Francisco Álvarez Velasco

 

Antología poética
 
 
(La presente selección poética del poeta leonés (España), ha sido realizada por el poeta salvadoreño André Cruchaga)
 
 
I. Del viejísimo jugo de la tierra
 
 
A David y Consuelo, mis padres
  «Sommes-nous près ou loin de notre consciencie
Où sont nos bornes nos racines notre but»
 
1
Entrad todos conmigo en este bosque,
porque en sus musgos tibios
acariciar podréis la suave axila
de nuestra madre tierra y su prohibido sexo.
 
Dejad rodar las piedras,
ya que vida es caer -así en los sueños-
por un espacio en sombra hasta un valle sin agua
que nos vuelve a sí mismo como un pozo
al fondo de este bosque.
 
¿Alguien está gritando nuestros nombres?
Sólo un amargo otoño nos rodea
y nos reúne el frío
en su hosco noviembre.
 
Y si la piedra cae hasta un interminable precipicio
-me refiero a la piedra donde nadie quedaba
a reposar su cuerpo-
y si el otoño avanza y caen las hojas
y llega su diciembre,
 
sabed: nadie nos llama al fondo de este bosque.
 
 
2
Ahora miras el mundo.
El mundo, que amanece vacío de señales.
Por sendas azuladas se fueron las palomas.
Secos están los cauces en los altos arroyos
y en los pozos se aquietan las aguas de la noche.
La alondra con el alba no sale hasta el camino.
Miras caer el fruto desde el árbol y ves que no germina.
 
Deshabitado el pecho
miras al hombre, cerebral
y aséptico y ajeno, sin poder explicarse
toda la luz que ofrece el universo.
Miras al hombre examinar su pecho,
fríamente su pecho,
avanzar por los sueños no soñados,
calcular las palabras que quedan por decir ,
y hacer suma total y levantar el acta
de todos sus vacíos.
 
Miras al hombre en su afán resistirse,
orgulloso y erguido en sus deseos
y todopoderoso,
para ser al final la hoja última
en la rama más alta del aliso
que un momento titila con el aura
y después cae y se pudre con toda la hojarasca de la tierra.
 
 
3
Al hombre que cavila
a solas con su espejo, con su rostro,
una mano lejana le llama en la memoria,
le hace volver atrás, doblar la esquina,
y le convoca a días ya vividos.
 
A solas con su rostro en el espejo,
al hombre que cavila
se le disuelve el tiempo y la memoria.
Así el humo de aquel antiguo tren
que ocultó los urgentes
pañuelos del adiós.
Así la lluvia, el vaho en los cristales,
el polvo y la hojarasca.
 
Así la niebla que borra los caminos
y cerca al que camina.
Y no podrá encontrar señales en su vuelta.
Señales como el humo en los tejados,
la marca por el árbol
o alguna piedra erguida.
 
Ya todo consumado,
con su rostro se queda en soledad
y nada al otro lado del espejo.
 
 
4
Con este pobre sol de enero en la ventana
y la noche que viene hasta mi hoguera,
que viene hasta la ausencia de estas sillas,
que llega hasta la espalda de este cuerpo
y baja hasta sus plantas,
el rojo atardecer
se está volviendo amargo.
 
¿Por qué dejar la casa
si suena humanamente
este fuego de roble en la cocina,
si ya nadie nos dice qué pasa en los caminos
y viene un viento hosco
por este azul cantábrico
de mi mapa escolar?
 
Y alguien anda el camino y sube la ladera,
por su noche se aleja,
y se adentra en su enero
hacia otro amanecer de amarga ausencia.
   
 
5
«con este dulce soplo
que triunfa de la muerte y de la piedra»
A. Machado
 
Piedra bebemos en la delgadísima savia de los musgos.
Porque sabed que es humana la piedra con su musgo
y se vuelve más tierna
por el mínimo jugo con que fluye en el tiempo
y sale de su invierno detenido,
camina con los meses
y cruza los solsticios,
la mañana -¡tan fresca!-
de San Juan.
 
 
6
Árbol constante más allá de la muerte
 
  A Alfredo Buxán 
 
No es su tiempo el del hombre.
Es tiempo inasequible el de este árbol
-hasta la mar su imagen
y las hojas caídas-.
 
Sigilosa la muerte desordena los círculos concéntricos
en busca de otras formas.
Su mínima memoria se despuebla
de pájaros y nidos
y de signos grabados por el hombre.
 
No es su tiempo el del hombre.
Por los altos canales de su entraña
la savia se alza lenta
en olas de serrín y corazón maduro.
No es su tiempo el del hombre.
Cuando el hombre termine,
seguirá él levantado
junto a un río radiante,
desde aquel hondo valle de mi sueño,
   
 
7
Hay un tiempo tendido en los relojes
cuando estallan silencios
en las viejas maderas de la casa
y atrapados quedamos
en las pausas oscuras de la blanca memoria,
 
Por las esquinas seguirán sin gozo
y ciegas despeñándose
las gotas implacables
de la noche en que estamos instalados
-así tal vez crecen las hiedras en pasos centenarios-.
 
¿Ahora quién de los nuestros
se ha puesto por delante de su alta madrugada
y se sienta en la piedra del camino
y ha de volver a nuestra noche -estad seguros-
esperando llamarnos por el hombro?
 
 
8
El parque
Y en las pausas oscuras de la blanca memoria
gentes ciegas nos buscan con su mano.
Querrán cruzar las calles
y llegar a instalarse en su esquina vacía
o a un banco con gorriones en el parque
junto a las limpias voces de la infancia.
 
Es un viejo jardín con hierba sucia
y con palomas grises en las amanecidas,
donde esperan los viejos a su muerte
y gritan por las noches los amantes.
 
Y después de la lluvia huele a otoño.
 
 
9
Ahora que está cruzando la sombra de otro tiempo
¿cómo encontrar los nombres que trazamos
con un palo en la arena, si el mar pone desorden?
¿Dónde estará la roca, amor, donde estuvimos?
 
¿Por dónde hasta mi vaso el agua que ahora bebo?
¿Desde qué fuente vieja de la tierra?
 
Si es inimaginable oriente el alba cuando rompe,
¿cómo llenar los pozos insondables del insomnio?
 
¿Desde este desmedido paisaje de cemento
podrá acaso llevarnos
alguno hasta la piedra mojada y a su musgo?
 
 
10
Marzo, un cuadro de A. Mieres
Decían unos labios: Algunas violetas
nacieron por la noche en las aceras.
Desde el rincón más puro de la tierra
tal vez el viento vino
y extendió las semillas.
 
Las antiguas raíces, silentes, poderosas,
sabemos que se acercan,
y avanzan lentamente bajo el cemento nuevo
y romperán los muros de la común soberbia
y poblarán de hiedra la amarga soledad de las esquinas.
Cauce será esta calle para el arroyo limpio
desde el claro abedul de la ladera.
 
Y habrá pájaros, musgos, tejados con helechos,
hasta la última lluvia que refresque este mundo.
 
 
 
 
II. Las ínsulas extrañas
 
 
A Carmina
  
«Las ínsulas extrañas están ceñidas con la mar y allende de los mares, muy apartadas y ajenas de la comunicación de los hombres; y así, en ellas se crían y nacen cosas muy diferentes de las de por acá, de muy extrañas maneras y virtudes nunca vistas de los hombres, que hacen grande novedad y admiración a quien las ve». SAN JUAN DE LA CRUZ
 
«Es una ínsula hecha y derecha, redonda y bien proporcionada, y sobremanera fértil y abundosa». QUIJOTE, II, 42
 
   
1
Tu cuerpo abrió la noche, 
y una senda de puro
fuego en los huesos vivos
me condujo a las altas
torres por donde asoma 
la limpia luz del alba
y alumbra el vaho lento que sube de la tierra.
 
 
2
Contra los hoscos ojos de la muerte.
Que generosamente
un sexo suave y cálido
contra la misma muerte me cobije.
 
Resueltos en tierra húmeda de otoño,
que la voz nos convoque desde el árbol,
nos llame en la abubilla de la tarde
y en su viento.
Nos llame desde un fuego
que vaya desgarrando el vientre de la noche.
Por fin, desde la lluvia amanecida
en la que ha de nacer aquella luz primera.
 
 
3
O vaciar día a día
el hondo vaso amargo,
el vaso de este tiempo medido hasta los bordes,
 
o bajar a la suave
tibieza de tus sitios umbríos y esperar
que remanse el galope
como una intensa lluvia
de sangre hasta las sienes insaciables.
 
Porque es cierto que nunca,
nunca podré tenerlo,
si traspaso este instante,
este borde impreciso de la dicha.
 
 
4
Canción 36
No salgas de la noche
porque sucede a veces que de un sueño
se parte hasta otro sueño
en que verás arder la hoguera que nos junta.
 
Otro sueño en que bebo, estoy bebiendo
la limpia luz del alba
en tu cintura, toda
la luz de los ocasos.
Y mana el agua pura.
 
Abre la puerta ya para ese mundo
donde suaves fluyen las llamas y la brisa,
la hiedra por los árboles,
y mana el agua pura.
 
Y la vida es total y fluye para siempre,
como va y como viene
por la playa la espuma,
                                    como caen
los más altos arroyos de la nieve,
o sube hasta nosotros un continuo
brotar de violetas,
    como fluye ese vuelo incesante
del bando de palomas hacia el alba,
 
oh, tú, mujer que vas por ínsulas extrañas
en la noche más clara de tu cuerpo,
do mana el agua pura.
 
 
5
Toda la luz del mundo junto a tu vientre estaba
y allí pude salvarme,
salir de los naufragios.
Venía brisa fresca de algún alba lejana.
La noche sin resaca, cerrada en sus linderos.
 
Era el paso del tiempo
el paso milenario del mármol cuando fluye.
No de otro modo el río
subterráneo se alza
por el pozo y se asoma
al espejo curvado de los cielos azules.
 
Toda la luz del mundo. Y hoy me quema el recuerdo.
 
Bajo lunas efímeras, bosques, sombras, espumas,
altas estrellas claras,
recorría tu cuerpo palpitante y tendido
como ardiente centeno luminoso,
como árbol que cae y sigue floreciendo.
 
Fuiste después arroyo fugitivo.
Hoguera de luz vívida, destellabas remota,
ocaso al rojo vivo de la tarde.
Era yo el caminante y nunca te alcanzaba.
Silenciosa, intangible te alejaste   
por la turbia hojarasca de mi insomnio.
 
Toda la luz del mundo. Y hoy me quema el recuerdo.
 
 
6
Tal vez puedas salvarte
si hoy por tu espejo vienen
bandadas de palomas que marcaron
linderos a la infancia
y campanas que fluyen
en altos campanarios
y nos convocan, llaman, están llamando a fiesta.
 
Cruza, en cambio, una niebla repleta de presencias ignoradas
con el espeso espanto del insomnio.
Y detrás de esta niebla,
otra niebla te llega sin orillas.
 
Tal vez puedas salvarte
si encuentras los caminos
y otro mundo detrás de los espejos
con mares, playas, islas.
Hay otra vida acaso en ínsulas extrañas
donde estés tú tendida para siempre.
 
 
7
Bajémonos del monte, que arriba está la bruma,
está la piedra dura, está la hierba amarga,
está la costra vieja de la tierra.
Arriba está la orilla de la nada.
Y salpican los densos goterones del olvido.
 
Es amarga la cumbre y es estéril.
Sólo para la brisa o algún caballo antiguo
o para la lengua áspera
(esa lengua no humana de la vaca
que va lamiendo el mundo por las cumbres)
se alza el pubis azul de aquellos cardos.
 
Hermosas amanitas de la muerte brotarán por el bosque.
Estarán marcando ahora
el corro sigiloso de los sábados,
ofreciendo su aliento seminal
y nívea carne virgen
para una última cena que nos abra las puertas.
Sólo quedan los bosques. No sirve otro refugio.
Que golpee las puertas su latido terreno
y nos las abra.
Y unidos descendamos la ladera brumosa,
de espaldas a los dioses de la cumbre:
en lo hondo del valle está la luz y la común hoguera
que nos congregue en círculo.
 
Sobre el oscuro arroyo de la noche
ven a tender tu cuerpo,
un puente que me lleve a la otra orilla.

 
8
«Tu mano, y paseemos»
 
La arena es luz humilde,
ofrenda de la piedra, venida de los mares,
de los altos arroyos.
Es primavera y fluye
si tus pies la caminan,
si la acogen tus manos.
O acaso sea tiempo desgranado en instantes
por el interminable reloj del universo.
 
¿Es piedra que se pudre una vez fenecida
y en polvo se transforma?
Dura matriz sombría de la nada
tal vez sea la piedra,
y desde ella se alumbren
parsimoniosamente arenas que no cesan.
 
Qué importa la respuesta.
Dame, dame tu mano, mujer, y caminemos.
Descalzos caminemos por las playas del mundo.
 
 
9
Toda la luz del día se aquieta en los espejos.
Detrás de los cristales
ese mundo que gira (de qué siglo a qué siglo)
con su viento sacude las ciudades lejanas,
los trigales de mayo.
 
Y golpea su lluvia los espesos postigos del silencio,
las esquinas amargas,
la hierba en los escombros,
o la suave tibieza de los nidos de alondra,
o aquel dulce volar
ayer vivo y azul de la luz en tu cuerpo.
 
Te sueño en ese mundo, y te busco en su tiempo.
 
 
10
Mujer contra la muerte
La llamarada azul de la mañana
por tus ojos. Y un jugo de continua
primavera en el fruto partido de los labios
que a la vida me invitan.
 
Me invitan a la vida. Sin embargo,
noviembre entre los chopos
todo un río amarillo camino de su muerte.
La senda que llevamos va llena de señales
de un tiempo glorioso como el nuestro
(el que juntos gozamos
y hoy ya desmoronado como tapias de adobe).
 
¿Me salvarán tus ojos? ¿Me salvaré en tus labios?
Me salvaré en tus ojos
si miras en el árbol
y encuentras las señales
del ritual misterioso de un tiempo que retorna.
Me salvarán los labios, si en tus labios florece,
como el hierro en la fragua con fuego destellante,
la ardiente rosa roja contra todo el invierno.  
 
 
 
III. Declaración de esperanza histórica
 
A Luz y a Eva
  «E pídole aos meus fillos me disculpen esta longa esperanza»
Celso Emilio Ferreiro
 
 
1
De la piel desgastada de sus nombres
se han ido desprendiendo los objetos,
las cosas que envolvían.
Quieto está nuestro mundo
y yace inexplicable.
Hacia cauces ocultos cesaron de caer
las aguas de la noche y quedan detenidas.
 
Debierais decidir en qué piedra sentaros
o al lado de qué árbol,
y con gentes que pasen acordar nuevos nombres;
palabras que empecéis a componer
balbucidas en letras sucesivas
que fluyan por el mundo y lo pongan en orden
y echen de nuevo a caminar el tiempo.
(¡Aquellas buenas horas que tuvimos
y fuimos desgranando
en arenas limpísimas de instantes luminosos!)
 
Nuevamente aprendidas,
que lleguen por los ríos de la sangre
hasta aquéllos, los hijos más remotos.
Hasta aquellos que planten un árbol junto a otro árbol
y otro árbol,
y los apelen bosque.
 
Que se digan hermanos los que maman
en los dos tibios pechos de las madres.
Y se nombren amantes
los que los labios unen en este atardecer.
Y un nombre tenga la última
rosa roja de aquel noviembre nuestro.
 
 
2  
Hoguera solidaria
 
« Pues de  la esperanza no hay duda sino que también pone a la memoria en vacío y tinieblas de lo de acá y de lo de allá». S. Juan de la Cruz
 
Pero queda en algún lugar de la memoria
una ferviente voz
que nos sale al encuentro,
nos saca del camino hasta la hierba,
vino amigo nos sirve en su mantel de cuadros
y reparte su pan por nuestras manos.
 
Mezquino es nuestro mundo
si nos borran los mapas de la infancia,
si subimos sin luces por esta angosta senda
hacia un monte en tinieblas.
De donde se ve claro
que más valiera a todos dejar la caminata
y encender nuestra hoguera,
«juntar y unir el fuego en el madero»,
y, apretados en torno, compartir la palabra interminable
que heredamos, 
y abrigar nuestro gozo   
en la raíz oculta de la humana esperanza.
 
¿En qué orilla, por fin,
poder tactar el pulso sombrío en las raíces,
poder danzar la danza de algún antiguo corro?
¿Al lado de qué tronco,
el latido de honda primavera?
 
(Ros marinus de aliento apasionado,
succionará el romero
el viejísimo jugo de la tierra -mañana, flor azul-).
 
¿En qué valle reunirnos,
al lado de que río
-que es la vida sin pausas hasta el mar-?
 
Contra la espesa, larga noche lenta
-tiempo de maldición-
será júbilo vivo la hoguera solidaria
hasta que el musgo brote por la piedra.  
 
 
3
Así caen las hojas
y queda inerme el árbol,
y borra la hojarasca los caminos.
Así los rostros mudos
al fondo del espejo.
Así la vida, el chopo que se pudre
y pedazo a pedazo el agua lo disuelve.
 
¿Quién azuza este viento contra el bosque
y acecha en el camino
y a pedradas nos rompe los espejos?
Están las calles solas y nadie por los parques.
Y un rotundo tambor nos recluye en la casa,
la esperanza nos niega,
como cuando caemos desde un sueño a otro sueño,
y del último sueño
al pozo desolado de la nada.
 
Pero contra este invierno
se alza una luz que fluye en los tejados.
Tal vez vaya a crecer
y devenir en pájaros del alba,
en voces jubilosas  por las calles,
campanarios en fiesta,
o en franja diamantina de la espuma,
luminosas sonrisas.
 
 
4
Hoy remonto en mi sangre
hasta la servidumbre lejana de mi abuelo
y le ayudo en las piedras que tuvo que mover
y le aparto del palo
y luego le enderezo la espalda
hasta mi tiempo.
 
Y me pongo con él a caminar hacia otros días.
 
 
5  
  «¿Para qué quiero la luz
si tropiezo en tinieblas?»
M .Hernández
 
Una luz victoriosa que no cesa
desborda el horizonte y se derrama
en limpias llamaradas por el mundo.
Como una lluvia fresca sobre un montón de adobes
avanza la mañana.
 
Y el hombre -¡pobre, pobre!-
no acierta a levantarse de su noche.
¿No podrá abrir la puerta, llegarse a su retrete,
recomponer el gesto
para el nuevo decurso de las cosas?
 
Y el hombre retrocede, tropieza en las esquinas,
no descubre su rostro en los espejos
y pregunta:
      -¿Qué hacer con tanta sombra?
 
 
6
«y le doy un abrazo. emocionado»
C. Vallejo
 
¿Qué hacer ahora con toda esta nuestra esperanza
sino ver en qué para
aquel que está sentado
a la puerta del templo, y auscultarle
el dolor, ¡ese suyo!, debajo de su pecho,
tan gran dolor que vino acumulando
desde cuando era niño
grano de arena a grano
en ambos lagrimales?
 
Y mirar qué le pasa
a aquel otro sentado
en la última piedra, a la orilla del mundo,
llegado ya al final de su duro camino,
contando sus vacíos,
los que van entre angustias
y angustias, allá arriba en su cerebro,
su cerebro viejísimo.
 
 
7
Bajo un cielo de piedra,
opaco y alto y liso,
un cielo encadenado para siempre,
la vida que camina por el bosque,
que rauda va y que viene por los aires,
se afana en los caminos, cantarina
cae del caño de la fuente, o presurosa
camina en las aceras,
saluda en las ventanas,
o amontona las hojas en los parques,
al hombre proporciona hermosa certidumbre
contra el hosco silencio de los dioses.
 
Junto a un mar duro y cerrado y frío,
un mar que nos limita
y bulle sin espumas,
rotunda afirmación es para el hombre
ante el paso acechante de la muerte
la vida jubilosa de los niños
que sus pasos estrenan en la playa.
 
Mar y cielo cerrados.
Y sin embargo el hombre
señala los caminos
y ayuda al que camina,
y esparce su semilla
en el tibio tempero de la tierra
y espera que germine.  
 
Indiferente el mar. Indiferente el cielo.
Y sin embargo el niño
entre sus manos limpias al pájaro caído
alienta y resucita.
 

8
Marca con piedra blanca esta mañana
si ves que a flor de ojos
la mirada más limpia de los niños
está mirando el mundo.
Están mirando el mundo, hurgando en sus arenas
precisas, levantando las piedras
que nadie levantara,
acompasando el tiempo
en corros luminosos,
palabras repetidas que cantaste en tu infancia.
 
Con la piedra más blanca,
que están mirando el mundo.