Juan José Vélez Otero

 

Antología segunda

 

 

                EL SONIDO DE LA RUECA
 
 
 
 
 
PRELUDIO
 
 
 
 
Et l'amertume est douce, et l'esprit clair.
(Paul Valery)
 
Ahogado en soledad, duela de olvido,
ujier del abandono, día a día
frecuento el lupanar de la poesía.
Y sueño, no descanso, lucho, pido
 
la luz; viene la sombra, el alarido
nielado, sin cesar la lluvia fría,
la noche viene negra, la agonía
de amar la aurora azul y estar perdido.
 
Enferma, la razón quiere dejarla,
mas llama a la pasión, tierna rabiza
y muero por morderla y por besarla.
 
Se escapa por la sangre y descuartiza
con saña el corazón, que por amarla,
la toma por hetaira y por nodriza.
 
 

 

PRIMER MOVIMIENTO
        (Adagio)
 
...y no hallé cosa en que poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte.
(Francisco de Quevedo)
 
 
Me llamarán, nos llamarán a todos.
(Blas de Otero)
 
 
Abrir los ojos para ver
lo mismo,
poner el cuerpo en marcha para andar
lo mismo,
comenzar a vivir, pero sabiendo
el fracaso final de la última hora.
(Ángel González)
 
 
 
 
 
De nuevo, en esta tarde de febrero,
la lluvia mansa, plomo y naftalina,
ha visto deslizarse, vespertina,
la dulce soledad hacia el sendero
 
que lleva hasta mi alma. Prisionero
de nubes, tierra negra y mar albina
me duermo y acrisolo en la resina
del limo de la tarde en aguacero.
 
Dejadme momia intacta hasta que venga
la muerte a despertarme de la vida.
Dejadme aquí olvidado hasta que tenga
 
de nieve la crisálida teñida,
de noche el corazón parado, y luenga
el alma de soñar enternecida.
 
 
 
En vano me detengo, en vano abarco
las ondas del segundo con el pecho;
tan pronto en el empeño soy maltrecho,
en otro batallar nuevo me embarco.
 
Me aferro y me apresuro como barco
de ciego timonel hacia el barbecho
que espera a mi cadáver, hacia el lecho
que espera a mi cadáver frío y parco.
 
Mas sigo a mi pesar, sigo la marcha
al ritmo de manillas y trompetas
en busca de la fría y dura escarcha.
 
Ya oigo el retumbar de las piquetas,
ya arrecia el viento crudo en esta almarcha
haciendo enloquecer a las veletas.
 
 
 
Traemos un reloj cuando nacemos
que siempre nuestras horas va marcando
ansioso, las manillas golpeando,
chascando nuestra carne como remos.
 
La nave nos transporta y no sabemos
qué puerto ni qué orilla agonizando
tocamos confundidos, mas buscando
bonanza o tempestad que no tenemos.
 
Ganamos o perdemos la partida
trepando por los riscos con la suerte
del pájaro que ignora donde anida.
 
Y observas indefenso, frío, inerte,
la bruma oscura y fría de la vida,
la niebla helada y negra de la muerte.
 
 
Amó, cantó y oró. Desde el convento,
de oscuro añil preñó la tarde ufana,
plagó de tristes grajos la mañana,
con bronces le cambió la voz al viento.
 
Vivió entregado al rito y al lamento.
Sonora marioneta, la campana
tañía. Arrinconado en la sotana
a Dios sirvió de ofrenda y de sustento.
 
Fue el día en el que oyó negros tambores;
al ver almidonado su sudario
gritó desde la vega a los alcores:
 
No quiero estar en voz del campanario
ni hacer de las cigüeñas altas flores.
¡Manténme preso, atado a este calvario!
 
 

 

 
 
A Manuel Núñez Rguez.
In memoriam.
 
 
A muerto, la campana toca a muerto.
Ha muerto con la tarde y sin billete
de vuelta. Beberá pronto del Lete
cubierto de serrín y pez, cubierto.
 
Navega el ataúd destino a un puerto
de sombras, carne muerta en el grumete;
golpea hacia el vacío triste ariete,
golpea hacia la nada, en el desierto.
 
La vida en su destino es el destierro
salvaje, culminado cual si fuera
un baile de relojes el entierro.
 
Callado funeral de nieve y cera,
qué golpe de azahar, de flor y hierro
morir naciendo ya la primavera.
 
 
 
Dejado de la mano de la Ira
aquí me ves, perfecto abandonado,
mascando soledad y deshojado,
temblando ante el otoño que me mira.
 
De nuevo la tristeza me suspira
puñales al oído, y a mi lado
un baile de esqueletos ha empezado
a armar los fundamentos de mi pira.
 
Oh, tiempo, soledad, vacío,  muerte
proclaman sin cesar la danza eterna
de arena en los relojes, negra suerte.
 
Postrado de huracán y de galerna
aquí me ves dormido, frío, inerte,
soñando que la aurora en mí se cierna.
 
 
 
Levanta el sol su luz de blanca cuna,
y joven, de la aurora va surgiendo
lozano y a las sombras persiguiendo,
atado con el día a la Fortuna.
 
Las horas, lentamente, una a una,
ansioso hacia el cenit va consumiendo.
Las puertas del ocaso resistiendo
le esperan tras el monte en tumba bruna.
 
Si larga la mañana, lenta y verde,
¡qué presto el declinar hacia la sierra!
Si alegre fue subir, ¡cómo ahora muerde
 
del tiempo el corazón! La luz se aferra
al último rincón y al fin se pierde
lo mismo que el humano hacia la tierra.
 
 
 

 

Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros
cantando; ...
(J.R. JIMENEZ)
 
¿Adónde van los sueños, la sonrisa,
adónde la ilusión, dónde los años,
adónde la pasión, la voz, los caños
de luz y de color van tan deprisa?
 
¿Por qué la ola abrupta se hace lisa
y empiezo ya a contarme los peldaños
del tiempo y desempolvo los antaños
que ordeno como un viejo en la repisa?
 
Agarro con la voz y con los dientes,
agarro como un loco agonizando
los prados de mi tiempo y las corrientes.
 
Cualquiera que me oiga: estoy bramando;
mañana seré polvo entre vivientes.
Se quedarán los pájaros cantando.
 
 
 
La tarde, mitad fuego, mitad cera,
transforma el carnaval que suena dentro
en huero funeral. Varado entro
al laberinto atroz de mi quimera.
 
Florecen amapolas a mi vera,
de sangre la color, de luto el centro.
En todo el derredor, cegado, encuentro
señales de ebullente primavera.
 
¿Y qué es, si no, la vida silenciosa? :
constante primavera que inventamos
huyendo del otoño que prorroga
 
la horca disfrazada y sentenciosa
que acecha a nuestro cuello. Recelamos
la firme meretriz, postrera soga.
 
 
 
Disfruta, sí, los zumos de Sileno,
la miel sabrosa y dulce de Aristeo,
no duermas mientras dure el apogeo
de címbalos y flautas sobre el heno.
 
Oh, goza de la ménade su seno,
da mano, sí, ¡evohé!, libre al deseo,
que el vino, ciegas aguas del Leteo,
arrastren la conciencia al negro cieno.
 
Oh, bebe de la vid gozosa fuente,
oh, liba sin cesar del vientre nuevo,
oh, brinca con la ninfa en la corriente.
 
Y piensa que si hoy eres efebo,
los días pasarán severamente;
mañana dormirás en el Erebo.
 
 
 
Si el hombre es soledad, carne y cadenas
atadas a peñascos de la tierra,
si libra sin cesar perpetua guerra
con ansias y temor a manos llenas.
 
Si son sus sueños cantos de sirenas
que llaman al lugar que siempre yerra
y al fin de tanto errar sus ojos cierra
cumpliendo la más ruin de las condenas.
 
Si es tiempo lo que mide su existencia
fugaz, etérea, apenas perceptible,
desde el primer sollozo en decadencia.
 
Si al polvo tornará toda su esencia,
a qué temer la Dama Imprevisible
si no es más que el final de la advertencia.
 
 
 

 

SEGUNDO MOVIMIENTO
        (Andante con Variazioni)
 
 
So are you to my thoughts, as food to life,
or as sweet-season´d showers are to the ground.
(W. Shakespeare)
 
 
que mi dolor oscuro no se muera en tus alas,
que en tu garganta de oro no se ahogue mi voz
(Pablo Neruda)
 
 

 

 
Tu carne entre las olas se hace roca
de nácar y el clavel liba en tus pechos
la leche de alga y miel. Tiemblan helechos
precoces en tus ojos. En tu boca
 
el sol, fragua de sangre, se desboca
en púrpura, arrebol. Tus muslos hechos
de luz al manantial suben derechos
en perlas de agua y sal que el oro toca.
 
La piel de tus caderas, tersa y dura,
es fría porcelana entre las olas.
El suave ocaso en ellas apresura
 
su luz hacia un lugar de caracolas.
Me tiene atravesado la ternura:
la tarde, el mar, tu cuerpo, tú y yo a solas.   
 
Mi boca en un suicidio descubría
la playa de tu piel calmada y clara,
el tibio manantial de mirto y jara
que al roce de tu boca florecía.
 
Colmado de mirarte amanecía
un sol entre tus ojos tristes para
cegar de claridad y dulcamara
mis ojos, sombra y sed, el alma mía.
 
¡Los pétalos del cuello con las ceras
fragantes de los pechos!... Hoy aúlla
el ángel solitario por las eras.
 
Mi cuerpo es soledad. Deja que huya
del ascua de tus manos pasajeras,
del leve acariciar de pluma tuya.
 
 
 
Las siete de la tarde. Estoy contigo.
Si sientes soledad tenme a tu lado.
La sangre del poniente me ha dejado
anclado con mis brazos al postigo.
 
El sol rojo de otoño que persigo
detrás del horizonte cae pausado
en lento incendio. Miro aniquilado
la luz de la que soy mudo testigo.
 
Sonríe, y que se mezcle con el viento
la blanca candidez que hay en tu boca.
Oh, de ella expectativo estoy y sediento.
 
El sol, limón enfermo, ya se apoca.
Levanta tu alegría al firmamento
que quiero aquí escuchar tu risa loca.
 

 

 
 
Donde habite el olvido
(Luis Cernuda)
 
Tú tienes labios rojos de amapola
y lengua de mezcal, el vientre claro;
yo tengo un corazón de sueño avaro,
de sueño, llanto azul y pena sola.
 
Tú llevas en la boca la corola
del nardo y del jazmín, la flor del maro.
Si yo abro el corazón refulge un faro
de nieve y soledad, de viento y ola.
 
Tú tienes juntos mar, la luz del día,
el cielo vasto, azul en la mirada;
yo miro solitario en la agonía.
 
Tú habitas en mi olvido todavía,
celosa centinela, con la espada
guardando bajo llamas mi alegría.
 
 
 
Y vino como lluvia hasta mi lado
e hizo germinar las sementeras
del huerto que refugio fue de fieras,
del huerto alijariego, emasculado.
 
El vino de su carne y su pecado
volcó de mi contorno en las esteras.
Los páramos volviéronse praderas
azules bajo el sol de luz preñado.
 
La noche sería alba perseguida
si atada al mismo alba renaciera
un día tras el otro merecida.
 
No importa que haya sol o niebla fuera,
no importa que la muerte esté escondida,
mi bosque tiene flores por doquiera.

 

 

Dormida y rubia, en la roca...
(R. Alberti)
 
Dormida, rubia y bronce, arena. Cielo
oculto de los ojos por la umbela
de pétalos, cristal y conchas. Vuela
la brisa entre la espuma. Con anhelo
 
la luz el cuerpo lame. Alzan el vuelo
los senos hacia el sol. Tibia canela,
los muslos se hacen sombra en la candela
del pubis, miel convexa, trigo y velo.
 
Dormida. Y por el mar viene el ocaso
a hacer de carmesí lo que ahora es oro,
a abrir la tumba gris del blanco día.
 
Despierta. Entre los ojos se abre paso
la luz azul del Sur y canta un coro
de ángeles triunfante sinfonía.
 
 
 
 
Del sabor de las moras tus pezones,
cerezas en tus labios libo y mimo.
Mi boca, fresa y agua, busca el limo
dulcísimo del cuerpo y sus rincones.
 
Te beso. Encuentro aroma de limones.
Te beso con mi voz, te beso y gimo
bebiendo de tu carne en un racimo
el ron de sangre dulce y corazones.
 
El mar te mueve el vientre de algas tiernas,
de muérdago y coral. Ebrio me arrojo
al bálsamo del pubis y las piernas.
 
Hundido remanal. Me exprimo y mojo
las mieses de oro y cobre, sempiternas,
que al tacto de tu piel de luz recojo.
 
 
Yo muero en ti al morderte la madura
granada de la boca, la amapola
del labio y al sorber de su corola
el jugo de uva tierna y lengua dura.
 
Yo muero, amor, y muero en la textura
de fruta verde, pluma y caracola.
De azúcar, de almorí, de pulpa sola
la carne de tu flor caliente, oscura.
 
La carne de tu flor, la sangre ardiente
que suena por tus labios como un río
crecido por la lluvia de repente.
 
Yo muero, amor, y muero en la corriente
sin límites del beso, en el rocío
inquieto que rezuma de tu frente.
 
 
 
No sólo flor y mar, también es fuego
constante el de tu carne, el de tu rosa,
abeja zumbadora, mariposa
de pluma, silbo y sol, verano y juego.
 
Derramas el caudal de nieve, y luego,
liberas un volcán que, ciego, osa
ungir el corazón de mirto y fosa,
de sábana, hoja azul, dulzor y espliego.
 
Yo sé que en el silencio te han buscado
los pechos las palomas de la tarde
vezadas de tus labios al cuidado.
 
Yo sé que en ti una flor de llamas arde,
que tibia entre tus muslos ha anidado
buscando oscuridad la luz cobarde.
 
 
 
Desnuda, de jacintos y manzana
la piel, frágil candor, los albos senos,
la sangre y su tibieza en brazos plenos
de espliego y azahar en la mañana.
 
Desnuda, dura, limpia, tibia, ufana,
los lagos de los ojos, azucenos
los dientes al reír los labios llenos
de menta, cornalina, vid temprana.
 
Desnuda, de topacio el vientre esquivo,
de arena tibia. Esencia de cristales
el cuello reluciente y persuasivo.
 
Desnuda turmalina. Entre mortales
tu cuerpo, tallo eterno, siempre vivo.
Desnuda en ti el clamor fluye a raudales.
 
                                                 
Pigmalión
 
Te haré de mar, de céfiro, hojas tiernas,
de pétalo y cristal. De dulce arcilla
haré -de piedra y fuego- la sencilla,
caliente geometría de tus piernas.
 
Te haré de rosa y luz para que ciernas
la flor constante y leve en la mejilla.
Haré nacer de ti la buganvilla
que cubra de color tardes inviernas. 
De pájaros el vientre y nieve el cuello,
de cal el sonreír, vid en los ojos.
Al pelo la negrura con que lidio
 
daré; sobre la frente el rizo bello
caerá de tu manera a los antojos.
El alma nacerá con mi suicidio.
 
 
 
TERCER MOVIMIENTO
   (Largo maestoso)
 

 

Voici venir les temps oú vibrant sur sa tige
Chaque fleur s´evapore ainsi qu´un encensoir;
(Charles Baudelaire)
 
Silencio y soledad nutren la hierba
(Luis Cernuda)
 
 
 

 

Tan sólo soledad asola al día
de otoño triste, opaco, que transcurre
en lenta procesión. La luz se aburre
de puro batallar la nube fría.
 
Rosario de quietud. Avemaría
de lluvia por los árboles escurre.
Incólume granado a lo que ocurre
al álamo caduco de la vía.
 
Oh, tardes del verano devorado
a orillas de la mar y del estero,
en brisas de equinoccio abandonado.
 
Calmado manantial sentado espero,
oh, tardes del invierno deseado,
oh, tardes del invierno venidero.
 
 
 
Digamos que no tengo lo que tuve:
el alma almidonada de la infancia,
del tiempo el manantial y la fragancia
de vida que en la cuna ayer retuve.
 
Digamos que alimento hoy esta nube
de sílice y arena, donde escancia
mi voz el vino, en esta oscura estancia,
que a lomos del recuerdo al llanto sube.
 
Digamos que, aún, perpetuo a los escombros,
perdura un capitel de fuste fuerte,
erguido y adecuado a sus asombros.
 
Digamos que, asombrado, estoy de suerte,
aún llevo la cabeza entre los hombros.
Digamos que ando en tregua con la muerte.
                
 
 
        (Mirando mi primer reloj)
 
De cuando en cuando vienen los colores
tiñendo los recuerdos; primaveras
pasadas, luminosas, verdaderas,
grávidas de campanas y de flores.
 
Memorias que son plumas o rumores,
regresan manejando mil esferas
de días transcurridos en quimeras,
de tiempo aprisionado en los tambores.
 
No queda al mecanismo más que espuma
del mar, que muerto, permanece atado
al fósil del metal y de la bruma.
 
No queda en el reloj más que pasado,
cristal espectador del tiempo. En suma:
pasado en el presente anquilosado.
 
 
 
No puedo resignarme, no comprendo
lo hueco del destino silencioso.
Morir a pendulazo cauteloso,
vivir a secas, no es vivir viviendo.
 
Apenas has llegado y te vas yendo,
a penas, por camino farragoso,
sabiendo que el final es mar viscoso,
trocando limpia música en estruendo.
 
No sabes descifrar sinos inciertos,
ni quién detrás de ti o dentro gime
robándole sus ritos a los muertos.
 
Y aúllas, que no hay tedio que te estime,
queriéndote escapar de los desiertos
de la vagina inmensa que te oprime.
 
 
 
Callado en la oquedad del cuarto oscuro
me vuelvo a la ventana como sombra
del hombre silencioso que se asombra
de ver la tarde gris tocar el muro.
 
Las flores del almendro blanco y puro
derraman sobre el patio lenta alfombra,
la brisa con su voz canora nombra
historias de la tarde en su conjuro.
 
La luz evanescente en los cristales
dibuja en la pared, de cualquier modo,
fantasmas de acuarelas y metales.
 
¡La gasa blanquiazul del aire, el yodo
del cielo y sus penumbras desiguales,
la augusta soledad que colma todo!
 

 

 
Cuelga el espejo a Venus, donde miras
y lloras la que fuiste en la que hoy eres.
(F. de Quevedo)
 
 
Si hoy es puro candor, mañana ocaso
será lo que ayer fue alba temprana,
la tarde justo antes fue mañana
nacido ya el destino en su fracaso.
 
Si ónice eres hoy, serás payaso
del tiempo y asomado a la ventana
de plata observarás tu cara vana
cansada de viajar paso tras paso.
 
Te espera en su lugar la hija de Ceres,
narcisos en sus manos, luto viste.
Ayer se hace mañana aunque no quieres.
 
Un hacha hay que tu espalda no resiste.
Ya nadie te verá como ahora eres
y tú verte querrás como antes fuiste.
 
 
 
Perdurarán la estatua, el verso, el rito
del alma en el pincel, la geometría,
del templo las columnas, la poesía
escrita en el adobe en lento grito.
 
La flauta elevará en su monolito
de tiempo y musgo etérea sinfonía,
eterna, siempre viva, día a día,
creando el inmortal, perenne mito.
 
Las lluvias pasarán, también los hielos,
así la primavera en tibio nido
madurará la vida y los anhelos.
 
Y el día cuando el pacto esté cumplido
las obras cubrirán con amplios velos
al hombre y su esqueleto en el olvido.
 
 
 
Al hombre que me mira en el espejo
apenas lo conozco, es un extraño
que vive junto a mí y año tras año
conmigo lentamente se hace viejo.
 
El rostro que me mira es fiel reflejo
del otro sorprendido por el daño
del tiempo que en cautela fluye a caño
dejando su ira atroz en el pellejo.
 
La misma soledad, el mismo hastío,
el mismo batallar por estar vivo,
la misma sinrazón y el mismo frío
 
llevamos a la mar en nuestro río,
perpetuo celador, gregal esquivo,
extraño del espejo, hermano mío.
 
 
 
 
Algún día
se pondrá el tiempo amarillo
sobre mi fotografía.
(Miguel Hernández)
 
Os miro y viene el humo de la infancia
opaco y amarillo a mi cabeza
expuesta del otoño a la tristeza.
Os miro en esta foto quieta y rancia,
 
Jacinto, Luis, Manuel, Jesús, fragancia
de tinta y borrador. Con qué presteza
el tiempo, sueño ayer, hoy despereza
su voz de liquen negro en la distancia.
 
¿Quién pudo aquí amarrar el tiempo al nudo
escueto del papel y la memoria?
Quien pudo sostener el tiempo pudo
 
parar en luz de ayer la lenta noria
de olvido y soledad, de llanto mudo,
de efímero soñar y vana historia.
 
 

 

 
Mais non, -ma jeunesse est finie...
Adieu, doux rayon qui m`as lui, -
Parfum, jeune fille, harmonie...
Le bonheur passait, -il a fui!
(Gerard de Nerval)
 
¿Te acuerdas de aquel sol, de aquel venero
de paz, de aquella infancia vigilada
- espléndida de mar - por la mirada
dulcísima del aire del estero?
 
¿Recuerdas hoy, María, el avispero
del pecho y de la boca avergonzada
del beso, la caricia inmaculada
del trigo de tu pelo, mies y albero?
 
He visto pasear contigo a solas,
sin rumbo ya, el fantasma aniquilado
del tiempo. A tus oídos caracolas
 
buscando aquellos días has llevado.
No es ya la misma voz la de las olas
ni el mismo aquel rumor de tu pasado.
 
 
 
 
¿Tendré los labios fríos de la aurora
o cálidos de fragua sobre el alma?
¿Será mi navegar perpetua calma
o habrá loco huracán hora tras hora?
 
¿Será de mis momentos la señora
la dicha, o el hastío, seca palma,
barrer conseguirá de toda el alma
atisbos de alegría cegadora?
 
Acaso, Prometeo sobre la roca,
me vea en el destino acompañado
por ave que derrame furia loca
 
hundiendo su cerviz en mi costado.
Se torna sin cesar seca mi boca.
¿Tendré la soledad siempre a mi lado?
 
 
 
 
FINAL
 (Allegro ma non troppo)
 
Esa llegada de la luz que descansa en la frente
(Vicente Aleixandre)
 
 
Antes que el sueño me haya vuelto carbón de pino,
antes que la marisma color de hoja de laurel fresco me haya vuelto raíz de diente bravo frente al mar;
(Miguel Ángel Asturias)
 
 
Va, pensiero, sull´alli dorate…
(Temístocle Solera)
 
 
 
Remonta, pensamiento, el universo
añil, todo de luz, como bengala
ansiosa de destino, plena de ala,
preñada de alegría en blanco verso.
 
Remonta, que tu luz sea el reverso
del tiempo cadencioso, larga escala
de flor y soledad. Viste de gala
al sueño en manantial leve y disperso.
 
Apártame del llano proceloso,
del ansia al despertar en la mañana
cargada de mazmorra negra y foso.
 
Emprende vuelo enhiesto a la ventana,
veloz, cadente, limpio y armonioso
huyendo de esta senda estrecha y vana.
 
 
 
Quiero vivir, vivir, estar despierto
al mar, al cielo azul, a las caderas,
al labio. Festejar las primaveras
quiero. Vivir, vivir y no estar muerto.
 
Quiero vivir, vivir, notarme cierto,
amar, alzar la voz a las esferas,
que dejen su telar las Hilanderas,
danzar de sol a sol, de puerto en puerto.
 
Yo siento digerir la luz ardiendo
mi alegre corazón y con los dientes
devoro este festín de estar viviendo.
 
Quiero vivir, vivir, sentir valientes
los golpes de mi sangre repitiendo
trompetas de clamor por todas fuentes.
 (Vejer de la Frontera, noviembre de 1989-mayo de 1991)
 
 
 

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