
exangües jarrones de aguerridos dragones
muebles antiguos,
retratos cuyo color original permuta el tiempo,
por esta amarillez que habita tu piel
y que de ti dice malestares que callas?
¿Qué tiempo pierdes, que de las estaciones
no percibes su inadvertido discurrir por las islas,
el grácil vuelo de las aves,
las empinadas chichiguas?
 
 
 
Mano derecha
 
La mano que a tu puerta toca,
no es aquella del agua de los espejos en que te mirabas,
que saltó muros,
 
rasgó cortinas,
para desfallecer luego entre tus pechos.
No es esta que en lento vuelo,
llena de oscuras palabras páginas
que astutamente me irá a copiar otro poeta.
Esta escampa sin llover,
hace descansar indescriptibles colores al pie de tus balcones,
desatando nudos que supones irremediables.
Esta que de izquierda a derecha
rasga, discurre,
procrea, seduce, anhela.
Esta que cae vencida,
a la altura de tus azules,
es mi siempre fiel mi bien amada mano derecha,
que toma apuntes y dispone, con celo,
las palabras en que me ahogo.
 
 
 
Apuntes para el poema
 
Hice apuntes
para escribir un poema a la primavera,
y de tanto (re)escribirlo,
sólo quedó de las flores,
el recuerdo de su aroma,
y mi asombro ante tanto verdor.
 
 
 
 
Árbol
 
                                    La caída del árbol le distingue.
                                                                José Lezama Lima
 
Yerta raíz de ausente savia,
tu detenido rumbo
y la oscuridad que paces
en precaria verticalidad,
se alimentaron antes
del fulgor que ahora de tu piel rebota.
Seguirás inadvertido,
aunque en la mar del viento giren tus ramas,
        tristes aspas desheredadas,
en medio del fértil bullicio de la noche.
 
 
 
Beechwood Road
 
Del furtivo amor que entre vencidas hojas yace,
oyes pasos bajo la invisible losa de saudade.
 
Bajo el mismo ubicuo azul plomizo del cielo.
Bajo el mismo sol que en obediencia a Josué, se detuvo
en medio de la batalla,
se repiten hoy tus sueños
en todas sus formas posibles.
 
Como luminosa mañana de la isla,
aroma de cundeamor,
        guarapo,
y desbocados ruidos,
recreas y acoges la tarde en medio del tapón.
 
En los deliciosos zaguanes
de Ciudad Nueva o del Vedado,
se perciben restos de diálogos a medias,
conversaciones truncas o por elaborar,
risas no acontecidas,
planes por establecer,
citas incumplidas.
 
Sientes el atardecer
que asoma su húmedo y frío hocico,
con pronóstico de nieve,
        “algunos chubascos dispersos a ratos tornándose hielo
que hará peligroso el tránsito en lasgrandes autopistas”
Wellesley, Massachusetts
por las breves aceras de Beechwood Road divagas,
desandando en el pensamiento los restos de la tarde.
 
 
 
Pensar la rosa
 
En la mesa de trabajo
con todo el instrumental necesario,
planeo la rosa,
capto al vuelo sus formas,
a vuelo de pluma,
a vuelo de mano,
a mano libre,
a vistazo leve.
 
 
 
Retrato
 
Sin perro ni residencia fija,
en el débil rumor de los días,
sobrevivo al peso de mí mismo,
anclado en ese otro que me empuja a ramonear
el árbol del tiempo.
 
 
 
Esbozos de tu tristeza
 
Trepidación, monotonía,
sombra de luz que no alumbra.
Tu orilla está repleta de invisibles puentes.
Como diminuto y opaco sol,
la soledad brilla en el horizonte,
la tristeza es eclipsada por la alegría de la multitud,
el ruido, la música.
Ocurre que estás sola.
Ocurre que tu alrededor es de soledad,
tumulto, follaje, paz y fiera guerra.
Torres y estiradas sombras,
que a la vez se disputan el poco espacio
y reconstruyen el paisaje,
                edades,
ecos que se anulan,
triunfos que relegan la importancia
de ciertas alturas, sin importar
la presencia de flores o pájaros y, pese a todo
siguen importando los callejones,
el maíz tierno, un buen trago,
un paseo por Juan Dolio.
 
 
 
Simple recuerdo
 
Más temprano que tarde,
       en tu memoria,
        yo he de asumir la forma pura
        de un soberano temblor.
 
Todos los fragmentos de mi ser,
        que durante tiempo innombrado te buscan,
        se recomponen en un pasado en que habitas,
        las agotadas provincias de la memoria.
 
Más temprano que tarde,
        lo palpable que soy
        se tornará memoria,
        mentida espuma en vaivén,
        simple recuerdo.
 
 
 
Sin título
 
Nadie se mira
en unos ojos,
dos veces,
con igual deseo.
 
 
 
Estatuas
 
Las estatuas,
mueren también,
si nadie las mira.
 
 
 
Piedra de la noche
 
Piedra de la noche.
Luz compartida.
 
¿Dónde los azúcares de tu esfuerzo,
        la dulce dentellada de tu voz a mis silencios?
 
¿Dónde, oscura, espesa bóveda ,
        estarán los ecos soñados de tus aguas,
        los tibios manotazos de la pasajera lluvia de la isla,
        los arrogantes limos,
        las caracolas,
        los guijarros del río,
        su resbaladiza vestimenta,
        su discreto monólogo por las aguas?
 
¿Dónde, sino sobre el pecho del día, podría descansar
        la fija ternura de mis manos?
Interrogo sin ilusión este vacío que te nombra
        y espero.
 
 
 
Genealogía
 
              A mis abuelos ¿yorubas, congos, mandingas?
 
                       I
Desde el principio todo fue foráneo,
ajeno.
Signo ajeno, ajena música.
Ajenas la omnipotencia y bondad de los dioses.
Poca la tierra que habitamos,
        ergástula,
sepulcro de guerreros
y carimbados hombres y mujeres.
 
Junto a la vacada cohabitamos
los boscosos llanos del norte,
permutamos signos y tambores.
Hermanados en la anochecida niebla del Bois Caimán,
invocamos a nuestros dioses,
sin rayas ni pirámides que nos separaran.
 
 
 
II
 
Donde paren ríos y arroyos sus líquidos puros,
en las más encumbradas cimas de la isla,
aprenden las aves melodías de su canto,
y ensayan los aires invisibles piruetas,
nos refugiamos.
 
Lejos de las estampidas y las llamas,
bajo yagua y palma,
bajo el salobre y tibio azul del tiempo,
guarecimos
sueños y añoranzas del Dahomey.
 
 
 
 
III
 
Desde el principio ayunamos,
donde la luz de los días,
en casi monótona repetición
inaugura la entrada de cada jornada,
ata a la corona de la mañana su resuelta fosforescencia,
y enciende lo que de los días queda,
en sus densos habitáculos.
 
 
 
 
Árbol de mis juegos
 
El árbol de mis juegos
se sacude la luz del día,
sobre las cúpulas de la mañana.
 
No da frutos
que satisfagan a los golosos.
Percute sus frágiles y acompasadas castañuelas,
en la fragante bruma del mediodía de febrero.
 
No viste de yodo y salitre,
como el vociferante y sediento mangle o la dócil uva playera.
Exhibe la aguda parsimonia de sus espinas,
anuncia, arrogante, la robustez de sus sombras.
(No le conciernen pesadillas de mobiliario alguno).
 
La penumbra es también fruto suyo,
sombra dulce que adormece y disuelve sopores,
desata follajes que iluminan las noches del trópico
y domeñan la fogosa voracidad del día.
 
No duerme el árbol de mis juegos.
En su prudencia se establece un faro vegetal,
que en la oscuridad vigila.
 
 
 
 
Ejercicio de jardinería
 
Sin dirección ni sombra posibles,
        avanzan las raíces,
        por los callados vericuetos de la tierra.
 
Ríe a solas el poeta,
        recordando el sermón que por la internet
        le enviara su amigo el arquitecto.
 
Manotazo invisible.
        Descuelga el recuerdo un antiguo refrán:
        “Yerba mala nunca muere.”
 
Descansa y advierte
        que, lo que hace es eco visible de anteriores esfuerzos,
        y que pese al estival abrazo del día
        no es ese su espacio definitivo,
        tierra que puede amorosamente nombrar
        suya, sin embargo, cuida su jardín,
        corta el césped.

 

 
 

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