Herberth Cea

Antología poética

 
 
I
 
Una guerra no se gana con armas sino con almas,
los golpes desfiguran la cara pero no el llanto del dolor,
ni el dolor mismo que arrulla la muerte,
ni la muerte misma que contempla su miedo.
 
Hay golpes como ese rayo que destroza volcanes,
como esa tempestad de fuego que nos quema el aliento.
Hay golpes como esa voz,
como ese paso,
como esa palabra prohibida que no quisiéramos pronunciar.
 
Nuestra sangre es miedo.
Nuestra voz, un lamento.
Ayer,
el miedo de esta tierra
era voz y montaña.
 
La tierra está sola,
sus hijos le han abandonado.
La luna duerme en el lecho de las hojas muertas.
Si no hay tierra prometida,
llévame fuera de este lugar,
Señor.
A un planeta de fuego
para ser parte de ese fuego constante que obedece al tiempo,
al Dios supremo de las guerras.
 
                                    
 
 
II
 
Ellos murieron,
suplicando a Dios por un sol nuevo,
rogando al cielo que se detenga el fuego.
Ahora sus huesos son parte de un fuego interminable.
 
Murió la mañana, el mediodía y la tarde.
Murió el hermano, el padre y el abuelo.
Hombres de huesos sencillos,
padres universales del hombre-bestia.
Hombres simplemente hombres.
 
Hermanos:
No necesitamos venganza ni piedad.
Sólo una guerra tan grande que destruya la sombra del fuego.
 
 
 
III
 
Señor de las Catástrofes,
tus hijos mienten.
Ese huracán no es más que un dios bufo disfrazado de jade.
 
Nuestro aliento se confunde con el canto de guerra.
Vienen las bestias a recoger la lluvia,
forman tormentas con su llanto,
y descifran las prédicas de los rayos.
 
El fuego es el castigo de la noche,
la luna lo es para la madrugada,
las tormentas de fuego lo son para la tierra.
 
No sabemos cómo detener las derrotas,
negaremos la sangre y nuestras sombras,
negaremos a nuestros ancestros y a los hijos del viento.

 
Espera Señor,
ésta catástrofe es maldita.
Millones de derrotas son suficientes para éstas almas.
Pecan esas piedras que no saben qué hacer,
dónde ponerse.
 
Señor, espera
he olvidado mi nombre.
¿Qué acaso es un pecado o la maldición ser de hueso y carne?
 
Hoy es un día trágico
el viento no regresa a decirnos la hora.
Un día cualquiera llueve
y no sé si esas gotas son verdaderas.
 
Un día cualquiera la voz se hace viento
y no sabes qué hacer con tus manos.
 
No cualquier día es trágico
no todos los días abandonamos la sombra
y adoramos a un dios ajeno
un dios tan opaco como este día.
 
No cualquier día es trágico, triste sí,
porque se acaban las hojas
y nunca termina de caer ese trueno.
 
Soy silencio
o soy el día que apenas comienza.
 
 
*
 
Odio los números exactos
la torpe caridad de las nubes
y hablar esta lengua
antigua, sin sentido ni orden.
 
Odio y no soy digno de odiar
pero odio
Una piedra sabe de lo que hablo
porque una piedra soporta la lluvia, el odio y la escoria
 
 
*
 
No sé hablar de cosas serias
del tiempo
y los segundos en que nos duele hasta el alma,
de esa nube opaca
que nos recuerda que lloverá algún día
pronto, si es necesario.
Adornará esa nube a esta ciudad de plomo.
 
Llueve
mis manos no son tan tristes,
Sé hablar de huesos, de días
pero no de estrellas
ni de lluvias interminables.
¡No sé!
 
Llueve
No sé hablar de otra cosa
que no sea de estos lentos pasos,
que me recuerdan que lloro
que existo
que a veces miento.
 
Camino y no sé si esta lluvia es eterna
No sabré cuando habrá terminado esta larga caminata
Si crecerán mis pies
tendré una voz que no sea opaca, húmeda y funesta.
 
Me detengo
No escucho mi voz
La lluvia es cada vez más pesada
Me detiene el estruendo inicial de la tormenta
 
 
 
 
No sé qué hacer este día que no es viernes.
 
No sé qué hacer este día que no es viernes
No sé cuántas veces he muerto este día.
Digo
lloro
amo
al día que venga y llore.
Llamo a esas manos que nunca conocí.
Llamo viernes al día que no vivo.
No sé de horas
no sé de días
no sé de pasos
no sé de noches
Una mañana llora
la ventana sigue siendo gris a pesar del llanto.
 
 
*
 
Yo y mi sombra hablan de ti
yo y ese mar que se oculta.
No sé decirle a tu sombra su verdadero nombre
Sé poco de sombras
Supongo que no hay otra cosa tan oscura que mis manos sin tus manos
que mis voz sin tu voz
¿Habrá otra cosa más triste que ésta tarde nublada?
No lo sé
Tú no sabes de tristeza
 
 
*
 
Odio el cielo
pues la lluvia no sabe qué hacer si los precipicios gritan
Odio este camino
porque no sé donde termina.
Todo termina el odio
pues esta tierra es odio
todo después de ti es odio
hasta las rocas que amaste cuando niña son odio
Tú no fuiste odio
perdición, desidia, lujuria, pero menos odio.
Antes de tu muerte existían otras cosas,
un mar que soñaba ser lágrima,
un dios que te hablaba mientras dormías
dios ha muerto junto contigo,
si no lo sabes
tendrás que escucharme algún día
pues en el viento quedarán grabados mis lamentos
y lo que quise de decirte mientras lloraba.

 

 
 

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