Marco Antonio Flores

 

Antología poética

 
 
Melodía de arrabal
 
Cómo no voy a sentir que el pecho se me parte
cuando oigo a Gardel cantarle al barrio
si yo nací en el barrio del Gallito.
Si yo jugué con polvo de sus calles,
y fui pirata entre sus lodazales,
y cada esquina me sirvió de línea Maginot,
y sus piedras eran balas treinta treinta,
y mi pandilla era el Ejército Rojo de la cuadra
(los pandilleros éramos Anzueto y yo
y mis hermanos, que no alzaban un palmo de la tierra).
Si ahí perdí a mi padre, y lo seguí
y me colgué del bomper de su carro, y
me arrastró;
si ahí me atropelló un carruaje cuando
tuve cinco años y sus caballos me hundieron
sus cascos en las piernas;
si ahí conocí el llanto seco, duro, constante
de mi madre;
si ahí me iba a juzgar, detrás de un cerco de izotales
al loco de mi barrio, que usaba muñequeras de cuero,
y cantaba tangos todo el día
echado en una hamaca, y en la noche
salía a cotorrear a las patojas;
si ahí aprendí a cantar esos tangos
que ahora canta ese loco de Gardel.
©Marco Antonio Flores
 
 

 

 

El estanque
 
Tuve un amigo. Un poeta
que se bebía las noches con cerveza.
Solíamos libar días
enteros hablando de recuerdos, de viajes,
de poemas, de mujeres amadas.
Era inclinarse en el estanque.
Cuando nos capturaron marchó al exilio.
Al volver traía una obsesión atravesada:
la montaña y las armas.
Los poemas arrumbados.
No duró tres meses. Teníamos treinta años.
Lo capturaron vivo y lo quemaron.
Busqué sus restos y me llené las manos de cenizas.
Estuve varios días doliéndome de mí.
La soledad ardía.
El solía decir: "Mi exilio era de llanto".
 ©Marco Antonio Flores
 
 
 
 
Las sillas solitarias
 
El exilio
es quedarse sin presente,
sin cielo,
sin amigos, sin volcanes custodios,
sin caras familiares,
sin voces conocidas,
sin casa, sin calles infantiles,
sin saludos.
©Marco Antonio Flores
 
 
 

 

El gusano
 
El tiempo me recorre,
me habita,
se cobija en mis ganglios,
acampa en mis arrugas.
Mirándome lo mido:
la pelambre de mis brazos palidece y ralea,
mi pecho encanece,
la piel de mis manos, que incursionaron las tetas
de mis novias y entraron a saco entre sus piernas,
se ha vuelto negra, dura y arrugada.
Mis ojos cegatones: esos carbones apagados
que vieron escapar a la muerte y ahora la detectan
a mi lado.
En mí está el tiempo.
Me desdibuja.
Me corroe por dentro:
ablanda mis mejillas,
debilita mis piernas,
infla mi vientre,
agita mi acezar,
me agota,
me quita la pasión.
El tiempo es mi enemigo;
me consume,
ocupa mi epidermis,
es mi sangre.
©Marco Antonio Flores
 
 
 

Copyrigh© todos los derechos reservados por el autor