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Miguel Aníbal Perdomo
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La colina del gato |
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Liberación
Recuerdo que estábamos en mayo, y afuera no chillaba la calandria ni
el inocente ruiseñor cantaba. Sólo sé que era mayo y a veces no
llegaba más que una simple lluvia que inundaba los campos de
ruidosas nostalgias. No existían más opciones: solo el artero mes
que azuzaba sus canes: el de dientes de acero, que te muerde la
sombra, y el que tiene pelambre de estropajo y destruye de un golpe
tu sentido y se bebe tu sangre. Hasta que llegó el día que, harto de
soledad, me decidí a matar al carcelero a golpes de cesuras y
estridentes razones, pero al verlo vencido, me sacudió una nota de
rabiosa piedad. Y por eso, sembré su melodioso cráneo en la mitad
del patio, donde poco después, al calor de las horas, luminosas
cigarras comenzaron a bordonear el aire henchido de pretextos. Tras
romper los cerrojos, me encaminé cantando adonde me esperaba la
simple carrerera, en cuyo flanco izquierdo corrían y discurrían
mansos algodonales que no tenían sentido. Con la cabeza verde de
grandes pensamientos, me puse los zapatos —que de la inanición
habían enflaquecido—, y empecé a deslizarme hacia mi nueva ruta, sin
saber cómo haría con tanta libertad.
Andén 107
Paralelo a la rauda ventanilla, viene el río siguiéndonos hasta que
el brusco tren sube muy entusiasta a los reinos metálicos; continúa
la ruta de edificios cuadrados y azoteas orientadas hacia la
sumisión. Las flexibles paredes se arriman sigilosas a la inercia
feliz de los vagones que, sin violencia alguna, las obliga a cambiar
el desdichado rumbo. En la revelación de la adulta mañana, todas las
azoteas llevan su desventura hacia lo circular. No hay almacén
abierto, ni respuesta ninguna cuando los pasajeros descienden en
silencio por la abrupta escalera de acero inoxidable, a enfrentarse
en voz baja a todos los caprichos de la adulta vigilia. Tal vez en
la distancia, desde los autobuses, algún hosco viajero esgrima el
New York Times en tanto el tren circula, prisionero en la órbita de
invisibles paredes. A las nueve, nosotros trataremos la forma de
iniciar el descenso, buscando en el semáforo la señal que inmunice
todos nuestros sentidos contra la voluntad de la férrea jornada.
Violetas africanas
A tan solo dos metros de la puerta ojival, o en la pared tranquila,
van surgiendo de pronto, con inocente furia, diminutas violetas. Con
su pálido brillo remedan las auroras de Kenya, y llaman muy
discretas, el día perezoso que no quiere arrancar. Pero moja sus
dedos en el vaso de jugo, levantando la casa hacia el doceno ciclo.
En un juego de estrellas, se multiplica Bach en notas que se
arrojan sobre el césped del piso como ufanos leones de papel. Y el
tiempo es tan fragante: de adánicas manzanas y tierno cereal. Mi
hijo lo celebra con melosas palabras, cuyo significado apenas se
insinúa en la rápida mesa de caoba. A la puerta abisal llegan seis
percherones, arrastrando las tuercas que articulan el día. Un poco
más al viento, en la verde llanura que surgió del papel
cuadriculado, pastan sin convicción las recientes gacelas de la
nada.
Hotel 24
Quince minutos antes de que el gallo cantara, me reforcé las venas
con 18 onzas de chocolate amargo, para cargar mi sombra del color de
la noche. Aunque la mansa habitación giraba a oscuras, del alto
horno, donde a veces se queman las estrellas, a veces me alcanzaba
una chica porción a través de la calle. Ya yo me había gastado gran
parte de la noche ascendiendo y bajando por altas escaleras,
empujado por los cortantes gritos y amarillos, que abruptos me
seguían a través de las puertas infinitas. En el cuarto contiguo,
los lavabos inquietos cuchicheban a gotas; y mi cama intranquila se
arrastraba por alfombras cubiertas de confeti. Un gran viento
iracundo se batía por las ramas del parque: tocaba el ventanal con
puños adornados con anillos de cobre, y en el quieto pasillo,
deambulaban los huéspedes en medio de diciembre. Yo deseaba llegar
hasta sus nombres y compartir con ellos la luz artificial que
recibía del cielo, pero el airado viento se llevó mis señales Y las
dejó perdidas sobre el parque.
La mesa fugitiva
La tarde se inclina hacia otra tarde por cada borde roto. Con
excesiva inercia me lleva a un restaurante que oscila frente al
agua. Fuerza activa, violenta, donde se quema el viento, próximo a
los instantes en que respiran, a un lado del camino, las palmeras.
Mis pasos solidarios levantan con su impulso las diminutas casas.
Una a una, felices, buscan sólido apoyo cuando las roncas garzas
regresan del cansancio. El muelle surge de los residuos que nos dejó
el verano; revive la pasión que se lava las patas bajo la tempestad.
En la sala, el patrón ilumina los vasos con cerveza, seduciendo la
luz entre sagaces dedos. Media hora más tarde, es la misma terraza
la que rueda hasta el borde preciso de la noche, y amenaza con irse
de bruces sobre todas las sillas. Nosotros nos libramos de su
hechizo cruzando los cubiertos por el norte del patio. Nos responde
un mugido de agua que atraviesa el religioso corazón de la papaya.
Contra el fondo educado de la mesa, se proyecta la espinosa armadura
del pescado. Otra vez el patrón, en medio del dintel, escruta los
caminos por donde se marcharon las veloces pisadas. El minuto es un
bípedo, la inquietud sin paredes: la estremece el rencor con alas de
papel. No es tarde todavía para saldar las deudas que acuden al
poniente.
Entrada en coma
Bajando tres pulgadas hacia la mole intensa del viejo atardecer, el
verano presenta sus frutos venerables. La tierna carne de la
sedición se quema a fuego lento sobre las barbacoas del maduro
poniente y el alma azucarada decide recostarse en la intensa pared,
que trepa metro a metro hacia el azul inocuo. Desde la cuadra inerme
(que ya invaden, furiosos, los resuellos del tren) hasta el puente
al pastel, transcurren tres kilómetros. Por esa gris razón, es
preferible correr sobre el pasillo, pagando los saludos al guardia
que regula las amargas licencias de la felicidad. Sólo resta un
segundo para escuchar, si quieres, el pájaro usurero, ensayando en
la antena su obsesivo concierto. Al frente se desplaza la multitud
borrega de sobretodo insípido. A las pocas pisadas, el cuadrado
edificio nos levanta con dedos de ascensor hasta el séptimo piso. A
través del cristal de sinceras ventanas, la noche abusadora muestra
su diente de oro. En el seco pasillo, cae sin conciencia agosto.
Ciudad circular
A La hora indecisa, surge el vuelo rasante, y cruzan las paredes,
que buscan destacarse contra la tierra ocre en la ardua campiña de
enredaderas plásticas. El monte va soltando su violencia de hojas de
manera imprevista, en la vasta, insultante, algarabía del cielo. Y
nos invita el aire a continuar la altura con toda su fragante
plenitud de manzana, a soñar que se cruza, en sólo tres minutos,
desde los grandes barrios vocingleros hasta el firme molino de
extramuros. Entonces quién pudiera detener en un cuadro el veloz
movimiento que confluye en el centro preciso de la plaza con sus
hartos leones vigilantes. Porque es frágil la mano en la audaz
proyección del artilugio, y la tierra que gira en un minuto entre el
pulgar y el índice, en cuanto el polvo azul busca con insistencia su
perdido nadir en el prado del cielo. Al terminar la ruta, más allá
de la alfombra de trébol y alhucema, persiste ilusionada la fogata
de helio que todavía la impulsa.
Circular II
En la mañana número 2, el apogeo del círculo se llena de sentido, de
memorias flotantes, en claves inconclusas y en las horas que laten
con rumor de durazno. Nadie conoce la consigna exacta que puede
franquearnos la puerta diminuta que lleva hacia lo eterno. El perro
fluorescente que todavía la guarda nos impide avanzar. En vano se
extienden las paredes, tratando de alcanzar el fugaz horizonte. El
espacio se cubre de signos redundantes, en que cada pisada engendra
su respuesta: calles que se duplican en solares baldíos; altivos
caballeros que se quitan las manos y las arrojan lejos, contra los
adoquines. En estos van surgiendo las más brillantes letras y cartas
venenosas. Aunque no nos sorprenden, pues siempre lo supimos: el
sueño de Leonardo engendra las imágenes que van flotando ahora sobre
esta cruel ciudad, que abarco entre
mis brazos.
La estación infausta
Yo soy el mismo que perdió su sombra por una simple porción de
lentejas. Ahora me siento en los parques a esperar impaciente el
rumor dulce de los azulejos. Pero no puedo oírlos: mi alma está
cubierta toda de nicotina. En mis noches vacías, me arrastro hora
tras horas por las salas macizas; soñolientas alfombras amortiguan
el rumor de mis pasos. En silencio me enfrento al cortante silencio:
Márgara no me espera. Sé que tarde o temprano debo cruzar el túnel,
donde tiembla mi alma cada vez que el rumor de los autos amenaza con
tumbar las paredes. A veces, sin buscarlo, vislumbro la ciudad,
abierta al otro lado como un sueño de agua. Se puede adivinar la
deslumbrante cúpula, girando para siempre junto a los parcos techos
de osmio y oropel, y el sempiterno río corriendo hacia el olvido.
Hoy ya no sé qué hacer, han borrado mi nombre de la secta, luego que
me negué a repetir con ellos el versículo 5 el 7 y el 14. nicamente
sé de ese rumor secreto llenando la ciudad y el alma que palpita, al
llegar al andén, donde ladran los perros entre latas sedientas de
cerveza.
Variaciones en azul
En mi reino perdido, el azulejo dice su obstinación azul. Por
milenios, por siglos, por versos decadentes, como en la luz mañana
que surgiera, indeciso, del carbono. El trino que aprendía en el
amanecer no le servía de nada. Solo el sol transparente de un
helecho a otra hoja, en la breve porción de las razones. El azulejo
salta desde su rama así, añadiendo en el aire una fiesta de hojas,
alegrías y tonadas. Su sombra no permite más que repeticiones, y su
canto agorero lo promete: días sin el acicate de la duda; jornadas
abadesas de la suplantación.
El trío casero
En el múltiple barrio, Jehová nos convocaba hacia la calle Sexta,
donde ya el grueso contrabajo llenaba de sentido la insobornable
noche. Borrachos inconformes ocupaban la acera y el vino despertaba
pasiones olvidadas en todos los sentidos. Por el presente entraba la
insondable guitarra con las cuerdas heridas. Se acercaba temblando
al puerto en que flotaban los egregios lanchones cargados de salitre
y las hojas de mangle lavadas por la lluvia. Ya los grandes rencores
viajaban por los arcos, ofreciendo a las hélices su carta de
partida. El whisky, por su parte, apenas si contaba: aguardaba una
oferta o la página en blanco que siempre se mostraba junto a la
frágil borda. El ronco saxofón, borracho, sinvergüenza, sonsacaba a
los panes que surgían de la cesta caliente del exceso.
El juicio del sábado
El soldado camina a su destino por las estribaciones de la perdida
iglesia en la calle Segunda. Su padre no lo sabe por estar
predispuesto contra el lunes. Aquel responde con desgano a todas las
preguntas que le interpone el juez. El soldado, remoto en el
insomnio, da vueltas y más vueltas a la misma esperanza. No muy
lejos, la gente desayuna con bizcocho de pasas y café capuchino en
el cruel restaurante de la esquina. El mes se recubre de pasiones
como ruidosos gansos en el cielo de octubre. La campana insolente
suelta tres voces rotas y una lluvia metálica empapa la vitrina. Al
unísono empiezan los tardos aguacates, huérfanos en la acera, a
contar su problema; el arroz se revela en las maduraciones del
ardiente solsticio.
Los dátiles nocturnos
La empinada colina de los dátiles fija los 4 puntos que hay al
anochecer. Acercarse hasta ella es como entrar a un mundo que se
vuelca por completo en tus ojos, o conocer de golpe las bayas del
verano. A las 12 en su punto, el jazz nos sorprendía tirando ideas
profundas en la pálida esquina. Músicos en asueto desandaban la
calle y decían con fervor una canción sin letra por la muchacha
herida en el bar de las 9. El dátil, tan ufano, señalaba el camino
en la selva de arena. En la calle obsequiosa, la madre, lacrimosa,
decía sus confidencias al suéter de la hija. Una vez y otra vez
tomaron el camino desde la 28; cada vez que llegaban un brusco
guitarrista las miraba con sus confusos lentes. Retornaban de prisa
—no tenían más remedio— a la oscura colina. El camarero obtuso se
moría ensimismado, y ponía cada peso, incluyendo la cifra de los
dátiles, en el lugar preciso donde comienza el mar.
El juicio del sábado
El soldado camina a su destino por las estribaciones de la perdida
iglesia en la calle Segunda. Su padre no lo sabe por estar
predispuesto contra el lunes. Aquel responde con desgano a todas las
preguntas que le interpone el juez. El soldado, remoto en el
insomnio, da vueltas y más vueltas a la misma esperanza. No muy
lejos, la gente desayuna con bizcocho de pasas y café capuchino en
el cruel restaurante de la esquina. El mes se recubre de pasiones
como ruidosos gansos en el cielo de octubre. La campana insolente
suelta tres voces rotas y una lluvia metálica empapa la vitrina. Al
unísono empiezan los tardos aguacates, huérfanos en la acera, a
contar su problema; el arroz se revela en las maduraciones del
ardiente solsticio.
Los dátiles nocturnos
La empinada colina de los dátiles fija los 4 puntos que hay al
anochecer. Acercarse hasta ella es como entrar a un mundo que se
vuelca por completo en tus ojos, o conocer de golpe las bayas del
verano. A las 12 en su punto, el jazz nos sorprendía tirando ideas
profundas en la pálida esquina. Músicos en asueto desandaban la
calle y decían con fervor una canción sin letra por la muchacha
herida en el bar de las 9. El dátil, tan ufano, señalaba el camino
en la selva de arena. En la calle obsequiosa, la madre, lacrimosa,
decía sus confidencias al suéter de la hija. Una vez y otra vez
tomaron el camino desde la 28; cada vez que llegaban un brusco
guitarrista las miraba con sus confusos lentes. Retornaban de prisa
—no tenían más remedio— a la oscura colina. El camarero obtuso se
moría ensimismado, y ponía cada peso, incluyendo la cifra de los
dátiles, en el lugar preciso donde comienza el mar.
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