Miguel Barnet Laza

Antología poética

 
 
Salimos a la calle, caminamos bajo la llovizna,
entramos en un bar, bebemos, compramos una pizza,
la envolvemos, se enfría, la tiramos,
seguimos malecón abajo, las olas blancas
levantan sobre nuestras cabezas,
la noche es lenta, acuosa, no sé si triste,
tomamos café, tú casi no me ves, no me oyes
Te acompaño al ómnibus
No puedo articular palabra
Te vas en silencio
Yo tomo el ómnibus siguiente,
nada me molesta, ni el tumulto ni el vocerío,
me quedo en el puente,
las parejas jugueteando en la yerba,
demasiado lejos mi casa
Entro, subo las escaleras
Repaso mi vida, y en cada imagen estás,
en cada imagen perteneces,
abro la puerta, el apagón, qué maravilla,
me tiro en la cama, oscuro, silencioso,
Alguien llama al teléfono. No respondo.
Afuera es posible que siga cayendo la llovizna.
 
 
***
 
Cuando los trenes rondan
como pájaros extraviados
mi cabeza
cuando chirrían y me estrujan los huesos,
como puñales de escarcha, como velas encendidas,
¿qué querrán de mi, sobre que pastos de mis sueños
irán a esparcir sus cenizas?
 
 
***
 
Recorro el mismo camino de años atrás
El vaho de la noche escolta mi sombra
Llevo tiempo hurgando, viendo a ver si aparece
el preciado tesoro
Voy a mover los molinos gastados
Vengo de muy lejos, de donde siempre
y llevo esperma en las manos
El tesoro no es una ceiba heráldica,
ni un sicómoro
El tesoro se escurre en la aceitada maleza,
en el brillo de las hojas,
en el confín
Todavía voy marcando mis pasos
y huellas traslúcidas van quedando atrás
No es el tesoro un gato salvaje
Me abro la camisa y grito con Tarzán
A mi edad mi grito rebota en la oquedad
del monte
Tras muchas máscaras
vacío mis ánforas
a donde tantos vinieron a beber
 
 
***
 
He vuelto los ojos a la piedra antigua
y sobre ella he grabado
mi discurso onomatopéyico
He andado y desandado
He creído y descreído
hasta encontrar el rastro
de mis huellas perdidas
Me he vuelto a colocar el antifaz de Jano
bajo un cielo de estrellas esquivas
Me he vestido de acróbata, de mendigo
He tratado de ocultar mi verdadera faz
Pero la suma de mi propio linaje
me desnuda
Ahora sólo aspiro a repartirme
en el tiempo que heredé de mis antepasados
 
 
***
 
Cuando mi imagen se desdibuja
en el espejo
y máscaras remotas, enigmáticas,
se adhieren a mi rostro,
máscaras de tantos que dejaron sombras
indelebles, peregrinas en el tiempo
hurgo en el fondo de mi mismo
palabras sueltas, voladoras,
palabras de tanta estación,
de tanto azoro
que me den una respuesta,
una señal quizás,
cualquiera que sea su signo
para descifrar mi letra en el oráculo
 
 
***
 
¿Hacía dónde me encamino,
bajo qué lámpara me alumbro,
en qué manta me cobijo,
dónde oculto el asombro
entre qué vidrios se escurren mis ojos,
sobre qué escombros me alzo en estupor,
donde pongo a volear mi alma
si el tiempo no alcanza,
si no basta una vida para llenar
el hueco donde pastan como despojos de orfandad
los sueños que acuné en la infancia?
 
 
***
 
Tienen prisa los días
que me persiguen como una sombra
Tienen prisa y yo voy lento
porque no quiero llegar
Debe ser terrible llegar al veril
Se, sin embargo, que habrá un trofeo
que tendré que recibir con las manos abiertas,
con los ojos vidriosos,
con los pies desnudos                          
Oh, tierra, libérame de ese día infausto
conviérteme en medio del camino
en un caballo de crines azules
en una piedra de rayo
en una luz esquiva que se disuelva en la noche
 
 
***
 
Yo te espero
bajo los signos rotos
del cine cantonés.
Yo te espero
en el humo amarillo
de una estirpe deshecha.
Yo te espero
en la zanja donde navegan
ideogramas negros
que ya no dicen nada.
Yo te espero a las puertas
de un restaurante
en un set de la Paramount
para una película que se filma a diario.
Dejo que la lluvia me cubra
con sus raíles de punta
mientras presiento tu llegada.
En compañía de un coro de eunucos,
junto al violín de una sola cuerda
de Li Tai Po,
yo te espero.
Pero no vengas
porque lo que yo quiero realmente
es esperarte.
 
 
 
Che
 
Che, tú lo sabes todo,
los recovecos de la Sierra,
el asma sobre la yerba fría
la tribuna
el oleaje en la noche
y hasta de qué se hacen
los frutos y las yuntas

No es que yo quiera darte
pluma por pistola
pero el poeta eres tú.

 

 
POEMA CHINO III
 
Pregunté qué fruta era ésa
que colgaba en ramos de un árbol
tan fino como las venas de la princesa Fu Peng.
 
— Ciruelas, me contestó el edecán.
Pregunté si la grulla esculpida
a las puertas del pabellón de las Bodas
era de jade legítimo.
 
— No hay otro, me contestó el edecán.
Pregunté a la hora de la cena,
si la raíz de loto era realmente
la comida preferida de la emperatriz.
 
— Lo era, me contestó el edecán.
Pregunté, al pie de la muralla
si la sangre derramada allí por millones de hombres
que dejaron sus casas enlutadas no era monumento
a la historia de China.
 
— Lo es, me contestó, grave, el edecán.
Pregunté si aquel dragón tallado en la piedra
Era un símbolo imperial.
— Lo es, me contestó el edecán.
Pregunté si era un dragón con cabeza de león
O un león con cabeza de dragón.
 
— Lo es y no lo es, me contestó con ironía el edecán.

 

 
A  J.L.B.
 
Yo también pienso en las cosas
que pudieron ser y no fueron
Pero son cosas que tú y yo
no compartiríamos
Por ejemplo, que el rostro de Helena
quedara o no en la historia.
Que Beda llegara o no a escribir
el tratado de mitología sajona
que tú, severamente, le impusiste
Lo que me importa son otras cosas,
mucho menos tantálicas,
las manos que no pude tocar,
los ojos que una vez me miraron con terror
y que amé,
la culpa que quedó atrapada
en la rama de un árbol,
el pájaro que no cantó porque le apretaron
el cuello y que no aparece en ningún tratado
de ornitología,
la muerte que no tendré, abismal y catártica
junto a la fuente de Antinoo,
el espejo y el tigre de tu oscuro laberinto,
El Borges que no fui por culpa de Borges.

 

Ante la tumba del poeta desconocido
 
Ante esta tumba
inclínate, pastor, y arroja tus semillas
Haz tu mejor discurso, hombre de barricada,
ante estos huesos verdes ya del moho de la noche
Y tú, mujer, recuerda que aquí yace uno
que cantó a tu belleza
solo, en un cuarto oscuro de una casa de huéspedes cualquiera
Niño gentil, deposita aquí tu flor pequeña,
ésta es también la tumba de un soldado.
 
 
 
 
Oriki para Bola de Nieve
 
Caballero de Olmedo,
juglar herido por la flecha de Ochosi, el cazador,
ven en tu trineo de yaguas
y enciende las calabazas.
Dueño de la fragua y del colmillo del jabalí,
sumérgete en la espuma de las cinco palanganas de Ochún.
Entra, con tus calderos de cobre,
al monte carulé,
apaga los grillos,
estruja las esponjas,
que aquí estamos flautas, arcángeles
péndulos silbantes
para oír cómo crujen tus viejos caracoles.
Vamos, despréndete de los cascos,
salta estremecido del Puente a la Alameda
y déjanos tu capa de lagarto raída,
tu ronquera ancestral,
tu canto antiguo.
Zumba la curiganga
mi negro
¡Zumba!
Zumba la curiganga
mi negro
¡Zumba!
 
 
 
Canción I
 
Te quedaste con todo,
el libro y la memoria,
los paseos y la flor
Pero yo tengo tus ojos
y de vez en cuando
me miro en ellos — tan tristes y huidizos–para que tú me lo devuelvas todo,
el libro y la memoria,
los paseos y la flor.

 

 
 

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