Eleazar Rivera

 

Antología poética

 
 

 

 
 
La noche   
 
La noche ladra a los perros
que cruzan la calle
 
Bajo un almendro
una sirena se detiene
a cantar sus exilios
 
Es tarde
y nada puede impedir
que los espejos se quiebren
cada vez
que un niño sueña
 
Mi mano se inunda
de verbos mudos
soles marchitos
e historias en ceniza
 
A nadie le importan mis heridas
mis padres cayeron
y en sus huesos descansan mis espejismos
©Eleazar Rivera
 
 
 
 
La ciudad de los robles
 
Esta es la ciudad de los robles.  Aquí olvidaron su guitarra los grillos y en ella, nacieron ciudades y memorias.  Esta ciudad es grande.  Los muros que la protegen están construidos de huesos y sombreros.  Aquí no hay sol y llueven piedras cuando alguien quiere verlo. 
 
La noche se prolonga y sus racimos se pudren en nuestras vidas.  El recuerdo hiede y nos carcome.  Los pájaros mueren antes de levantarse de las cenizas.  Un río corre a unos metros y en sus cristales las figuras se detienen, beben estío y regresan a sus sombras.  Una antorcha se enciende bajo la lluvia y un rayo muere en el mismo instante que los centauros brindan por el frío en el que agoniza esta gran urbe.
©Eleazar Rivera
 
 
 
 
El desexilio
 
Hay humo de ausencia
 
Tengo la savia del maíz
y la magia del barro
 
No me sorprenden las computadoras
ni los museos con huesos de cemento
 
Hay nuevos próceres en mi patria
 
El unicornio mayor de Castilla
bebe la sangre añeja de mis abuelos
©Eleazar Rivera
 
 
 
II
 
Estoy solo en la Plaza del Sol
 
Cargo mi destierro
y las protestas de los jaguares
 
Mi pasaporte
no tiene huesos ni humedades
 
Nadie viste de luto
Todos siguen las huellas de sus muertos
©Eleazar Rivera
 
 
 
 
Postulado de un oficio
 
Me declaro en rebeldía por el duelo de las horas. Protesto por el silencio de los verbos.  Aquí se terminaron los escupitajos.  Esta sangre bullendo; esta bandera que es mi insignia; este crepitar desde el relámpago; esta fosforescencia en pleno vuelo es flecha con la que no quiero herir a nadie. No soy el demonio ni cosa que se le parezca. Soy heredero del verbo de Cervantes.  He encendido los fusibles en las tinieblas del sobresalto.  No me considero profeta, ni amante del hormiguero.  Mi oficio es palabrear los prismas de la luz; prestar aguaceros al que desama; escupir y guardar luto.  Mi oficio es declararme en rebeldía por los aguijones del cancel donde me escondo.  Mi trabajo es transitar el laberinto de la insanidad, sabiendo que en algún planeta encontraré el eco para suicidar a los que traicionan la palabra.
©Eleazar Rivera
 
 
 
 
Los generales
 
Se toman por asalto las plazas públicas y como fariseos caminan erguidos con su cetro de huesos de dinosaurio.  Piensan que pueden apagar el espíritu de nuestro aliento.  Se proclaman dueños de la palabra y sienten que un puñal les atraviesa el costado cuando la usamos.
 
Estos generales se equivocan cuando nos cuadriculan en sus arcaicos términos sin alma ni columna vertebral.  Ellos nunca aprendieron el secreto de este oficio.  Ellos nunca leyeron la gramática de este caminar sobre las aguas.  Nunca vieron la lumbre ni el calvario de los papeles.  Nunca penetraron en el jadear de nuestro grafito.  Estos generales se equivocan al nombrarnos y les duele ver los estigmas de nuestras sandalias.  Se les olvida que hemos pagado este crepitar desde el lamento de nuestra savia. 
 
No.  No somos parias.  No somos usureros.  No buscamos el fuego de Prometeo, ni el proverbio bienhechor de uno de estos retirados de la milicia.  La guerra la enfrentamos con las armas de la luz.  Nuestra insurrección tiene nombre y apellido.  Es ajenjo en nuestras venas que palpitan por el azul y los laureles.
©Eleazar Rivera
 
 
 
 
Expediente de una desmemoria
 
No recuerdo mi nombre.  No.  No recuerdo su gracia, su rostro, su cuerpo, su voz y su sonrisa.  Olvidé mi nombre en algún cenicero un día de sombreros húmedos.  Olvidé mi nombre en la angustia de la edad perdida; en la aureola del niño que se perdió al bajar de la duda y del sobresalto.  Olvidé mi nombre en las huellas del aguacero.
 
El nombre que cargo no es mío; lo arranqué de un libro lleno de siglos que encontré tirado en el bosque de la amargura.  Este nombre pesa demasiado.  No usa mis zapatos.  No lee mis libros.  Mi ropa no es de su talla.  Tenemos costumbres distintas.
 
No recuerdo mi nombre y mi sombra se burla de mí a cada instante.  He dejado de ser yo, para ser otro.  Otro que yo no conozco, pero que me es conocido;  porque tiene el mismo nombre mío, usa la misma ropa mía, habla igual que mí, usa los zapatos míos y deja las mimas huellas mías. 
Soy otro y no sé si el otro, soy yo.
©Eleazar Rivera
 
 
 
 
Recuento de la ausencia
a Rosa y Helmut 
                                                 
Seis años después del adiós, resulta difícil sentarse a ver la televisión y olvidarse de todo.  Resulta difícil sacudir los escombros sin pensar en el duelo de los años; y es que aquí, el tiempo no es tiempo.  Las horas son grises.  El reloj tiene la pausa del inanimado: se detiene; se añeja y nos martilla.  Reviso los pasos, las espinas, los espejos.  Con el hígado en una mano y un puñal en la otra, no hay más que el diario personal del que se desviste en la página en blanco para sangrar hasta la última  palabra. 
 
Repito: aquí el tiempo no es tiempo, es la farsa más grande que hemos inventado.
©Eleazar Rivera
 
 
 
 
Escombros
 
Heme aquí con la simple pretensión del aire.  En el pecho de una voz sin carne.  En la explosión de un juego sin palabras.  En la ebriedad mágica de un paisaje.  Camino del ritual sin sombra.  Crepúsculo milenario de un naufragio.  Paraje de la última estación de un poeta.   Heme aquí con los faroles del desenfado.  Con el desdén de auroras y volcanes.  Con la luz suspirando en cada beso.  Con los cuervos de universos apagados.
 
Todo es efímero.  Efímero el mar, la colmena y el cántaro.  Efímera la hebra de árboles sin pájaros.  Efímera la vela y la noche.  Efímero el cometa y el hangar de las plumas rotas.  Efímero el humo y el libro de las palabras asesinas.  Efímero el aliento y el suspiro.  Todo es efímero frente a la risa cobarde de la muerte.
 
No más vestidos con barrotes.  No más cadenas sin memoria iluminada.  No más signos para códices sin sangre.  No más vendimia.  No más sortilegio de palabras muertas.
 
Heme aquí, con la perra que lame mis heridas.  Astro sin el eco de párpados alados.  Cordero sin su hostia.  Heme aquí, en el navío descalzo de un profeta.  En la penumbra de un violín sin alas.  En el infinito de una imagen tenebrosa.  Con la cotidiana miseria de embotellar sonrisas.
©Eleazar Rivera
 
 
 
 
Postulado de irreverencia
 
Este minuto pasa golpeando.  Son exactamente las horas del desconcierto.  Tiembla.  Esta ciudad hiede.  No puedo detenerme en esta talega de desmesuras.  Mi diario personal cierra lentamente sus ojos.  El tambor de las epifanías luce su exangüe listón.  Una bestia se postra en la entrada al infierno.  Esta barca perdió sus remos en  algún lugar del mar Egeo.  Ulises es una sombra imaginaria con alas rotas en el último suspiro.  Yo sé que se detiene el vaivén intermitente del pecho  frente  a la penumbra oscura de la ceniza.
 
Humano.  Terriblemente humano.  Dueño de todos los cepos, de todos los grilletes, de todos los barrotes.  Mi pasaporte tiene una herida; un puñal le cortó la identidad.
 
Esta sonrisa tuya, no es más que una burla que me restregás en el rostro.  Este escarnio tuyo, sin tentarse el hígado porque ya lo tenés cristalizado de tanta borrachera.  Este destierro no es para mí.  No te conozco; pero, sé que existís.  En algún lugar tenemos que encontrarnos.  Te invitaré a un café, a una charla, a un verso triste.  Vos vas a insistir que te acompañe. No. No pertenezco a la congregación de tus desvelos.  No soy tu pan diario.  Puedes irte a la hora que te convenga.  Puedes celebrar las misas y los novenarios que necesités para ser excomulgada.  Yo seguiré aquí, palpitando como  corazón que delata su último paraje.
©Eleazar Rivera

 

 
 
 

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