María Eugenia Caseiro

 

Antología poética 1

 
 

 

 
Fantasma.
 
Sabía que detrás de los sillones
se escondían sus ojos
llenos de virajes, de pájaros tenaces
alterando el sueño entre la mueca
que más que movimientos
fueron inútiles llamados al abrazo.
Las disquisiciones casi muertas
plegándose a la hora en que el tacón se queja
al borde de tocar alguna otra memoria
en que se encierran los puntos cardinales.
 
Sabía tras la puerta encerrada
la única verdad sin miedo en el reposo de su sombra
que viajaba en silencio mojándose los pies
con angustia de caracoles y protuberancias
enredados en el tronco de la especie
en la estopa de los brazos
con esa densidad de humo inmóvil
transfigurada la boca en manija
que no pudo blandir la muerte
cuando el puñal de la voz que el viento no detiene
hería la costumbre, la serenidad
devolviéndole su anchura de adioses
su máscara de espacios apagados
sentado en una vaguedad sin nombre
en que él mismo en su pretexto
era sombra y cabello del invierno
coagulado de tiempo en los portales
pariendo ecos y respiraciones
olvidado de buscar los acertijos en el olor de las calles
 
Sabía que ya nunca inventaría la lágrima
o el silente arribar de fondos amarillos
para ponerle un rostro sin dolor sobre el recuerdo
de sus puntas afiladas
considerando que el beso
mustio acento en ojal de otra escafandra
era una vergüenza de su orgullo calcinado
casi anónimo en el agrio de la luz que reventaba
aquel bombillo en el que ya no cabían más proyectos.
 
De haber sabido otras cosas por ejemplo
de haber sabido cómo encontrarse
se hubiese arrancado el mármol de los dedos.
© Maria Eugenia Caseiro
 

 

Aquí lloviendo.
Estoy aquí, aquí lloviendo
acumulada de cajas de cartón
con dibujos y letreros,
jorobándome la poesía por dentro
con el techo de zinc en la cabeza
con la lengua enredada
y la canción fuera de tono,
con mis alas de papel
pegándose a esta lluvia...
y me dan en la nariz hechos un trapo
mis ancestros, que ahora son ángeles
con ojos empedrados por la catarata
condenados a la pena de estos bolsillos rotos.
Estoy aquí, aquí lloviendo
con el luto perpetuo por las cosas perdidas;
mis palomas, mis abejas, y mis playas...
abrazándome al fantasma de la lluvia
gris humante en el cojín acuchillado.
A mi espalda un maniquí con la cara tapada
hubiera evitado el llanto del borracho que me vio
hubiera evitado
que la mujer que peina la calle por las noches
buscando sobre los contenes la húmeda pisada
lanzara una moneda a la fuente donde lluevo,
pero soy monólogo de lluvia
y estoy aquí, aquí lloviendo.
© Maria Eugenia Caseiro
 
 
 
 
Me niego.
 
He estado a punto
de emblanquecer como los ángeles
cuando el labio con que soplo el talco de los días
borraba la esfera del reloj
cuerpo de pájaros que aún me late.
 
He estado a punto de salir volando
en el ala lenta de las hojas
que espera una mano sin nombre
llenando crucigramas en la inercia,
sin profanar la mansedumbre
retenida en la blandura de la espalda.
 
Un rumor de secretos detrás de cada puerta
me lleva por las calles
sobre pies de plegarias
con zapatos de viento conmovido
apagando los pequeños incendios de la tarde…
 
pero yo me niego
me niego a ser un ángel.
© Maria Eugenia Caseiro
 
 
 
Suicidio [2]
 
Se preguntaba si batiendo el aire
las palomas
bajarían a endulzar el sueño
que en las playas
lejos de la nieve y los tornados
con fondos azules, blandos
cosían a punto de cruz
olvidando, que a sus cuarenta ajuares
se les destrozaban las rodillas
arrastrando pesadísimas lunas
sin escudo y sin lanza por el laberinto del escaque.
 
 
Llevaba firmemente, enraizada
una boca que se abría sin preguntas
frunciendo la tierra en cada osario
exhumados caracoles que borraron
lo que quedaba de cielo
 
 
Buscaba señales, palabras no descubiertas
ponientes con gritos y lenguas
florestas envueltas en papeles pintados
cestos de fresas, manos rosadas y húmedas
y un círculo de pécoras danzando
en el morral del pecho
donde no cabía la barca
aserrada en su espaldar, en la membrana
de madera hundida bajo el nombre
mudo, en cicatriz cuajado
por las largas olas, por las flechas
perdidas que lanzaron los que ya no estaban
 
 
Caminaba sus días en otoño
siempre sumida en ese otoño despeinado
en que su blusa, que es su cárcel y su idioma
sintió el temblor de los pechos
que asumen y guardan las mareas.
 
 
No es el tiempo perdido el que la asfixia
sino el juego de la muerte en la ventana
su grito, libre al fin, no la detiene
en una esquina que antecede la borrasca.
Ya se amarra en el relámpago, en un miedo
ya se pierde en las ondas que hace el agua
pero flota, flotan sus cabellos.
© Maria Eugenia Caseiro
 
 
 
 
Esperando la lluvia.
 
No eran festones calcinados, ni salamandras, ni murciélagos
sino tus manos esperando la lluvia.
Y la figura exprimida varias veces se te secaba al sol
en un sueño en que también se marchitaban otros sueños
con tantas diferencias como granos de arroz, o como cáscaras.
Y con tus manos de pájaros sueltos,
con tus anillos de afilar los dedos,
con el torso opíparo de volúmenes,
y los cabellos duros, como diablos disecados que ahuyentaban la brisa:
la mirada de puñal también se te secaba.
 
Te digo que no
no eras todavía aquel adiós que profesabas, ni la idea imprecisa
que se tiende a retomar el hilo que la puede acompañar.
Con los pies impasibles al frente de todos los desdenes recordados…
Eras tú mismo sin tu yo,
en una oscuridad casi distinta,
en el punto más fiel de la prolongación,
en la línea exacta entre los dos, o los tres, o los cien que ya no eras
o que ya te habían abandonado tal vez para siempre.
Y la sombra invisible que ansiaba levantarte inútilmente
entre mis grandes ganas de llorarte
se dejaba caer en tus pies asidos a imperio de tu transpiración.
 
Te digo que no
no eran pedazos de recuerdo, ni puentes levadizos,
ni siquiera esas serpientes que alguna vez se enredaron en la partida
que jugamos sin terminarnos aún las ganas de ganar la antigua apuesta;
eran tus pies, zapadores sin voz,
los que nunca obtuvieron el recuerdo exacto del pasaje, de la salida
del interminable hilo de la planta que no deja de crecerte dentro
a pesar de tantas muertes y tanto silencio
que alguna vez en las casas subterráneas encontraron la vasija
en que las viudas negras se escondieron en invierno.
 
Te digo una vez más que no
que no eran raíces, ni carajuelos encendidos,
ni quelonios agujereados esculcando la arena; no,
eran apenas tus pies desgajados y mudos esperpentos de arena
escrutando la tierra para desenterrar los bulbos de los lirios;
para desplazar escarabajos de órganos ardientes y duros
y templar las minas de perdones que no habías cruzado nunca. ..
 
No había visto tus muslos torcidos brillando al sol
pero los paseaba con la mano herida de recorrer tus espinas
con el dolor de la piel cosida al momento
sobre aquellas jicoteas puntiagudas y verdes
que comenzaron a salírsete del cuerpo,
tanteando el rastro de las bibijaguas por las grietas
en que el amarillo de la carne se dejaba descubrir
chorreado de sudores en la cicatriz errante de tus cristales,
de aquellos cristales tan míos que por fin trajeron de una vez el agua
para dejar el brillo de tu cuerpo debajo de un árbol y hacerte aire,
un aire deforme, doblado en las puntas de todos tus dedos
y traspasado el recuerdo de todos tus anillos.
 
Un aire ceñido a la periferia recelosa de tu oído,
de la masa inconforme que miramos perderse debajo de la sombra;
un aire que suena en los huesos quebrados de los grillos
y espanta las confesiones de todas tus bocas para dejarse llevar
en la plaga de la lengua, con los acentos que burlan la sonrisa,
hasta la lenta esperanza de la lluvia.
© Maria Eugenia Caseiro
 
 
 
Retrato.
 
Una mujer en negro y blanco
detiene el minutero
se cruza de brazos
sin alfileres
sin tuercas
no sabe llorar
espera
que todo haya terminado
que sus zapatos la lleven
donde no hay calumnia.
© Maria Eugenia Caseiro
 
 
 
No soy yo.
 
Porque el mar se ha quedado
putrefacto en otra orilla,
yo inconforme,
con mis párpados ceñidos al calor y al verde claro
de una isla,
de un fulgor,
estas plumas que han crecido en mi
ya no me bastan.
 
Lloran también en mi
todas las castas
-y la ciudad de papeles recortados-
para ser lo que no quiero
en el destierro de mi misma
en esta calma de mis pies
que acampan en el nido
de otro mar que no me busca.
 
No soy yo la que miraba
en el cielo, desmembrado
el impudor, la costumbre
no soy yo
la que nadaba dormida, ciertamente
toda el agua
sin errar un solo pie
o un solo brazo en el silencio
que me amaba
hasta saber de memoria mis latidos
yo sus polvos y sus marcas
en el ruido
con las cuerdas de estos dedos que bordaban
los manteles sin saber de despedidas
ni nostalgias.
 
Esa voz que ahora me suple
y su sombra indefinida en la dureza de un adiós
luego me canta.
Ha llamado inútilmente,
en secreto a los fantasmas
de la piel que la olvidaron.
 
Y la máscara,
que a veces me sonríe con una risa empolvada
con una mueca de niña
con unos ojos lejanos
clavados en la playa que fue suya,
en la calma,
que busca los precipicios
para gritar en silencio
con el eco desdoblando
la caricia deseada;
de una ola,
de una huella,
en las agrias baldosas de estos pies
que ayer buscaban
su justo lugar entre las cosas
y hoy desean conciliarse
con sus antiguas pisadas.
© Maria Eugenia Caseiro
 
 
 
Súplica.
 
Déjenme entrar allí
donde pastan las hormigas de otros cuerpos.
No me cierren las puertas
donde muero
sin dolor y sin poema
sin reloj
sentada en el último banco de mis versos.
 
Déjenme entrar allí
donde no hay bruma en la palabra
donde el cuerpo
sienta el equilibrio de los ojos despiertos;
allí, donde los muertos
tienen su propio corazón latiendo.
 
Déjenme entrar allí
no me nieguen el agua de una estrofa
para calmar la sed de tantos sueños.
© Maria Eugenia Caseiro
 
 
 
Donde nadie me recuerda.
 
Ahora que las conchas laten
como cuerpos de brisa que no pueden penetrarse
no deseo llorar un nombre ni reír palabras huecas
que de arrastrar mitades
ya son troncos en el agua
donde flotan estos versos sin quebranto
llenos de rumores que siguen la corriente
hasta alcanzar su tramo de tierra colorada y perfecta
echando raíces de verdes encendidos
que alumbran los costados abiertos
en que me he vuelvo un ojo redondo
rodando en la tarde sin cauce.
 
Ahora que soy casi tan grande como mis pies
sigo el rastro de esas conchas
con la misma verdad en los riñones
donde croan las ranas que me saltan dentro
con la misma inocencia en cada hueso
donde afloran los lirios de todos mis dolores
con la única sonrisa en la pisada
que enarbola tomeguines y hojas de naranja
en el regio crujir de mis tendones
 
Ahora que mis costillas se ensanchan
con la aguja de estos juncos en el pecho
ensartando collares que hablan del apego
tras el biombo que siempre ando buscando;
en el atrio de la noche
al final de la escalera
en el juego irrepetible del mirar que quema…
y el pecíolo de los muertos tambaleándose
en mi ceiba de cabellos claros
y la prisa de mi nombre gritándome dentro
ese grito pendular y sabio
que revela el corazón de los tejados
o la lluvia cayéndome en la espera
del blanquísimo fantasma de otros brazos.
 
Ahora que arrastro mi gran trozo de cielo
con la misma firmeza conque trato
de matar la burla de mis hombros
en el escorzo apretado de las sombras,
la suavidad se hizo nido en otro pámpano
el puño de vidrio deteniendo el golpe en cada puerta
me destapa los guijarros de la voz
que me dictan paisajes ya nombrados
en el eterno trabajo de parir hormigas
despachando en mí sus infinitos pasos.
 
Y la sangre de mis ojos disfrazada de muñeco
remonta la calle irrespirable
de minutos rebanados
servidos en la ruta de estos pies
que no se cansan de cruzar espejos
y mi rastro
ya nada envidia al mar con sus botellas rotas
nada quiere del viento ciego que tropieza
nada pide al diamante silencioso
que traga crustáceos erizados.
 
Ahora que soy casi tan grande como mis pies descalzos
con el aluminio de todos mis anillos rotos
y la luz que anida en cada uno de mis dedos,
trenzo los colores del poema
mientras el perro que me lame las manos
desentierra lunas donde nadie me recuerda.
© Maria Eugenia Caseiro
 
 
 
Es muy tarde.
 
Apaga la ciudad y deja
esta calle de palabras deslucidas
con sus noches de alfabetos y de moscas
en los tejados un gato
y el chasquido de las sombras
que devoran los últimos despojos
de las líneas que trazamos.
 
Ya la luz es un recuerdo
donde el claro abanico despuntaba
y el aroma del jazmín
rueda del templo
de una hoja de papel.
 
Es muy tarde en la ventana
rodeando el cielo de mármol
y las sombras que formamos
se comban de frío en la pared.
© Maria Eugenia Caseiro
 
 
 
Un deseo
 
Un deseo de ríos y palmeras
me tiembla entre los dedos
enredándose
en la voz del tiempo
tan cansado
que va nombrando las calles
donde nadie ha pasado llorando desde entonces
y está en juego el recuerdo de la piña
fermentándose en las venas,
en mis labios que desean el azúcar,
o ese tiempo del regreso
al amarillo de un girasol despierto
centro de fieltro
encrucijando tiempos.
© Maria Eugenia Caseiro
 
 
 
Como un ángel muerto.
 
Abre el agujero
enfrenta el desabrigo, tiembla
el poema tiembla como un ángel recién nacido
frente a los bancos alineados que aguardan fríamente
Se lo lleva una ausencia repentina
como de sombras, como de miedos con rostro desnudo
habitando otras bocas desprovistas de palabra y cielo.
El poema siente el compromiso
la incertidumbre de salir a escena
con la luz en los brazos
con las alas abiertas
Un crepitar de la palabra
próxima al llanto le oprime el pecho
duele en cada verso
en el hueso endeble del momento.
Con la púa clavada en el costado
sin maquillar el vuelo
sale del vientre
salta
arriesga su sendero en la cuerda de una hoja
Ya no tiembla
A su paso
piedra terrible el silencio…
Como un ángel muerto
el poema cae como un ángel muerto.
 
© Maria Eugenia Caseiro
 
 
 
 

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