Endre Farkas

 

Antología poética

 

 

Al calor de la noche
Anoche hicimos el amor.
Cruzamos fronteras
y sin temor viajamos por otros países.
Con ramilletes de besos
nos acogidos mutuamente como héroes
que no han conquistado a nadie.
Implosiones de éxtasis por todas partes
y respiramos como uno solo.
Sin temor, desnudos,
acurrucados el uno en los brazos del otro,
dormimos y soñamos.
 
Esta noche a la guerra.
Los hombres con sus máquinas se desplazan.
Los tanques ruedan sobre la carne pedrogosa de la arena
Los francotiradores apuntan,
los dedos acarician gatillos bien aceitados
Y el éxtasis de esta noche
está a un pelito de la mira de los fusiles.
 
La matanza se hace mejor en la noche
cuando los sentidos son más agudos
y la imaginación es más nítida
para conjurar terror en las sombras
que proyecta la lírica luna
 
Ululantes humanos predadores
están hundiendo sus garras manufacturadas
en su propia especie.
 
Amor, la luz del día muestra
que las esquirlas abrieron hoyos en los rostros,
haciendo brotar sangre
evaporando el vapor de la vida
desde el lugar que ocupaba el estómago.
 
El sol brillante
se levanta
desde los ojos quemado de lo muertos.
© Endre Farkas
Traducción: Elías Letelier
Del libro: Palabras sobrevivientes
 
 
 
 
La liberación es                                       
 
una mañana
sin guardias
 
silencio
en un campo de concentración
 
un sargento negro estadounidense
ametrallando los portones
 
olas de tanques rusos
rodando sobre las alambradas
 
años de lágrimas corriendo
incontrolables
 
los macilentos abalanzándose
a los depósitos de comida
tragando puñados de grasa hasta morir
 
despertar del estado de coma
 
saludarse ante un espejo
como si uno fuera un extraño
 
hacerse decir , “vuelve a casa”
 
evitar ser violada
diciéndole a los soldados de la liberación
que uno tiene "la enfermedad"
 
caminar por rutas familiares
parando en casas familiares
golpeando a puertas familiares
para ver quien retornó
 
descubriendo qué partes de ti faltan
 
llegar a la casa
 
mirar a los antiguos vecinos
que vigilan desde puertas y ventanas
mirándote retornar
 
un silencio diferente.
© Endre Farkas
Traducción: Elías Letelier
Del libro: Palabras sobrevivientes
 
 
 
 
Melancolía de Nueva york
para EL MG.
 
 
La Guardia.
E
n el tráfico de gente que sube y baja,
nos saludan adoradores
que cantan en túnicas de azafrán,
y hombres y mujeres jóvenes y comedidos
que venden flores en el nombre de la luna.
En la ruta atascada de tráfico
que lleva a Big-Apple
jóvenes matones en chaquetas de cuero
caminan a lo largo de las líneas divisoras
embaucando con teléfonos robados de autos.
La Autoridad del Puerto.
Llegan autobuses de todo el mundo;
sus vahos curten la piel de la ciudad.
Nosotros caminamos entre ellos
ante ojos desviados de hombres tristes
que beben desde unas bolsas de papel.
Una maldición y una botella
nos pasan volando por la cabeza.
Son los instrumentos y música de la ciudad.
Hay relucientes guirnaldas de alambre de púa
que coronan las rejas y los tejados
de los edificios importantes.
Allí no hay una necesidad,
hay una razón.

En las calles estadounidenses
han afinado el sueño americano
hasta hacerlo un fraude.
Lo que fue alguna vez un hombre joven
se nos acerca llorando por una cama donde morir.
Todos queremos que se termine luego.
En los hogares, bajo la piel se ha metido la tristeza
a pesar de los herméticos cerrojos.
No hay cortinas sólo barras de temor y soledad.
Detrás cada una de ellas,
la esperanza se inyecta en las venas.
Nos sentamos frente a la pantalla
miramos a un hombre que grita
¡Esta pistola es mi vida!
Nunca podemos dar lo justo.
Estamos más allá de todos los incidentes.
Por la mañana ni siquiera una tristeza
ni una despedida.
©Endre Farkas
 
 
 
 
Melancolía de Budapest
 
El polvo de la tristeza
llena los poros de Budapest y los muros amarillos,
pálidos e incestuosos de los Hapsburg,
están manchados para siempre de las lágrimas
acumuladas por los planes quinquenales.

En la parada del autobús,
el sofocante anochecer cae sobre cuerpos inclinados
por el peso de años de espera
de autobuses siempre repletos y siempre tarde.
En su nueva libertad se apilan y aparentan
que no ven a los cabezas rapadas,
que golpean a un gitano viejo,
en nombre de la nueva Hungría.
Estoy mirando con ojos aterrados.
Estoy contento de no ser de aquí.

¿Pero, si no soy yo, entonces quién?
¿Y si no ahora, entonces cuándo?
Ésa es la malancolía.
©Endre Farkas
 
 
 
La tormenta invernal
 
Los vientos invernales arremolinan una tormenta,
y asustada, la noche se despierta;
aúlla como sirenas en el Medio Oriente
a miles de kilómetros de aquí.
El ululante cantar de las sirenas
se lamenta contra la pared y las ventanas,
como dolientes sobre cadáveres
e interrumpe la película
La Guerra Y Paz.
Hace un frío del diablo.
Apago la televisión.
Ya he leído el libro.
Sé como termina.
Anoto mis temores:
impotente, impotente, impotente.
Sé que hay niños llorando,
muriendo.
Miro a los míos,
doy gracias
y apago la luz.
El viento ululante.
La tormenta que ruge.
©Endre Farkas

 

 
 

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