Juan José Vélez Otero

 

Antología cuarta

 
 

LA SOLEDAD DEL NÓMADA


 
 
Otros, queriendo huir la humana y triste
suerte, en cambiar de climas y de tierras
gastan la edad
(Giacomo Leopardi)
 
 
No paso dos veces por el mismo sitio.
Ni en un mismo cielo
me extasío.
(Antonio Cillóniz)
 
Todo sigue en su sitio.
Pero el viajero no comprende; trata
de entrar. Abre la puerta.
Y está saliendo siempre de su casa.
(Joaquín Márquez)
 
Il me semble que je serais tojours bien là où je ne suis pas
(Charles Baudelaire)
 
 
 
I
 
 
Hay momentos en que la vacuidad de sentirse vivir
llega a tener el espesor de algo positivo
(Fernando Pessoa)
 
 
 
PRIMER ASUNTO
 
Porque sabes que es tangible el dolor
como lo es la música, la ausencia
o el aire en los rincones,
y como la oscura fiebre del desengaño
nos hace despertar con el sudor del miedo,
es preciso tomar el equipaje
y marchar donde los recuerdos
sean astros de otros cielos
y las cicatrices viejas de los ceniceros
no tengan el mismo color
que los espejos de noche.
Has dejado tres monedas
en el platillo oscuro del oráculo
y una jarra de vino para los espíritus
de la conciencia.
Sales al atardecer,
cuando las moscas ácidas de la tristeza
se escapan de las casas y recorren las calles
buscando otras ventanas de luz donde posarse.
Te llevas la esperanza bajo el brazo
y una brújula de viento y carne viva
sin puntos cardinales.
El viejo mapa de la desafección
te indicará caminos nuevos
y destinos escondidos entre las piedras yermas.
No sé por qué te vas. Tal vez te marchas
por declarar batalla ante la muerte,
la muerte que nos tiene toda una vida en vilo
cuando al fin y al cabo sólo aparece una vez.
La vida irá pasando como el volar de las abejas.
Si vuelves, nos traerás tu cabeza sangrante
en una bandeja de plata.
 
 
 
PANORAMA
                             
 
Murió mi eternidad y estoy velándola
CÉSAR VALLEJO
 
 
Desde esta nueva casa
vemos el monte cuando atardece,
la soledad y yo vemos el monte
cuando atardece,
cuando se abren las ventanas
a las ascuas de este incendio
repetido y nunca el mismo.
 
Aparece ese momento
en que la sangre siente
cómo se agota el saldo,
en el que la tarde habla
con oculto aliento de metal y leña
de la precariedad del tiempo.
 
Uno no canta lo perdido;
reclama lo olvidado. Y no lo llora.
Es el humo voraz del abandono
el que hace saltar las lágrimas.
 
Encendemos un pitillo
y me apuro otro gin tonic
por aliviar el dolor, este dolor
cómplice y milenario del crepúsculo,
el dolor de la ceniza,
el mismo que deja
la carne huidiza de mujer adolescente.
 
 
 
 
 
EL SUEÑO DEL NÓMADA
 
 
Pensabas que el que deserta de la vida vive en el desierto
W. SZYMBORSKA
 
 
Estar así. No temer al tiempo,
ni al hogar, ni al abandono,
ni al residuo que queda
tras un día de silencio.
 
Desterrar el miedo.
 
Ni oscuridad, ni viento de cometa
han de abrir estas ventanas.
 
La madurez supuesta está formada
por signos invisibles de derrota,
por los desnudos ritos
que celebra la ausencia.
 
Estar así:
la utilidad del pan y la nostalgia
de los atardeceres vivos
cargados de palabras habitadas.
 
Sepultar las tablas diversas del recuerdo,
que lo que cubre la tierra,
si no es semilla, se pudre.
 
Estar así. No más temor al destino:
la incertidumbre espesa
de un día de lluvia
al amparo de un sueño
que, seguramente,
nunca habrá de ser cumplido,
nunca, nunca,
nunca habrá de ser cumplido.
 
 
 
LA LUZ DE LA NOSTALGIA
 
Si no fuera de noche
saldría a buscar futuro,
saldría a buscar
desnudo entre los árboles
el antídoto fugaz
contra el desamparo.
 
Si no fuera de noche
todo sería diferente: la inocencia,
el color, la casa, los espejos,
la luz severa de los muelles,
la voz irreductible de la fiebre,
el canto interminable de los grillos.
 
No debiera proclamar con el silencio
el golpe seco y pertinaz
del tiempo que me habita.
La memoria es un pájaro disecado
que mira hacia la nada
en su mutismo,
el veneno tenaz y reiterado,
reiterado
y tenaz de la nostalgia.
 
Sería diferente si no fuera de noche,
mas ya puse en la vasija a fermentar
las horas que se fueron con el sueño
y nos dejaron brindando solos
en el porche
con un vaso apagado de su vino.
 
Sería diferente.
Nunca recordé un presente feliz,
aunque estimo el pasado
en su luz como dichoso.
 
Si no fuera de noche
saldría a quemar las naves
de esta plomiza nostalgia.
 
Me pregunto si los muertos
echan de menos la vida.
 
 
 
LA SOLEDAD DEL NÓMADA
 
 La diaria trashumancia del barro,
esta deletérea sensación humana
de saberse nómadas del tiempo
que nos roba la sombra, nos recuerda
la ira de los dioses, la venganza
por el hurto
ancestral del fuego.
 
Es esto:
caminar sin rumbo hacia el olvido,
sortear las tumbas del deseo
y del fracaso,
compartir la incertidumbre
con las tribus hermanas
oliendo el aire y sus serpientes
lo mismo que una loba.
 
Nada más solitario que el hombre
y su condición de hombre
fugaz y trashumante
que pasa las tardes mirando las veletas.
 
Nada más solo
que un poblador del desierto
necesitado y áspero.
 
Observa, y no lo pienses,
cómo te excluyen los planetas.
 
Van llegando al estanque las últimas palomas
mientras tiendes los brazos a la noche
en atávico rito de estrellas incipientes.
 
Mas ya nada te salva.
 
No hay más remedio, tú eliges:
Nietzsche, el alcohol, la demencia, el suicidio.
 
 
 
AL CABO DE LOS DÍAS
 
Sentado escucho el tiempo y sus rigores
pasar. La ausencia no se llama espera.
Aquel que espera el tiempo pasa y fluye
borracho de relojes y de miedos.
 
Es una enfermedad inconfesable
el irse acostumbrando a la renuncia,
besar el vaso estéril del consuelo
en las tabernas turbias del olvido.
 
Es bella la derrota si aceptada
permite al derrotado reponerse
de los fantasmas vanos del fracaso.
 
Al cabo de los días soy la herencia
del tiempo que he perdido persiguiendo,
del tiempo que he ganado contemplando.
 
 
 
 
PANORAMA (II)
 
Desde esta misma ventana
vemos también los buitres.
Planean lentos y negros
como próceres hojas aciagas
de un viento ominoso.
 
También nómadas de la tarde
regresan con cansancio funerario,
borrachos de carne, ebrios
de materia
perecedera y breve.
 
Notarios de la muerte,
¿qué advertirán de nosotros,
qué olor a química reflexiva
les llegará en el aire?
 
Lentos planean, y negros,
hacia un lugar sin torres
que les sustenten;
ni cigüeñas, ni alondras, ni torcaces,
sacerdotes del aire,
qué olerán de nosotros.
 
Los augures de Roma
adivinaban lo oculto
por el canto de las aves.
 
Pero estos buitres no cantan.
 
Cuando vemos las siluetas,
no presagian lo terrible;
ya ha sucedido.
 
Y nos parece mentira
que después de tantos años
no nos hayamos
aún
acostumbrado a la muerte.
 
 
 
CARTA DE OTOÑO
 
Hoy te escribo porque sé que estás sola
y oyes la radio en una habitación
sin vistas al mar y lees libros
que leíste hace tiempo.
                                           Porque sientes
como si fuera a llegar la noche de inmediato,
la inquietud de una tarde de espera
en la aséptica sala de un dentista.
Hoy te escribo porque sé que estás sola
 
y se han roto tus sueños,
y tus mitos murieron,
y la tarde está fría y no hay nadie en la calle.
 
Y menuda miseria asumir los errores
y los golpes al aire, el olor del fracaso,
las arrugas del tiempo y los días perdidos.
 
Trazas en el espejo
con el lápiz de labios el mapa
trashumante de la vida y lo vuelves
a borrar por retomar de nuevo
el mismo camino que reiniciaste
mil veces. Con el lápiz de labios.
 
Quién conoce la senda que buscaste,
quién tiene
en la mano la llave que perdiste
muchacha de vaqueros y suéter.
 
El mar sigue rompiendo en la orilla,
en la misma orilla
por donde andabas descalza
y mirabas –pezones agraces
y alma incendiada-
al horizonte y la bruma.
 
Hoy te escribo un poema
que tal vez nunca leas,
que tal vez nunca llegue a tu cuarto de humo
donde suena la radio
esta tarde de otoño.
 
 
 
MONÓLOGO
 
 
No soy yo quien escribe estas palabras huérfanas
OLIVERIO GIRONDO
 
 
Otra vez buenas noches.
Hazme un hueco en mi cama,
un lugar junto al sueño
entre las sábanas lúbricas del silencio.
 
He pasado la tarde leyendo a Girondo,
contemplando la lluvia detrás de las ventanas
caer como plumas calladas del otoño.
 
Las arañas ya duermen
en los turbios rincones
de esta casa sin muebles,
y yo vengo dichoso,
y me pesan los ojos.
 
Sigue sonando la lluvia
y hay goteras antiguas
detrás de las cortinas;
.
un tambor de pétalos empapando la tierra.
 
Soy feliz como un viernes al abrigo de un puerto,
como un libro plagado de palabras brillantes.
 
Mañana, ya mañana,
seguiré esperando no sé qué, esa espera
interminable del huérfano de suelo,
del viajero del tiempo
que ignora su destino.
 
Ya no sé si soy yo
o el fantasma oxidado de mi nombre en el agua
quien pronuncia estas palabras huérfanas.
 
No me apagues la luz,
soledad. Buenas noches.
 
 
 
DEFINITIVAMENTE VOY A SER FELIZ
 
De todas las maneras de vivir el tiempo
es la mejor la del cobarde, aquella forma
carente de solemnidad y deseo,
contemplando la vida de puntillas,
gastándola sin hacer ruido,
oyendo la dicha en las paredes
sin que nada, sólo la luz
gratuita y los montes tras los vidrios
puedan cambiar el ánimo surgido del fracaso.
 
Ladran fuera los perros, y me sorprendo
en estas últimas tardes de noviembre
leyendo poemas escritos por otros
que no conozco, que jamás conoceré,
lejanos en otras latitudes,
extraños como yo, transeúntes del tiempo,
que alguna vez sintieron
el dulce dolor incontenible
de emborronar con vida un papel.
 
Leyendo poemas, envejeciendo
al abrigo de las cenizas que dejaron los sueños,
sin piedad, sin ambición ni entusiasmo,
sin la necesidad fatal de la esperanza.
 
Se van borrando en los suelos
las últimas sombras de la tarde
y llega una calma aún más profunda,
vestida con parcos trajes de silencio,
a traerme la imagen nimbada de la infancia,
el eco entrecortado del cine de verano,
el recuerdo de las mujeres que perdí
o el de las que nunca tuve,
la ruina asumida de los sueños,
el cansancio agradable del que nada desea.
 
Es la superación, al fin, del deterioro
lo que me lleva a esta paz.
Creo que voy a ser feliz definitivamente.
 
 
 
RETORNO (Paréntesis)
 
 
“This used to be my playground”
 
 
Esta solía ser la calle donde jugabas,
la calle de los murciélagos
surgiendo en tropel de las bodegas
cuando afinaban sus élitros
los primeros grillos de la noche,
la calle donde al sol, por las mañanas,
dormían las lagartijas de las tapias.
 
Solía ser en esta calle
donde ocupabas las tardes
inmensas del verano
entre el navazo y la playa,
donde eran dulces las siestas y sencillas,
largas, debajo de los árboles dorados,
la calle espectadora de los pájaros,
de insectos y de cal; de los visillos.
 
Solía ser la calle donde jugabas,
la calle de las primeras lluvias,
de las oscuras nubes de poniente
y amarillas hojas otoñales.
 
La calle del silencio.
 
Después llegaba el invierno
y podaban las moreras: la luz
donde las ramas, sobre las piedras
desnudas.
 
Cuántas veces, merienda en la mano,
esperabas que tu padre
regresara del trabajo
con los primeros desmayos del crepúsculo.
 
Solía ser la calle donde jugabas,
la de amigos olvidados,
la de amigos ya turbios
por la niebla del cronómetro,
la calle indeleble en la memoria
el paladar y los ojos. La calle
donde vuelves perdido buscando las farolas,
a barrer con la vista las puertas del sueño,
a llorar la distancia con tus ojos vacíos,
a llenar de rumor ese hueco del alma.
 
 
 
 
 
DE AMOR Y DESENCANTO
 
La vida no es un sueño, tú ya sabes
JAIME GIL DE BIEDMA
 
 
Que la vida no es un sueño
ya lo sé desde hace años,
hace ya muchos años, amor,
que la vida no es sueño, ya lo sé,
por mucho que te esfuerces
o me esfuerce
en tus pechos de piedra,
en tus piernas de nieve,
en tu lengua, jengibre,
ginebra y granadina,
 
Son tus ojos extraños
como flor de la ipomea.
Hermosa calipigia,
la vida definitivamente
no es un sueño, no,
ni habrá momentos, amor,
que levanten todos los huesos de la tierra.
 
No es más que el tránsito irremediable,
hacia el lagar, de las avispas.
No me canses con arengas ni gramáticas.
No te entiendo, ya lo sabes,
cuando me hablas del edículo
donde la felicidad habita,
ni del estíptico ascensor
que nos transporta a la nada.
 
No me hables de nihilismo,
panteísmo, hilozoísmo:
son conceptos que traté
y ya he olvidado.
 
No están los tiempos para arengas, no,
no me hables
del paroxismo de la lírica
ni de las tristes convulsiones de las musas.
 
No me diagnostiques
ni me radiografíes, pues es esto,
esto es todo lo que hay.
 
Con tus ojos extraños como flor de la ipomea.
 
La inmolación de la carne.
Bésame, el alcohol
disfraza el aliento, ¿no notas
el inconfundible sabor metálico
que deja el fracaso en las encías?
 
Hermosa calipigia,
hace tiempo que la vida no es un sueño,
hace ya muchos años
que la vida no es un sueño,
ni hay paroxismo, mi amor,
que levante todos los huesos de la tierra.
 
Dame la carne y asumamos el fracaso,
pero antes dime, ¿qué me notas?,
¿me encuentras cínico, eleático,
estoico o peripatético?
 
 
 
 
PRIMERAS LLUVIAS
(Variación sobre un tema posterior)
 
Hoy ha venido la lluvia a la ciudad
en este otoño gris de luces lasas
a preñar de tristeza las calles
y los árboles desnudos de los parques.
 
Hoy ha venido
susurrante y extraña a veces.
Otras,
como un festejo de tambores rotos
en los tejados solos
y azoteas de olvido.
 
Hoy pasean las hojas, torrente abajo,
dormidas en el sueño
callado de la tarde.
 
Cansada, la ilusión
sacia su sed en ruinas de silencio,
palpando la belleza
castrada e inútil de este día.
 
 
 
ORFEO
 
 
Ese cadáver que plantaste el año pasado en tu jardín,
¿ha empezado a retoñar?
T. S. ELIOT
 
 
En noches de olvido como ésta,
en mi propia fiesta y sin dolor,
discreto en la penumbra de la sala,
oigo canciones viejas y converso
con este borracho, invitado de ceniza,
que me acompaña.
 
Mi casa tiene el calor, en estas noches,
de un cuerpo joven de mujer
entre las sábanas,
y huele al humo de la marihuana
y al aire que tienen las bodegas en septiembre.
 
Nada hay espectacular en estas noches,
pero entiendo más intensamente
el secreto animal de la existencia
y encuentro hermoso el paso incomprensible
de los años.
                     No es nada extraño que a veces,
después del abandono de un naufragio,
lleguemos a la costa asidos a un tablero
que despedazamos presto en la derrota
para hacer fuego en la arena
y tendernos junto a él, como una gata,
a dar calor al cansancio.
 
No es necesario que nadie sepa de qué hablo.
Estoy otra vez sobre la tierra,
pisando con la carne viva de mis pies
esta tierra que amo.
 
He visitado el infierno,
y de la mano de nadie.
 
 
 
 
LA VENTANA
 
Muchas veces
he cerrado la ventana
que da a la calle de entonces,
muchas veces
porque no entrara el aroma
de caléndulas e hinojos,
de las primeras lluvias en las cañas
y en las dalias del cementerio,
porque no entrara,
blancas cintas en las trenzas,
a besar mi boca Elena,
ni Rafael con su libro de insectos,
ni el sonido ronco de las ranas en la tarde.
 
Muchas veces
la he cerrado con postigos
por olvidar
el olor a nuez y manzanilla
que mi padre traía entre los dedos
o la fragancia del patio
cuando mi madre lavaba.
 
Otras tantas,
mirando al tiempo y perdido,
fugitivo del desierto,
en noches como ésta
la he vuelto a abrir
buscando no sé qué de sepia y niebla
por dar alivio a esta nada.
 
 
 
 
 
 
II
 
 
Contemplo yo a mi vez la diferencia
entre el hombre y su sueño de más vida
(José Ángel Valente)
 
 
NOCTURNO
 
Cuando la luna,
farol de leche entre las nubes negras,
fugitiva asoma fría,
el pueblo duerme.
 
Los eucaliptos gigantes,
anclados como buques en la noche,
silban, tañen
campanas sin sentido
en la soledad insomne
de esta nada eterna.
 
Anuncian las señales del vacío
un signo incorruptible de oquedad y tiempo.
 
Ya dónde el esplendor, dónde la llama,
si es vómito callado el de los vientos,
el de las horas muertas,
el del silencio inteligible del cansancio.
 
¿Mañana habrá de ser lo que reclama
el lienzo almidonado de la dicha?
 
 
 
 
TOCATA Y FUGA
 
Hay noches en las que el insomnio avisa
y no te asalta el cuarto por sorpresa,
ni te sostiene los brazos y te asedia.
 
Hay noches en las que el insomnio avisa
y no se te hace la indolencia extraña
ni el fracaso se torna repentino
en esta soportable habitación deshabitada.
 
Son noches en las que no te acuestas
y te pasas las horas a las puertas de un poema;
deambulas por la casa y fumas
y te asombras del silencio
que hay detrás de las ventanas.
 
El latido nómada de tu voz menguada
busca el verso exacto del cansancio
que te permita retornar al desierto
donde fuiste un día mercader de sueños.
 
Y piensas. Y se te insinúa la vida
en la música, la luz y los cuadernos.
 
El alcohol de la repisa se te ofrece fácil y barato
como una prostituta triste.
Y amas entonces la música,
y Ella Fitzgerald llora por ti,
y la oyes, y estás contento
de que alguien llore por ti
y de que la desolación no consiga inmutarte.
 
Te vengas de la vida en la pereza
y haces inventarios de tus sueños
en un poema nuevo
-menos triste de lo que esperabas-
que rompe la placenta y te abandona.
 
Se va,
             se va,
                         se va
                                     y cierra la puerta
dejándote más solo todavía.
 
 
 
DE UN LIBRO OLVIDADO
 
Me gusta en las tardes frías
de invierno, como éstas,
beber coñac tras los cristales,
encender un cigarrillo, ir mezclando
el humo blanco con el aire
apagado de la estancia.
Me gustan estas tardes cotidianas.
Se diría que nada existe
más allá de los balcones
por donde miro las abruptas
montañas azuladas,
las quietas nubes suspendidas
sobre la paz de los montes
grandes, tornasol y sombras.
Me gusta en las tardes frías
sorber licor muy despacio,
imaginarte desnuda
brillándote la piel,
descifrar los lugares
donde tu cuerpo pisa,
el peinado que llevas,
el color de tu vestido.
Me gusta recordar en estas tardes
de invierno y bruma tus ojos,
la calidez mordiente de tu boca,
el bronce torneado de tus piernas,
el olor tan sumamente cálido,
coñac y madreselva, de tu carne.
 
 
 
DICIEMBRE
 
La luz ya no va siendo la misma
y vuelven antes los pájaros al árbol;
lo notas en los días de diciembre
lentos como un corazón moribundo.
 
Un día sucede a otro
y los ves pasar como a las grullas altas
en estas tardes dulces del olvido
que huelen a dióxido de leña.
 
Te vas acostumbrando a la existencia
que es lo mismo que adecuarse al abandono.
 
Después de tantos años vas y sientes
la extraña sensación –mas deplorable-
de poder vivir sin la esperanza,
pues fue la humana propensión al sueño
la que nos hizo despreciar la propia
condición humana.
 
La luz ya no va siendo la misma,
y en estas dulces tardes de diciembre
se acortan sin remedio ya los días
para ser lo que soñamos ser
cuando tan ilusos éramos.
 
Un año más, un año más han vuelto
a quedarse desnudos los granados.
 
 
 
FOTO DEL 63
 
Hay una luz de claustro en esta foto,
de soledad de esperma
y de locura, una luz
de tormenta de otoño
y de colegio de fantasmas.
 
Hay un niño y un mapa
y una bola del mundo
que lleva años enteros
girando en un cajón oscuro.
 
Hay una sonrisa de metal helado,
de mercurio de termómetro difunto,
un humo de alquimista
sonámbulo y misericorde
que se forja en el frío
de los muertos en vida.
 
En esta fotografía
hay cristales rotos de un sueño diezmado
y espumas olvidadas de una playa distante.
 
Un suicida
podría haber escrito en su reverso
la despedida solemne y temblorosa
del cansancio y la duda.
 
Mientras, el niño sonríe
completamente ajeno al espejismo
donde se iban formando en silencio
las larvas venenosas de la nostalgia.
 
 
 
INSCRIPCIÓN FUNERARIA
 
La soledad de un hombre es la certeza
de saberse olvidado como un ancla
en el mar de los sueños, un madero
al final de un naufragio presentido.
 
 
 
MAL DÍA
 
Hoy, como siempre,
puse todas las esperanzas
en que los dioses me fueran favorables.
Hoy que amaneció lloviendo, hoy
sin paraguas, hoy
que alimenté todas las ilusiones.
Hoy que salí acicalado
porque no volvieran a irse de fiesta sin mí.
El presagio empezó a insinuarse, hoy,
cuando puse la radio al levantarme
y apareció una niña cantando
de pata negra. Hoy
que la guerra sigue sin terminar
y el hombre sigue amando
el color de la sangre, la resina del odio,
el hedor de las desdichas. Hoy
el autobús ha pasado dos veces completo.
Hoy la planta carnívora del deseo
ha vuelto a morderme el corazón.
Entré en el supermercado, hoy,
y han vuelto a subirme el whisky.
Hoy me siento más fracasado que nunca,
el cartero ha pasado de largo
y tú no piensas volver. Hoy
paseo de nuevo solo por las calles.
Hoy sigo defendiéndome de mí,
de ti, de la tristeza.
Hoy de nuevo he perdido la partida,
y son las horas muy largas,
y no he leído ni un verso,
y he despistado a las musas, y tengo la sangre quieta.
Hoy ha faltado la alumna que me gusta,
y ha oscurecido pronto,
y he vuelto a casa un poco triste.
Estaba la sala sola, desnuda y fría
y el servicio contestador de Telefónica
me informa de que no tengo mensajes.
 
 
 
 
 
SESIÓN PRIVADA
 
Fui solo aquella tarde al cine.
Cansado entré en la sala
donde habían
preparado pulcramente una butaca.
Tomé asiento. No había nadie alrededor.
Yo, abrumado en el silencio. Fueron
pasando las imágenes al ventrículo
de la nostalgia en blanco y negro.
 
Una calle solitaria la mañana
de un domingo,
unos libros
que un niño guardaba en su estante,
un granado en un campo
bajo un sol de septiembre,
un colegio sin luz,
un corral con palomas, una fiesta con rostros
olvidados, sin nombres,
un hermano estudiando a la luz de la tarde,
un domingo de fútbol
en la radio
del padre, un amor
o cenizas en un plato de sueño.
 
Una pared con fotografías
de artistas de cine y las mujeres desnudas
de aquellas primeras revistas eróticas,
los primeros libros de poemas... Me fui durmiendo
a la luz temblorosa de una lámpara
colgando de un guión que recordaba.
 
Desperté
y hallé mi rostro derretido en la pantalla.
Volví a salir a la calle
solo, tal como había entrado.
Llovía. Un orvallo menudo
poco a poco fue empapando
el caballo de cartón de mis recuerdos.
 
Llegué a casa
absurdamente melancólico.
 
 
 
 
VARIACIÓN EN MI DULZOR
 
Seguimos construyendo sueños de abandono
para huir de la dulce realidad
que ofrece lo querido, lo que amarra.
 
Es costumbre
que después de tantos lustros de amargor
nos venga un gusto dulce a la saliva
que dura un momento inútil,
un momento sólo de tregua
en el letargo viejo de la dicha;
el recuerdo de un futuro
que rara vez sería
como la ilusión lo imaginara.
 
Yo también he estado alguna vez
en un cuarto piso
de la Rua dos Douradores
atándome al dulzor del desamparo,
ahogándome sin pausa en ese pozo
de leche condensada que es la vida.
 
 
 
BUCÓLICA
 
He comenzado el día echándome al campo
y me muerde la resaca el yogur del cerebro.
Mojados están aún los acebuches
y amarillean las veredas de jaramagos y oxalis.
 
Soy minúsculo y feliz, aunque me pesa el cuerpo;
la faz colateral de la existencia.
 
Otros seguirán soñando esta mañana blanca
y se habrán dormido con las últimas pavesas
de la luna de enero.
                                  ¿Quiénes otros estarán
en su alcoba, derrotados y ácidos,
expirando el insomnio?
 
Me siento un despreciable burgués afortunado
que pasea por el campo
pisando solitario el rocío.
Y los perros me ladran, y cantan los pájaros voraces.
 
Hay un sol en el cielo impropio de estas fechas.
 
No quiero vivir con tristeza el placer de este instante,
por eso he de olvidar, como otras tantas veces,
que un tiempo ha de llegar en el que añore este día,
esta extraña mañana soleada de invierno
que me trae recuerdos de antiguas primaveras,
y de nuevo me enseña
que no es más la soledad
que la hermana bastarda de la nostalgia.
 
 
 
APÁRTATE, QUE ME NUBLAS EL SOL
 
Ciertas gentes padecen un mal inconfundible:
pasean solitarios y sonríen a la vida con tristeza,
beben mucho, mienten y sueñan. Con ojos errantes
miran hacia detrás. Con frecuencia
se olvidan de la muerte y no aman la vida
como la amamos otros.
Leen y no comentan, oyen pero no votan
(postura reprochable a los ojos de otra gente
ciertamente comprometida.)
No son rentables socialmente. Estatuas de sal,
no sienten el vértigo del tedio,
ni acuden ciegos a la luz de la purpurina.
No son aprovechables, ni necesitan consuelo,
ni religión, ni futuro: la paz y el vacío
hace tiempo que ya están en sus maletas.
Ciertas gentes eluden el dolor como la dicha
y la muerte no les aplica
un estado nuevo en la existencia.
No aman la esclavitud
que los demás amamos.
Y viajan en el tiempo, y el tiempo
                                         se oculta en ellos.
Cierta gente
                   tiene una extraña
                                              inclinación
                                                                a la tristeza.
 
 
CAE LA NOCHE
 
Se fueron los pájaros con el viento opaco
y vino un bostezo
cargado de humo negro y absenta,
de hormigas voraces
y enmohecidas páginas.
 
Es duro estarse con la niebla,
solo, sin dedos de junco
que acaricien la médula.
 
Una muerte, y otra muerte,
y un desierto entre las tumbas.
 
Anochece desconsoladamente,
como el tiempo que se aleja silencioso
perdiendo niños donde encuentra hombres
de espaldas anchas para pasear la angustia.
 
La noche viene y se consume
buscando el carnaval grotesco y negro
de ser la niebla y la cera conjuntadas.
 
 
 
 
LOLITA
 
Qué estupidez a mis años
jugando a las muñecas
contigo. ¿Qué castigo se impondrá,
según el Libro,
por pecar de pensamiento
con las hijas de los hombres?
 
No hay dioses que me culpen
si sienten lo que siento.
 
Tengo la edad de tu padre,
aunque no existe duda
de que te miro con otras gafas.
 
Espero que no trascienda.
 
Cómo me gustaría desabrocharte la camisa.
 
Ese bullicio de hormigas en el pecho
es el premio secreto a tu sonrisa.
 
Debo de estar enfermo porque me siento feliz:
esta mañana
me he levantado antes de lo acostumbrado
para besar las colillas
que ayer tarde dejaste en mi mesa.
 
 
 
 
TATUAJE
 
No te esfuerces en huir
ni en buscar horizontes más allá
de las montañas.
 
No juegues a encontrar
el país desconocido,
ni valles nuevos
de paz
entre los montes del alma.
 
La soledad te habrá de hallar
en el cubil más lejano,
en la más fría casa olvidada,
 
pues con la negra máscara
de su rostro
tatuada llevas la piel.
 
 
 
ÚLTIMO ASUNTO
 
 
Estoy cansado de haber soñado pero no cansado de soñar
F. PESSOA
                          
 
Quema las fotos de los álbumes,
si tienes,
y rompe los espejos de la casa.
 
Cierra los armarios con sus llaves
y tíralas al pozo del olvido.
 
Que tus vecinos no vean
la luz en las ventanas,
ni salgan mensajes de duda
con el humo de tu chimenea.
 
Cámbiate a un nuevo lugar y sigue
contemplando a tu vez la diferencia
entre el hombre y su sueño de más vida.
 
Volverás tranquilo y solo
a pasear por las calles extrañas,
pues no te habrá de delatar
tu rostro turbio de actor secundario.
 
Las puertas a escena
pocas veces se abren.
 
Deshazte para siempre del guión
y exhibe en la bandeja tu cabeza sangrante.
 
Lo que pudo ser no ha sido.
 
 
 
 

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