Juan José Vélez Otero

 

Antología tercera 

 
 
JUEGOS  DE  MISANTROPÍA
 
“No combatí; nadie lo mereció.”
F. PESSOA
 
"¿De dónde nos viene -y a tan pocos años- esta forma de cansancio irresistible?".
HARTMUT  LANGE
 
 
 
1. - SOLOS POR DECRETO.
 
Qué más quisiera.
Es difícil escribir, en estos tiempos,
de las magnolias blancas,
de los crepúsculos de otoño,
de labios de grosella,
manos de seda
y cuellos de muchachas de Giorgione.
 
Yo qué más quisiera
que hablar de ojos o de estrellas
o de cabellos al viento,
de las zarzamoras de la infancia,
de los huecos vacíos del alma.
 
Qué más quisiera que escribirte un soneto
y enviártelo en telegrama
aunque en ello se me fuera
el jornal del día.
 
Estuve haciendo cuentas
y no me cuadraban los adjetivos
ni los acentos obligados;
quedaba antigua la referencia al beso.
 
Qué más quisiera, amor,
que regalarte un sueño,
que regalarte un pétalo.
 
 
 
 
Es la hora del silencio,
la de la tarde
que yace en los balcones,
la hora del hastío,
de la luciente labor de las hogueras.
 
Es la hora del balance avaro,
de los números turbios
en los almacenes fríos y oscuros
donde habita la fiebre,
la opacidad callada de la vigilia.
 
Es la hora del silencio,
la del vino agrio de los marginados,
la de los autos de fe modernos,
la hora negra de los masturbadores de cine
y muchachas huérfanas de tórax,
es la hora del pensar en el futuro
calibrando el pasado inalcanzable
y la angustia de notarse el corazón
atado y lento en el destino.
 
 
 
El día que me enterraron
no tenía nada de especial.
Ni llovía
ni hacía un día florido
de primavera dulce.
El día que me enterraron
tapiaron el alma
con ladrillos gruesos
de indiferencia y nieve.
No recuerdo
a qué hora me enterraron,
ni donde.
Sólo
creo tener el presentimiento
vago
de haber notado
aquel frío eterno en las entrañas,
este frío intenso y paralizante
que aún siento,
a veces,
cuando los vivos vienen a visitarme.
 
 
 
No es más
que el protozoo siniestro
de la niebla
que empaña el vidrio
sudoroso
de la fiebre,
la estalactita blanca
de la memoria
que estremece al olvido.
 
No es otra cosa
que el escalofrío sordo de la ciudad
desierta
borrándose en la página
infinita de la nada;
el horizonte de la edad herida
en manantial  ardiente de tinieblas.
 
La soledad
no es más que un féretro robado
al incendio de chatarras de la tarde.
 
 
 

 
Hoy ha amanecido pronto en el sanatorio
y andamos todos locos buscando
nuestra ración doble
de Sinogán con leche.
Andamos todos
con pies desnudos de sosiego
pisando el patio,
la basura bella y necesaria
de la aurora epiléptica,
la filoxera
dulce de la demencia.
      Ya pronto los cuidadores,
los no contagiados,
los elegidos
                    y entendidos
en materia de salud,
comenzarán la asidua tarea ingrata
de repetirnos por televisión,
                                               radio,
                                                          prensa
o circuito cerrado
las normas escritas del manicomio,
la guía de comportamiento
del loco fiel,
el manual de higiene y salud
mental, se supone,
que ha de regir este día.
Hoy ha amanecido marrón apagado,
asfixiante,
con la mala leche de los débiles
y el de la 215 ha vuelto a vomitar
una iguana blanca con pendientes de silicon
y un tetrabrik de miedo bajo el brazo.
 
 
 
Los domingos son
como caretas viejas
de lluvia persistente.
Los domingos
no tienen alma ni esencia,
sólo una luz anciana de colegios cerrados.
 
Yo solía jugar los domingos a las canicas,
y cuando no,
jugaba a los platillos
en el patio de plomo
y cal amarga.
 
En domingo se suicidan
los homosexuales frustrados
de carne púber
y genitales lampiños.
 
La fiebre
desnuda bacterias en domingo
y hace del amanecer
un espejo turbio
de espadañas tristes.
 
Y el cine.
                 Arroyo lento de sueño vespertino
invicto en el clamor momentáneo
del blanco y negro
de las películas
mudas.
 
 
 
 
Este espejo del cuarto de baño
me conoce como yo mismo,
casi me habla.
Por las mañanas me saluda
con sus pecas blancas de jabón
y salpicaduras de crema dental.
Por la noche aparta la vista
por no ver la cara mustia y cansada,
la de poros violentos y ojos de pescado.
Este espejo del cuarto de baño
conoce mis secretos íntimos
y mi verdad oculta:
la ansiedad precisa de los fracasos
de los días y las noches,
cotidianos, repetidos,
sin solución aparente.
A este espejo
hace tiempo que se le pudrió
la lámpara,
pero me observa y saluda
desde la sombra sorda,
desde la eterna nada
que florece en el silencio.
 
 
 
Hasta mi cama
llegó esta mañana un rayo de metal
y esponja
que me despertó del sueño.
 
El pájaro zahareño de mi jaula
ya llevaba un rato cantando
la misma melodía
de Fauré,
la de todos los días,
por requerir
su alpiste
de mazapán con frutas.
 
Intenté darme la vuelta,
obviar el despertador que se desperezaba
en la mesilla.
Fue imposible.
Las persianas se alzaron
y empezó de nuevo
la ticoscopia absurda
de la mañana núbil.
 
 
 
La década ominosa
fue del veintitrés
al treinta y tres
del siglo pasado.
Al menos
eso decían los libros.
Ahora todo es diferente.
Ya se ha hecho realidad el progreso.
Quedan pocos limpiabotas,
niños famélicos,
y putas escuálidas
de permanganato y bubas.
La lavadora
ha supuesto un gran avance
para el ama de casa
en la consecución
de sus derechos
vitales.
Ahora todo es diferente.
Con la llegada del marcapasos
tenemos emociones
perfectas de plástico humano
que nada tienen que ver
con la antigua angustia degenerativa
del miocardio.
Todo es diferente.
El bienestar ha llegado,
y con ello,
la extinción de la soledad
atávica y mórbida.
 
 
 
 
La batalla contra la soledad está tan
perdida como la batalla contra la muerte
(C.J. Cela)                                                       
 
La soledad
es una araña de acero
que teje alambres de hielo.
La soledad ya la cantaban
las folclóricas de postguerra
en aquella radio
de madera
y botones de oro falso
que casi siempre estaba en la cocina,
en la cocina grande,
en la de paredes amarillas.
Ya la cantaban,
la soledad me refiero,
los ciegos pedigüeños de las tabernas
turbias,
los de la puerta antigua
de la plaza de abastos.
No sé si ya la cantaban en el Siglo de Pericles,
o en la Paz Augusta, o en la época turbia
de los trovadores suicidas.
La soledad
es una araña de acero
que teje hilos amarillos.
 
La soledad, carajo, no tiene remedio.
 
 
 
 
 2. -ISLA INTERIOR.
 
Diríase que nada queda del otoño
ni de los olivos grises
donde un día apagáronse
las mariposas.
 
Diríase que es bisiesta
la hora de la dicha,
la trashumancia lenta
de las nubes
hacia el sur.
 
Sobre las manos, laureles dormidos
y la costumbre antigua de la canción
gastada,
ese gemido transparente y crudo
cuando la noche
hace calcetas con las hebras del sueño.
 
Diríase que todo es hueco,
aljibe oscuro, voz ilusoria,
descompasado canto de notas equívocas
que alertan el espacio
con telarañas fieles
a las horas del olvido.
 
 
 
 
He de limpiarme
los élitros con betún negro
para que brillen
cuando adopto postura
de espaldas a la ventana
haciéndome el interesante
y así atraer a mi vecina.
 
Es viuda. Y sólo sale
para comprar pilas a la radio.
 
De otro modo,
podría agasajarla por la calle
empezando por expresarle
mi más sentido pésame.
 
He de limpiarme los élitros
con betún negro
o presentarme a las próximas elecciones.
 
 
 
Hoy he escrito un nuevo poema
y he logrado tomarme el café
justo a la hora en que me apetecía.
He vaciado el cenicero
                                       y no estaba colmado,
lo que significa, 
                            inequívocamente,
                                                          que por costumbre
fumo más cigarrillos
                                     de los que necesito.
Podría ahorrar
para un calentador
nuevo.
He de confesar
que no he almorzado
saludablemente
por no bajar al supermercado
y empujar de nuevo el carrito
de los lunes.
Hoy he escrito un nuevo poema,
el aparato multiusos sigue en su rincón,
no ha venido nadie a visitarme
y se ha averiado de nuevo la tele.
Si esto durase dos días más
ya podría guardarse Dios la gloria
para sus bienaventurados
arcángeles.
 
 
 
En mi cocina vive una cucaracha roja.
 
Cuando llego por las noches
me recibe huyendo,
y yo, por costumbre ebrio,
me siento en la silla de formica beige
y le hablo dulcemente
con voz de algodón
y alcohol de tabernas.
 
Pero ella, paciente e irrespetuosa,
espera a que se apague la luz
para salir de nuevo,
alevosa y nocturnal,
a hurgar en mis cacharros,
obviándome,
despreciando mi ternura.
 
Hoy he llegado a pensar
que somos incompatibles
y que no hay ya lugar
para los dos
en esta casa.
 
 
 
 
Bésame la boca
con tu boca de rosas,
con tu boca de mirtos,
con tu boca de cáscara de naranja mandarina.
Bésame la boca
y ahuyenta mi tristeza de lata en la basura.
Llévame al garaje,
el día es frío y ando a tres pistones.
Bésame.
Famélico de labios me ato a la camilla
y fumo del recuerdo.
Bésame la boca,
píntate los labios de carmín oscuro
y bésame la boca
con tu boca de cáscara de naranja mandarina.
 
 
 
La radio ha dicho
que se esperan momentos duros
para la estabilidad emocional
del individuo adulto.
 
La radio dice muchas cosas,
a veces,
hasta anuncia cremas
para revitalizar la piel
y realzar los senos.
 
Las moscas amarillas de la tarde
no saben nada de pieles turgentes
ni de senos revitalizados;
sólo de azúcar
y restos de leche en la cuchara.
 
La radio dice muchas cosas
pero las moscas no atienden
o tienen otros intereses
que no entendemos
los que carecemos de alas.
 
 
 
No encuentro el libro de cocina
ni las servilletas de fresas rojas
y muñecos de tiovivo.
 
He buscado en el armario de las ropas
y no me valen las corbatas para la cena.
 
Ahí están las gafas sobre la mesa,
hace semanas que no las limpio,
el doctor me aconsejó que las usara
continuamente
pero no acabo de acostumbrarme
al cuerpo extraño.
 
No encuentro el libro de cocina.
 
Abriré otra lata de conservas.
 
 
 
Hoy ha salido el treinta y tres.
 
Mala suerte.
 
Nunca estuve más descaminado.
 
Las amapolas de mi cuadro
tienen sed de patios nuevos.
 
Viniste
y tu vestido abandonado en el sofá
ya no era el mismo.
 
Ponme otra copa de ginebra,
a ser posible
con galletas de coco.
 
No acabo de encontrar
los crucigramas
que perdí el domingo.
 
Me aburro.
Habré de visitar de nuevo
la tienda de  veinte duros.
 
Qué desidia, qué cansancio
el de las flores secas.
 
Hoy salió el treinta y tres
y tuve que hacerme la cama
de nuevo
solo.
 
 
 
Desde aquí no se divisa el horizonte,
ni los sembrados,
ni el color de las aulagas amarillas.
Desde aquí la paz se estrecha
hasta hacerse un suspiro,
un hilo invisible
de agua residual y mística.
Miro al después desde el entonces muerto:
cañas mojadas,
labios rabiosos de escarlata y lumbre.
Ha muerto el sol en las paredes frías,
en los gruesos vidrios como jaula
o tumba. Y es la soledad
un mando a distancia
que juega con nosotros en nuestros patios,
los de las horas blancas.
 
 
 
3. - BODEGÓN SIN FIGURAS.
 
La noche aprieta
y sorprende el cansancio letal
la carne viva,
la nebulosa oscura,
la de las horas muertas.
Es entonces, agazapado,
cuando el insomnio hiere,
cuando levanta el fuego
de la callada lumbre del naufragio.
 
Cuando el tiempo va haciendo virutas
encuentras la cola
restauradora y blanca
que adhiere los pedazos de tu historia.
Y piensas
que los años más intensos de la vida
aún están por llegar
asidos de la mano con las flores
que aroman la nostalgia.
 
Y es cierto, -el alba se despoja del sudario-,
que hay algo que gozar con el insomnio:
la vida,
la música
que de otra forma nunca oirías,
los retazos de angustia
que maduran la conciencia.
Y el tabaco.
 
 
 
Huele a limón con el viento del este
o quizás a las hojas de la yerbaluisa.
Fantasmas de mis días o los tuyos
lejos de la sala y de los libros abiertos.
 
Huele a limón. O a yerbaluisa.
O al agua paciente
con que la nube moja
la blanca estación de los naranjales.
 
Esta es una ciudad sin avenidas,
sin plazas ni fuentes, sin verdaderas
casas
ni palmeras
verdes.
 
Huele a limón con el viento del este
y las palomas pisan
las azoteas
donde vivías la dicha
de las manos nuevas.
 
Se duelen los insectos de tu ausencia
y apunta la veleta hacia las sombras.
 
En esta ciudad no hay avenidas
por donde pasear del brazo
los adolescentes.
Huele a limón, o a yerbaluisa,
o al lejano aire de tu traje rosa.
 
 
 
 
El corazón
le trazaba los pasos
de zapatos viejos y noches apagadas.
El corazón, testarudo, repetía
su historia de amor
o soledad de cometa.
 
Era historia o drama,
encanto o sueño,
delicado júbilo.
 
Su médico
no había de entender el secreto dulce
de ese vicio compulsivo,
un cigarrillo tras otro,
las bocanadas nerviosas,
las succiones inquietas
por repetir la dicha,
oh, la soledad colmada,
la bella debilidad
que el corazón anhela.
 
Un cigarrillo tras otro,
el compulsivo deseo
de bajar al bar y pisar contento,
arrogante y tierno,
extender la mano,
sonriente, casi ebrio.
 
Su soledad huía al escuchar la voz,
la voz sin rostro que ahuyentaba al frío:
-”Su tabaco, gracias.”
 
 
 
Qué buscará el viento en las persianas,
las impregnadas de polvo,
las castigadas de sol
y uñas de lluvias
en las tardes.
 
Qué buscará en estas persianas
fronteras del espacio,
tabiques de la huida.
 
No hay nada que ocultar
entre las paredes
donde
a la pintura le ha salido
celulitis
y a los jarrones
el hongo transparente del olvido.
 
Qué buscará desde afuera,
desde el mundo hasta el exilio,
desde el mundo de las luces
que no captan los objetos.
 
Qué buscará
sino este vuelo del olvido
por abrazar la vida,
por despreciar el tiempo.
 
 
 
La mañana acaba de violar el silencio
y ya regresan
los últimos gatos lascivos
por los tejados.
                          Quisiera hacerme el mendigo del barrio
por sorber los primeros tragos profundos de libertad
en las plazuelas, por sentir la dicha
de no pertenecer a nada, sólo al cartón
y a los recuerdos. Lo irrazonable.
No es nada nuevo que salga el sol
y empiece la desgarrada música de cañerías
a recordar que la vida sigue con nosotros.
 
Obscenos pájaros marrones se aman en las antenas.
 
En casa hay una orla con retratos de muertos
que sonríen fúnebres esperando verme aparecer
con el albornoz canela y blanco.
 
Tiene un tímido secreto la mañana
que nunca lograremos descifrar.
                                                  Mejor salgamos
a buscar la compasión que los hombres anhelan.
 
 
 
Fue lo único que mereció la pena
en todo el día,
                        en todo el tiempo.
Porque el tiempo
                            sólo pasa cuando se cuenta
allí estaba perdido
                              en el teléfono.
Eran blancos los minutos
                                          y su sombra
se escapaba por los hilos
que temían al silencio.
 
De dónde venía aquel día
                                          si no sabía a dónde iba.
Estaba en el mundo,
                                 clavado e  inmóvil,
en el mundo
                     donde el amor es sólo una grafía.
El silencio.
                     Levemente descorría los visillos
porque la boca le sabía
                                      a eternidad y a álgebra.
Fue lo único que mereció la pena.
Era gris y gelatinoso el día.
Ochenta y dos pesetas el  minuto:
                                                       - "Te amo".
 
 
 
Estamos aquí a pesar de todo,
a pesar de la abulia,
a pesar del dolor,
a pesar del pensamiento.
El sol
parece confirmar que estaremos otro día,
al menos,
gozando del paisaje,
gozando de la tierra,
gozando de la dicha,
gozando de la nada.
Estamos aquí,
y estaremos, afortunadamente,
gozando de las aguas
cansadas de los tiempos,
gozando del oxígeno
que oxida la alegría.
Gozándonos eternos,
gozándonos mortales.
Gozamos nuestros gestos,
gozamos de este brillo
que alegra nuestras horas
de vida y esperanza,
de imagen y deseo.
Gozamos esta mezcla
de miedo y soledad,
de música sin fondo
y siempre persiguiendo el aire en las ventanas.
Gozamos todos ciegos,
tan solos, desterrados,
jugando al juego antiguo de la misantropía.
 
 
 
 

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