Miguel Ángel Arenas Haro

Antología poética

 
 
HABLANDO CLARO
 
                                                                                                               A Diego Almansa:
                                                                                                              un Gran amigo
                                                                                                              que siempre habló con claridad
 
Hablaré claro,
hablaré sin giros ni rodeos,
que también la poesía
es el grito desnudo
de un simple alfabeto.
Hablaré claro,
para tener contentos
a los oídos
(¿o quizá a la conciencia?)
de un gran amigo.
 
Diré cosas claras, diáfanas,
nítidas como el petróleo.
Diré que la vida en Sudán
es un plato sobre la mano;
diré que en Sierra Leona
llevan siete años
de Masacre Civil
y nadie mueve un dedo
para evitarlo;
debe ser tan poco importante
que ya cansaron a los telediarios.
Diré, que para algunos,
ser indio en México
es vivir en pecado;
que el Grupo de los Ocho
juega al Risk
con muñequitos de carne
y hueso
o sólo hueso .
Diré que la roja sangre
de los rojos,
nunca enrojeció la tierra
de los blancos;
que los niños de Río
son las páginas que se pasan
de los periódicos.
Diré que la Tierra se muere,
y que todos iremos al entierro,
obligados.
 
Diré, que Dios es tan antiguo
que aún no se ha enterado
que el láser de los hombres
puede curar la ceguera.
 
Podría hablar
más poéticamente,
y quizá hasta construir
un buen poema;
pero no quiero,
no vaya a ser
que no me entiendan.
Y no hablo, precisamente,
para ser entendido
por unos pocos.
 
Estoy hablando claro,
como quiere un gran amigo.
 
Tan claro
que muchos dirían
que la tinta con la que escribo
es demasiado negra
para entender lo que digo.
(2000)
 
 
 
 
No veo que se reparta la tarta
 
Vamos a hablar claro. Otra vez.
Aunque no quede bonito. Aunque no nos vayan a coger
para un telediario (o mejor dicho, gracias a eso).
Vamos a decir lo que vemos. O mejor, lo que no vemos
por ningún sitio.
Vemos un puñado de peces esparcidos por el suelo,
apestando a vergüenza ajena, y un atún enorme de vez en cuando
para las pupilas de los incrédulos.
Pero no veo la caña de pescar ni la red por ningún sitio.
Vemos sacos de trigo apilados por la tele, con estampados
de siglas y escudos. Parece que creen que la gente come letras
y se cubre con telas de bandera.
Veo pan para hoy, y hambre para el resto del siglo.
Pero no veo el tractor ni el silo por ningún sitio.
Veo expertos, blanquitos inmaculados con sus trajes
de Armani recién sacados de los infiernos.
Consejos de papaíto para los hijos descarriados.
Veo inspectores internacionales y marionetas de teatro.
Pero no veo escuelas y universidades decentes… por ningún sitio.
Veo informes de ayuda al desarrollo, enormes cifras
que para sueldos de político no son más que limosnas
que se da por caridad al pordiosero.
Veo, como en el cerdódromo, carreras de donativos
para ver quién se gana la parcela más grande en el cielo.
Pero no veo que se reparta la tarta de la que se habla en todos sitios.
Veo, que las cucharas están siempre en las manos de los mismos,
y a los demás se les manda una foto por carta
y un restaurante amarillo con un payaso en la fachada.
 
 
Veo este poema quemado por la inquisición de los nuevos siglos.
(Poemas para repensar el mundo)
 
 
 
 
 
QUERERTE
                                                                                                              A ti si lo quieres
 
Quiero quererte como nadie,
como no existirá persona
que pueda describirlo.
Quiero albergar un amor
que se me derrame,
que no me coja en el pecho
y que se me escape.
        Que se vaya de mí,
y a mí vuelva,
desesperado,
con todo el oro del mundo
convertido en un abrazo.
 
        Quiero quererte tanto
que me faltarían vidas para darte amor
y corazones para albergarlo;
tanto, que hasta la palabra Todo
me parezca poco.
 
        Quiero quererte en la vigilia
y en el sueño, soñarlo.
 
        Quererte del principio al fin,
en todos los cabos;
que cada segundo de mi vida
te quiera más
que el segundo pasado.
 
        Quiero quererte a bocanadas;
exhalar amor en cada soplo.
Llorar de felicidad como los niños
descansando sobre tu hombro.
 
        Quiero tenerte y que me tengas
y que eternamente nos tengamos.
        Levantarnos una mañana siguiente
y pensar
que fue en el cielo donde descansamos.
 
        Quiero quererte tanto,
mostrarte tal adoración,
que este poema fuera
el único idioma de mis labios.
 
 
        Quiero sentirte tan íntima
que no quiera creerlo;
que tenga que dudar si es delito
quererte como te quiero.
 
        Quiero quererte como no pudiera
imaginar que te querría,
inimaginablemente,
como se quiere en los cuentos;
quererte a lágrima viva,
a corazón abierto.
 
        Quererte tan alto, tan grande,
tan sin límites,
que este mundo nos fuera pequeño.
 
        Quiero quererte así
porque así lo siento,
porque sé que puedo
querer como estoy diciendo
- alma, corazón y tacto -
        Quererte así
porque descubrí hace tiempo,
que las lágrimas que lloro
son pedazos de amor sin dueño.
(2000)
  
 
 
ESPERA
 
                                                                                                 Llanto de un padre a un hijo
                                                                                                 aún en el vientre.
 
 
   Espera en la luz
a que Marte se deje de mesar las barbas
y sienta que el aire es tan blanco aquí fuera
que no hagan falta laberintos de niebla,
ni cuadros de pino provecto sin tela,
para mirar algo más que el confín de las pupilas.
 
   Espera en el sueño
a que África rompa las últimas cartas
y todos empecemos a jugar a subirnos a los árboles,
de nuevo, como antes, como cuando las ranas
no molestaban a nadie, y no necesitaban nenúfares
donde apoyar su cuerpo y su memoria.
 
   Espera en la quietud
a que las manos del silencio me acaricien
y pueda guardar en un segundo toda calma del mar,
para que llegues a sentir el hálito a rumor de caracola
que llevaré pegado en el último temblor,
cuando el éter se canse de darnos ultimátum.
 
   Espera en el tiempo
a que todos seamos latines de museo,
tétanos con la sonrisa que nunca tuvimos,
y nos miren desde cualquier agujero negro
sin saber qué fuimos ni cómo pudimos serlo,
para que nazcan románticas teorías sobre el Hombre.
 
   Espera en la soledad
a que haya tantas banderas como ombligos
y sólo se escuche un himno cuando nos roce el viento,
entonces podremos andar por la tierra sin mancharnos de tinta
y oír la voz de quien grita antes de mirarle la cara
para ver si tenemos tiempo o llevamos prisa.
 
    Espera en la inocencia
a que Rousseau se crea lo que dijo
y la polilla ponga sus huevos sobre el cemento
de los edificios, para que sea la rabia del vacío
la que cercene ahora el cáncer que tenemos por Cielo,
donde apenas miramos de vez en cuando las estrellas.
 
   Espera en un beso
a que abra el libro en blanco de mis deseos
y venza a la cobardía de saberme enteramente humano,
viajaré en un verso al otro lado de las metáforas
para perderme en las íes y aprender de lo ficticio
el arte sublime de no preguntar demasiado.
 
   Espera en la Luna
a que el seno de Isis se haga carne en mis labios,
y la ardentía cavernosa de unas entrañas maternas
te transforme en Fénix con mármol tallado en la espalda,
para que los golpes sobre el yunque de tus pasos
sean las distintas formas de soñar tautologías.
 
   Espera en la razón
a que el número de los mundos sólo sea un apodo infantil,
y en esta Aldea haya Globos de colores para todos
sin que sea siempre el mismo aliento el que los infle,
para que tus sueños puedan volar a la derecha de Dios
porque no importará dónde esté la cuna desde la que vuelen.
 
 
   Espera en la esperanza
hijo mío, a que puedas salir de esas entrañas,
sin tener que llevarte las manos a los ojos, hijo mío,
como hice yo, para no caminar sobre esta tierra
de los hombres, con la duda clavada entre las sienes
de si hubiera sido mejor no haber nacido.
(2000)
 

 

CUANDO LO DIGAS
 
                                                                         A Virginie Lorite:
                                                                                                 Assez vu.
                                                                                                La vision s’est reencontrée à tous les airs.
                                                                                                ARTHUR RIMBAUD
 
 
   Ahora que todo huele a tarde de domingo
y se nos caen de la boca las húmedas palabras
del reino de la Tierra, que nunca nos dijimos.
 
   Ahora que el adiós querrá llenarlo todo
como sediento de las lágrimas de otoño,
tú te vas, y yo me quedo solo en estos brazos.
 
Mírame a los ojos cuando lo digas.
 
   Ya oigo los barcos peleándose en el puerto.
Del hueco de mi recuerdo se escapan tristes
los ayeres y se van las olas que nunca vuelven.
 
   Fuiste como esas olas, como golpe de brisa
en mis labios desecados, todo inmensidad
y pasado, y canto dentro de caracolas.
 
Mírame a los ojos cuando lo digas.
 
   Corazón de norte vestido de rojo prohibido,
me llevaste hasta los abismos de los espejos
donde todo era yo y todo eran tus ojos.
 
   Me cerraste los labios en la palabra mañana
y tuve que aprender a morir cada día
y cada día resucitar sin memoria con el alba.
 
Mírame a los ojos cuando lo digas.
 
   Recuerdo cuando mi deseo se hizo llama.
Me viste en las pupilas el incendio de mis ruinas
y viniste a calmarlo con la zarza de tu tacto.
 
   Los dos nos quemamos. Lentamente consumidos
hasta que sólo quedó una boca y un silencio
y el incienso salino que esta tarde exhalamos.
(2001)
 
  
 
****
 
Me dijeron que te encontraría tumbada
aquí, sin ganas de verte ni ver a nadie,
con todas tus piedras regadas por el suelo,
oliendo a Prozac barato y naftalina.
La última vez que te vi, te salía una antorcha
gigante de la arena y un hombre con cara de romano
te lloraba el luto desde la playa.
Parecías tan efímera que nunca hubieras existido.
¿Qué fue de tus gusanos de seda  dime
esos que guardabas con morera en una caja de zapatos?
Estabas leyendo en las revistas The age of innocence
y en tus ratos libres le prestabas la vida a los transeúntes.
Vengo a que me devuelvas la nostalgia que te presté.
Ahora que he aprendido que la esperanza es una flor
de cactus, prefiero creer que Dios existe
y que seré, por fin, un ciprés azul cuando me muera.
Lo de Lorca... me ha dicho que te perdona,
que no tuviste tú la culpa; te está rezando cantos de cisne
desde la gloria.
Lo ocultas bien detrás del maquillaje de City Hall que te pones,
pero yo sé que estás a punto de llorar lágrimas de betún.
Vamos, no alargues más esta visita,
no quiero acabar escribiéndote después un poema.
 
Ya vendré otro día, a ponerte flores,
cuando dejen de vender en el kiosco de la esquina
tus fascículos de futuro por entregas.
(Nueva York)
 
 
 
VI
 
Te pones el vestido negro, inexorable,
después de rociar el Chanel número 5 con tu cuerpo
y maltratarme los ojos con la rendija de la puerta.
Sé que tenía que haber llegado tres copas de Champagne más tarde.
Me pides que te elija los pendientes;
me haces que los odie de envidia
y al final te pones los que te regaló tu marido.
En el piso de arriba, nos sobrecogen los orgasmos
de los recién casados en la funesta obstinación de quien no tiene memoria,
y nos quedamos un segundo entero, persistentes hasta la fatiga,
destapando en silencio la herrumbre de nuestros labios.
Esta noche todo el mundo te volverá a decir que estás preciosa.
Has contratado a otros oídos más voluptuosos para la ocasión,
pones la narcótica sonrisa de las mandrágoras
y les insinúas l’Arc du Triomf con una sutilidad digna de La Gioconda.
Algunos impíos se rozan contigo deliberadamente
y los veo echándose a los bolsillos tu voz
y masticar después, como cocteleros de galas,
las migajas de tu glamour reserva del 68.
Yo te miro desde lo alto de Mon coeur, desde allí alcanzo a ver
también esa espina gigante que te clavaron,
y que te duele lo sé subrepticia, inconfesablemente,
detrás de las bambalinas del teatro.
 
   No te molestes en llamar otra vez. Creo que la cobertura de mi móvil
ya te ha conjurado.
(París)                                                  
 

 

III
 
Recé para que lloviera. Sólo te faltaba eso:
la lluvia cayéndote por la cara y por tus senos de agua.
Sólo te faltaba eso. Eso y una sirena muda
recorriéndote los soportales.
Había oído hablar de ti, pero no te imaginaba.
Cuando te vi, con esa máscara y esos ojos
de leona en celo, pensé que se habían equivocado las olas.
Una cortesana venida a menos,
del entredós de seda al fustán de mirar por las ventanas,
de tus veladas perpetuas a... qué fue de tus amantes,
tú, la más elegante puta de todos los tiempos...
Un corazón de acuarela late, frágil,
al otro lado de tu cintura.
No sé por qué pero no das lástima,
y no te lo digo por despecho,
es por si te despiertas una noche antes que tu orgullo
y lo atas a la cama bien fuerte
no se te vaya a escapar de puntillas
como hacen todos, dejándote unos besos flotando
por los canales,
mientras tú te hundes en tu propio lecho de barro
y San Marcos se la pasa confesando las culpas
a las gárgolas del Vaticano.
(Venecia)
 
 
 

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