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Martín Lucía
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Antología poética |
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Una visión en
la biblioteca
Callada,
ausente, ida.
Exiliada en
la inadvertencia,
gran rincón
en el que reinas
desde la
pulcritud del silencio.
Ajada,
floreciente, marchita.
Serena en la
serenidad
que
únicamente tú comprendes
y yo solo
advierto.
Callada como
el silencio,
pero, como
él, también presente.
Amotinada en
ti misma,
portadora del
verbo de tu presencia.
Callada,
ausente, ida
pero desde la
tormentosa fuerza
de quien
inventa las gramáticas.
Dolor y
remanso.
En ti y en
mí.
Reposo en
estos días acelerados
que apenas
son conscientes de su existencia.
Nadie atiende
a vivir
mientras tú,
como el silencio, acallas mi vida.
Callada,
ausente, ida.
Dedicada a la chica de la biblioteca
La novia del viento
Descansa
sobre mi pecho,
pero no está.
Está en el
viento.
Ojos cerrados
y boca muda.
Parece
dormida.
Pero no
duerme,
anda por el
viento.
Miro el techo
y no veo
nada.
Si no se ve
el aire
cómo ver el
viento.
Quiero
reposar sobre mañana,
pero tampoco
se encuentra.
Está con
ella,
la novia del
viento.
Inspirado en la pintura
La novia del
viento,
de Oskar Kokoschka (1914).
Nadie se da cuenta
Cae el tiempo
sobre mis ilusiones
como cae la
lluvia sobre el suelo:
con
naturalidad e indiferencia.
Y nos hacemos
viejos.
Tan viejos
como la lluvia.
Dos viejos
envejecidos por la ausencia.
Olvidé cuando
comenzó a caer el tiempo
como olvidé
la primera
vez que observé la lluvia.
Yo, que una
vez quise parar el tiempo.
Llueven
minutos con segundos de distancia,
tan
distanciados como nuestro fracaso.
Dos vidas que
sólo se cruzan en la distancia.
Aquí y allá,
allí y acá.
Y estamos por
mil vidas separados
que pueden
vivir con naturalidad.
Nadie se da
cuenta que no te tengo,
nadie nada
comprende.
Y continúan
con sus vidas
mil veces por
otros vividas.
Tan iguales,
tan monótonas.
Vidas
simples, lineales.
Nadie
entiende que me ahogo
en esta
lluvia de realidades.
Y todos
siguen en sus coches,
en sus
oficinas, en sus supermecados.
Y tú y yo,
cada día más separados
y cada día
más pobres.
Cada día más
viejos.
Mi mano y su pecho
Fue pequeña
como su amor.
Tan pequeña
que sólo fue inocencia.
Hubiera
cabido en mi mano
si no hubiera
sido sólo inocencia.
Si hubiera
cabido en mi mano,
yo habría
cabido en su pecho,
inmenso como
la inmensidad.
Pero mi mano
fue tan grande
que le pasó
inadvertida.
Como el mar.
La mujer horizonte
Te alejas.
Hoy te
alejas.
Cuanto más me
acerco,
tú más te
alejas.
Hoy eres el
horizonte.
Y mañana,
mañana más
lejos.
Y cuanto más
me acerco
más te
alejas.
Y mañana,
mañana
también serás el horizonte.
Y yo más
lejos. Todo y nada En ti cabe todo y, a la par, rebosa, se escapa. Eres el cauce y, a la par, el agua. Mi imaginación. Eres como mi imaginación. En ella todo cabe, pero de ella todo se escapa. Eres el cajón desastre que recoge la polisemia y las hojas en blanco. En ti todo cabe y de mí se aleja, negándome los significados que en ti se encierran. Incomprensión Raras veces me miras encerrada en tu dimensión más pequeña. Sin miradas, introvertida, pero con palabras, obligas a renunciar a mis ojos, negándoles su naturaleza. Desde la renuncia y la inadvertencia, encendidos, se cierran mis ojos, dolidos por el runrún de la palabra. Mientras tú... ...y yo, sin embargo, en mi hipérbole de melancolía, envestido por el silencio, por tantas palabras muertas, por ninguna llamada perdida, entre tanta indiferencia... maldito móvil... maldita naturaleza... Perspectivas Junto a ti nada parece ser. Un apagón de luz en una gran ciudad. De noche. Nada parece ser. Eres la oscuridad. O, quizá, el aire. Tan leve, tan sutil, tan inapreciable. Pero tan vital que sin él nada puede ser. O, quizás, el peso del alma. Veintiún gramos de fragilidad. Tan frágil que se vuelve ironía. Ironía sin la que nada puede ser. Pmm Minúsculo como el aire. Inadvertido como la brisa. Poderoso como el viento. Creí que tu recuerdo sería como el aire. Y sobre él andaría sin advertirlo. Y que la brisa sería el olvido. Y que entre ella pasearía. Pero es la pequeña metáfora de melancolía que cada noche recita el viento. Dominios Dominas el mar y la calma al igual que dominas mi vida. Altiva, juegas con tu rostro. Calmada, atemporal. También dominas el tiempo que en ti queda retenido. Envuelta en el silencio solo me muestras la espalda, solo me invitas al olvido. Inspirado en Muchacha de espaldas mirando por la ventana, Dalí, 1925. Se llamará Se llamaba Manuela. O Jimena. O Leonor. Como ella quisiera, pues era cada palabra y, a la vez, cada letra. Hubo días que la llamé caricia. Otros, susurro. De noche la llamé vida. De día, a veces, ni la nombré. Pero vino. Siempre vino. También la he llamado silencio. Recuerdo cuando la llamé dormida. Recuerdo... La llamé días que quedan. Hoy la llamo melancolía. La línea paralela Sentado en mi línea paralela juegas con tus piernas que juegan con el vacío. Firme, segura, clara como la más cierta de las certezas me invitas a sentarme. Arrogante y soberbia, en mi línea paralela te muestras tan próxima como distante. Distantemente cercana, firme, segura, clara me invitas a sentarme en tu línea paralela. Me veo reflejado en la ventana, pero no soy yo Sobre las frías lozas con caries, en la oquedad de la nevera, tras una ventana despreciada por el aire está mi pellejo envuelto en vaqueros y camiseta, mi cara de foto de carné y cada uno de mis huesos. Yo estaré allí donde aquellos versos. Para mañana: los versos ...y hoy te vas dejando atrás futuros versos. Mañana escribiré. Entre olvido y recuerdo mañana escribiré un cuerpo de mujer con cuerpo de poemario. En la calma te has marchado. Mañana escribiré.
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