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ALTAR ILUMINADO EN PIEDRA POR LA MUERTE DE ADAN
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Pero nosotros hablamos de verdad, persuadidos
por la distancia entre el ruego y la unción de aquellos
desterrados falsificando vocablos en los bordes de una piel de
culebras.
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Me ofrecías el cáliz como un sudario del vértigos
hasta donde no pueden mis cenizas. Noche absintia, nunca acoraza
el hambre aleteando en tus baldíos.
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El devorante se llenaba de escamas, ¿era un fulgor,
una garra de cuervo, una muñeca dormida con huesos de colibrí, o
apenas una marea de hongos sobre la dispersión de la carne,
aquéllo que me restituía al aliento de muerte del principio?
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Entrañas de misericordia has de pagar al silencio
más blanco, aunque no escuchen tu plegaria. Las pupilas
sobrehumanas me aduermen en esta espuma entrabierta.
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Acércame a esa cabeza de desechos, estállame en la
lascivia, hospédame en la casa que huye hacia el desierto. ¿Y
miras y das las gracias por los siglos de los siglos? ¿Y qué
viniste a hacer con tu fiebre en el relámpago?
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Te cercarán los mastines de la escarcha. Por un
tiempo obstinado de congojas, no abrirás la puerta del que llora
en las calientes cenizas de su vejez.
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Porque lo lúgubre es lánguido y retrocede en las
salpicaduras de de esta tumba. ¿Qué perdida majestad imprimes a
la ceremonia, así cuando caes y caes entre las nervaduras
indecisas de una hoja de aromo? La espuma labra un camino de
hierro.
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Risas que elegiste, crujientes, como si
traspasaran el escalofrío del instante en que ninguna
anunciación ya te es posible, como si traspasaran el calco de tu
agonía en la agonía de tu especie.
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Escarbar conmigo la gasa perversa que confunde
los sellos. ¡Esperar el sacrificio con el bienaventurado xilofón
de los mártires!
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Nunca volviste los ojos a su umbral. Se te
permite sólo imaginarlo en incontables versiones rotas, musical
y encarnado en su red de telarañas.
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©Manuel Lozano
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París,
septiembre de 2003
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* Este texto
pertenece al libro "La Noche Desnuda de Rostro Ciego", de Manuel
Lozano. Derechos registrados.
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CENA DE MASCARAS
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Los cortejantes vienen y van por el bosque de
vidrio de sus vanidades. ¿Qué verdad puede estar debajo de las
plumas y los géneros bestiales de un niño disfrazado de San José
de Cupertino? Con la tormenta, fosforecen los cortejantes.
Despavoridos, huyen de esa ilusión que da siempre la lluvia.
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Moran alrededor del rayo con sus bocas cosidas. Moro en
una estatua que me deshabita -vanamente- como al seco árbol
maldecido por el dios encarnado. Hágase tu voluntad en los
candiles de terrible esplendor; encántame la gracia de aquel
fuego azul sobre las torpes cabezas.
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Nada oprime tanto como un zaguán de desesperación
repleto de objetos minúsculos. Veo el marfil enhiesto, tatuado
de las bocas futuras. Nadie se resigna a permanencia o se
arrebata frente al poliedro de la noche final. ¿Son ingenuos los
desechos, estos restos de cera? ¿Quién se adueña del humo que
aparta y transforma las sustancias?
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Da vueltas la ronda de peregrinos hasta desvanecer el
último reflejo en las persianas. Ayer, rugía el animal de presa
entre las felpas vampiras del carruaje. Dejaba su simiente.
¡Trapos veladores, impasibles, inútilmente exquisitos,
desfondados!
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Iba mi corazón latiendo por el hielo.
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©Manuel Lozano
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París, Place des Vosges, octubre de 2003
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* Este texto pertenece al libro "La Noche Desnuda de Rostro
Ciego", de Manuel Lozano. Derechos registrados.
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