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- Alguien muerde un
basta
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- desmembrado
- que le salpica
el cuerpo.
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- En el silencio
- cómplice
- el mundo es un
funeral a cuenta.
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- Será muy tarde
entonces.
- Impune oscuridad
- de piedra
eterna.
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- La humanidad
arrasada
- por una epidemia
de yonosabía.
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©Gabriel Impaglione
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De:
Canto a un prisionero. Edit.
Poetas antiimperialistas de America. Otawa, 2005.
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- Dónde el
Prisionero?
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- En el palmo de
muerte
- de su sombra
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el verdugo
- muerde muerte.
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- Cava en la
historia
- la fosa de sus
hijos
-
traga
- la propia
indignidad,
- el vómito negro
- de su baba
imbécil.
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- Por los siglos
de los siglos
- su nombre
maldito
- y su herencia
-
maldita
- por los siglos
de los siglos.
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- Dónde el
prisionero?
- Donde el
prisionero?
- Dónde!
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©Gabriel Impaglione
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De: Canto a un prisionero. Edit. Poetas antiimperialistas de
America. Otawa, 2005.
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- En la inmensidad
de las llanuras del salitre
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las redes buscaron el pez de oro,
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los puertos donde anclaban
- la primera
aurora, el beso de la última sirena,
- la casa
establecida del pan caliente.
- Fueron los
barcos el origen de las multitudes.
- En los húmedos
corredores donde nacían
- esperanzas,
hijos muertos, claveles
- en las manos
- uno detrás de
otro en larga fila de silencios
- rindieron sus
lenguas,
- las valijas
abarrotadas de preguntas.
- Entonces
subieron en la tierra nueva los zapatos
- rotos a los
andamios,
- construyeron la
voluntad del almuerzo.
- Se gastaron la
piel hasta desnudar la llaga
- donde el dolor
pulsa su primer grito,
- los quemó la
cal, la máquina
- les llevó una
mano, el olfato, les mordió la luz,
- cada jornal fue
un esponja con vinagre.
- En los arrabales
donde el musgo del orín
- no pudo con la
rosa, abrieron un hueco
- en el frío para
acunar los hijos.
- La tierra los
llamó semilla y la semilla
- padre, y
fundaron el estallido del cereal.
- Y así la rueda
avanzó donde nada hubo y nada
- sucedía sino
viento.
- El camino se
hizo tendedero de cráneos y amapolas,
- harapos, nombres
extraviados, guerras
- que mordían la
memoria, largas travesías
- en busca del
origen que no era sino la nueva
- singladura.
- El regreso
cobijado en las postales
- a veces tembló
como un pájaro herido.
- Llenaron los
nuevos horizontes de aceitunas,
- guitarras,
estructuras, vides, puntos de partida
- y levantaron la
casa que vio nacer partir
- regresar cada
domingo lo mejor de los sueños.
- Muy después a
las llanuras del salitre
- los hijos
regresaron por el pez de oro
- el palmo de aire
- lo posible
- de espaldas al
humus carbonizado por la pena.
- Entonces los
pueblos de calles estrechas,
- donde ya nadie
esperaba noticias de ultramar,
- donde quedaban
muy lejos
- las nuevas
dimensiones del mundo.
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©Gabriel Impaglione
- De: Papeles
de Sardinia. 2006.
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- De la casa del
hombre
- salen zapatos
cansados que otro hombre
- hace embarcación
para andar el mundo.
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- De la casa de la
máquina rota
- sale un pedazo
de nada que sirve para cualquier cosa.
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- De la casa del
gran inquisidor sale un misil
- imperial que
hará crecer memorias, oratorios,
- puños que
devolverán el odio algún día.
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- De la casa en la
basura sale un manojo de niños
- gastados de
hambre, ahuecados por la infamia.
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- De la casa de
gobierno sale un cretino satisfecho
- rodeado de pares
que no se satisfacen con poco.
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- De la casa del
poeta sale un grito y otro y otro
- que llegará más
temprano que tarde al hombre
- del zapato, a la
casa de la máquina rota, al niño
- del residuo y
enhebrando las voces se hará basta
- en la casa de
gobierno.
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©Gabriel Impaglione
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De: Hojas abiertas. Inédito. 2006.
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- Circularidad de
tu nombre
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- Eres esta
claridad que llega
- como un barco de
fuego, una ciudad
- de hogueras en
su deriva lenta.
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- Vienes con una
música
- que sólo yo
conozco.
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- Las palabras
suben al racimo del día
- savia
fantástica, pura esencia planetaria,
- y en tu nombre
- trepo a la
mañana a recoger el canto.
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- Alimento de ti
esta locura calladamente
- nuestra, esta
alegría mansa de rosa infinita
- que llega como
un barco de fuego,
- una ciudad de
hogueras en su deriva lenta.
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- Ay tierra
regresada, patria
- de mis besos,
- humus victorioso
- que alza la
aurora de tu boca mía como una manzana,
- panal de dulces
amapolas.
- Luz que inventa
las palabras.
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- Vienes a besarme
- con una música
que sólo yo conozco.
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- Ay tierra
surcada de guitarras!
- A tus orillas
los geranios de plata,
- muchedumbre de
lirios esmeralda,
- pequeños
saltimbaquis de nácar y de espuma
- que danzan en su
eterna fiesta entre las piedras.
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- Te nombran los
pájaros en la corriente del viento,
- con un brillo de
barco de fuego
- de ciudad de
hogueras en su deriva lenta.
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©Gabriel Impaglione, 2006
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- Argentina,
1976.
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- He visto los
hombres trepar a la sombra
- tensando los
arneses aún dormidos
- y marchar unidos
en el esfuerzo bestial
- hasta montar el
sol sobre la tierra.
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- Entonces salían
de todas partes los niños y las madres
- y luego los
mercados llenaban las veredas
- de silbos y
manzanas.
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- La alegría de
las gestas domésticas
- coronadas por la
dignidad del almuerzo!
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- He visto largas
caravanas de obreros en el alba
- marchar hacia el
metal de la sirena.
- Ágiles
bicicletas con la vianda,
- la radio colgando
del manubrio.
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- Hasta que el
estrépito de ráfaga
- de cañón maldito
- de horrorosa
muerte
- abrió un boquete
en cada casa y entró la niebla negra.
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- Todo se retorció
como un pez en la arena,
- hasta ser
tragado por el miedo.
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- Desapareció la
fábrica.
- También el
hombre.
- Y los hijos, y
los mercados con silbo, y las radios
- que no fueron
sino un espejo del infierno roto a veces.
- La universidad
de Luján fue clausurada.
- Encadenaron la
luz en los sangrientos sótanos,
- persiguieron los
brotes del canto asesinado.
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- El abrazo fue un
código secreto
- la patria un
dolor ahogado bajo la tortura.
- Y el sol deseo
apenas musitado
- entre los
nombres de los que ya no estaban.
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©Gabriel Impaglione
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- He visto
ayer, tal vez de mañana
- He visto ayer,
tal vez de mañana,
cerca de una hora precisa de pan caliente
todavía, al hombre que pasaba
con sus hijos en la boca.
Rodaba en su bicicleta sobre un hilo
de regreso urgente.
O volvía a llevar la misma mirada de imposibles
rota.
A dejarla en la cocina como una medalla,
un trofeo astillado, un punto de partida.
Cargaba una bolsa redonda, hinchada
de almuerzo y las manos en los brazos
y los brazos en los hombros
y los hombros rematando la ancha espalda
transpirada.
Ay mi amor el hombre que estrenaba
el brillo en los ojos, el aire en los pulmones,
la honda y poderosa esperanza.
Lo hubieras visto!
No ví guitarra tan llena de auroras!
Caminaba sobre el viento
con breves pasos circulares
y silbaba.
Iba detrás del abrazo, del buen día,
como si lo arrastrara el alma.
Y a sus espaldas flameaba una pared,
un torno, un crisol, una espiga!
Habrá sido un martes de espadas,
o aquel jueves que los diarios callaron,
pero lo vi deambular por el residuo
y me preguntó la hora.
No hay apuro, me dijo y fumamos,
la basura no tiene memoria.
Me llevé su mirada de granito y cartón,
su rostro desatando los abismos,
y en ese espejo me conté los años.
Ay mi amor, si supieras tanta palabra
inútil que ronda en los periódicos!
Hoy es lunes de mirar distinto.
Silbaba y en su camisa el viento fresco
era remolino de mesa servida,
un come despacio con sol afuera,
fiesta del pan que me ha llenado el alma.
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©Gabriel Impaglione
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De: Prensa Callejera. Edit. La Luna Que. BsAs, 2004
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Futuro posible
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Descalzarse
hundido en la memoria.
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Enterrarse hasta
que duela cada hora.
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Es urgente
recuperar la boca, el aliento,
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los días de canto,
de manos y de hombría.
-
Encontrar cada
herramienta necesaria.
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Hay que echarse a
la cima del planeta
-
para incendiarle
el cielo al nosepuede.
- Urge abajo
alumbrar los nacimientos.
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©Gabriel Impaglione
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De: Bagdad y otros poemas, El taller delpoeta, Galicia, 2003.
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A los pescadores de Reta
Fue tarde entonces cuando estrené los brazos.
Cuando recibí barba y bandera
las orillas estiraban
su soliloquio entre los pájaros
y no había sino huecos espumosos
en el lugar donde se multiplicaron las barcazas.
Quién sabe dónde las redes,
en qué graves mareas se hundieron los oficios.
Llegaban cegando la luz horizontal del crepúsculo
cargados de plata refulgente,
agotados y sonrientes bajo sus sombreros.
Victoriosos burladores de arcanos marinos
llegaban a la costa montando las rompientes,
blandiendo sus puños mordidos por las cuerdas.
Allí latían revelaciones de ultramar,
se narraba la gran ciudad del agua y el salitre,
comenzaba la contabilidad pieza por pieza
de mano en mano, centavo a centavo.
Se le cantaba al cardumen como al sol o al aire.
Llegué tarde al vértigo del oleaje,
al perfume exacto de la rosa de los vientos.
Allí, de pie, en otro siglo de huellas descalzas
tan sólo un roído barco hundido en la arena
y lejos la estela de los pesqueros invisibles
sobre cuya ruta aún trazan su círculo las gaviotas.
De vez en cuando un viejo pescador emerje
vestido de algas, de peces de relámpago,
y desata los nudos marineros de los vientos
mientras un niño, calladamente alegre
rompe el límite del agua con la risa.
-
©Gabriel Impaglione
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Desanimar el desanimo
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Desanimar el desanimo
-
deshilacharlo
-
que se desdibuje
-
grotescamente
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y se destierre
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y se deseternice
-
y su deshielo nos descubra
- llenos de desimposibles.
-
©Gabriel Impaglione
-
De: Prensa Callejera
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