Juan Carlos Vilchez

 

Antología poética

 
 
De “Viaje y Círculo” 1992
 
Tomates
 
El tomate es un mundo rojo
un círculo en el mapa
de una ciudad perdida
tiene el temblor de un témpano
que navega hacia un puerto sin edad
dónde todos los caminos se cruzan.
 
Indescifrado
su interior guarda ese combustible
que inflama —detrás de las cortinas—
los vientres de la eternidad
y se aferra a los precipicios
que salen de paseo por las noches
en nuestra compañía
esperando la consumación.
 
¿Y nosotros?
 
Convencidos de su redondez
y permanencia.
 
 

 

Intento entonces asir
 
Intento entonces asir
la caricia
el germen que proclama  el desborde
el plenilunio
la metamorfosis
y la maduración
—despierta con la secreción nuestra
de cada noche—
que fluye como espiral
en esta aurora
y deja en el agua nuestra imagen
renovada
fija
impostergable.
 
 

 

Siempre Icaro
 
Sólo Icaro me llaman.
 
Desde el centro
inevitablemente la cúpula del cielo
me succiona
y una mancha estelar
incrustada en las líneas de mi mano
me persigue.
 
Así sobre un filo del espacio
camino equilibrando la sed de movimientos
que me acosa.
 
¡Pero esta vez iré más lejos!
 
La primera caída siempre fue inmortal
los golpes que terminan por hundir
a la eternidad
harán un traje nuevo a mi destino.
 
Y héme aquí
horadando la raíz de mis alas
escrutando adolorido el ojo de la bóveda
traduciendo la escritura de mis brazos
para ensayar una y otra vez
una y otra vez
mi próximo vuelo.
 
De “Bestias de Papel” 1996
 
 
 
 
El estigma
 
No conocía el estigma
o más bien
no tenía la precisión
para apartar las hilachas
y desgarraduras que lo ocultaban
llevándolo como un adorno ciego
un resplandor detrás de la mirada.
La carne fue más inteligente
e hizo caso omiso de mí mismo
pasó de largo
y me otorgó unos minutos
para organizar una casa
una heredad
esas tareas habituales que lo delatan
y hacen que pierda su poder
de iluminar con anticipación
las cerradas fosas del olvido.
 
 
 
 
De “Versiones del Fénix” 1998
 
 
Acertijo
 
Aquí no hay preguntas (No le haces preguntas).
 
Estás solo contra la esfinge
cuya presencia no es más enigma
que tú mismo.
 
Siempre le golpeas y desgarras sus entrañas
pero el espejo te devuelve
a una flor que sangra dentro de ti.
La tomas con tus manos
y así sangrando la colocas
entre las suyas
para recorrer el tiempo
que les fue entregado.
 
Al final
en un límite cualquiera (No hay exactitud en esta trama)
rehacen la escena en el camino.
Ella para deglutir tus cenizas vorazmente
y tú ya olvidado
para nacer como una larva
de su descomposición.
 

 

De “Zona de Perturbaciones” 2002
 
 
De las formas
 
Había alguien con vida.
 
No un género
o especie en particular
pero ciertamente
algo se expelía:
una señal
un lenguaje
o quizás
una impugnación.
 
Desde aquellas linfas en torbellino
percibí  entonces un color
tal vez una tristeza
como una aquiescencia
aún no desplegada
para abrir cualquier herida
y por ella verter no sólo aliento
sino también todo latido.
 
Después supe que estos seres
regresan siempre a la corriente
unos por la vía del recuerdo
y otros bajo el imperio del olvido
aunque nunca entendí con qué
o con quienes compartía
y  si las formas no son más
que el lugar de cada instante
en el torrente
un trasegar de indicios
el signo del caudal
y el movimiento.
 
Algo de espuma
 
Todos venimos aquí alguna vez
a esperar a que alguien muera
para desnudar con la mirada
aquella desolación de los sonidos
al marcharse.
Siempre dejan en el fondo de la ausencia
un eco de su furor
un reflejo de su estremecimiento
en la lejanía.
 
Así si una voz se esfumara
en este instante
escucharíamos su resonancia
todavía algunos años
al igual que las estrellas
cuya luz ya extinta
vemos hoy titilar bajo la noche
soportaríamos su asedio
tal vez sin percatarnos
de su intermitencia
de su debilidad
persistiendo como una gota
sobre la dureza del tímpano
y del tiempo.
 
Si tan sólo viniéramos ahora
a esta imprecisión del horizonte
no sería necesario elucidar
cuál estruendo ha llegado más lejos
o si tal estridencia ha desaparecido ya
de los caminos.
 
Nos sorprendería quizás
algo de espuma saliendo
de las grietas
y la raíz de una palabra
aferrándose como un vampiro
a la fructífera materia
de la muerte.
 
 
Tiempo a tientas
 
Tiempo a tientas
lento para penetrar
en la exactitud de los resquicios
desorientado
y sin nadie con el de la mano
que lo deposite en los espacios
donde todos los engranajes calzan.
 
Perdido quizás
entre tanta bifurcación
atrapado en la urdimbre
de la desposesión
ligero como las esporas
ante la incertidumbre de nacer
cada vez que el sentido del tránsito
se agota.
 
Suelto
y sin ninguna probabilidad
de saciarse con la materia
y finalmente ciego
sin más remedio
que devorarse a sí mismo
para establecer tal vez un rumbo
hacia donde no hay lugar
y nada fructifica. 
 
 
 
 
De “En un lugar llamado dónde”,  2005
 
 
De patria y lengua
 
Primero se vende el territorio
lo de las palabras viene después.
 
Ocurre en todas partes
pero en estos confines
se exacerba hasta el delirio.
 
Antes ya lo habían anunciado
Pessoa y Saramago
“la patria es solamente la lengua”
tierra de inciertos sonidos
que  algunas tardes
insisten en florecer.
 
Después de cada transacción
los propietarios arrojan a los campos
tercos demonios verdes
y en las miradas ya esquivas
otros signos maduran
otras posesiones.
 
 
De líquidos y navegaciones
 
Mis amigos hablan siempre de un río
cuyas aguas pasan hacia ningún lugar
y tampoco se detienen.
 
No vuelven —dice Heráclito—
mientras Zenón insiste
en que son las mismas
y no otras.
 
¿Será o no será un líquido
de lo cual se habla?
 
Quizás este fluido no cabe
en el cauce del mundo
y tampoco en una vida.
 
Tal vez observamos
y al mismo tiempo navegamos
de tal manera que flotando
nos creamos el hábito del ser
aunque verlo no podamos
y si por mirar no somos
se hace imposible entonces
navegar.
 
Epitafio I
 
Insistió en perdurar como forma
y obviamente no pudo.
 
La eternidad
—es decir—  la transformación
lo acogió como a todos
pues la materia nunca es igual
a sí misma
cada instante ya es otra.
 
¡Ah!... ¿Y las palabras?
 
Espasmos del azar
excrecencias de la carne
alimento y combustible
del vacío.
 
Desde lejos
 
Desde lejos
—sin apenas notarlo—
hemos llegado a esta tarde
en la que finalmente contemplamos
el crepúsculo.
 
En lo alto
el sol aún deslumbra
como un espejo
que nos devuelve imágenes
tantas veces repetidas.
 
Habitamos entonces ese instante
como una apoteosis
a punto de derrumbarse
bajo la madurez de la luz
muy cerca ya de la ausencia.
El escenario se comparte con nubes
deshilachándose
como un telón en llamas.
 
Sin embargo... ¿ qué esperamos sentados
en la orilla?
si el mundo se incendia otra vez
frente a las aguas
y cuando la sombra
borra ya nuestros contornos
un giro del azar
tal vez un coraje
germine viscoso
en la cavidad más tibia
de la sal.
 
Opciones
 
Una mente muy lúcida
es algo así como una antorcha
un faro que derrama a su alrededor
enjambres de luz
para iluminar los rumbos
de la vida.
 
Tiene sólo dos opciones.
 
Consumirse en el incendio
de sí misma
o provocar desprendimientos
de retina
la ceguera en los otros
la marcha a tientas
por la intensidad del brillo
capaz de revelarnos las nervaduras
y filigranas del abismo
la textura de todas las ausencias
del vacío.
 
 
 
 
Deslumbrados por ti
 
Hemos sido deslumbrados por ti.
 
Por eso te hemos llamado
como a un relámpago
que encienda nuestras carnes
para conjurar así
toda imagen de la ausencia.
 
Pero es precisamente en ella
donde habitas
y desde allí entonces excavas
–con tanta luz– la nuestra. 
 
Educo
 
Educo a pequeñas criaturas
de la especie.
 
Les enseño a lavarse los dientes
y a ejercitarse
en otras normas de higiene
para el cuerpo.
 
Me acosan con dudas
cada vez mas extrañas
y sutiles.
 
Insisten —por ejemplo— en saber
quiénes somos
y obviamente no puedo responderles
pues el don de la interpretación
corresponde  tan sólo a los profetas.
 
Yo les hablo solamente del humo
y también del polvo
de sus partículas que se agitan 
y chocan entre sí
creando entonces la ficción
del tiempo
y la del espacio
donde algún eco
se pueda quizás establecer
para indagar
si los sonidos regresan desde lejos
aunque su respuesta
—en otra voz—
insista en ser siempre la misma.
 
 
 
Ejercicios de natación
 
Nadas.
 
Ríos.
 
Nadando en la avalancha
de lo ausente.
 
Nadas siempre abiertas
para entrar
pero imposibles de llenar
una sola donde permanecer
y de donde salir
para bucear
en esas aguas
que allí mismo van a dar.
 
Todo para nada
aunque nada quien está
pues cuerpo
y extremidades tiene
en su afán de construir
la nada que es nadar
moverse entre corrientes
y así regresar
teniendo algo que llevar
a la insaciable
y persistente nada.
 
De paso
 
De paso por aquí
por este lugar
al que llamamos siempre
dónde.
 
Ni ellos
ni yo
podemos detenernos
y aunque breve el paso
aprovechamos cada instante
para desgarrarnos
pues es lo único cierto
en este sitio
imposible de ubicar
o percibido apenas
como la imagen de alguien
bajo el umbral
que buscando permanecer
nuevamente se asoma a la luz
y torciendo su cuello
dirige la mirada hacia el cielo
y al suelo
pero sin posibilidad alguna
de volver a recordarlo.
 
 
 
El aire que seremos
 
Comprendo a todos
y a todas
sentado a la orilla
de sus lenguas.
 
Sólo donde nadie escucha
me encuentro a gusto
pues la dispersión
es el centro del entendimiento.
 
Entonces me acerco
al forcejeo entre sus voces
y las descubro maltratadas
desangrándose en el fondo
de mis venas
fragmentándose
hasta sus manifestaciones
más imperceptibles
listas para pasar
desde el agua que somos
al aire que seremos
de la materia
a sus emanaciones
de lo putrescible
a la diseminación.
 
 
 
De la inmovilidad
 
Máscaras como rostros
con la señal
de la propia destrucción.
 
De lejos
–es decir– desde la muerte
todo luce tan pequeño
diminuto en su incidencia
al igual que la verdad
tan cruel  y obsesiva
para poseer los cuerpos
y así someterlos
a la próxima ilusión.
 
Ella arde
pero quien nos consume
es la esperanza
esa manera
de agitarse para llegar
a cualquier sitio
y también al desencanto.
 
Nunca sabremos –claro está–
si en la inmovilidad anida
el germen de la dicha
o quizás por un instante
su culminación.
 
 
 
Virgo Veneranda
 
A estos labios
encomiendo no sólo mi espíritu
sino también
toda la trascendencia
de mi carne.
 
Abrir la perfección de su fruta
y gozarla
es detener el olvido
pues por ella
he de trasladarme a los días
que vendrán
y bajo un idéntico temblor
he de venerar
a través de otros ojos
la misma divinidad.
 
 
 

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