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DE PROFUNDIS
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Auxiliadora o
taumaturga coronándose en peligros,
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muerde los
pétalos que caen.
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Ya nada la
protegerá del viento feroz
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y de la
súplica de lodo
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oída en el
espejo partido por el rayo.
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Las acequias
mueren de tanto triunfo.
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¡Afuera esta
piel, esta memoria del resplandor,
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-“no me
busquen, no me encandilen, no me envuelvan
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cada
naufragio con los dientes sangrantes
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tirados hacia
el fondo de mi infierno-,
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más afuera
este barro adherido
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a la jubilosa
extinción del reino de las cacerías!
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Barro.
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Barro.
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Barro.
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Barro
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y nadie habla
por quienes fui.
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¿Qué blanco
pavor inextinguible me cerca
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desde todas
las bocas llenas de hormigas?
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El que no
sabe susurrar su nombre
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destroza su
abierta casa de abandono.
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Incrustado al
sol de tu delirio,
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has llorado
del mundo cada pétalo.
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Barro.
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Y la caída se
cumple.
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©Manuel Lozano
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22-VI-96.
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COMIENZO DE LA VISION DE SIR GEORGE RIPLEY,
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CANONIGO DE BRIDLINGTON
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Se incendia
la Puerta de la madriguera
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donde estoy
con mi neblina de color dorado
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blanqueando
las paredes venenosas.
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Cruzas la
casa como una letanía:
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Ni vemos tu
figura rozar los objetos de arena
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ya para
siempre dispersos por el mundo
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impalpable en
el ojo del espía.
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Es todo arder
y en el combate
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se entierran
los huesos del derrumbe,
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mi bastarda
piedad a cambio de esperanza.
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Con su
plumaje a solas han fabricado un aliento
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volátil como
el humo rojo subiendo por las venas.
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Demacrados,
levantan atavíos.
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No practican
amor: Son trogloditas masticando
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/libélulas,
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un indicio
exangue -así lo crees esta noche-
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de la
naturaleza en retirada.
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Los cadáveres
vuelven a cocinarse
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sobre fuego
muy lento en las praderas
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de este
agobio nunca narrado.
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Cuando la
ingente lluvia se disuelve en los cristales,
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pienso con
horror en los hombres.
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©Manuel Lozano
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Madrid, 7 de marzo de
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IN ALBIS
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Traigo la luz
a este asilo de amargura
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aun cuando
las bocas de un sueño hayan mordido
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las entrañas
del animal que labra su historia,
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y sea el día
menos día,
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y no me
reconozca con esta piel y los huesos.
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¿Habrá
escisión en la frontera?
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¿También
conocimiento
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para quien
fue amordazado por sus padres lobos?
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¿El señor del
cielo, del rayo y del aire,
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criatura
cierta en paraíso de deleites?
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Y llega
despavorido el ataúd.
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©Manuel
Lozano
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EL NARRADOR
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a la
memoria de Truman Capote
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Ya es muy
tarde para olvidar a la nada:
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los muchachos
infantiles colman tu cuerpo.
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Hay una
desembocadura en el sollozo
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de una piel
más hirviente que la arena
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donde el
bailarín de las alcantarillas
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muerde una
fruta roja llena de larvas.
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Ninguno lo
atesora
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ni entre
árboles dorados para la exasperación
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de una dicha
cubierta aún por telarañas,
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o en el ojo
enardecido del guardián de palacio.
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¿Adónde
estremecen el blanco de la fábula yacente,
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la hija
ardida con su feto a cuestas,
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el muñeco
roto con su cara de hombre, arrinconado
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con señales
por el que no entiende
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que esta
tierra es una furia y un límite?
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Los amantes
recorren los muelles del emperador.
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El
despreciado devora su navaja
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como
comprendiendo el mundo en un instante.
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Una loca
asesina sus hilachas
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en trozos
calientes para perros de presa.
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¿De dónde
saciarán el hambre llegada del desierto?
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¿Pero qué
velo se rasgó de arriba abajo?
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Un idioma de
la farsa, una verdadera oscuridad
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en que se
borran la sangre y mi carne peregrina,
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me hace oír
la voz.
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Descendí.
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En el almud
está el secreto.
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Su rostro
aletargado simula
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la incontable
interrupción de las máscaras.
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*****
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¿Quién
empieza a decir por el huerto en ruinas
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el cuento
partido por su boca?
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¿Cómo se
atraganta de tanto decirse
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contra el
muro amarrado junto al trueno?
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Miente la
niebla sobre la ciudad caníbal.
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Los hombres
son de harina pútrida
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debajo de
estas nubes y el sol tenebroso.
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Reconocía la
profanación de los dones.
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En mi mismo
cuerpo los convoco ahora
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para que
nunca crezcan, para que no lloren
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sobre el
dulce estrangulado.
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Talía gime
por su boca de gárgola.
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Así la
historia nacía del sediento
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-escrita por
equivocación entre brasas de la fiesta-
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y retornaba
como botín a los criados.
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¿Qué seré yo,
sustancia ardiendo,
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apagándome en
tus aguas lustrales?
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¿Quiénes
ellos de tan blancos
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como los ojos
de un muerto en la leyenda?
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Siempre habré
de morir en el pasado.
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En ese ignoto
lugar alzaré otro vuelo
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con la
semilla estéril de la transformación.
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Solamente
recorría los huesos musgosos
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de quienes me
poseen en el polvo de mármol
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de estas
ruinas deslumbrantes.
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La cicatriz
cenagal abarca un rostro anciano
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que olvidó al
efebo ascendiendo la noche.
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Ha borrado
las señales últimas
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de esta
coronación que no vuelve,
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que no puede
volver, que no debe volver.
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Talía se
sorprende.
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¿No fue ése
el principio de la piedra inaugural:
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flotar entre
una espuma de cadáveres flotantes
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/de los que nada queda,
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salvo el
espesor y el reflejo?
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Antes que
túnel mordido por el viento,
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fueron hienas
mojadas taladrando las puertas
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con mi sangre
más honda, insoluble,
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en el tiempo
de ira.
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Ahora son
escombros, ahuecados escombros
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desde el
viejo mirador de la llanura
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hasta el
recoveco atroz del laberinto de aguas
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que nadie
vio.
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¿Regresarán
por mí desde el sepulcro
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socavando a
la distancia esta tierra de víboras?
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*****
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Es doble el
aguijón, alto el incendio.
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En el trazo
del día aparece el rostro múltiple.
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Un hermoso
animal, una hermosa criatura
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atravesando
luego del tiempo su abandono,
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deja de
excavar el mundo en un relámpago.
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¿Ninguna
expiación para el ungido?
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¿Otro grito
reclamando por el vasto,
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cómplice
sendero de la araña?
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¡Fuera las
tinieblas de esta casa inmunda!
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Un árbol
desgajado se hunde en el río
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y no
pregunta.
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El ultraje de
verme hasta en la sombra
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clausura el
asedio de las muchedumbres
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en un grano
de sal petrificada.
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En la hora en
que el mutismo es bello como un crimen,
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exploro las
huellas de las repeticiones.
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Así la gran
hoguera invade los patios,
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las puertas
laterales, el jardín envilecido por la queja,
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al trasluz mi
fábrica de incertidumbres,
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cada máscara
de piel humana,
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el cielo como
un pozo alabando al caído.
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Han perdido
el salobre canto de la esfinge.
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En este horno
intangible se revuelcan los espejos,
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se enarbolan
-Oh, antiguos- flameando en el bosque.
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¿Qué defiende
al agredido de las hordas de satisfechos
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con monedas
de oro bajo la hierba?
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Asustado país
en duelo,
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había que
correr desesperante hasta acabar
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con la
ofrenda, con el soplo.
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¿Por qué
llegarían en el carromato que no habito
-
desde mi
garganta heredera al secreto?
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Estremézcanme.
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Que sea el
que parte y no regresa a este reino
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a lavar la
inmunda flor de la memoria.
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*****
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Me prosternan
sin luz
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en el mismo
escenario donde dije la luz
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y su palabra
oculta.
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Desfilan los
que fueron, los que fui
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entre el
cimiento calcáreo de un corazón leproso
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barrido por
la brizna.
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Con un solo
bostezo incrustan en la historia
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/su cuna mortal
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para un
testigo silencioso, irremediable.
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Y están la
diferencia, el error, y el levísimo aroma
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de una
ternura enterrada hace siglos.
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Ese lugar
nunca existe.
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Se afincaron
a mi sed y yo los bebo.
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El hermoso
demudado pasa en medio de su cuerpo,
-
el disputador
reconoce en el alma a su enemiga,
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el residente
bravío de una estación de trenes
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/consuma el
sacrificio,
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el viejo
fabulador amenaza palabras
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como carbones
encendidos arrojados al mar,
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el erasta
toca los cabellos del niño,
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el mendigo
sudoroso grita en plena calle su aversión
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por los
hombres y los pájaros,
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el
sepulturero robará un anillo manchado con pus,
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el débil
deambula por la calle
-
acaso
buscando un refugio para afirmarse en la nada,
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columpio de
la tierra.
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Pero también
quedan los otros,
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el rencoroso
inútil despeñándose a la carnicería
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/de su estirpe,
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el criador de
alimañas,
-
el
desaprensivo que ruega demasiado tarde,
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el mercader
libidinoso sobre un cuerpo deseado,
-
el más ruín,
-
el hijo con
su legado escalofriante,
-
el escritor
crucificándose a palabras inauditas
-
en el pequeño
trozo de papel,
-
el afiebrado
en alta noche de miserias,
-
el
indulgente,
-
el que dirije
mis pasos a la tempestad,
-
el obstinado
a vivir, una y otra vez, el miedo,
-
el amante con
las piernas abiertas,
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el lúgubre en
la taberna silenciosa,
-
el que con
graznidos me oye y me acompaña,
-
el
desahuciado fascinante.
-
Antes del
alba, con increíble imperfección,
-
los reconozco
y los olvido.
-
©Manuel Lozano
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Londres, invierno de 1996
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(Estos poemas, pertenecientes al libro "Bizancio bajo las
aguas", son rigurosamente inéditos y, como tales, se hallan
registrados en el Registro Nacional de Derecho de Autor.)
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ARS POÉTICA
SOBRE EL RITO NUPCIAL DE LAS AGUILAS
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Durante el rito
nupcial las águilas se persiguen, volando a gran velocidad
y elevándose a trescientos metros. Luego, entrelazando sus
garras, la pareja hace en el aire cinco o
más vueltas completas, precipitándose en una caída de alrededor
de ciento cincuenta metros...
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Digo
que es necesario ser vidente, hacerse vidente.
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Arthur
Rimbaud, Carta a Paul Démeny
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Ella es la orante.
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Desde el principio supo anudar el vago murmullo con la
feroz carcajada,
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la imantación de una criatura al viento con la lenta tiranía de
los viajes,
-
hasta arder en el fulgor de las perversas lentejuelas de estos
ojos.
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¿Me deshabito en cada huella,
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me desposan con los látigos de una máscara crucificada en mis
espaldas?
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Pienso exactitud y se oscurecen los cielos y la tierra:
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ya oigo el grito final desde la Cruz Misericorde.
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¿Qué fue del ávido arcoiris descuartizando murallas,
-
lamiendo más y más la corteza de un fruto lacerado ?
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Desciendo –al fin- por el sílex candoroso y el légamo
impaciente,
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a través de escaleras que están en el principio
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y nos delatan, y nos desprecian, y nos desnacen
-
como el rito ascensional de las glicinas.
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Son fósiles de feria los que mastico, así,
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-piedra zoológica hirviendo de memoria a memoria-,
-
delante de los proclamados a caer en altos desagües del diluvio.
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¡La máscara de cera tan vesperal, de placenta retenida en los
dientes,
-
reventada de hermosos animales que conozco!
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*****
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Ella amamanta un séquito de hambrientos.
-
Sean con
nosotros las cucharas de la historia y del sueño las llaves.
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*****
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Ella es la pestilente.
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Ahogó en congoja las falsas joyas de la esfinge, escarbó
-
sacratísima y desnuda esta lava que cae por su piel
-
como pez derretido por la noche más antigua.
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¡Quién haría el recuento de la fiebre y del vuelo,
-
de su
abierta juventud trizada en incontables vidrios
-
bajo el
temblor de la lluvia!
-
Tienes el
frío de tu herencia.
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Deambulas
por la mansión envuelta en arpilleras
-
carcomidas
por las ratas de una alucinación a solas.
-
Infame
esta jauría.
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Sabes la
entrada, pero nadie te espera de ese lado.
-
Arcilla irrenunciable, humus fascinador del desierto,
-
¿y el grito en la luz no nos tatúa?
-
Allí donde te hieren, nadie reclama por el juego.
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*****
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Ella es la sortílega.
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Espinó las yemas indigeribles del árbol de razón
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con uvas traídas del trueno o del silencio.
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(Hay un grimorio inscripto en cada ruego,
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con
follaje de oro en tu costado.
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Ahora
vigila y bruñe lo que aúllas. Sángralo.)
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La rosa azul movible de Judea
-
me busca
para expiar nuestro bautismo
-
en las
riberas donde el terror se proclama heredero.
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¿Por qué estos colmillos, este letárgico perfume
-
salpicado por la harina de toda soledad?
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Apagas las luces de mi madriguera.
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Sobrevives con relámpago verídico
-
a las colmenas de la anunciación.
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*****
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Ella es la desertora.
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Se exilió de las costumbres de los hombres
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hacia los médanos que borran su congoja feroz con el milagro.
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¿Adónde la salvaje Navidad celebrada en Andrómeda?
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Me hospeda un oasis baldío.
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¿Es que no oyes el fosforescente perro de sus tumbas ocultas?
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¿Y no se descascaran las paredes que te cubren?
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¿No lloras como Lázaro tu sangre revivida?
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Palabra tras palabra fundabas este mundo,
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pervertías
sus custodios, decapitabas los templos.
-
Su permanencia ya es mi canto de vidente.
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*****
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Ella danza
entre ataúdes rotos.
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Habrá de
bendecirlos por lo que fueron,
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por el
miasma dispuesto a incendiarnos,
-
por este
vacío enguantado revelándome
-
eco y voz.
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*****
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Ella es la sacrílega.
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Comió carroña para poblar de desesperación
-
el
balbuceo entretejido de aquel viejo fantasma.
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Ahora
traga trozos de espejo (pequeñas dinastías cenicientas),
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de un solo
soplo los traga.
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Deberás
contemplar mi casa cubierta de muecas y de almizcle,
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aun con
estas manos.
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¿Qué Génesis me balanceó en este oleaje,
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precipitándome a la desobediente procesión del peligro?
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¡Palabras en mi clausura, en mi credo inicial,
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en mi adagio de carne por las sombras del mundo,
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separando el duelo de todo porvenir con su antorcha llameante,
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con cada trapo de sed y su reguero vampiro!
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En la moneda, raspas tu tajo:
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entonces avanzo con risa de esplendor por esta selva de águilas
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y me corono.
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©Manuel Lozano
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Edimburgo, 27
de septiembre de 2004
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(Este poema
pertenece al libro “La Rueca Dorada”, de Manuel Lozano, habiendo
sido seleccionado para la 7ma. edición de la Nueva Antología de
Poesía Hispanoamericana, Lord Byron, de Lima.)
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