Juan José Vélez Otero

 

Antología primera

 
 
 EL ÁLBUM DE
LA MEMORIA

 

Estos días azules y este sol de la infancia.
(A. Machado)

These are but shadows of the things that have been.
(Charles Dickens)

 
Las hojas del almanaque
son cangilones de noria
que van susurrando al agua
las voces que al viento copian:
la parra verde en el patio,
las sombras de las magnolias,
la flor del higo en la tuna,
los nidos de la parroquia...
 
Sobre la mesa, olvidado,
el álbum de la memoria.
 
 

 

 
UNO
 
Volverás en verano
y encalaremos juntos la fachada del tiempo
(Aurelio González Ovies)
 
 
Ha bajado la noche a las moreras
y a las piedras regadas de la calle,
ha bajado la noche calurosa
con su paño de añil oscuro y grande.
 
Noche plena de grillos y naranjos,
noche clara de estrellas y azahares,
embrocada en los muros de los patios
cada estío que anima los portales.
 
Noche alta. Dibujos de la infancia
guardados en los pliegues de la tarde.

 

Los veranos en el pueblo
tienen color de amapola
y el aroma del enebro.
 
Cartago, Roma y Atenas,
lecciones en la ventana,
madreselva y yerbabuena.
 
El verderón en la jaula,
el pozo, brocal y soga,
el pozo, frescor de agua.
 
La brisa mueve las hojas
de la parra.
 
 
Ese olor a melón que endulzaba la casa
en las tardes de agosto, en las siestas calladas,
era un sueño ovalado, era mudo fantasma
que llenaba alacenas, las alcobas, la nada.
 
En aquella penumbra silenciosa escuchaba
las palomas del patio, los rumores del agua
y un sonido redondo de costura en la sala.
 
Ese olor a melón aún me anida en el alma.
 
 
 
Los barcos se van al mar
por las mañanas  y vienen
cargados de sal y plata
cuando los llama el poniente.
 
Los barcos se van al mar
buscando las algas verdes
y el lapislázuli oculto
de las aguas de septiembre.
 
Los barcos se van al mar.
Y por el río se pierden
las gavïotas cansadas
de embarcaderos y muelles.
 
 
 
Luna blanca
en las noches de la mar,
luz de plata
sobre los montes de sal.
 
El faro,
centella y cal,
guiña el ojo
a las boyas del canal.
 
Luna blanca,
luz redonda del pinar.
 
 
 
El escalón de mi puerta
es de mármol. En verano,
rompiendo la siesta, pasa
el carro de los helados.
 
Luz de leche en las paredes,
luz de cobre en los navazos,
luz de azufre derramaba
el sol sobre los tejados.
 
Barquillo dulce. La tarde
tiene postigos cerrados
y un silencio caluroso,
un olor tibio y callado.
 
El escalón de mi puerta
es de mármol.
                        En verano
oigo la flauta dormida
del afilador lejano.
 
 
 
 
 
De aquellos pájaros de papel
persevera cuando el viento los frotaba
y la conciencia de saberlos perdidos.
(
José Luis Lobato
)

 

Cometa al viento desde la arena
blanca, lejana sobre las piedras.
 
Luz en las olas, madre morena
bajo la sombra siempre me espera.
 
Rumor de cañas. . . La tarde alberga
rumor de insectos en las albercas.
 
Velero blanco de blanca vela,
de blanco mástil, de blanca estela.
 
Blancas las aves, blanca la euforia,
blanco es el sueño de la memoria.
 
 
 
 
 
 
La fuente tiene agua clara
y libélulas nerviosas,
y tiene oblongos cristales
que se rompen cuando chocan
contra el mármol riguroso
donde beben las palomas.
 
La fuente alberga rumores
de pájaros que, a la sombra,
dibujan cantos alegres
con pinceladas redondas.
 
La fuente suena en la tarde
de verano silenciosa
como el fagot de la brisa
que los visillos tremola.
 
 
 
 
 
Las uvas, claro ámbar de septiembre,
son gotas de cristal tostado y oro,
son lámparas de sol y de rocío
que penden del silencio: luz y polvo.
 
Son signos que el estío en su agonía
ofrece hasta la tierra desde el hondo,
oscuro corazón de las raíces
en dócil parto lento y armonioso.
 
La dulce voz de sombra en los lagares
ya canta la presencia del otoño.
 
 
 
 
 
DOS

 

Fuera, el otoño piensa su elegía violeta,
y prende en el ocaso un recuerdo amarillo...
(J.R. Jiménez)
 
 
Tiza blanca, mapa grande
y plumieres de madera
donde guardo las estampas
de este verano que cesa.
 
Septiembre, nube que pasa,
septiembre de voces nuevas,
septiembre, página blanca
sedienta de tinta negra.
 
Mi hermano sobre la mesa
tiene un borrador de nata
y yo un borrador de fresa.
 
Septiembre, urna de plata,
vasija de la tristeza.
 
 

 

 
Octubre llega -silencio-
envuelto en el gris de siempre,
difuso como el recuerdo.
 
Octubre llega y parece
que ya lo ha notado el viento
que sopla contra las hojas
y tallos amarillentos.
 
Octubre llega, silencio,
tan triste como un poema
leído en un libro viejo.
 
 
 
 
 
Me gusta como huele la tarde en los plumieres,
la luz que desde el atrio se asoma a las ventanas
y baña los pupitres, los mapas, los cuadernos,
los libros de hojas gruesas y pastas ya gastadas
por años casi eternos; son libros del hermano
que ya pasó de clase y estudia la pisada
historia de este pueblo. Me afligen esas letras,
de hielo y leche, escritas en la pizarra amarga:
son símbolos cansados de niños silenciosos,
tan tristes como el Cristo que cuelga sobre el mapa.
Me gustan los colores, las líneas de los ríos,
los montes, los países que viven en el atlas.
Me angustia lo del tiempo, lo eterno, irretornable,
y el miedo que no entiendo por qué me aprieta el alma.
 
 
 
 
 
La mañana llegó –húmeda y fría-
y con ella llegaron nubes nuevas
y un revuelo de hojas amarillas.
 
El silencio llegó, llegó el silencio,
y el sueño de las flores y los montes
llegó con viento gris y paso lento.
 
Celestas armoniosas tiene el aire
que mece el abandono de las viñas
y forma con las hojas ciego baile.
 
La sangre ya cansada de la casa
se duerme entre visillos y ventanas
cerradas a los pájaros que marchan.
 
 
 
 
 
Niebla de las soledades
duerme entre los pinos blanca:
fantasma del cementerio,
sudario para las almas.
 
Uno de noviembre. Fiesta
del ave negra en las dalias.
 
Lluvia gris, muda garúa,
silenciosas las pisadas
del tiempo sobre las tumbas,
sobre la tierra y sus larvas.
 

 

 
 
 
Cuando las primeras lluvias
llegaron a las albercas
se marchaban las cigüeñas
ya, lentas, por las dehesas.
 
Llegaron nubes oscuras
esparciendo el agua fresca
que reclamaban los campos
para la paz y la siembra.
 
Llegaron nubes cenizas
mojando nuestras cabezas:
templos de sueños agraces,
templos de sol y calendas.
 
Cuando llegaron las lluvias
se hicieron tristes las siestas.
 
 
 

 

 
Aquellos días viven en un álbum
que huele a chocolate y pegamento,
a estampas de otros mares y a almanaques
que andan de puntillas por el tiempo.
 
Aquella tarde, alcoba del otoño,
tenía una penumbra de colegios
y un silencio de mosca solitaria
y un pulso de campanas en el viento.
 
Un nido de cuartillas en la mesa:
la vez primera que doliera un verso.
 
La tarde era un cristal. Sentí un poema
caer como una hoja sobre el sueño.
 
 

 

 
 
Algún día
se pondrá el tiempo amarillo
sobre mi fotografía.
(Miguel Hernández)
 
 
 
Os miro y viene el humo de la infancia
opaco y amarillo a mi cabeza
expuesta del otoño a la tristeza.
Os miro en esta foto quieta y rancia:
 
Jacinto, Luis, Manuel, Jesús, fragancia
de tinta y borrador. Con qué presteza
el tiempo, sueño ayer, hoy despereza
su voz de liquen negro en la distancia.
 
¿Quién pudo aquí amarrar el tiempo al nudo
escueto del papel y la memoria?
Quien pudo sostener el tiempo pudo
 
parar en luz de ayer la lenta noria
de olvido y soledad, de llanto mudo,
de efímero soñar y vana historia
 
 

 

 
Las horas amarillas, y amarillas
las copas de los árboles del sueño,
amarillo el reloj en la repisa
del salón amarillo por el tiempo.
 
Amarillas las fotos de fantasmas
en la mesa amarilla del abuelo.
 
Amarillos los libros y amarillo
el luto fallecido del silencio.
 
Amarilla la luz del almanaque,
amarillo el orín de los recuerdos.
 
Sé que existe una pátina amarilla
debajo de la piel que teme al viento
que arrastra los confetis amarillos
del eco indivisible de los muertos.
 
El otoño es un túnel amarillo
con lluvias de farolas y de miedos,
es un sueño amarillo en las bodegas
de tardes amarillas. Y un sendero.
 
Los pasos amarillos del otoño
arrastran sus cadenas al invierno.
 
 
 
 
TRES
 
Sube y baja el invierno en su trineo
(Rafael Alberti)
 
 
Este tiempo de hojas y amapolas dormidas,
esperando en la sala las cigüeñas lejanas
y las yemas macizas de la parra desnuda
a través de la fría, siempre turbia ventana.
 
Ese frío callado de las aulas oscuras
anhelando vencejos en palmeras y tapias
y un tumulto de alas y libélulas rojas
en la brisa nerviosa que alborota las cañas.
 
Este invierno cansado, de ponientes nubosos,
en la lluvia postrado, tan antiguo en las aguas,
es un musgo paciente, ceniciento y opaco,
encorvado en el tiempo que enmohece a la plata.
 
 
 
 
Humo blanco en los tejados
y silencio en las antenas,
ocaso en el mar de plomo.
 
Más allá de las cancelas
ladra el perro y le responde
el silencio en las higueras.
 
En la taberna, la radio,
melodía de la pena,
y en mi mesa libros sordos
y mudas estampas.
 
                                Suena
la lluvia que cae en la calle
adormeciendo a las piedras.
 
 
 

 

 
 
¿Cuánto me dan por la estrella y la luna?
(G. Diego)
 
 
Noche larga de diciembre,
mi dormitorio es Belén
con un pesebre de barro.
Barro María. José,
barro mudo. Los pastores,
barro, vino, pan y miel.
Espejo helado del río.
Un sendero de café,
tres camellos y tres Magos
con sus tres pajes a pie.
Miro la luna del techo.
Mi dormitorio es Belén,
blanca tez la de María,
barba negra San José,
noria lenta, rauda estrella,
verde serrín del vergel,
blancas de harina las cumbres,
musgo y corcho, cal.
                                   Después
un sueño claro de nieve,
un sueño negro tal vez.
Paredes de sombra y luna,
altos montes de papel.
 
 
 
 
Una lluvia sin pausa como un sueño constante
y un silencio de alas de ceniza en los árboles.
 
 
 
  
Hoy la calle no tiene el rumor de otros días
ni andan niños jugando a la luz de la tarde,
hoy la calle es un pozo de silencio en la lluvia
y es el tiempo un balcón como espuma en el aire.
 
Tiene voz este invierno de semilla enterrada
y una música oscura de reló en los cristales.
 
Cuervos negros se ocultan en las torres perdidas.
 
De la tierra mojada nace un río incesante
de futuros recuerdos, de pretéritas noches
y de días que irán oxidando las llaves.
 
 
 
 
 
Ya no tengo valor
para la huida,
porque no me queda tiempo
para el olvido.
(J. Siroco,  marqués de Malandar)
 
 
Callado en la oquedad del cuarto oscuro
me vuelvo a la ventana como sombra
del niño silencioso que se asombra
de ver la tarde gris tocar el muro.
 
Las flores del almendro blanco y puro
derraman sobre el patio lenta alfombra,
la brisa con su voz canora nombra
historias de la tarde y su conjuro.
 
La luz evanescente en los cristales
dibuja en la pared, de cualquier modo,
fantasmas de acuarelas y metales.
 
La gasa blanquiazul del aire, el yodo
del cielo y sus penumbras desiguales,
la augusta soledad que colma todo.
 
 

 

 
 
Desnudo se refleja en el espejo
el péndulo sin vida de la infancia,
y el humo detenido de la ausencia
me asfixia con su fiebre en esta sala.
 
No conocí un invierno tan herido
de oscuro bisturí ni de campanas,
no tuve el corazón con tanta nieve
ni tanta lluvia gris cerca del alma.
 
La tarde es invisible en este invierno
tan lejos del calor de la almohada.
 
La lluvia no es la misma, ni el reflejo
del aire ya es el mismo en esta casa.
 
Busqué por el cristal turbio del tiempo,
busqué por el cristal blanco del alba,
busqué por el espejo del recuerdo.
 
Miré, miré, miré.
 
                                  Y ya no estaba.
 

 

 
 
                          
Siempre es invierno en el recuerdo
(Joaquín Márquez)
 
 
He salido del cine esta tarde de invierno
y el domingo bosteza.
                                   Un cuaderno me espera
en la mesa apagada de mi cuarto. Soy viejo
aunque tengo diez años y me sabe a tristeza
esta niebla en la boca, la resina del sueño.
 
He salido del cine caminando hacia el miedo
de los lunes sin luz, de las lluvias con grietas,
de las horas eternas del oscuro colegio.
 
(Aunque tengo diez años. Y está quieta la adelfa
en el patio vacío de palomas y viento)
 
 
 
 
 
Es una mezcla de perfume y sueño.
 
Llovía por los muelles. Y los barcos
anclados dormitaban. Era un viento
del Sur. Sobre la arena y las espumas
los pájaros, sombreros del invierno,
volaban del silencio hasta las dunas.
 
Llovía ferozmente sobre el limo
abisal de las tardes. Yo, en la bruma,
viajaba por los mares de mis libros
con London, con Stevenson, Melville...
 
Con John el Largo en la taberna oscura
pasé un invierno al lado de un candil.
 
 

 

CUATRO
 
 
ya canta
la primavera en el huerto
(Luis Rosales)
 
  
 
Despierta del olvido de las cañas,
despierta ya del sueño de la cera.
 
Florecen semidioses y abanicos
de flores amarillas. Por las sendas
del barro vienen guerras y manadas
de insectos agridulces y cerezas.
 
Despierta de la noche del invierno,
asómate al balcón de las estrellas,
arranca en el silencio nuevas hojas
del limo verdiazul de las agendas.
 
Dormiste en el establo del recuerdo
e hiciste de la leña blanca hoguera
donde quemar las nubes del invierno,
donde extinguir las ascuas de la pena.
 
Levántate, no duermas. Son los días
más largos, no más bellos. En las hiedras
anidan las crisálidas de marzo,
clarean los cristales de la espera.
 
No duermas que te llaman las acacias.
 
Esta tarde otra vez la primavera.
 
 
 
 
 
Como se abre una puerta
con una llave de viento
se ha abierto la primavera.
 
Me desperté amaneciendo:
un libro sobre la cama,
la flor del sueño en los huesos.
 
Tiene un aire la mañana
de golondrinas de patio
y de campana olvidada.
 
Mi libro es como un armario
con mapas, tratados, guerras
y monasterios y atrios.
 
Sombra blanca de la escuela,
por el camino del miedo
en mi corazón abierto
revienta la primavera.
 
 
 
 
 
La yema de la viña
viene anunciando
su parto a la albariza,
que llega marzo.
 
Pasó febrero.
Se mustia en los almendros
la flor de enero.
 
 
 
 
 
Porque tienen las calles esquinas transparentes
y pasan bicicletas con sonidos de siesta,
porque son más enormes las paredes del patio
y hay un ramo de sol reflejado en mi mesa.
 
Porque van las muchachas con las piernas desnudas
y los brazos al sol como estatuas inquietas,
y hay más luz en el aire y más aire en la carne
y más fuego y ardor en la flor de las venas.
 
Porque hace una tregua el vacío en mis ojos
y en mi lengua renace un sabor a planeta.
Porque tiene la tarde otra luz y otro cielo,
porque huelen los parques como en días de fiesta.
 
Porque suena la savia y se encienden las noches
con farolas de voces y cristales de menta.
 
Porque habita en mi cuerpo un tumulto de insectos
y se hunde en el gozo este alma que tiembla.
 
 
 
 
 
Llaman las campanas. Arden
los tejados. Y se apagan
en el cielo los espejos
azules. En la balanza
 
del sueño y de la memoria
hay campanarios y plazas,
hay golondrinas y sombras
de silencio en las fachadas.
 
Vuelven las visitas tristes,
vuelve a sonar la campana
de la iglesia. El tiempo es agua.
 
Yo soy cristal de ventana
de una tarde de domingo
de primavera lejana.
 
 

 

 
 
 
Qué verdes tus ojos verdes,
qué verdes tus ojos, sí,
tan verdes como las hojas
del almendro.
                        Me rompí
en cien pedazos de oliva
aquella tarde.
                           Sentí
como quemaban tus labios
en mis labios.
                        Qué feliz
entró tu luz en mi cuerpo,
entró mi locura en ti.
 
Qué viento de primavera
por las tapias del jardín.
 
Qué verdes tus ojos verdes,
qué verdes tus ojos, sí.
 
 
 

 

 
 
Muere el sol –naranja rota-
ahogando de sangre al mar.
Picotea la gaviota
la herida crepuscular.
 
La tarde –antes mañana-
enterró su juventud
en los pinos de Doñana.
 
El pueblo, silencio y sombra,
monótono en su vivir,
se tiende como una alfombra
a pies del Guadalquivir.                              
 
 
 
 
  
De cuando en cuando vienen los colores
tiñendo los recuerdos: primaveras
pasadas, luminosas, verdaderas,
grávidas de campanas y de flores.
 
Memorias que son plumas o rumores
regresan manejando mil esferas
de días transcurridos en quimeras,
de tiempo aprisionado en los tambores.
 
No queda al mecanismo más que espuma
del mar que, muerto, permanece atado
al fósil del metal y de la bruma.
 
No queda en el reloj más que pasado,
cristal espectador del tiempo; en suma:
pasado en el presente anquilosado.
 
 
 
 
 
Aire, nube, tiempo, luz
en la alcoba de mi alma.
 
El aire se fue vencido,
la nube se fue descalza
con el tiempo, sin ruido,
la luz se la lleva el alba
mientras duermo.
                           No la veo
tras el muro de  la infancia.
 
Brisa, sueño, lengua, voz,
paisaje, murmullo, agua.
 
La brisa se hizo viento
que al sueño apagó sus ascuas
donde crujían cien lenguas
sin voz, sin murmullos ni alas
que batieran por paisajes
engañados de agua.
        
                                    Nada.
 
 
 
 
ESTAMPA FINAL
 
Yo tuve sueños que todavía
me hacen cosquillas en el corazón.
(
Juan A. Gallardo)

 

 
Viña baja de luna, alta nube de pinos,
ofrecedme las manos desde entonces inertes,
ofrecedme raíces contagiadas de vinos
encantados de sueños olvidados de muertes.
 
Ofrecedme la niebla sobre el árbol podado,
y la luz amarilla de la playa y la arena,
y los higos de sangre, y el silencio olvidado
en la esquina dormida de la calle serena.
 
Atended la llamada que en el eco se pierde
como mágicas sombras en la noche indolente.
Atended a este miedo que descansa en el verde
remanal del cansancio y en la oscura simiente.
 
Ahora sueño en el viento con retazos de vida,
preguntando a la tarde y esperando que mienta.
¿Volverás algún día a los campos de menta
donde habita el aroma de la infancia perdida?

 

POST SCRIPTUM.
 
         A Leopoldo Javier Dueñas Garrido lo enterraron una tarde de otoño en el cementerio de un pueblo que no era el suyo. Empezaba a hacer frío. Asistieron al funeral tres compañeros de oficina, un representante de tinta para fotocopiadoras, una vecina octogenaria y el dueño del bar que frecuentaba. Yo fui testigo.
         Fue la suya una muerte  repentina e incorrecta. El cura, en el sepelio apresurado y breve, olvidó hacer mención al descanso de su alma.
         Dejó media hipoteca del piso, una colección de sellos antiguos y este poemario sin fechar. 
         Dios lo tenga en el limbo. 
 
 
 

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