Edmundo Torrejón Jurado

 

Antología poética

 
 
MI  PLEGARIA
 
¿Qué paz de núbil arpegio
        purificó
                al fiel rocío
en ésta aurora de arcángeles?
 
¿Qué mensajero de mieses
arribó
        resplandeciente
con su arado de mil yuntas?
 
¡Oh¡, portal de lentas trillas
¡Oh!, presagio de vendimias
        ¡San Isidro Labrador!
 
Sabia fuente de destinos.
Lenta hiedra de amoríos,
        ¡San Isidro Labrador!
 
Acuarela. Trino verde
de las aves eruditas,
        ¡San Isidro Labrador!
 
Del trabajo: manantiales,
        ¡San Isidro Labrador!
 
Trasmigrar de tierra en
                en frutos,
        ¡San Isidro Labrador!
 
Semilla y flor
                la abundancia
        ¡San Isidro Labrador!
 
Dulce mosto de verbenas,
        ¡San Isidro Labrador!
 
Sino y don de las mazorcas
        ¡San Isidro Labrador!
 
Aura dulce que rebosa
                los molinos de elegía,
        ¡San Isidro Labrador!
 
Lluvia fértil
magia y cuna
                de la savia
        ¡San Isidro Labrador!
 
Aria noble
        de los campos en barbecho
        ¡San Isidro Labrador!
A la vegas
        con tu aliento
salva y guarda de crecientes,
        ¡San Isidro Labrador!
 
En tu capa
        de prodigios
atempera las heladas
        ¡San Isidro Labrador!
 
Con el ala
        del chambergo
-dulce paño de milagros-
salva y guarda a las gavillas
del granizo
        -cruel presagio-
        ¡San Isidro Labrador!
 
Y entreteje con plegarias
tibios panes ecuménicos,
que engrandezcan
                con sus pascuas
los altares y las mesas cotidianas,
bendiciendo los sudores y faenas,
        ¡San Isidro Labrador!
©Edmundo Torrejón Jurado
Poema tomado del libro “Xanadú”
 
 

 

 
TERTULIA  A  TU  BLASÓN   (x)
 
 
Para Sergio Bernardo
 
 
 
Hijo
cuando al orbe
eche a andar tu cause
y zarpes de éste oasis:
-Espigones de espíritu y de fuego-,
vehemente raciocinio
                que esculpí en tu sino:
¡Sé ante todo libre!
Ignora todo código
que pretenda anclarte
a la pequeñez de nadie.
Encuentra aún, gentil,
 
en el río sutil de las desesperanzas
la aurora de tu paz
                        y siempre tus verdades.
 
(El temple de la roca es inmortal
 hasta que el hombre-genio
 modela sus estirpes)
                              
Objeta siempre el cause
                de los discretos pasos
y la ineptitud eterna
                de los susurros cautos.
 
Esgrime las palabras
con la Cruz de frente;
el dogma y el ritual
son sólo circunstancias:
¡La arena del océano!...
 
Encuentra tu solaz
                sobre el pupitre
del profundo quehacer de los sentidos
y heredarás un tiempo
de cobijar banderas.
 
Registra el agrio cálculo
                recordando siempre
que a pesar del axioma
                -teorema del sofisma-
habrá perpetuo trigo
                espigando sus dones
y habrá niños bebiendo
la eternidad de un pecho.
 
Y cuando el sordo pan
                se transmigre en misterio
para las muchedumbres
y para algunos sea
                        tal vez un simple acaso
                        superficial y absurdo,
agradece varón
                por ser un convidado
¡en la rústica mesa de los desamparados!.
 
Habita el hombre-artífice
                        -mansiones sin frontera-
        -agreste sucesión de signos interiores-
y tu siembra traerá
el fruto sempiterno
de la palabra plena.
 
Cuando el tarot del triunfo
        pretenda interrogarte,
pesca la cábala en tus redes
y séllala en la Biblia
                del labrar sencillo.
                       
        Huye de los límites
        absurdos, insaciables;
tal vez fue el pecado
        capital del hombre
poner límite a su pan y sus alforjas.
 
Atrapa los designios
en las arias del viento
que nunca es igual
                ni siquiera a sí mismo
ni marca el mismo día en ningún calendario.
 
Y cuando el tiempo sea
apenas un arpegio
de vientres en potencia,
reclama de las vides:
                la vida,
                el canto frágil,
el paso substancial,
¡La alianza de los brazos!...
 
Aclama el silabario
                de la letra estricta
y estalla tu crucial envergadura
en el mar de algún canto
        que justifique el hombre.
 
Y cuando al final del tiempo
encuentres el Grial,
                        la vera del ideal:
¡Ninguna melodía
                habrá de sofrenar
                tus voces interiores!...
©Edmundo Torrejón Jurado
París, junio de 1986  
 
x) Primer Premio, Concurso Latinoamericano  de Poesía.      “Fundación Givré”. Buenos Aires (Argentina) (1989)           

 

 
 

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