Manuel Lozano

 

 

 

Antología primera
 

(Los textos que siguen a continuación han sido tomados de los libros: Mansión Artaud, La Noche Desnuda de Rostros Ciego y La Rueca Dorada, bajo la responsabilidad de André Cruchaga, con la correspondiente autorización del autor)

 

Todo animal nocturno
                                        Y dijo al varón vestido de lino, que
                                estaba sobre las aguas del río: ¿Cuándo
                                será el fin de estas maravillas?
                                                            DANIEL, 12:6
 
                                               in memoriam Walter G. Weyland
 
Han excavado de repente en el dolor y no es posible,
la semilla ha crecido hasta la tarde
de cuanto era en el mundo.
¿Con qué fulgurante esplendor fue abierta la entrada
al templo cuyo pórtico entreviste?
Angel con espada de azucenas,
álzate del vértigo y ayuda al que tiembla con su voz en esta puerta.
No llores sobre esta red inconclusa, sustentada en humo
por un tiempo, y tiempos, y la mitad de un tiempo.
¿A qué cauce de cenizas arrojarás la herida de este hombre?
¿Qué cortejo increíble ocultará la pérdida?
Se sustituyen las máscaras de piedra, de desechar y de oro,
de cansada carne escuchando el llamado.
En la memoria del día duelen tanto los viajes al prodigio.
Ya no arrastres tu piel en la lenta fiesta del espejo.
El vallado se deshace y evidencias la desbordada, brillante
fortaleza de tu revelación.
La Rueda huye hacia otro llanto.
Una fotografía es un vidrio gastado como un muelle.
Debajo del sol (de un sol de escalofrío)
nos comen las langostas, trabajan sanguinarias
el despavorido corazón de los vivientes.
¿Cómo reconocerme en el antes si mañana despierto?
Ya no más.
Que no se les conceda vida a esas escorias.
¿Y quién terminará con su mal sobre esta superficie?
Oye las palabras del que queda.
Aunque el desierto se callara con gotas de sangre,
él cantaría.
New York, mayo de 1995
 
 
Ars poética
 
Quemarme con las criaturas de la arena
                                 /de sangre de su manto.
El viajero vuela sobre el bosque.
Habíamos despertado las puertas nocturas.
La Habana, 2-I-2002
 
 
La danza
 
Paréceme una cueva donde guardar los hilos
que estallarían el aceite y la saliva
extendidos como sudarios por el júbilo negro.
Me río en la albura de esta profanación:
¿Son manicomios los que ríen
por mi perdida sangre, por tu perdida
                                       /osamenta,
por el tejido de llagas?
Entre ellos va cayendo una mansión.
El germen vela a la hija más fría
de Xangó con su perro entre los pastizales.
¿Ante qué liquen era el milagro
de tu muerte hundida por un tigre que vuela?
La sed pregunta por la herida,
discurre en percepciones de rocas
de un planeta exhalado para el amor,
para otros altares.
No hay víctimas sin red,
ni lajas sepulcrales sin declives.
El soplo desnudo es un caballo.
Paréceme trepar como gramilla lejana,
tal vez humo.
Trinidad (Cuba), 15-I-2002

 

Aquel Robert Browning saliendo de la hierba

Viento que has gastado el sol con tu secreta lámpara, apenas
el asco por el mundo
y ni siquiera el albor como un insuperable ramo de prodigios
que desde la pesadilla no llega.
Vengo a ti cuando soy nadie.
¿Cómo estará tu canción resplandeciente entre carbones fríos?
No se destruiría el espanto con esta posesión.
El viviente reclama agua arrastrándose en un cuarto de hotel
lleno de libros y de sombra caníbal, mis testigos.
Es insostenible tu amor reclinado para siempre entre los muertos,
el curvado rostro derritiéndose en su hoguera,
agravado quizás en la pasión sin sosiego de los días.
Has vuelto a arrojar sombra donde hubo tinieblas,
a quemarme el corazón con esta sangre.
¿Qué carne, vieja criada de las telarañas, riendo a solas?
No hay terrazas para ver la tempestad.
No hay pleamares, furiosas danzas de escarnio.
No hay impaciencia de fruto en este infierno.
So is the murder managed, sin conceived
to the full: and why not crowned with triumph too?
Why must the sin, conceived thus, bring forth death?
Vengo a ti cuando soy nadie.
Señor inacabado en el hambre, acógeme.

 

Advocación sobre la figura de Jano

¿Qué ficción espúrea llega a esta casa?
Enciende lo inconcluso.
Es la voz de un crimen que se pasea
entre los aserraderos verdugos de mi profanación.
Bajaré al subsuelo.
Huesos atrapados donde no estuve,
cautelosa gangrena de los mártires,
levemente cubrirían un mantel de cenizas.
Pero las cáscaras de la memoria iluminan el jardín.
Semejan una morada que no corrigen mis pasos
expuestos a la depredación de la dicha,
cueva laberinto entre la muerte y su sentencia.
Hablé contra la acacia de las apariciones.
Manchas de aceite trae mi atavío.
¿Qué retorno ha de ser un inicio?
¿Dónde la teurgia del fuego?
¿Cuántas piedras tapian desde siglos tu salida,
Orestes o Lázaro, Medea o Apolonio a sobresaltos
cumpliendo el luto ardiente del destino,
espiando por las rendijas cada cuerpo
en el fondo del plato?
Contigo las palabras se bautizan con humo.
Son dos puertas y un cetro los guardianes,
pero no debes entrar.
Ha llegado el solsticio.
Principia la fiesta.
Que el herrero sea envuelto en relámpagos.

 

Comienzo de la lluvia en Harlem

But I have that within me that shall tire
Torture and Time, and breathe when I expire.
Lady Byron

Para Cecill Villar

¿Y dónde se escondía el lóbrego sol de las derrotas?
La fábula urde en los muros la plegaria,
reconoce al visitante deformado en atavíos de sangre
y con monedas de bronce siempre indemnes por la ausencia.
El maderamen está listo.
No insistas con el decorado de los frágiles.
Parezco caer junto a estos muelles
donde yacen las lágrimas de Adán y su heredero.
Me congelas en el cuerpo de prometida arcilla.
Las caravanas llegan al festín.
Borradores del relámpago, siervos de una antigua potestad,
sellarán con  luto  la habitada mordedura de tu especie negra.
Nadie puede abrir -ni siquiera rasgar- la feroz tapicería
de mi duelo milenario con el agua.
En esta playa se desnudan los lobos.
La cicatriz amargará hasta la náusea lila
los colmillos de su máscara de iniciación.
Ya era tarde cuando me amamantaron.
¡Piedad!
¿Alcanzas la húmeda carne de tus hijos
como filo imborrable de navajas?
¡Despréndeme, atestíguame por la transubstanciación         
de aquel reino sepultado!
¿No era atroz el amor en esas caras que ya han visto
el infierno desde el fósil de mi soledad?
En la humareda fui el primer huésped.
Ensimismado o errátil, se quiebra el sudario debajo de mi efigie.

 Llueven sudarios en esta rajadura donde tiemblas huida,
donde guardan los restos de otro viaje encantado.
¿Qué  nocturna Medea en esta anunciación de peligrosa alabanza?
¿Quién sobrevive a su paso por los tibios jardines?
Canta el niño ciego su dolor de pronunciarse
allí donde los ríos y el mar recogen vidrios de mi historia.
Inevitable este renunciamiento consagrado a un  golpe de tinieblas.
Debajo de la piel, los huesos cantan.
Los huesos me ven.
¿Y hay catecismos de pavor que detengan a los desolladores?
La tribu arrastra los tentáculos del brujo.
Lloré hasta la lejanía del miserable en el umbral de una iglesia;
lloré hasta vaciarme los ojos en las islas del  hambre y de la peste.
¡Bienvenidas memorias de tu transparencia en Orión!
Les di de beber el deseo y también la impostura
del disfraz más hermoso de este mundo.
Cada huella es un tajo de abismo, les repites.
Alrededor del camino sólo encuentras ataúdes
cubiertos por guijarros.
El emigrante perderá los vestigios de su recién nacida.
La anamorfosis del retrato inundará la hierba.
Yo he buscado la entrada, cumbre de los sortilegios.
He comprendido.
¿Por qué no cesa este llanto contagioso en las ventanas?
La letanía multiplicará mi silencio.
¿Y por qué no sube hasta aquí donde me nazco esfinge?
Mirada de trasluz. Hoy es la noche.

 

De un mendigo en Washington Square

...Y viendo el humo de su incendio, dieron voces ,
diciendo: ¿Qué ciudad era semejante a esta gran ciudad?
Apocalipsis, 18:18

Habría mirado las bóvedas multiplicándose
en alargadas filas contra la lluvia.
¿Cuál es el arroz, cuál ese conejo alado de Cimabue,
dónde está el yeso que trajeron de Umbría las intercesoras,
aquellas madres primeras de mi especie?
Era una mesa blanca, casi traslúcida,
vestida para la exageración y el desprecio.
Podría ser nebuloso patíbulo,
aunque nunca tablón ritual de aniversarios.
Un opulento pasajero enciende las lámparas.
Los comensales -mis hermanos- han muerto ya.
El arco solar se ha derribado.
¿Qué carpintería nómade para esta bacanal de Narciso?
¿No miras sumergirse la casa? -pregunta la figura-.
Del robo de las pieles nace el vuelo.
Y así empieza la historia.
El musgo ofrece un ácido perfume
a patio de destierro, a caireles dispersos
entre los matorrales donde juega el niño del triciclo rojo.
(Ahora reconstruye risas en mitad de su cráneo.)
¿Era la distancia de la diferencia?
¿Los harapos de la más cruel cercanía?
¿O la abisal condición para destituir a su rey,
el valimiento de un iluso crucificándose?
Rotan las cláusulas.
Se instalan en éxtasis de Pound todos los enunciados.
Pensó en la cabeza comida por insectos de su padre,
en el jugo incalculable, ahora seco,
rondando entre los dientes del pequeño difunto.
Fuiste un agujero, la grieta de mi corazón - afirma la figura-.
No habla.

Aun antes de acostarse del lado del vacío, gesticula.
(Un llamado de hidra ha regresado a la cueva.)
Brevísimo, respiran todavía sus membranas.
Nada es legendario en la dársena sacrílega.
¿En qué madejas del segundo tiempo merodeará
esta geometría del verdugo?
Va adentrándose en la palabra carente:
palabra sin inicial; juzgamiento de vigilia.
Grazna y husmea.
Que no suplique ayuda con un arpón en la boca.
Se abrieron las sienes de mi escalofrío.
Cavidades lechosas donde hubo un pasado,
¿por qué duermen así, junto a la espuma?
Son los habituales.
Son los faústicos delatores.
Son los imaginados.
Son los que agitan la lepra bajo pieles fastuosas.
¿Retornarían desde un mísero exilio?
Muerdes madera en el poema, invención extremada.
Fermentan las hojas.
Desciendo los escalones y aspiro en cuclillas
el temible torbellino de la idolatría.
Es el ruinoso chacal de esta profanación.
Lanza increíbles objetos.
Al reflejarse en el revés de un espejo de bronce
-mira paciente, hiberna con traidores-,
dibuja la espantosa raíz del simulacro.

 
 
Representación  del último e innominado
 
 
Ha dicho:
-Hijo, un animal demasiado
solitario se come a sí mismo.
Sara Gallardo, Eisejuaz
 
A Antonia Lloret Hernández
  
Sigue al que camina tras la herida.
Observa al que camina con las manos oscuras.
Sobre su propia boca un corazón
nacido para ser destrozado con jirones de escarcha,
pronunciado ante el lince de la misericordia,
dice el amor.
¿No era espléndido el castigo en ese incendio?
 
 Horus de los dos horizontes,
Har-em-akhet al borde de un precipicio,
Señor de la roja Athribis,
Har-hekenu con tu enigma rojo
en cuevas de la araña,
Resplandeciente sin orillas,
Reminiscencia del sol ciego,
Sumergido entre las plumas de Orión,
Envuelto en la piel quieta de Su Rostro,
bienvenido a esta tierra.
  
El cráneo de tu hambre
diviniza la mansión que fulgura.
Madrid, 14-IX/Granada,
24-IX-2001
 
 
 
 
Albaycín en blanco y ocre
 
 No hay cosa oculta en los cielos y en
      la tierra que no esté inscrita en el libro
      de la evidencia.
 Corán, Sura XXVII, 77
 
 A Daniel Rodríguez Moya
 
Abismos sin vigías que el mar me devuelve.
Es la cara desierta del ahogo.
¿Por qué no abrirme hasta el sueño,
antiguo en mitades herido
y en mitades recobrado?
En estos pobres reflejos
sube la amargura como un talismán
que otros han perdido para siempre.
Acaso la agonía tampoco nos salve
de las sombras y el diluvio.
Estas calles me arrastran,
descalza brisa para el sacrificio.
Estas calles te engendran y me usurpan.
Los rituales son memorias sin flores.
Blandamente,
¿hay un jardín debajo de la infamia?
¿Pero qué fuego nombrarás
debajo de estas piedras?
¿Y qué río de arañas
lamen con pena esta cueva insensata?
Bebo sangre de mis encías
de trébol labrado por la desaparición.
Sumerjo el rayo de tu historia
con el castigo de otra voz
en la voz de los muertos.
Despiadada esta ley, este hervidero
de amor en la intemperie.
Entonces roen mi señal de nacimiento,
alumbran las tijeras del luto más alto
cuando te deshabitas.
Golpearás contra los trozos que te quedan,
contra las ranuras de obediencia,
contra las leves sustancias
de tu cuerpo en el plato feroz.
¡Incrustarás el latido!
Las jaurías se unen
pero vuelves aquí, mutilado,
llorando mi tristeza
en un rincón de Granada.
 Granada
25-26/IX-2001
 
 
 
Zahorí
 
A Horacio Rébora
 
Te desgarran, sol rojo, hasta el hartazgo.
 
El águila le comía las vísceras.
 
¿En qué estambres fijas el vértigo baldío
como una leyenda, como un doble panal,
apenas como viento? 
Arrópame al destejerme. 
 
Huesos para saltar la luz
surgiendo entre las tumbas.
 
¿De acuerdo, entonces, con la herida
que corta la palabra?
 
Cuerpo encendido en el temblor.
¿Adónde tu transparencia?
Plantaciones y catacumbas guardianas.
Sucede desde el principio.
Granada,
23/IX/2001
 
 
 
 
Vigilia de los estigmas
 
Pájaro de ceniza que sobrevuela
donde es máscara
la pérdida del cuerpo.
¿De qué intercesoras
ocultarías esa luz, la tigra
de la sed persistiendo en aquelarres?
Altas hierbas
formarían un ataúd con la máscara.
En las esferas de la nada
no hubo nunca un lugar para el naúfrago.
Zurces  basurales con tu sombra.
Subes y subes hasta entrar.
Madrid, 18/19-IX-2001
 
 
 
Mujer en trance por la huida de las estrellas fugaces
 (Miró, 1969)
 
Desnuda música en el resplandor de los cráneos.
Las dunas huyen entre carcajadas.
Robo legumbres de mi impostura.
¿Cómo sería la aurora
de los amortajados bajo el viento?
La sangre es la pocilga de esta soledad.
Los caparazones fijan en la piel
otros tatuajes.
¿Cómo sería la aurora
de los amortajados?
¿Cómo sería mi  amortajado
bajo el viento?
Alveolos que caen,
criatura durmiente,
la reina exhuma vidrios
del carro de la sed.
¿Cómo palpitar
sin calcinarse en la lluvia?
Segovia, 15-IX-2001

  

Construcción alegórica sobre el vientre de la araña
 
 
La araña que atrapas con la mano,
Y está en palacios de rey.
Proverbios, XXX, 28
 
Me arrojan a paredes, me sumergen, me sepultan
donde nunca he de estar,
allí mismo donde irrumpen las crueles dinastías
                               /de fantasmas,
el deseo y sus aves de marfil.
Éramos el tiempo de la dicha.
La luz languidecía entre las arpilleras
y los objetos carnívoros y los estibadores.
Mi brazo arranca piedras de tu sexo.
El tacto diminuto sube por las pieles
hasta hacer del amor la grandiosa impostura.
¿Quién, pero quién arroja el saldo
de tu desesperante errar por la noche?
¿Por qué no confiesan el asco de volver
con un grito sobre las plumas de mi carne,
la soledumbre, las babas, el temblor?
Serán membranas revelándose
ante una cueva de forajidos, tatuados
en las cámaras del odio.
Hoy se extinguen los silenciadores.
Bajo cualquier mutación, entreabierto,
se retuerce un latido, desvaría,
como la puerta avara en los ojos
                               /de una loca.
Está crucificándose este gesto
sobre el pedernal desollado
en que colocan tu cadáver.
Hazme una señal.
Repliégame entre los alcatraces
para despedazarme de a poco.
¡Mamparas anómalas del hambre,
pezones cortados en la guerra!
Te recogerían, lo sé, aquellos súbditos
con sus sacos de lluvia
como al dios de la leyenda,
o tal vez como a Lázaro en el alba
                               /del terror.
Espumarajos salen de esta boca.
Incrústame, coagúlame
en el ruinoso zaguán de los exilios.
¿Toda plegaria es un perverso guijarro
contra la pasión y la fuga?
La vagabunda tiene el cuerpo
                               /de los profanados.
¿Han de envolverla, al fin
con las fisuras de mi transparencia?
¿Cómo un quejido entre las risas?
Curtida en el sordo ronquido
                               /de la emboscada,
invadida por tenues mareas
                               /de otro adiós,
escupe el veneno hasta nosotros.
París, 18-X-2001
 
 
 
 
En el óvalo claro
 (Kandinsky, 1925)
                                        
El viejo animal se revuelca en los charcos.
La lluvia trae historias de ahogados
y no hay, no habrá testigos.
¿Con qué pelaje aguardo el alba
                        /de mis noches?
¿En qué lindes seré intruso
                       /de un carnaval de piojos?
Farfullan los huéspedes.
Cantas con los escombros
para adormecer la navaja.
Díganme ahora si el disfraz
preside las sesiones.
París, 22-X-2001
 
 
 
 
ARRANCADA EN LOS JARDINES DE SCHOUBRACH

 
...una rosa arrancada en los jardines
de Schoubrach.
Nerval, Aurelie

 

Música de altas ciudades

Telas sobre la prohibición, sobre la lucidez./¿Por qué interrumpen cuando la voz se suelta?/Siempre la multitud uniría el grito a la danza. ¡Qué delicioso comprender la vejez de tus mayores casi junto al sepulcro!/Cuando soy yo el que alarga su sombra, esta sombra, las guirnaldas del pozo enervan determinados recovecos donde desaparecer./Las raíces regresan para incrustarse en el marfil de las premoniciones: ¿será blanco ese umbral?/¿Habrá agujeros cayéndose al mismo tiempo que los cuerpos? ¿Encontrarás arcoiris para profanar tu olvido?/La madriguera -al instante- es un caleidoscopio./Y es el color de los despojos quien rearma la figura entre los intersticios./Y es así como se abren los sellos en medio del relámpago, a fin de saber la bendición cuando arrojas las llaves a la tierra.

París, 25-X-2001

 

Se levanta con despojos
 
Hay restos de la fiesta, monedas caídas:
el corazón trasvasado por todas
                     /sus edades
y la cruel raíz que no se nombra.
Nadie apresura el sustento
ni alza un desconfiado cuchillo
por el rostro espía de la vagabunda.
Giran los astros sobre las ciudades.
Los hocicos husmean.
El marfil amarillo de estos cráneos
llena el foso de quien creyó
                     /y del réprobo.
Así el perverso y el rico
nadan en un mar insaciable.
Así las vendas que elegiste.
Así el aceite de las premoniciones.
Así los hierros.
Así el joyel y la misericordia.
¿Quién sacia  su herida
con el cristo de barro
manando leche y sangre,
apenas extranjero
                     /ante sus dádivas?
¿Qué reclama el vapor
de estas máquinas de hastío?
¿Vomitarás la multiplicada ración?
Alábate por lo que no serás,
hambrienta luz.
París, 27-X-2001

 

 

Genealogía de crímenes espléndidos

Nada me asusta más que la falsa serenidad
De un rostro que duerme...

Jean Cocteau, Plain-Chant

No el regreso de un porvenir abandonado
sin sosiego en los lechos terrestres.
No el verano con un palpable resplandor entre invasores,
y otra herida creciendo como lenta enredadera
en la piel del delirio.
No el pequeño cadáver de mi infancia
flotando (con su boca abierta) en la inmensa laguna.
No el arcángel quemado, entre las maquinaciones del espanto
y la obstinada majestad del ruego.
No las elementales maravillas del amor en la hierba.
No la profanada canción, la hoguera luminosa.
No los párpados fatídicos que devoran y resisten
la desesperación de los otros.
No el balbuceo de aquel dios en su cruz.
No la incertísima tempestad del reposo.
No las madrigueras de la piedad,
la hambrienta cueva que empolla toda angustia.
No la precariedad del ojo en la distancia.
No verdades habitables bajo el musgo de sospechas,
ajenas a mi carne y al olor diferente.
No el alarido devastado.
No las mansiones de razón: su más pura palabra.
No un laberinto de alacranes en cautiverio.
No el letárgico aroma de mis muertos mendigos.
No las hembras de chacal junto al sudario.
No este archipiélago hundido en mi memoria.
No la implacable codicia del vicario.
No la torpe desnudez entre las piedras,
aquélla que no cava el deseo.
No quien se inclina ante las jaulas
y duerme según la herrumbre de cuerpos mutilados.
No el que nunca oyó a los ojos.
No el visible matorral; siempre el oculto.
No la fiebre que no sana.
No el perverso matarife en este país de brumas.
No la boca sin cesar del desterrado.
No el estremecido inquisidor de los huesos
Golpea la puerta.
¿Quién permanece en el desierto heroico
con las manos calientes?
¿Por qué fui hijastro y huésped del infierno?

Te hablo con la sangre deshecha de los hombres.

 BAHIA DE TODOS LOS SANTOS, enero de 2000

 

Hombre que ve la mañana

Les hommes sont tous condamnés a mort avec des surcis indéfinis, habría escrito él con la inconsistencia del día, solamente él, aunque ninguno lo acompañara en la visión suprema donde los instantes se superponen inextricablemente (luego de eludirse con furia) hasta delatar los rasgos laterales de la palabra:

una palabra es un rostro,
un rostro ciego.
(Todos los forasteros llegarían portando un ala,
semejante extensión en medio del milagro
ya nos era posible.)
Ni limitada, ni idéntica a sí misma, ni uncida
a la luz rota de las tumbas,
ella llega.
Naciste con la pregunta que torna en oro
el estiércol, la tierra y su cadáver.
Sin embargo, avanza la carnicería

Quise entrar en aquellos jardines. Nadie con el cuerpo abandonado y próspero de ausencia vedaba la entrada. ¿Qué entrada? ¿Entrada para salir, entrar, o siquiera hundirse entre sus olas? Porque mi jardín tiene las olas de la más alta marea. -Prepárense -repetía- en el subsuelo encontrarán los desechos

Este niño juega con desechos
para explicar su cueva:
blancas sandalias de inservible estupor,
vocación de reconocerse en serafines
barro por detrás,
por delante el barro de una estirpe
grabada en pozos y daguerrotipos.

¿Hubo un salvaje en el fin de esta historia, otra historia para relatar a las nubes? Fuga hacia el vacío, grados de erotismo inauditos en su sintaxis, el viento conturbado ladra. ¿Qué otra cosa es la palabra cuando desaparece en el viento y entonces ladra, ladra? ¿Con cuál masilla te descascaras los dedos, la boca atada, el sueño de todo hombre: su felicidad? Antes pensabas en el cuerpo como en el gran continente expulsándote, al fin, de los infiernos prometidos. Pero las nubes prometen; sólo prometen la verdad de las nubes. Arrecia la tempestad.

En tu cerebro añaden una casa.
Desfilan los predicadores
entre sus pasadizos que son cárceles.
Una casa, el escenario donde narrarme
muerte más vida más muerte
más muerte menos vida a esta muerte,
asombrada vida,
terca vida testigo del diluvio.

Si creyese en cada nacimiento, me moriría. Acabas de entrar y aúllas, desplumado colibrí del abismo, de la mañana. Ya fue sabido de antemano: el hombre veía la mañana. Vio la mañana como una esfinge. Desenfrenadamente la vio.

 

Infiernos privados para el monstruo

Y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos...

Marcos, 9:3

Prisiones se cierran a tu paso.
De mimbre rojo son los dedos del malabarista.
Vastas progenies me cercan.
¿No se reflejan suntuosas las entretelas del crimen?
Himnos de Adán negro suben desde los ojos.
La cabeza es de hierro, moribundo amarillo
hasta la cercanía.
Un diminuto sol cae sobre el desierto blanco.
Así, el niño inscribe fisura y permanencia.
¿Cuál será el lujo de abandono en este Paraíso?
Turmalina y topacio y luego este oleaje.
Has abierto las puertas de lino.
Muelles donde dibujas la sed.

 Roma, Catacumbas de San Calixto, 9-X-1999

 

 

Nacimiento de las leves criaturas

Nevertheless, I dislike
The way the ants crawl
In and out of my shadow

Wallace Stevens, Six significant landcapes

Preludio

 

I

Presérvate de la peste,
son antiguas sus destilaciones alrededor de las mágicas raíces,
y acaso nadie la contenga después.
¿Ya escupiste sobre sus ojos?
El resplandor corrompe el luto de estas dinastías
hasta donde no llegan infancia ni memoria.
El astrolabio calla su tela de diamantes.
¿Pusiste las manos en otra cara llena de moscas?
¿Estabas dormido?
Has convocado el hervor yacente de un foso
al filo de la certidumbre
con trapos diminutos de la fiesta.
¿Le preguntaste si veía el infierno?
Cuando los dueños se reclinan como lluvias,
abres la jaula que habitó la criatura,
objeto letárgico arrancado de golpe
a la leche incrustada desde lo alto.
Anuncio un inmigrante
en la genealogía de los reyes antiguos.
Un inmigrante es una esfinge.
¿Qué gusano extiende el gozo, se prepara al letargo
de los cartílagos de muerte en el plato de Adán?
¿Y por qué continúas con tus espléndidos ropajes
siempre detrás de los árboles del vértigo,
oyendo el eco de paredes sepultadas
y la ausente migración del cinabrio?
Fueron las saturnalias, enloquecidas tentaciones,
más firmes que la navaja sonámbula o el sol del eremita,
quienes me convocaron al ascenso.
Balaustradas de mármol quedan en mi cueva,
rastros que zumban en suspenso, que interrogan.
Enardecen las puertas.
Clausuran las salidas.
Llenan los huecos de aguijones.
A veces cimbra en la piel el oro del falsario.
Me pregunto quién tiñe de lenta aprensión los juguetes lapidándose
sólo a la distancia, lo que alumbra reliquias y sollozos?
Esta usura de las brasas me desuella.
La sangre se prueba con la sangre, has escrito.
¿Es la hendidura nocturna tu pasado
en la estría más ebria del color de las valvas?
En este atrio descifrarás los indicios.
Como en el tiempo de los sobrevivientes,
una mujer recorre su casa hasta el polvo del derrumbe
sin salir de este umbral entreabierto en que naces
para advertir a los perseguidores la ley de un nuevo imperio.
Delator, vítreo, imantado,
llega el monstruo a unir desde su soledad
la misma soledad de todo,
a desenhebrar (escombro por escombro) los últimos vestigios
 /de la historia inocente.
Cuando oyeres su voz, ¿escogerías al innombrable?
Se trata de resucitar el feroz oleaje de una aparición.
Los claustros fueron sumergidos.
Todavía hay cortezas, astillas, restos que escarban
la duración del muro en la palabra.
¿Arde el bosque cuando me abandonan?
Arde una ilimitada pupila en el escalofrío de mis hijos.
Un fénix resucita en Heliópolis.
Garza con larga cresta (nacida de ti mismo en los desiertos de Arabia,
rayo elevado desde el altar natural de un sicomoro,
nunca te sobornan el futuro voraz ni el cuerpo adolescente.
Mutarías el helecho abandonado, los siete escorpiones de Isis,
Nesret, la flamígera, con cetro y corona en nuestras tiendas,
el hormiguero sobre el rostro difunto.
Crespones del amanecer.
Ranuras donde bendecir el paso del amor,
su costado y su fusilamiento.

 

II

¿Pero he de contar sólo con palabras (resistente extrañeza)
 mi viaje por el fuego,
la trama que no he visto en la hojarasca?
Las incontables, marginales edades vienen hacia él.
No debo llorar sobre mis miembros desunidos,
tampoco reemplazarlos.
Limosa ficción, evaporan mis huesos.
Ya no exalto tu raza primigenia, tu aliento milenario,
el feroz acertijo debajo de los hierros.
Es cóncava y helada la habitación en que vives,
y vista desde arriba se dispersa en humo rojo.
¿Cómo llegaste a esa esfinge asombrada de perderte?
¿Por qué espiabas el nido de abubilla en el roble sagrado?
¿Dónde engarzaste el horror
del agua celeste corriendo por las tumbas?
Tantas preguntas frente al muro.
La criatura empuña su cuchillo,
pero no hay ciegos aquí que proclamen la pérdida oscura,
que comercien con apariciones hambrientas o beatíficas
sobre el altar de tus restos la sustancia.
Continúa la epopeya en las viejas hilanderías.

 

III

Pertenencias de la siempre duración,
escaleras abajo.
Veías las piedras candentes, las túnicas blancas,
la blanca cabeza coronada,
la víspera blanca reteniéndose entre las plumas del colibrí.
Sin embargo estabas inmóvil,
lastimada entre las circunvoluciones de la muerte.
Ramas de nardo vacilan junto al túmulo.
A eso hemos llegado, y es todo

 

IV

Pasó el cortejo como el cauce erizado de un río junto al peregrino. ¡Y por qué sale el musgo que no nombras de su boca marchita! ¡Y por qué la sombra en las ventanas, más envolvente y heroína que el viento golpeando contra el rumor de la profanación! Velante, agraviada por la desobediencia, con el aroma desconocido del mar, sus pies abandonan el invierno de las grandes ciudades.

Ya nunca esperes con tu desnudez ni puedas decirme el himno que fulmina con tristeza. Con otra mirada, háblame desde la fragilidad de las calas infantiles, desde el aroma invisible de una obscena dalia cortante. ¿Qué carne de esfinge se encarnó entre nosotros? Disueltas las moradas del día sobre los cuerpos. Cortadas las mordeduras. ¿Qué inválido dios, qué comediante es este intruso?

Desde mi nacimiento fui el espectador de las sombras chinescas. Sé que hubieron forasteros como tripulaciones de gritos en lámparas artificiales. Se introdujeron por olvido en el error erizado de una lágrima. Ahora me escoltan.
Gritos, tripulaciones de gritos bajo el vapor de las bujías y el que invoca. ¿Defenderán a sus sirvientes con medios tan mecánicos? ¿Conservarían las escamas ante el paso del sol negro?

Allí estaban mis siglos. Aún no marchitados por el óxido elemental de la añoranza, distintos y una, letanías para nadie en la memoria de la pérdida.

 

V

Almácigos de un cruel pronunciamiento.
¿Cómo es posible abandonarse hasta aquí,
aun a costa de perder la vigilia y sus metamorfosis?
Los mataderos exhalan el vaho.
Algunas veces te decían en sueños:
"Has nacido demasiado.
Has muerto demasiado en otras bocas".

Otras murmuraban:
"Sé fiel hasta el horror.
Sé fiel hasta el fósil.
Sé fiel hasta el acaso."

La gran noche abrió su enloquecida distancia
antes de llegar.

 

VI

¿Quién puede decir que ha visto el mar, piadosas telarañas?

 

 

VII

¿Y por qué siempre te acompaño, de generación en generación,
más acá del fuego y del murmullo, yo, Manuel Lozano,
verdugo o luz que te comiera las vísceras
hasta la enamorada aberración del principio?
Porque una sombra se clava para siempre
y nos contempla.

Chartres, 27-IV-2001 Manuel Lozano

 

Ümraniye

Ya han comido de mi carne.
Es medianoche y sube el musgo en las paredes
con cruces tatuadas por la muerte.
Una silueta se acuesta con la sombra.
¡Fastuosa cicatriz la del harapo!
Pestilencial, veo su armadura invisible
atravesar muladares y cartílagos.
¿Adónde la libertad de los líquenes?
¿Qué edad tienen los días que mastican
la ruindad de los hombres?
Un teatro de incesto y calaveras
desentierras con la lluvia más fría.
-Vuelve a jugar-, dice el verdugo.
Pero yo he de tajar en piedra
la palabra que salva.

 

 

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