|
|
-
Fantasma.
-
-
Sabía que detrás de los
sillones
-
se escondían sus ojos
-
llenos de virajes, de
pájaros tenaces
-
alterando el sueño
entre la mueca
-
que más que movimientos
-
fueron inútiles
llamados al abrazo.
-
Las disquisiciones casi
muertas
-
plegándose a la hora en
que el tacón se queja
-
al borde de tocar
alguna otra memoria
-
en que se encierran los
puntos cardinales.
-
-
Sabía tras la puerta
encerrada
-
la única verdad sin
miedo en el reposo de su sombra
-
que viajaba en silencio
mojándose los pies
-
con angustia de
caracoles y protuberancias
-
enredados en el tronco
de la especie
-
en la estopa de los
brazos
-
con esa densidad de
humo inmóvil
-
transfigurada la boca
en manija
-
que no pudo blandir la
muerte
-
cuando el puñal de la
voz que el viento no detiene
-
hería la costumbre, la
serenidad
-
devolviéndole su
anchura de adioses
-
su máscara de espacios
apagados
-
sentado en una vaguedad
sin nombre
-
en que él mismo en su
pretexto
-
era sombra y cabello
del invierno
-
coagulado de tiempo en
los portales
-
pariendo ecos y
respiraciones
-
olvidado de buscar los
acertijos en el olor de las calles
-
-
Sabía que ya nunca
inventaría la lágrima
-
o el silente arribar de
fondos amarillos
-
para ponerle un rostro
sin dolor sobre el recuerdo
-
de sus puntas afiladas
-
considerando que el
beso
-
mustio acento en ojal
de otra escafandra
-
era una vergüenza de su
orgullo calcinado
-
casi anónimo en el
agrio de la luz que reventaba
-
aquel bombillo en el
que ya no cabían más proyectos.
-
-
De haber sabido otras
cosas por ejemplo
-
de haber sabido cómo
encontrarse
-
se hubiese arrancado el
mármol de los dedos.
- © Maria
Eugenia Caseiro
-
-
Aquí lloviendo.
-
Estoy aquí, aquí
lloviendo
-
acumulada de cajas de
cartón
-
con dibujos y letreros,
-
jorobándome la poesía
por dentro
-
con el techo de zinc en
la cabeza
-
con la lengua enredada
-
y la canción fuera de
tono,
-
con mis alas de papel
-
pegándose a esta
lluvia...
-
y me dan en la nariz
hechos un trapo
-
mis ancestros, que
ahora son ángeles
-
con ojos empedrados por
la catarata
-
condenados a la pena de
estos bolsillos rotos.
-
Estoy aquí, aquí
lloviendo
-
con el luto perpetuo
por las cosas perdidas;
-
mis palomas, mis
abejas, y mis playas...
-
abrazándome al fantasma
de la lluvia
-
gris humante en el
cojín acuchillado.
-
A mi espalda un maniquí
con la cara tapada
-
hubiera evitado el
llanto del borracho que me vio
-
hubiera evitado
-
que la mujer que peina
la calle por las noches
-
buscando sobre los
contenes la húmeda pisada
-
lanzara una moneda a la
fuente donde lluevo,
-
pero soy monólogo de
lluvia
-
y estoy aquí, aquí
lloviendo.
- © Maria
Eugenia Caseiro
-
-
-
-
-
Me niego.
-
-
He estado a punto
-
de emblanquecer como
los ángeles
-
cuando el labio con que
soplo el talco de los días
-
borraba la esfera del
reloj
-
cuerpo de pájaros que
aún me late.
-
-
He estado a punto de
salir volando
-
en el ala lenta de las
hojas
-
que espera una mano sin
nombre
-
llenando crucigramas en
la inercia,
-
sin profanar la
mansedumbre
-
retenida en la blandura
de la espalda.
-
-
Un rumor de secretos
detrás de cada puerta
-
me lleva por las calles
-
sobre pies de plegarias
-
con zapatos de viento
conmovido
-
apagando los pequeños
incendios de la tarde…
-
-
pero yo me niego
-
me niego a ser un
ángel.
- © Maria
Eugenia Caseiro
-
-
-
-
Suicidio [2]
-
-
Se preguntaba si
batiendo el aire
-
las palomas
-
bajarían a endulzar el
sueño
-
que en las playas
-
lejos de la nieve y los
tornados
-
con fondos azules,
blandos
-
cosían a punto de cruz
-
olvidando, que a sus
cuarenta ajuares
-
se les destrozaban las
rodillas
-
arrastrando pesadísimas
lunas
-
sin escudo y sin lanza
por el laberinto del escaque.
-
-
-
Llevaba firmemente,
enraizada
-
una boca que se abría
sin preguntas
-
frunciendo la tierra en
cada osario
-
exhumados caracoles que
borraron
-
lo que quedaba de cielo
-
-
-
Buscaba señales,
palabras no descubiertas
-
ponientes con gritos y
lenguas
-
florestas envueltas en
papeles pintados
-
cestos de fresas, manos
rosadas y húmedas
-
y un círculo de pécoras
danzando
-
en el morral del pecho
-
donde no cabía la barca
-
aserrada en su
espaldar, en la membrana
-
de madera hundida bajo
el nombre
-
mudo, en cicatriz
cuajado
-
por las largas olas,
por las flechas
-
perdidas que lanzaron
los que ya no estaban
-
-
-
Caminaba sus días en
otoño
-
siempre sumida en ese
otoño despeinado
-
en que su blusa, que es
su cárcel y su idioma
-
sintió el temblor de
los pechos
-
que asumen y guardan
las mareas.
-
-
-
No es el tiempo perdido
el que la asfixia
-
sino el juego de la
muerte en la ventana
-
su grito, libre al fin,
no la detiene
-
en una esquina que
antecede la borrasca.
-
Ya se amarra en el
relámpago, en un miedo
-
ya se pierde en las
ondas que hace el agua
-
pero flota, flotan sus
cabellos.
- © Maria
Eugenia Caseiro
-
-
-
-
-
Esperando la lluvia.
-
-
No eran festones
calcinados, ni salamandras, ni murciélagos
-
sino tus manos
esperando la lluvia.
-
Y la figura exprimida
varias veces se te secaba al sol
-
en un sueño en que
también se marchitaban otros sueños
-
con tantas diferencias
como granos de arroz, o como cáscaras.
-
Y con tus manos de
pájaros sueltos,
-
con tus anillos de
afilar los dedos,
-
con el torso opíparo de
volúmenes,
-
y los cabellos duros,
como diablos disecados que ahuyentaban la brisa:
-
la mirada de puñal
también se te secaba.
-
-
Te digo que no
-
no eras todavía aquel
adiós que profesabas, ni la idea imprecisa
-
que se tiende a retomar
el hilo que la puede acompañar.
-
Con los pies impasibles
al frente de todos los desdenes recordados…
-
Eras tú mismo sin tu
yo,
-
en una oscuridad casi
distinta,
-
en el punto más fiel de
la prolongación,
-
en la línea exacta
entre los dos, o los tres, o los cien que ya no eras
-
o que ya te habían
abandonado tal vez para siempre.
-
Y la sombra invisible
que ansiaba levantarte inútilmente
-
entre mis grandes ganas
de llorarte
-
se dejaba caer en tus
pies asidos a imperio de tu transpiración.
-
-
Te digo que no
-
no eran pedazos de
recuerdo, ni puentes levadizos,
-
ni siquiera esas
serpientes que alguna vez se enredaron en la partida
-
que jugamos sin
terminarnos aún las ganas de ganar la antigua apuesta;
-
eran tus pies,
zapadores sin voz,
-
los que nunca
obtuvieron el recuerdo exacto del pasaje, de la salida
-
del interminable hilo
de la planta que no deja de crecerte dentro
-
a pesar de tantas
muertes y tanto silencio
-
que alguna vez en las
casas subterráneas encontraron la vasija
-
en que las viudas
negras se escondieron en invierno.
-
-
Te digo una vez más que
no
-
que no eran raíces, ni
carajuelos encendidos,
-
ni quelonios
agujereados esculcando la arena; no,
-
eran apenas tus pies
desgajados y mudos esperpentos de arena
-
escrutando la tierra
para desenterrar los bulbos de los lirios;
-
para desplazar
escarabajos de órganos ardientes y duros
-
y templar las minas de
perdones que no habías cruzado nunca. ..
-
-
No había visto tus
muslos torcidos brillando al sol
-
pero los paseaba con la
mano herida de recorrer tus espinas
-
con el dolor de la piel
cosida al momento
-
sobre aquellas jicoteas
puntiagudas y verdes
-
que comenzaron a
salírsete del cuerpo,
-
tanteando el rastro de
las bibijaguas por las grietas
-
en que el amarillo de
la carne se dejaba descubrir
-
chorreado de sudores en
la cicatriz errante de tus cristales,
-
de aquellos cristales
tan míos que por fin trajeron de una vez el agua
-
para dejar el brillo de
tu cuerpo debajo de un árbol y hacerte aire,
-
un aire deforme,
doblado en las puntas de todos tus dedos
-
y traspasado el
recuerdo de todos tus anillos.
-
-
Un aire ceñido a la
periferia recelosa de tu oído,
-
de la masa inconforme
que miramos perderse debajo de la sombra;
-
un aire que suena en
los huesos quebrados de los grillos
-
y espanta las
confesiones de todas tus bocas para dejarse llevar
-
en la plaga de la
lengua, con los acentos que burlan la sonrisa,
-
hasta la lenta
esperanza de la lluvia.
- © Maria
Eugenia Caseiro
-
-
-
-
Retrato.
-
-
Una mujer en negro y
blanco
-
detiene el minutero
-
se cruza de brazos
-
sin alfileres
-
sin tuercas
-
no sabe llorar
-
espera
-
que todo haya terminado
-
que sus zapatos la
lleven
-
donde no hay calumnia.
- © Maria
Eugenia Caseiro
-
-
-
-
No soy yo.
-
-
Porque el mar se ha
quedado
-
putrefacto en otra
orilla,
-
yo inconforme,
-
con mis párpados
ceñidos al calor y al verde claro
-
de una isla,
-
de un fulgor,
-
estas plumas que han
crecido en mi
-
ya no me bastan.
-
-
Lloran también en mi
-
todas las castas
-
-y la ciudad de papeles
recortados-
-
para ser lo que no
quiero
-
en el destierro de mi
misma
-
en esta calma de mis
pies
-
que acampan en el nido
-
de otro mar que no me
busca.
-
-
No soy yo la que miraba
-
en el cielo,
desmembrado
-
el impudor, la
costumbre
-
no soy yo
-
la que nadaba dormida,
ciertamente
-
toda el agua
-
sin errar un solo pie
-
o un solo brazo en el
silencio
-
que me amaba
-
hasta saber de memoria
mis latidos
-
yo sus polvos y sus
marcas
-
en el ruido
-
con las cuerdas de
estos dedos que bordaban
-
los manteles sin saber
de despedidas
-
ni nostalgias.
-
-
Esa voz que ahora me
suple
-
y su sombra indefinida
en la dureza de un adiós
-
luego me canta.
-
Ha llamado inútilmente,
-
en secreto a los
fantasmas
-
de la piel que la
olvidaron.
-
-
Y la máscara,
-
que a veces me sonríe
con una risa empolvada
-
con una mueca de niña
-
con unos ojos lejanos
-
clavados en la playa
que fue suya,
-
en la calma,
-
que busca los
precipicios
-
para gritar en silencio
-
con el eco desdoblando
-
la caricia deseada;
-
de una ola,
-
de una huella,
-
en las agrias baldosas
de estos pies
-
que ayer buscaban
-
su justo lugar entre
las cosas
-
y hoy desean
conciliarse
-
con sus antiguas
pisadas.
- © Maria
Eugenia Caseiro
-
-
-
-
Súplica.
-
-
Déjenme entrar allí
-
donde pastan las
hormigas de otros cuerpos.
-
No me cierren las
puertas
-
donde muero
-
sin dolor y sin poema
-
sin reloj
-
sentada en el último
banco de mis versos.
-
-
Déjenme entrar allí
-
donde no hay bruma en
la palabra
-
donde el cuerpo
-
sienta el equilibrio de
los ojos despiertos;
-
allí, donde los muertos
-
tienen su propio
corazón latiendo.
-
-
Déjenme entrar allí
-
no me nieguen el agua
de una estrofa
-
para calmar la sed de
tantos sueños.
- © Maria
Eugenia Caseiro
-
-
-
-
Donde nadie me recuerda.
-
-
Ahora que las conchas
laten
-
como cuerpos de brisa
que no pueden penetrarse
-
no deseo llorar un
nombre ni reír palabras huecas
-
que de arrastrar
mitades
-
ya son troncos en el
agua
-
donde flotan estos
versos sin quebranto
-
llenos de rumores que
siguen la corriente
-
hasta alcanzar su tramo
de tierra colorada y perfecta
-
echando raíces de
verdes encendidos
-
que alumbran los
costados abiertos
-
en que me he vuelvo un
ojo redondo
-
rodando en la tarde sin
cauce.
-
-
Ahora que soy casi tan
grande como mis pies
-
sigo el rastro de esas
conchas
-
con la misma verdad en
los riñones
-
donde croan las ranas
que me saltan dentro
-
con la misma inocencia
en cada hueso
-
donde afloran los
lirios de todos mis dolores
-
con la única sonrisa en
la pisada
-
que enarbola tomeguines
y hojas de naranja
-
en el regio crujir de
mis tendones
-
-
Ahora que mis costillas
se ensanchan
-
con la aguja de estos
juncos en el pecho
-
ensartando collares que
hablan del apego
-
tras el biombo que
siempre ando buscando;
-
en el atrio de la noche
-
al final de la escalera
-
en el juego irrepetible
del mirar que quema…
-
y el pecíolo de los
muertos tambaleándose
-
en mi ceiba de cabellos
claros
-
y la prisa de mi nombre
gritándome dentro
-
ese grito pendular y
sabio
-
que revela el corazón
de los tejados
-
o la lluvia cayéndome
en la espera
-
del blanquísimo
fantasma de otros brazos.
-
-
Ahora que arrastro mi
gran trozo de cielo
-
con la misma firmeza
conque trato
-
de matar la burla de
mis hombros
-
en el escorzo apretado
de las sombras,
-
la suavidad se hizo
nido en otro pámpano
-
el puño de vidrio
deteniendo el golpe en cada puerta
-
me destapa los
guijarros de la voz
-
que me dictan paisajes
ya nombrados
-
en el eterno trabajo de
parir hormigas
-
despachando en mí sus
infinitos pasos.
-
-
Y la sangre de mis ojos
disfrazada de muñeco
-
remonta la calle
irrespirable
-
de minutos rebanados
-
servidos en la ruta de
estos pies
-
que no se cansan de
cruzar espejos
-
y mi rastro
-
ya nada envidia al mar
con sus botellas rotas
-
nada quiere del viento
ciego que tropieza
-
nada pide al diamante
silencioso
-
que traga crustáceos
erizados.
-
-
Ahora que soy casi tan
grande como mis pies descalzos
-
con el aluminio de
todos mis anillos rotos
-
y la luz que anida en
cada uno de mis dedos,
-
trenzo los colores del
poema
-
mientras el perro que
me lame las manos
-
desentierra lunas donde
nadie me recuerda.
- © Maria
Eugenia Caseiro
-
-
-
-
Es muy tarde.
-
-
Apaga la ciudad y deja
-
esta calle de palabras
deslucidas
-
con sus noches de
alfabetos y de moscas
-
en los tejados un gato
-
y el chasquido de las
sombras
-
que devoran los últimos
despojos
-
de las líneas que
trazamos.
-
-
Ya la luz es un
recuerdo
-
donde el claro abanico
despuntaba
-
y el aroma del jazmín
-
rueda del templo
-
de una hoja de papel.
-
-
Es muy tarde en la
ventana
-
rodeando el cielo de
mármol
-
y las sombras que
formamos
-
se comban de frío en la
pared.
- © Maria
Eugenia Caseiro
-
-
-
-
Un deseo
-
-
Un deseo de ríos y
palmeras
-
me tiembla entre los
dedos
-
enredándose
-
en la voz del tiempo
-
tan cansado
-
que va nombrando las
calles
-
donde nadie ha pasado
llorando desde entonces
-
y está en juego el
recuerdo de la piña
-
fermentándose en las
venas,
-
en mis labios que
desean el azúcar,
-
o ese tiempo del
regreso
-
al amarillo de un
girasol despierto
-
centro de fieltro
-
encrucijando tiempos.
- © Maria
Eugenia Caseiro
-
-
-
-
Como un ángel muerto.
-
-
Abre el agujero
-
enfrenta el desabrigo,
tiembla
-
el poema tiembla como
un ángel recién nacido
-
frente a los bancos
alineados que aguardan fríamente
-
Se lo lleva una
ausencia repentina
-
como de sombras, como
de miedos con rostro desnudo
-
habitando otras bocas
desprovistas de palabra y cielo.
-
El poema siente el
compromiso
-
la incertidumbre de
salir a escena
-
con la luz en los
brazos
-
con las alas abiertas
-
Un crepitar de la
palabra
-
próxima al llanto le
oprime el pecho
-
duele en cada verso
-
en el hueso endeble del
momento.
-
Con la púa clavada en
el costado
-
sin maquillar el vuelo
-
sale del vientre
-
salta
-
arriesga su sendero en
la cuerda de una hoja
-
Ya no tiembla
-
A su paso
-
piedra terrible el
silencio…
-
Como un ángel muerto
-
el poema cae como un
ángel muerto.
- © Maria
Eugenia Caseiro
|
|