Manuel Lozano


fotografía © Picasso_Girl with a Mandolin The Museum of Modern Art, New York

Antología tercera

 
 
ALTAR ILUMINADO EN PIEDRA POR LA MUERTE DE ADAN
 
 
 
                Pero nosotros hablamos de verdad, persuadidos por la distancia  entre el ruego y la unción de aquellos desterrados falsificando vocablos en los bordes de una piel de culebras.
 
 
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              Me ofrecías el cáliz como un sudario del vértigos hasta donde no pueden mis cenizas. Noche absintia, nunca acoraza el hambre aleteando en tus baldíos.
 
 
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           El devorante se llenaba de escamas, ¿era un fulgor, una garra de cuervo, una muñeca dormida con huesos de colibrí, o apenas una marea de hongos sobre la dispersión de la carne, aquéllo que me restituía al aliento de muerte del principio?
 
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             Entrañas de misericordia has de pagar al silencio más blanco, aunque no escuchen tu plegaria. Las pupilas sobrehumanas me aduermen  en esta espuma entrabierta.
 
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              Acércame a esa cabeza de desechos, estállame en la lascivia, hospédame en la casa que huye hacia el desierto.  ¿Y miras y das las gracias por los siglos de los siglos? ¿Y qué viniste a hacer con tu fiebre en el relámpago?
 
 
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               Te cercarán los mastines de la escarcha. Por un tiempo obstinado de congojas, no abrirás la puerta del que llora en las calientes cenizas de su vejez.
 
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               Porque lo lúgubre es lánguido y retrocede en las salpicaduras de  de esta tumba. ¿Qué perdida majestad imprimes a la ceremonia, así cuando caes y caes entre las nervaduras indecisas de una hoja de aromo? La espuma labra un camino de hierro.
 
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                Risas que elegiste, crujientes, como si traspasaran el escalofrío del instante en que ninguna anunciación ya te es posible, como si traspasaran el calco de tu agonía  en la agonía de tu especie.
 
 
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                Escarbar conmigo la gasa perversa que confunde los sellos. ¡Esperar el sacrificio con el bienaventurado xilofón de los mártires!
 
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                Nunca volviste los ojos a su umbral. Se te permite sólo imaginarlo en incontables versiones rotas, musical y encarnado en su red de telarañas.
 
©Manuel Lozano
París, septiembre de 2003
* Este texto pertenece al libro "La Noche Desnuda de Rostro Ciego", de Manuel Lozano. Derechos registrados.
 
 
 
  
CENA DE MASCARAS
 
 
         Los cortejantes vienen y van por el bosque de vidrio de sus vanidades. ¿Qué verdad puede estar debajo de las plumas y los géneros bestiales de un niño disfrazado de San José de Cupertino? Con la tormenta, fosforecen los cortejantes. Despavoridos, huyen de esa ilusión que da siempre la lluvia.
 
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         Moran alrededor del rayo con sus bocas cosidas. Moro en una estatua que me deshabita -vanamente- como al seco árbol maldecido por el dios encarnado. Hágase tu voluntad en los candiles de terrible esplendor; encántame la gracia de aquel fuego azul sobre las torpes cabezas.
 
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         Nada oprime tanto como un zaguán de desesperación repleto de objetos minúsculos. Veo el marfil enhiesto, tatuado de las bocas futuras. Nadie se resigna a permanencia o se arrebata frente al poliedro de la noche final. ¿Son ingenuos los desechos, estos restos de cera? ¿Quién se adueña del humo que aparta y transforma las sustancias?
 
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         Da vueltas la ronda de peregrinos hasta desvanecer el último reflejo en las persianas. Ayer, rugía el animal de presa entre las felpas vampiras del carruaje. Dejaba su simiente. ¡Trapos veladores, impasibles, inútilmente exquisitos, desfondados!
 
 
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         Iba mi corazón latiendo por el hielo.
 
 
©Manuel Lozano
París, Place des Vosges, octubre de 2003
* Este texto pertenece al libro "La Noche Desnuda de Rostro Ciego", de Manuel Lozano. Derechos registrados.
 
 
 

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