Juan José Vélez Otero

 

Antología quinta

 
 

PANORAMA DESDE EL ÁTICO

 
 
y en esta isla atormentada,
de oscuridad y roca,
mis pies pisan el mundo desolados.
(Francisco Brines)
 
La torre semeja, sobre el pueblo
sin ilusión y sin sentido, mi fracaso;
(J.R.Jiménez)
 
Mère de souvenirs, maîtresse des maîtresses
(Ch. Baudelaire)

 
I
 
Recuerdo los naranjos y la aulaga
del sur, las noches blancas de azahares,
recuerdo de la tarde las campanas,
las ebrias golondrinas, las paredes
de gruesa cal y sombras de poniente.
Recuerdo, desde el ático, la lluvia
camino del colegio y las muchachas,
de chicle las sonrisas, la anilina
mezclada de los parques y balcones.
Recuerdo.
 
Y desde el ático ahora veo
la gris, quieta epidermis del asfalto,
el gris, lento carruaje de las nubes
de otoño, de noviembre, de este día
sentado en el salón. Sobre la mesa
la mano del recuerdo vive sola.
La aulaga, los naranjos, la epidermis
tan dura del asfalto, y la desidia.
 
 
 
II
 
De asfódelos, caléndula y cantueso
el campo, el corazón, la boca, el alba,
el vidrio, el manantial de las ventanas,
el sueño, el despertar. Oh, la fragancia
de vid de aquellos patios: cal y cobre,
la hierba y la ensenada de azucenas,
las conchas y las algas, mar y cielo.
La lluvia en los maizales, las granadas
maduras del otoño renaciente.
E1 atrio del colegio y las palmeras.
Y el mar. La luz, el mar y los veleros,
las gotas de rocío en las mañanas,
la arcilla entre los dedos. Por los ojos
la aurora de pestañas azuladas.
Sonaba una canción en los pupitres
de mudas cordilleras y de ríos.
E1 mar. La luz, el mar y los ahogados
de siglos por las venas de la tarde.
E1 mar, la arena, el mar. Y las cenizas,
la noche expectativa, las eternas
imágenes del aire en decadencia.
De asfódelos, caléndula y cantueso
la tela del hogar y los paisajes. 
 
 
 
III
 
 
 
¿Cómo era, Dios mío, cómo era?
(J.R. Jiménez)

 

 
Magnolias en mis sábanas dejaba,
magnolias, azahar y labios duros.
Sus senos, de la tarde flor dormida,
aroma de amapolas y cerezas,
temblaban en mi boca, entre mis dedos.
Magnolias y sabor a playa y barro,
a sol y arena, hierba y gorriones.
Oh, cómo retornar ya a este vacío
la luz de la alborada por sus ojos,
el vino de su piel y su cabello.
Magnolias en mis sábanas dejaba,
su cuerpo de clepsidra y su alma nueva.
 
 
 
IV
 
Oh, tardes del balcón. Abril. Cuajada
de pájaros y númenes el alma,
expuesto a la aquiescencia de la brisa,
soñaba con las voces de poniente.
Los dijes de oro y tul del horizonte,
la inquieta sensación de estar naciendo
al gozo y al clamor de savia nueva.
Oh, tardes del balcón, fecunda en flores
y añil, ciegas de cal, ciegas de vides.
Qué vacuo este vivir si vacua el alma
de luz, de tiempo y sal, de Dios y espigas,
se baña en la desdicha del recuerdo.
Qué vacuo el caminar hacia el olvido,
hacia la ungida torre de los siglos.

 
V
 
Si he venido a colmar de enredaderas
la nieve de tu talle es porque tengo
cansado el corazón de tantos siglos
en busca del incendio de la aurora.
 
Hoy vengo del desorden y a la nada
retornaré con labios florecidos,
al yugo de la noche, a las quimeras
del sueño y al olvido complaciente.
 
Yo seguiré asomado a mis balcones
rodeado de astrolabios y de estrellas,
de inciertos firmamentos y de mirtos
dormidos sobre viejos ataifores.
 
 
 
VI
 
La playa de la infancia, aquella playa
lejana... De repente ahora  siento
llamar al corazón con las espumas
borradas del ensueño y la nostalgia.
La playa de la infancia acumulada
a golpe de oleaje en las entrañas
amargas. Agua sola, abandonada,
cansancio de gaviotas en los cielos.
Será que estoy más solo cada día,
será que estoy más solo con la ausencia
del céfiro callado en las pestañas
y el beso de las algas por los labios.
Oh, playa irrepetible, lejos suenas
y lejos sueño yo con el regreso
caliente de la arena y de los tiempos
celestes y desiertos en el aire. 
 
 
 
VII
 
Cuántas veces, la frente en los cristales,
mirando caer la lluvia sobre el patio,
pensaba ‑ voz de cémbalos el agua -
el niño en manantiales eviternos.
Espectros de la tarde y de las sombras,
de insectos y campanas, proferían
canciones ancestrales y espejismos
hermanos de la fábula y el sueño.
La lluvia en la ventana y en los ojos
la bruma vespertina de los muelles
y hermosas procesiones de violetas.
La vida dio carlanca a la inocencia,
al humo incierto y bello de la aurora.
Cuántas veces, su vaho en los cristales,
la tarde rememora aquellos días
y el hombre busca el alma desterrada
clamando a las campanas del poniente.
 
 
 
 
VIII
 
A qué esta sinrazón y este deleite,
qué sabia languidez me ocupa el alma
de fértiles lloviznas y de lucios
calmados en las llamas del crepúsculo.
A qué este azul litigio de la tarde
me lleva hacia los pájaros cansados
que buscan las higueras en las sombras
dormidas por el láudano del tiempo.
Yo, histrión sobre el triclinio recostado,
engullo mieles y uvas de calendas,
me absuelvo en el silencio etéreo y negro,
en cándidas sonrisas de vestales.
De euménides un rito me acrisola
en urna de cristal y cadmio blanco.
No sé qué piedras ávidas de muerte
me muestran las necrópolis hambrientas.
 
 
 
 
IX
 
Un beso de estramonios y alhelíes,
tan dulce y a la vez veneno y nieve,
caliente flor o musgo sorprendido
por la herrumbrosa niebla del pasado;
un roce de amapolas y de plumas
que nutren con certero humo las sombras
postradas en los páramos desiertos
y estériles al sueño de centurias.
E1 tiempo irremediablemente arcano
es cáliz destinado al sacrificio
pomposo de los días sepultados
en cieno de nostalgias y embalajes.
Oh, dónde se perdieron las valijas
antiguas y olvidadas y el enigma
creado en el insomnio de lo obscuro.
A dónde recurrir, dónde, vencido,
saciar la sed de agua no llovida,
de eterna soledad sobre el alféizar.
 
 
 
X
 
Volver la vista atrás sabe a saliva
de pan y aceite denso en los tunales,
en los cañaverales donde el silbo
de abejas retornantes desbordaba
los aires de la tarde inacabable.
Volver la vista atrás sabe a alhucema
y a la jacarandá de azules sombras
que altiva desde el parque soportaba
bullicios transparentes de canicas.
Volver la vista atrás, hacia las trenzas
de blancos lazos y sangrientas flores,
hacia los senos rosas e incipientes
de la vecina tímida, olorosa.
!Qué aromas de geranios y claveles
me cierran las pestañas!. Y en el alma
¿qué buscan los nevados azahares?.
Volver la vista atrás.
                                Insecto anclado
en los balcones altos de la alcoba. 
 
 
 
XI
 
Hay tintes de domingo, hay esencias
de otoño ya en las tardes de este pueblo
y hay niños invisibles en las voces
lejanas que se escapan del silencio.
E1 viento ya parece haber callado
su acento en los alambres de los huertos.
Qué muda soledad entre las vides,
qué extraña languidez la de los cuerpos,
ausente en el altar qué sola el alma,
qué quedos los naranjos. En los suelos,
allá, desde el balcón, hacen las sombras
enormes abanicos de cemento.
 
 
 
 
XII
 
Sí, cuéntame tus tiempos de geranios,
tus blancos plenilunios en la arena
bruñida por el mar de la bahía
y el tuétano de siglos y memorias.
Sí, háblame de aquellas alboradas
que aún llevas indolentes en los ojos,
de brisas otoñales y veleros
cruzando el horizonte de tu playa.
Sí, dime; yo te oigo y enmudezco
parado ante la voz de aquellas horas.
Yo sé que primaveras en tu boca
son gotas de cristales en la niebla,
mas, háblame y sonríe, no adolezcas
de patios y jazmines nocturnales.
Descifro tus palabras en el éter
cansado que se esconde en tu mirada.
Preludio es que tus sueños prevalezcan
al tiempo y al cansancio y al olvido.
Sí, dime, mientras yo callado observo
la tarde que ensombrece tus arrugas.
 
 
 
 
XIII
 
Paciente hay un desmayo en las adelfas
de sombras y libélulas brumosas
que en los abrevaderos del serano
tatúan de tristezas el otoño.
Hay cantos solitarios de violines
dorados en los campos vespertinos
y pétalos celestes en la brisa
silente que espumea el horizonte.
Sin brújula de luz las horas mudas
dormidas al amor de los hastiales,
sin brújula de luz, en el olvido
del limo, la semilla esclavizada
espera el renacer de acequias verdes
y el sol entre los vanos del ergástulo.
 
 
 
XIV
 
Qué solos los columpios de la plaza
mecidos por el viento. Y la llovizna.
E1 tiempo inexorable en los tejados
que cala como orvallo en la memoria.
Tan sólo los columpios en la lluvia,
tan sólo la quietud, la imperturbable
fachada ante los ojos. Y el olvido.
Ni pájaros, ni luz, ni flores blancas,
ni cintas del color de la amapola.
Tan solos los columpios de la plaza
sin niños, sin ensueño, sin pasado.
La lluvia en la fachada inescrutable
sin luz, sin piedra blanca, sin rumores
azules, sin ufanas cantinelas.
La lluvia de cobalto ante los ojos,
la lluvia de este octubre que no cesa.
Detrás de los visillos hay siluetas
de humanas soledades compartidas. 
 
 
 
 
XV
 
Cubiertos, ay, de polvo los anhelos,
expuestos en la mesa , en densa muerte,
tupidos de hojas secas y de flores
en páginas dejadas al olvido.
Cubiertos, ay, de cera los caminos,
de ceras y cenizas ancestrales
calladas en los pozos de agua verde
y ciegos manantiales de silencio.
Qué triste carnaval el de las voces,
qué triste musitar el de las peñas.
¿No oís desde el dolor y la derrota
el viento en la epidemia de la noche,
el mar rotundo y vasto en la agonía
precisa de los sueños que no encuentran
el cálido sendero de lo eterno?
 
 
 
 
XVI
 
Ya sabes. Es tan bello este ostracismo,
tenderme junto a ti, sentir tus dedos
rodarme por la piel en esta alcoba
caliente y apartada del vacío...
Lo sabes cuando beso, cuando hiero
tu boca con torrentes de amapolas,
lo sabes cuando busco tu saliva
y toco tus pezones como almendras.
La carne hecha canela, el aire entero
dehesas de ambarinas deliciosas.
Lo sabes que me huelen tus cabellos
cual huelen las higueras en septiembre,
cual huelen los geranios en los patios
y el aire de las huertas tras la lluvia.
Es bello estar tendido, acostumbrado
al musgo de las ingles delicadas,
que sólo el tragaluz sea blanca orilla
del mundo que ahí afuera nos pretende.
 
 
 
XVII
 
Subí mi soledad a la ventana
por ver los grajos tristes de la tarde,
por ver la destrucción del horizonte
y oír la antigua voz de las campanas.
 
Subí por ver la luz en los ribazos
morir cual muere el gozo en las pupilas,
por ver pasar el tiempo disfrazado
hacia la historia incierta de la noche.
 
Subí por respirar brisas de malva
y el aire joven, vivo, tembloroso
que mueve cada tarde las celindas.
 
Subí mi soledad a la ventana
sin alas ni reloj, buscando sólo
el son de una canción y he descubierto
que tengo el corazón en el exilio
y muerta la ilusión en el olvido. 
 
 
 
 
XVIII
 
Columbro aquel color en la memoria,
la tibia primavera en los granados,
la luz que en las paredes de la alcoba
creaba los fantasmas de mi mente.
Columbro los almendros en febrero
floridos de albos pétalos y el aire
sencillo de las calles bajo el cielo
azul de las mañanas de domingo.
La misa al despertar y las palomas
retando el campanario a los vencejos,
la incómoda y ridícula corbata
de fiesta sobre el cuello almidonado.
E1 agua de colonia que mi madre
ponía en mi cabeza ahora la huelo,
la huelo como huelo el tibio aroma
a hojaldre del convento de las monjas.
Columbro aquel pasado desde el mástil
del tiempo que se torna como arena
al viento irrepetible de los días.
Hoy llueve, escribo y llueve en los tejados,
profana procesión de notas lentas
que imita al celuloide entre las llamas.

 
XIX
 
Ya vienen reventando los espinos
en blancas mariposas diminutas,
ya zumban los insectos en las jaras
y aroma la lavándula los aires.
Los álamos crisálidas cambiaron
por un clamor de plata temblorosa.
Hoy vuelvo a pasear, llevo mi cuerpo
camino de la Vía como antaño,
mirando hacia la mar, hacia el poniente
de luz añil y yodo perfumado.
 Qué verdes los serbales y las cañas,
igual que cuando niño los miraba
colmadas de colores las pupilas.
La vida se repite y cada muerte
levanta un vendaval de flores nuevas.
Hoy vuelvo a revivir la primavera
dormida en los relojes de hojalata
que un día perecieron al olvido.
Ya vienen reventando los espinos...
Recuerdo que "por mayo era, por mayo".
 
 
 
XX
 
Palabras en papeles amarillos
tan viejas como el barro y la nostalgia,
recuerdos que estas tardes van cavando
las luces del otoño en las paredes.
Es sólo soledad lo que me habita,
es sólo soledad lo que transluce:
el alma con el sueño del destino
y el sueño en el candil de la memoria.
 
 
 
 
XXI
 
Yo quiero con las grullas en la tarde
buscar un horizonte de naranjas
y un cielo de cristales encarnados
detrás de las montañas de amaranto.
Yo quiero aniquilar la voz del tiempo,
tangir las siemprevivas y los lirios
que esperan las mañanas y el rocío
de luz que los devuelvan al encanto.
He abierto los balcones de mi alma,
he abierto el ajimez y en los aleros
he visto serpentinas de otros días
y estampas ensiladas en el humo.
Al sueño he de volver con mariposas,
al sueño he de volver por los senderos
que trazan en el aire las palomas
que vienen a anidar en las ruinas.
Yo quiero con los pájaros alegres
calmar el tiempo nuevo en los dinteles,
cambiar el panorama de tristeza
que nace desde el fondo de las tapias.
 
 
 
 
XXII
 
Me vienes con las manos germinadas
y pétalos de amor entre los dedos,
sin nombre y sin ayer, con la sonrisa
nevada entre los labios de verano.
Me vienes de la luz y traes contigo
el mosto de la piel y frescas uvas
que al mueso de tu carne se revientan.
Hay agua de jazmín en tu saliva
y cielo en el olvido de tus ojos.
Tú llegas hacia mí, pisando nubes,
borrando la memoria con los brazos,
luchando como ángel con la muerte
que observa sigilosa tras los vidrios.
No queda soledad en los visillos
ni oscuros alfileres de ceniza
que puedan destrozar la primavera.
Miremos más allá de los espejos,
al cielo de alas blancas y espumosas
que hay sobre las olas de los puertos.
 

 
XXIII
 
Jamás lo olvidaré. Por las ventanas
veíanse las tunas y la playa
de arenas amarillas y los barcos
azules y las redes en el muelle.
Veíanse a lo lejos en la bruma
la sal, las cañas verdes, las angostas
veredas que llevaban a las conchas,
los altos eucaliptos de la huerta,
el humo de los buques hacia el río
paciente entre la niebla y las marismas.
"La dulce boca que a gustar convida..."
escrito en la pizarra por la mano
del triste profesor. Aquel silencio
de hormigas y bolígrafos baratos.
Jamás lo olvidaré. Tenía los ojos
del verde de los musgos en enero
y el cuerpo despertando a la caricia
cual nacen aguaturmas junto al río.
Jamás lo olvidaré. Yo la miraba
callado en el enigma de la clase,
mordiendo la emoción que engendra nubes.
"A fugitivas sombras doy abrazos..."
"Escrito está en mi alma vuestro gesto.."
Petrarca, Juan Ramón, Jorge Manrique,
Quevedo, Garcilaso, Juan de Mena...
la magia de los versos y del tiempo
parado en los dibujos medievales.
Jamás lo olvidaré. Jamás la tuve,
o sí, la tuve asida a la inocencia,
la tuve en los poemas de las tardes
sentado a la templanza de los sueños.
La tuve cuando era caballero

 
y torpe trovador ilusionado,
la tuve entre las juncias de mi patio,
en jarchas y canciones provenzales,
cuando la vida era a nuestros ojos
un libro sin abrir, un mar ignoto,
"rumor de besos y batir de alas".
 
 
 
XXIV
 
Va glauco declinando del invierno
el día con su lluvia en los alambres
de pájaros vacíos y de abejas.
Las flores de papel y los retratos
callados en las sombras de los muebles
y el ocre cenicero sepultando
los restos de horas áridas y huidas.
Licores en las copas de la tarde
hoy tienen el sabor del estramonio,
y hay flores de alcanfor en los jarrones
y sueños en espejos empolvados
que acaban duplicando la tristeza.
Monótona es la luz en los cristales,
monótona en la piel de la verdina,
monótona en la cal del campanario
y en las desnudas varas de las viñas.
La triste bordadora de las sombras,
sentada al bastidor, hace sudarios
con hilos arrancados al silencio.
 
 
 
 
XXV
 
Como el agua que fluye en los vergeles
la voz del tiempo suena en la memoria,
la voz del tiempo hermano de la muerte,
hermano de la vida y de la nada. 

 
XXVI
 
No encuentro la razón de esta tristeza
que viene sigilosa a la ventana,
ni entiendo que en las tardes de domingo
se atreva sin aviso a visitarme,
pasteles bajo el brazo, acicalada
cual fuera un familiar.Es la presencia
estéril de la estatua que no mira.
Se sienta junto a mí. Ante la mesa
las tazas de café sorbe despacio,
las copas de licor que difuminan
la blanca realidad en los espejos.
Y la oigo musitar sin entenderla,
apenas sin saber que me acompaña
vestida de amarillo y perlas grises
cayéndole hacia el seno perfumado.
Me vierte la resina de su aliento
antiguo en la redoma de las horas
y lléname la sala de humo dulce:
aroma de capilla y de cadalso.
Después me besa fría en las mejillas
y vuelve a los cristales de la noche
colmando de vacío los fragmentos
de vida que conducen a la nada.
 
 
 
XXVII
 
La eternidad cansada del insomnio,
el musgo que en la madrugada duerme,
la sombra y el silencio del vacío
que llevará la carne al columbario,
el vino resignado, la impotencia
callada que no evade la marea,
la luna de ceniza y amianto
serán espumas frágiles al viento
y sueños de madera entre las ascuas,
serán tambores viejos y clarines
ahogados en los lucios del olvido,
puñales que no hirieron la memoria
larguísima que nutre la esperanza.

 
XXVIII
 
 
 
Je suis belle, ô mortels! comme un rêve de   / pierre
CH. BAUDELAIRE
 
 
El alma de la tarde, la belleza
marchita de la luz en las callejas,
el múrice dorado de las nubes,
los ecos mortecinos que el levante
difunde por trigales y labranzas...
mortales son si mueren con nosotros,
si mueren a los ojos y a la lengua,
al tacto y a la flor de los sentidos,
si un día han de acabar como acabaron
las horas ya difuntas que, sin freno,
capaces de asolar el tiempo, fueron
veloces, fugitivos rayos mudos.
La tumba de los sueños profanada
hoy huele como algas insepultas
que no vuelven al mar con las mareas.
Dejadme contemplar el panorama:
de piedra sueños muertos en sudarios,
la soledad, el viento en las acacias,
los folios del recuerdo y el lamento
de que algo se está yendo para siempre.
 
 
 
 
XXIX
 
Han vuelto a florecer cárdenos lirios
al borde del camino entre la hierba
y mielgas de azafrán en los linderos
serenos del arroyo transparente.
Hay pájaros que llenan los espinos
de alegres acuarelas y de oboes
y suaves amapolas donde insectos
un néctar carmesí liban ansiosos.
Perséfone del Tártaro sombrío
alzó fértiles pechos a la tierra
abriendo una estación de golondrinas.
Nos sorprendió la luz y la fragancia,
sentimos como ayer llenar las venas
un mar de vivas aguas y de albricias.
 
 
 
 
XXX
 
Dormidas en el ático han quedado
la sombra del reloj en las cortinas,
la brújula del sueño y de las nubes
que giran sin dejar lluvia en las tejas.
He vuelto las vasijas boca abajo
y es blanca soledad lo que derraman
al suelo contagiado de alas secas.
La rosa de los vientos he tomado
naciendo del escombro.Hay un destino
que llama desde el mar y oigo bocinas
silbando entre la niebla que clarea.
Un nuevo sol desnudo se levanta
detrás de los cristales del rocío,
un nuevo mar de índigas espumas
y cándidas ciudades ribereñas.
Recuerdo los naranjos y la aulaga...
Ya es vano recordar, que quiero olvido,
eterno bebedizo de esperanza
y enjambres de hojas verdes en las manos.   
 
 
 

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