Héctor Collado

 

Antología poética

 
 
 
Construyamos un puente
Un paso obligado
para ir y venir
sin miedos,
ni restricciones

Levantemos un puerto
un sitio donde regresar
donde quedarse si hay sed
o hace frío
o faltan abrazos,
por si sobra soledad.

Instalemos una puerta
- para salir -
para no quedarse;
para salir a volar
de cuando en cuando.
Construyamos un puente
para que en la despedida
- eternoretorno -
todo se vuelva camino.
©Héctor Collado
 
 
 
No es fácil hablar de amor
Si la muerte ha caído
en tu solar, tu patio
y le pone bombas a los testículos,
al pecho de tus muertos
y te ha deshecho la casa,
los besos de madrugada,
y se te ha muerto sin nacer
el hijo que no engendraste.
No es fácil hablar de amor
si te han humillado la arcilla y la sal
y la bandera amaneció muda,
desteñida,
a media asta,
avergonzada.
No es fácil hablar de amor
si la luz,
sorprendida por la muerte en pleno vuelo
se marchita, volviéndolo todo gris,
incertidumbre, todo sombra.
No es fácil
pero mi beso le nace,
otra vez, al corazón de la mañana.
©Héctor Collado
 
 
 
Introito
América fue un planeta inagotable
poblado por desconocidas raíces
e innombrados caminos
donde pirámides y selvas
grillos y chubascos
pululan errantes 
libres
inviolables
entre enigmáticas tribus
y venenosas flechas
atravesando bestias y poblados
naturaleza y muerte
luz y sangre
- los ríos del alba -
Era un mar intranquilo
de horas desmayadas
y ardientes playas 
era un valle
de inmóviles rocas
eternas 
sin odios
sin fronteras
sin temores.
Era la tierra despierta:
Bondadosa calle del barro
por donde transitaron 
sus hombres de bronce
brotados desde el fondo
de su sal
y de su azúcar
los hijos del maíz
y de los dioses descubiertos
los hermanos de la luz
y los metales 
los propietarios del agua 
y las praderas
desnudos
como ramo de flechas
eternos 
como sílabas de arcilla.
Era la tierra de ritos callados
y rigurosos dioses
proclamando 
la vida
la muerte
la lluvia
la desesperación 
el miedo
las lunas puras
sin profanaciones.
Y luego
fue atravesado el cielo 
el mar 
el filo del horizonte
fue una espada verde 
mordida de presagios 
y piras
y crucifixiones
y desde entonces
no hubo tregua:
rodaron por el barro 
las cabezas de los dioses derrocados
y el crepúsculo
ya no fue el anuncio
del nuevo día
cuando el arcabuz
despertó la sangre
en el vientre de la vida
 y la muerte proclamó
su imperio de sombras degradadas
y la armadura reluciente
detuvo el tiempo
en una hora sin nombre 
y el silencio se postró
al los pies 
de las vasijas de barro
lamidas de cadenas 
y prisiones...
mientras se modelaba el epitafio.
Y la vida fue determinada por decreto real 
y los días 
regidos por gobernadores grises
y la tierra fue separada 
de su vastedad
y los calendarios 
traídos del imperio del asco
impusieron jornadas laborales
y castigos
y prohibiciones 
y la distancia fue poblada 
por trenes y naciones
por banderas y canales
y todo siguió creciendo 
como un árbol
de profundas raíces
buscando el fondo de la tierra
su identidad
los muertos de su herencia
que hoy esperan
embalsamados
con las iras acumuladas
en la omnisciente soledad 
de los museos.
©Héctor Collado
 
 
 
Después del Desván
"Si mañana la mano
izquierda
me amanece muda
no confiaré en la palabras.
Las frases serán
un río de astilla
y dedos heridos
Si mañana
un relámpago invalida
mis noches, las mañanas
¿cómo les comunico
el dolor o la alegría?
I
El hombre quiera adueñarse del sol
y apenas alcanza
a despegar los pies
de los extensos dolores de la tierra.
 

II
Voy a reventar los puentes
que atan la vida a los caminos
voy a empezar a vivir
con los pasos hacia atrás
para recuperar lo bueno
que se durmió en el pasado.
En fin, voy a hacerlo distinto
todo lo miraré restrospectivamente.
La incertidumbre del futuro espanta
y no tengo ojos para ahogar
las angustias de este tiempo.
©Héctor Collado
 
 
Mis hermanos lloran hacia dentro
Mis hermanos lloran hacia dentro,
mientras crecen,
desesperanzados hijos del hambre
que mide todas las cosas.
Mis hermanos duermen
con el corazón despierto
---la paz no se afirma con acuerdos ni
decretos---
Mis hermanos se multiplican en la selva,
en la ciudad
y desprecian el pan y el sacrificio
por la madre herida.
Mis hermanos mueren de frío
o segados por la sombra en la
frontera.
Mis hermanos inventan la luz y la
palabra,
la ofensiva palpitante
que renace cada día.
Mis hermanos no pierden la vida:
ganan la inmortalidad.
©Héctor Collado
 
 
 

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