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“No combatí; nadie lo mereció.”
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F. PESSOA
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"¿De dónde nos viene -y a tan pocos años- esta forma de cansancio
irresistible?".
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HARTMUT LANGE
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- 1. - SOLOS
POR DECRETO.
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-
Qué más
quisiera.
- Es difícil
escribir, en estos tiempos,
- de las
magnolias blancas,
- de los
crepúsculos de otoño,
- de labios de
grosella,
- manos de seda
- y cuellos de
muchachas de Giorgione.
-
- Yo qué más
quisiera
- que hablar de
ojos o de estrellas
- o de cabellos
al viento,
- de las
zarzamoras de la infancia,
- de los huecos
vacíos del alma.
-
- Qué más
quisiera que escribirte un soneto
- y enviártelo
en telegrama
- aunque en ello
se me fuera
- el jornal del
día.
-
- Estuve
haciendo cuentas
- y no me
cuadraban los adjetivos
- ni los acentos
obligados;
- quedaba
antigua la referencia al beso.
-
- Qué más
quisiera, amor,
- que regalarte
un sueño,
- que regalarte
un pétalo.
-
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-
-
-
Es la
hora del silencio,
- la de la tarde
- que yace en
los balcones,
- la hora del
hastío,
- de la luciente
labor de las hogueras.
-
- Es la hora del
balance avaro,
- de los números
turbios
- en los
almacenes fríos y oscuros
- donde habita
la fiebre,
- la opacidad
callada de la vigilia.
-
- Es la hora del
silencio,
- la del vino
agrio de los marginados,
- la de los
autos de fe modernos,
- la hora negra
de los masturbadores de cine
- y muchachas
huérfanas de tórax,
- es la hora del
pensar en el futuro
- calibrando el
pasado inalcanzable
- y la angustia
de notarse el corazón
- atado y lento
en el destino.
-
-
-
-
El día
que me enterraron
- no tenía nada
de especial.
- Ni llovía
- ni hacía un
día florido
- de primavera
dulce.
- El día que me
enterraron
- tapiaron el
alma
- con ladrillos
gruesos
- de
indiferencia y nieve.
- No recuerdo
- a qué hora me
enterraron,
- ni donde.
- Sólo
- creo tener el
presentimiento
- vago
- de haber
notado
- aquel frío
eterno en las entrañas,
- este frío
intenso y paralizante
- que aún
siento,
- a veces,
- cuando los
vivos vienen a visitarme.
-
-
-
-
No es
más
- que el
protozoo siniestro
- de la niebla
- que empaña el
vidrio
- sudoroso
- de la fiebre,
- la estalactita
blanca
- de la memoria
- que estremece
al olvido.
-
- No es otra
cosa
- que el
escalofrío sordo de la ciudad
- desierta
- borrándose en
la página
- infinita de la
nada;
- el horizonte
de la edad herida
- en manantial
ardiente de tinieblas.
-
- La soledad
- no es más que
un féretro robado
- al incendio de
chatarras de la tarde.
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-
-
-
Hoy ha
amanecido pronto en el sanatorio
- y andamos
todos locos buscando
- nuestra ración
doble
- de Sinogán con
leche.
- Andamos todos
- con pies
desnudos de sosiego
- pisando el
patio,
- la basura
bella y necesaria
- de la aurora
epiléptica,
- la filoxera
- dulce de la
demencia.
- Ya
pronto los cuidadores,
- los no
contagiados,
- los elegidos
-
y entendidos
- en materia de
salud,
- comenzarán la
asidua tarea ingrata
- de repetirnos
por televisión,
-
radio,
-
prensa
- o circuito
cerrado
- las normas
escritas del manicomio,
- la guía de
comportamiento
- del loco fiel,
- el manual de
higiene y salud
- mental, se
supone,
- que ha de
regir este día.
- Hoy ha
amanecido marrón apagado,
- asfixiante,
- con la mala
leche de los débiles
- y el de la 215
ha vuelto a vomitar
- una iguana
blanca con pendientes de silicon
- y un tetrabrik
de miedo bajo el brazo.
-
-
-
-
Los
domingos son
- como caretas
viejas
- de lluvia
persistente.
- Los domingos
- no tienen alma
ni esencia,
- sólo una luz
anciana de colegios cerrados.
-
- Yo solía jugar
los domingos a las canicas,
- y cuando no,
- jugaba a los
platillos
- en el patio de
plomo
- y cal amarga.
-
- En domingo se
suicidan
- los
homosexuales frustrados
- de carne púber
- y genitales
lampiños.
-
- La fiebre
- desnuda
bacterias en domingo
- y hace del
amanecer
- un espejo
turbio
- de espadañas
tristes.
-
- Y el cine.
-
Arroyo lento de sueño vespertino
- invicto en el
clamor momentáneo
- del blanco y
negro
- de las
películas
- mudas.
-
-
-
-
-
Este
espejo del cuarto de baño
- me conoce como
yo mismo,
- casi me habla.
- Por las
mañanas me saluda
- con sus pecas
blancas de jabón
- y salpicaduras
de crema dental.
- Por la noche
aparta la vista
- por no ver la
cara mustia y cansada,
- la de poros
violentos y ojos de pescado.
- Este espejo
del cuarto de baño
- conoce mis
secretos íntimos
- y mi verdad
oculta:
- la ansiedad
precisa de los fracasos
- de los días y
las noches,
- cotidianos,
repetidos,
- sin solución
aparente.
- A este espejo
- hace tiempo
que se le pudrió
- la lámpara,
- pero me
observa y saluda
- desde la
sombra sorda,
- desde la
eterna nada
- que florece en
el silencio.
-
-
-
-
Hasta
mi cama
- llegó esta
mañana un rayo de metal
- y esponja
- que me
despertó del sueño.
-
- El pájaro
zahareño de mi jaula
- ya llevaba un
rato cantando
- la misma
melodía
- de Fauré,
- la de todos
los días,
- por requerir
- su alpiste
- de mazapán con
frutas.
-
- Intenté darme
la vuelta,
- obviar el
despertador que se desperezaba
- en la mesilla.
- Fue imposible.
- Las persianas
se alzaron
- y empezó de
nuevo
- la ticoscopia
absurda
- de la mañana
núbil.
-
-
-
-
La
década ominosa
- fue del
veintitrés
- al treinta y
tres
- del siglo
pasado.
- Al menos
- eso decían los
libros.
- Ahora todo es
diferente.
- Ya se ha hecho
realidad el progreso.
- Quedan pocos
limpiabotas,
- niños
famélicos,
- y putas
escuálidas
- de
permanganato y bubas.
- La lavadora
- ha supuesto un
gran avance
- para el ama de
casa
- en la
consecución
- de sus
derechos
- vitales.
- Ahora todo es
diferente.
- Con la llegada
del marcapasos
- tenemos
emociones
- perfectas de
plástico humano
- que nada
tienen que ver
- con la antigua
angustia degenerativa
- del miocardio.
- Todo es
diferente.
- El bienestar
ha llegado,
- y con ello,
- la extinción
de la soledad
- atávica y
mórbida.
-
-
-
-
-
La batalla contra la soledad está tan
-
perdida como la batalla contra la muerte
- (C.J.
Cela)
-
-
La
soledad
- es una araña
de acero
- que teje
alambres de hielo.
- La soledad ya
la cantaban
- las
folclóricas de postguerra
- en aquella
radio
- de madera
- y botones de
oro falso
- que casi
siempre estaba en la cocina,
- en la cocina
grande,
- en la de
paredes amarillas.
- Ya la
cantaban,
- la soledad me
refiero,
- los ciegos
pedigüeños de las tabernas
- turbias,
- los de la
puerta antigua
- de la plaza de
abastos.
- No sé si ya la
cantaban en el Siglo de Pericles,
- o en la Paz
Augusta, o en la época turbia
- de los
trovadores suicidas.
- La soledad
- es una araña
de acero
- que teje hilos
amarillos.
-
- La soledad,
carajo, no tiene remedio.
-
-
-
-
-
2. -ISLA
INTERIOR.
-
-
Diríase
que nada queda del otoño
- ni de los
olivos grises
- donde un día
apagáronse
- las mariposas.
-
- Diríase que es
bisiesta
- la hora de la
dicha,
- la
trashumancia lenta
- de las nubes
- hacia el sur.
-
- Sobre las
manos, laureles dormidos
- y la costumbre
antigua de la canción
- gastada,
- ese gemido
transparente y crudo
- cuando la
noche
- hace calcetas
con las hebras del sueño.
-
- Diríase que
todo es hueco,
- aljibe oscuro,
voz ilusoria,
- descompasado
canto de notas equívocas
- que alertan el
espacio
- con telarañas
fieles
- a las horas
del olvido.
-
-
-
-
-
He de
limpiarme
- los élitros
con betún negro
- para que
brillen
- cuando adopto
postura
- de espaldas a
la ventana
- haciéndome el
interesante
- y así atraer a
mi vecina.
-
- Es viuda. Y
sólo sale
- para comprar
pilas a la radio.
-
- De otro modo,
- podría
agasajarla por la calle
- empezando por
expresarle
- mi más sentido
pésame.
-
- He de
limpiarme los élitros
- con betún
negro
- o presentarme
a las próximas elecciones.
-
-
-
-
Hoy he
escrito un nuevo poema
- y he logrado
tomarme el café
- justo a la
hora en que me apetecía.
- He vaciado el
cenicero
-
y no estaba colmado,
- lo que
significa,
-
inequívocamente,
-
que por
costumbre
- fumo más
cigarrillos
-
de los que necesito.
- Podría ahorrar
- para un
calentador
- nuevo.
- He de confesar
- que no he
almorzado
- saludablemente
- por no bajar
al supermercado
- y empujar de
nuevo el carrito
- de los lunes.
- Hoy he escrito
un nuevo poema,
- el aparato
multiusos sigue en su rincón,
- no ha venido
nadie a visitarme
- y se ha
averiado de nuevo la tele.
- Si esto durase
dos días más
- ya podría
guardarse Dios la gloria
- para sus
bienaventurados
- arcángeles.
-
-
-
-
En mi
cocina vive una cucaracha roja.
-
- Cuando llego
por las noches
- me recibe
huyendo,
- y yo, por
costumbre ebrio,
- me siento en
la silla de formica beige
- y le hablo
dulcemente
- con voz de
algodón
- y alcohol de
tabernas.
-
- Pero ella,
paciente e irrespetuosa,
- espera a que
se apague la luz
- para salir de
nuevo,
- alevosa y
nocturnal,
- a hurgar en
mis cacharros,
- obviándome,
- despreciando
mi ternura.
-
- Hoy he llegado
a pensar
- que somos
incompatibles
- y que no hay
ya lugar
- para los dos
- en esta casa.
-
-
-
-
-
Bésame
la boca
- con tu boca de
rosas,
- con tu boca de
mirtos,
- con tu boca de
cáscara de naranja mandarina.
- Bésame la boca
- y ahuyenta mi
tristeza de lata en la basura.
- Llévame al
garaje,
- el día es frío
y ando a tres pistones.
- Bésame.
- Famélico de
labios me ato a la camilla
- y fumo del
recuerdo.
- Bésame la
boca,
- píntate los
labios de carmín oscuro
- y bésame la
boca
- con tu boca de
cáscara de naranja mandarina.
-
-
-
-
La
radio ha dicho
- que se esperan
momentos duros
- para la
estabilidad emocional
- del individuo
adulto.
-
- La radio dice
muchas cosas,
- a veces,
- hasta anuncia
cremas
- para
revitalizar la piel
- y realzar los
senos.
-
- Las moscas
amarillas de la tarde
- no saben nada
de pieles turgentes
- ni de senos
revitalizados;
- sólo de azúcar
- y restos de
leche en la cuchara.
-
- La radio dice
muchas cosas
- pero las
moscas no atienden
- o tienen otros
intereses
- que no
entendemos
- los que
carecemos de alas.
-
-
-
-
No
encuentro el libro de cocina
- ni las
servilletas de fresas rojas
- y muñecos de
tiovivo.
-
- He buscado en
el armario de las ropas
- y no me valen
las corbatas para la cena.
-
- Ahí están las
gafas sobre la mesa,
- hace semanas
que no las limpio,
- el doctor me
aconsejó que las usara
- continuamente
- pero no acabo
de acostumbrarme
- al cuerpo
extraño.
-
- No encuentro
el libro de cocina.
-
- Abriré otra
lata de conservas.
-
-
-
-
Hoy ha
salido el treinta y tres.
-
- Mala suerte.
-
- Nunca estuve
más descaminado.
-
- Las amapolas
de mi cuadro
- tienen sed de
patios nuevos.
-
- Viniste
- y tu vestido
abandonado en el sofá
- ya no era el
mismo.
-
- Ponme otra
copa de ginebra,
- a ser posible
- con galletas
de coco.
-
- No acabo de
encontrar
- los
crucigramas
- que perdí el
domingo.
-
- Me aburro.
- Habré de
visitar de nuevo
- la tienda de
veinte duros.
-
- Qué desidia,
qué cansancio
- el de las
flores secas.
-
- Hoy salió el
treinta y tres
- y tuve que
hacerme la cama
- de nuevo
- solo.
-
-
-
-
Desde
aquí no se divisa el horizonte,
- ni los
sembrados,
- ni el color de
las aulagas amarillas.
- Desde aquí la
paz se estrecha
- hasta hacerse
un suspiro,
- un hilo
invisible
- de agua
residual y mística.
- Miro al
después desde el entonces muerto:
- cañas mojadas,
- labios
rabiosos de escarlata y lumbre.
- Ha muerto el
sol en las paredes frías,
- en los gruesos
vidrios como jaula
- o tumba. Y es
la soledad
- un mando a
distancia
- que juega con
nosotros en nuestros patios,
- los de las
horas blancas.
-
-
-
- 3. -
BODEGÓN SIN FIGURAS.
-
-
La
noche aprieta
- y sorprende el
cansancio letal
- la carne
viva,
- la nebulosa
oscura,
- la de las
horas muertas.
- Es entonces,
agazapado,
- cuando el
insomnio hiere,
- cuando levanta
el fuego
- de la callada
lumbre del naufragio.
-
- Cuando el
tiempo va haciendo virutas
- encuentras la
cola
- restauradora y
blanca
- que adhiere
los pedazos de tu historia.
- Y piensas
- que los años
más intensos de la vida
- aún están por
llegar
- asidos de la
mano con las flores
- que aroman la
nostalgia.
-
- Y es cierto,
-el alba se despoja del sudario-,
- que hay algo
que gozar con el insomnio:
- la vida,
- la música
- que de otra
forma nunca oirías,
- los retazos de
angustia
- que maduran la
conciencia.
- Y el tabaco.
-
-
-
-
Huele a
limón con el viento del este
- o quizás a las
hojas de la yerbaluisa.
- Fantasmas de
mis días o los tuyos
- lejos de la
sala y de los libros abiertos.
-
- Huele a limón.
O a yerbaluisa.
- O al agua
paciente
- con que la
nube moja
- la blanca
estación de los naranjales.
-
- Esta es una
ciudad sin avenidas,
- sin plazas ni
fuentes, sin verdaderas
- casas
- ni palmeras
- verdes.
-
- Huele a limón
con el viento del este
- y las palomas
pisan
- las azoteas
- donde vivías
la dicha
- de las manos
nuevas.
-
- Se duelen los
insectos de tu ausencia
- y apunta la
veleta hacia las sombras.
-
- En esta ciudad
no hay avenidas
- por donde
pasear del brazo
- los
adolescentes.
- Huele a limón,
o a yerbaluisa,
- o al lejano
aire de tu traje rosa.
-
-
-
-
-
El
corazón
- le trazaba los
pasos
- de zapatos
viejos y noches apagadas.
- El corazón,
testarudo, repetía
- su historia de
amor
- o soledad de
cometa.
-
- Era historia o
drama,
- encanto o
sueño,
- delicado
júbilo.
-
- Su médico
- no había de
entender el secreto dulce
- de ese vicio
compulsivo,
- un cigarrillo
tras otro,
- las bocanadas
nerviosas,
- las succiones
inquietas
- por repetir la
dicha,
- oh, la soledad
colmada,
- la bella
debilidad
- que el corazón
anhela.
-
- Un cigarrillo
tras otro,
- el compulsivo
deseo
- de bajar al
bar y pisar contento,
- arrogante y
tierno,
- extender la
mano,
- sonriente,
casi ebrio.
-
- Su soledad
huía al escuchar la voz,
- la voz sin
rostro que ahuyentaba al frío:
- -”Su
tabaco, gracias.”
-
-
-
-
Qué
buscará el viento en las persianas,
- las
impregnadas de polvo,
- las castigadas
de sol
- y uñas de
lluvias
- en las tardes.
-
- Qué buscará en
estas persianas
- fronteras del
espacio,
- tabiques de la
huida.
-
- No hay nada
que ocultar
- entre las
paredes
- donde
- a la pintura
le ha salido
- celulitis
- y a los
jarrones
- el hongo
transparente del olvido.
-
- Qué buscará
desde afuera,
- desde el mundo
hasta el exilio,
- desde el mundo
de las luces
- que no captan
los objetos.
-
- Qué buscará
- sino este
vuelo del olvido
- por abrazar la
vida,
- por despreciar
el tiempo.
-
-
-
-
La
mañana acaba de violar el silencio
- y ya regresan
- los últimos
gatos lascivos
- por los
tejados.
-
Quisiera hacerme el mendigo del barrio
- por sorber los
primeros tragos profundos de libertad
- en las
plazuelas, por sentir la dicha
- de no
pertenecer a nada, sólo al cartón
- y a los
recuerdos. Lo irrazonable.
- No es nada
nuevo que salga el sol
- y empiece la
desgarrada música de cañerías
- a recordar que
la vida sigue con nosotros.
-
- Obscenos
pájaros marrones se aman en las antenas.
-
- En casa hay
una orla con retratos de muertos
- que sonríen
fúnebres esperando verme aparecer
- con el
albornoz canela y blanco.
-
- Tiene un
tímido secreto la mañana
- que nunca
lograremos descifrar.
-
Mejor salgamos
- a buscar la
compasión que los hombres anhelan.
-
-
-
-
Fue lo
único que mereció la pena
- en todo el
día,
-
en todo el tiempo.
- Porque el
tiempo
-
sólo pasa cuando se cuenta
- allí estaba
perdido
-
en el teléfono.
- Eran blancos
los minutos
-
y su sombra
- se escapaba
por los hilos
- que temían al
silencio.
-
- De dónde venía
aquel día
-
si no sabía a dónde iba.
- Estaba en el
mundo,
-
clavado e inmóvil,
- en el mundo
-
donde el amor es sólo una grafía.
- El silencio.
-
Levemente descorría los visillos
- porque la boca
le sabía
-
a eternidad y a álgebra.
- Fue lo único
que mereció la pena.
- Era gris y
gelatinoso el día.
- Ochenta y dos
pesetas el minuto:
-
- "Te amo".
-
-
-
-
Estamos
aquí a pesar de todo,
- a pesar de la
abulia,
- a pesar del
dolor,
- a pesar del
pensamiento.
- El sol
- parece
confirmar que estaremos otro día,
- al menos,
- gozando del
paisaje,
- gozando de la
tierra,
- gozando de la
dicha,
- gozando de la
nada.
- Estamos aquí,
- y estaremos,
afortunadamente,
- gozando de las
aguas
- cansadas de
los tiempos,
- gozando del
oxígeno
- que oxida la
alegría.
- Gozándonos
eternos,
- gozándonos
mortales.
- Gozamos
nuestros gestos,
- gozamos de
este brillo
- que alegra
nuestras horas
- de vida y
esperanza,
- de imagen y
deseo.
- Gozamos esta
mezcla
- de miedo y
soledad,
- de música sin
fondo
- y siempre
persiguiendo el aire en las ventanas.
- Gozamos todos
ciegos,
- tan solos,
desterrados,
- jugando al
juego antiguo de la misantropía.
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