|
Domingo F. Faílde
|
||
|
Antología poética |
||
|
|
TRES DEFINICIONES PARA ENCENDER EL AIRE
Hacia lo
lejos, sí, hacia el aire sin nombre
Luis Cernuda
I
POR la línea
del tiempo
el aire se
derrama, como un jardín traslúcido.
He aquí,
henchido, su enigma: sin ser visto, alumbrar;
vestir,
imperceptible,
la desnudez
del mundo;
y, en fin,
servir de cuenco
a la voz y el
aroma
y a la
respiración.
Cristal,
materia leve,
asómase al
vacío, quizás astro increado,
escala los
peldaños del infinito, flota,
vuela, se
desvanece;
verbo del
resplandor, nombra las cosas,
inscribe su
oquedad en el espacio,
las signa con
su luz.
Imagen
perdurable de todo lo posible,
presente es
su memoria –siempre por sucederse-.
Fragmento de
la voz original,
el aire es el
archivo del universo, suma
y resta del
polen que resuelve
la ecuación
imperiosa de la vida.
El aire,
pues, camino (mas no porque las aves
transiten sus
rincones, si por cauce encendido
de la
palabra): el aire, en fin, el eco
del corazón
de un dios.
I I
SOBRE el mar
–si dormido-,
el aire –si
desnudo- se contempla,
no en el azul
tranquilo de las aguas
sino en el
pecho absorto del que admira,
viendo cómo,
de nuevo, aviénense confusos
los
elementos: nubes,
peces, ríos y
aves;
las cosas:
barcos, lluvia...
Alimentando
inabarcables fauces
de espuma o
vendaval.
Sobre el mar
–si despierto-,
el aire –si
vestido- es un auriga
en cuyo pecho
la tormenta inflama
su látigo de
luz.
Siempre hay
un viento sobre agua,
siempre
sobre las
copas de los pinos aire
en desbandada
trémula sus élitros agita.
Inhabitada
música,
el sueño de
los dioses su silencio navega.
III
(ASÍ, cuando
la aurora,
por las romas
esquinas de los astros saltando,
su cerviz de
cristal al horizonte
asoma, crece
el día,
y un
estruendo de cisnes y gaviotas
inunda la
mañana,
trepa por los
balcones,
prende en las
espadañas
y rueda,
arpegio tibio, por los valles,
desliza sus
coturnos de fuego sobre el mar.
Y así, cuando
la tarde,
huyendo por
las rosas, aún agitado el seno,
lenta escapa,
encendiendo
el último
esplendor de los colores,
el rostro
trashumante cubre, borra, desvela
la placidez
del sueño, esa mínima música
que crepita
al calor de las constelaciones,
que su rumor
desgrana sobre el agua,
que arde en
la piedra como un ornamento.
Sangre
encendida, el aire se derrama
en los surcos hambrientos de la noche.)
(Madrid, 1994)
*****
ALGUIEN ESCUCHA UN DISCO DE JOHN LENNON
Viene del lado inmóvil del tiempo, suena
desde una cueva oscura esa voz que nadie localiza,
flota en el aire,
se empoza en la nostalgia, como un presagio líquido,
surcando la penumbra gris del atardecer.
He aquí, en un remolino de pájaros, la música;
el vértigo indomable de la voz, y John Lennon
sueña, imagina, eleva
la construcción del grito, la precisión insomne
de la luz insaciada.
John Lennon, a lo lejos,
trepa por el crepúsculo,
y reverdece el cauce del calendario,
como si un maremoto,
recorriendo el declive de la memoria,
el velo del origen descorriera.
He aquí la perfección de la tristeza
que mide la distancia de la noche, su indescifrable código,
sus ocultos designios, en tanto
dilapida sus pétalos la duda.
No es acaso John Lennon quien cruza la avenida,
sino una sombra dulce que no borró la lluvia,
anclada a un tocadiscos que, pese a todo, suena,
mientras entre los sauces se atrinchera el otoño.
(De Náufrago de la lluvia, 1994)
*****
FINIS GLORIAE MUNDI
Cuando la noche adviene.
Cuando sedienta cae
como un anciano ebrio que, súbito, desplómase
y, títere del vino, si de la edad, arrastra
su mísero esqueleto sobre la acera impasible.
Cuando oscura la plaza
y oscuro el mar también
y la alcoba, oscurécese
el reducto letal del corazón,
la memoria y el alma se oscurecen.
Cuando adviertes, en fin,
que no es posible el alba.
Entonces, cuando evidentemente estás solo
y no hay nadie en tu lecho, por más que el amor sueñe;
cuando, como temías,
el mundo se acostó más temprano que de costumbre;
cuando afuera la sombra del silencio se expande
y no se escucha apenas un ladrido
ni brama el oleaje
ni llueve, en fin, siquiera:
No huyas. Ten valor. Enfréntate al destino.
La historia que invocabas para ahuyentar la vida,
tampoco va a tratarte mejor.
(De Náufrago de la lluvia, 1994)
*****
EPIGRAMA
Confiabas, necio, en la posteridad,
y al juicio de la historia
legabas tus minutos. Al trueque del futuro
inmolaste el presente, renunciando
a la gozosa potestad del acto, al impagable
deleite de morir en cada gesto.
La sentencia del tiempo
no mostrara mayor benevolencia.
Mas ahora eres viejo y no es posible
reescribir el pasado ni te queda una página,
un último minuto para rectificar.
¡Qué error, así, la vida!
Aguardar hasta el fin la absolución,
en tanto te maldices tú mismo y te condenas
a morir esa muerte
que habías, sin saberlo, continuamente muerto:
Los ríos, muchas veces, son el mar.
(De Náufrago de la lluvia, 1994)
*****
LA BIBLIOTECA DE BEARDSLEY
Si cierro la ventana, si la helada penumbra
enciendo de esta estancia, el otoño,
la quejumbre amarilla de la tarde, la dulce
llovizna con que acaso
trenza su vals la luz,
quedarán a la puerta, seguirán a la puerta,
aguardando
el discurrir monótono de la eternidad,
mientras aquí desfilan
mares, islas, ensueños,
huyendo de las doce campanadas
que saltan del reloj.
Mas dónde, sin embargo, la languidez del tiempo
esconde su pañuelo. Pues la niebla,
que ya empieza a espesarse, va invadiendo
también este aposento donde el silencio huele
a pergamino y moho (sobre la mesa,
se ha desmayado un libro, frío como ese búcaro
en cuyo vientre el sol palidecía).
Yo no sé dónde suena
el clavecín del viento
ni, en otro orden de cosas, si, a lo lejos,
Elgar,
fastuosamente,
enciende los faroles del crepúsculo,
es decir,
la tristeza,
que en su carroza alada
viene a cenar conmigo como todas las tardes.
Aunque a estas alturas,
no sé si este pendón me ama o tan sólo
quiere jugar al bridge.
(De Manual de afligidos, 1995)
*****
DEL ORIGEN
De lejos, hasta el punto
donde cierra la luz
las pupilas del mundo.
Y, en medio,
cubriendo la distancia
que hay entre el horizonte
y la mirada,
la vida -tu existencia,
signada, simplemente,
por todo cuanto tocas,
cuanto fue, lo improbable-,
y ese papel en blanco
que nunca escribiremos.
El espacio, qué error:
porque no hay cálculos
que al abismo resistan.
Y por ello es posible la poesía,
y por ello también
la tristeza.
(De La noche calcinada, 1996)
*****
EL SUEÑO DEL CABALLERO
Sueñas, joven amigo, con las dádivas
que te ofrece la vida.
Mas la vida
-recuérdalo- es tan sólo
esa fiebre instantánea que señala
tu presencia en el mundo,
la misma irrealidad de tu sueño.
La vida, que no el tiempo,
porque el tiempo sea acaso
todo cuanto posees,
es decir, la ilusión de estar vivo
y disponer de todo.
El ángel, sin embargo,
te señala el camino.
Tú no lo sabes, pero ya estás muerto.
(De Elogio de las tinieblas, 1999)
*****
DE OMNIBUS MARTYRIBUS
Con los ojos vaciados, desfilan por la noche.
Son extrañas siluetas que deambulan, sonámbulas,
arrastrando cadenas, en medio del humo.
Puedo verlas, silentes, subir al autobús,
sin que sus blancas túnicas se manchen de polvo
ni los descalzos pies rocen los excrementos.
Extraviadas, las órbitas vagan por el vacío,
como huyendo de sus verdugos
(a veces, un gemido los delata, las llagas
escondidas debajo de la veste purísima).
El mundo ha amanecido lleno de estas criaturas.
Abandonan los grises soportales del alba.
Por la ciudad caminan, buscando a sus sayones,
y una lluvia de sangre empapa las aceras.
Están en todas partes: oficinas, comercios,
sosteniendo la bóveda helada del mundo.
Son materia sufriente, viva vida, conciencia.
Todos han conquistado la gloria. Su infierno.
(De Elogio de las tinieblas, 1999)
*****
GHOST
Hoy he visto a la muerte.
Caminaba hacia mí, e iba avanzando
con el paso impasible
de los que nada tienen que perder.
Vestía unos blue-jeans y camiseta
y calzaba playeras italianas.
Tras las gafas oscuras de diseño
se adivinaban frías sus pupilas,
una pantalla acaso de ordenador leyendo
los nombres elegidos, por riguroso turno,
con esa precisión matemática
con que suelen matar las mujeres hermosas.
Iba, en fin, acercándose, y yo palidecía,
y el corazón saltaba detrás de la camisa,
presagiando el final.
Casi a mi altura,
me miró,
la miré;
no ocurrió nada.
Aquella aparición pasó despacio,
dejando tras de sí una estela de pétalos
y unas ganas terribles de morir.
(De Conjunto vacío, 1999)
*****
EPÍSTOLA MORAL
A Rafael
Vargas.
ÉSTAS que
ves, amigo,
ruinas son de
un tiempo
donde aún
habitaba la esperanza,
y tan jóvenes
éramos
que todavía
soñábamos con juguetes carísimos,
ya sabes:
libertad, igualdad, esas cosas,
y el
celuloide rancio de la Revolución.
El tiempo,
sin embargo,
con rostro de
monarca absolutista,
disolvió la
algarada con su mano de hierro.
Todo volvió a
su sitio. Y al orden natural,
como aquella
wild life
de los
documentales americanos,
ya sabes: el
pez gordo,
comiéndose al
pequeño. Pura depredación.
Y nosotros,
en tanto, fuimos envejeciendo.
Un trabajo,
familia, poemas (todo un lujo),
porque el
mundo, ya sabes, al igual que los dioses,
es inmutable
a veces, un círculo vicioso.
¿Leíste a
Dante? Haz memoria:
quizá ya
hemos llegado a los infiernos.
(Algeciras, 2000)
*****
DE CÓMO LA VOZ LÍRICA PIDE A SU AMADA
QUE NO SE QUITE LAS MEDIAS
Caen.
Caen,
una
a
u
n
a
todas
las prendas que te visten,
todas las prendas –eso quiero decir–
que
te
desnudan.
Mas conserva tus medias, vida mía,
que son las galas de la desnudez.
(De Decomo, 2004)
*****
DE CÓMO, MIENTRAS EL POETA ESCRIBE UN SONETO,
TUMBADO SOBRE UN LECHO DE FLORES,
SU JOVEN AMADA LE TATÚA LAS NALGAS
Al margen de la edad, que es accidente
y contrario, sin duda, a cortesía,
yo te hago responsable de estos versos
y el lenguaje maligno que delata
el modo y la natura
con que fueron creados.
Pues si mi piel te empeñas
en seguir tatuando
con palabras obscenas,
¿qué haré, sino borrarlas
cuando dé media vuelta
cuando dé media vueltay
use el tip-ex?
(De Decomo, 2004)
*****
JUEGO DE NAIPES
No opongáis resistencia.
Estamos tan cansados, que la brisa bastara
para reducirnos a escombros. La vida
puede saber a poco, pero dura
toda una eternidad cuando se vive
bajo el mármol de la certeza.
Rendid, en fin, los naipes del castillo
y barajadlos luego
para hacer solitarios.
(De El resplandor sombrío, 2005)
*****
LA CASA SOSEGADA
Hemos llegado, como de costumbre,
al abrigo secreto del hotel.
He pedido la llave. A pocos metros,
a contraluz, de espaldas, relumbra tu figura
ceñida por el mar. Sabes que, arriba,
la cómplice penumbra abre los mapas
y despliega efectivos, estrategias, la luz.
Ah, la escalera.
Por la secreta escala nos guía Juan de Yepes
-¿o era, imberbe, un botones
que vi en alguna parte?-,
disfrazados tú y yo:
no estaba sosegada nuestra casa.
(De Las sábanas del mar, 2005)
*****
RENDEZ-VOUS
Se ha llenado la tarde de trenes silenciosos.
Por la mínima senda en que los días
descienden hasta el mar, flota un rumor de óxidos
y tú agitas la mano detrás de los cristales.
Quedan allí los pétalos, temblando,
que hemos hurtado al tiempo, como láminas
de algún metal rarísimo y hermoso,
superviviente luego de tanto cataclismo.
Y allí, mientras te alejas
a bordo de las nubes, del humo, se estremecen
los árboles cansinos de la melancolía
o esas horas desiertas que señalan tu ausencia.
Vuelvo entonces la espalda hacia el vacío
en que queda tu nombre tiritando,
las calles, los caminos, las tabernas,
¿quedamos este viernes? ¿sí? ¿a qué hora?
Y el mar cubre su lecho con las últimas luces.
(De Las sábanas del mar, 2005)
*****
EN TORNO A LA ELOCUENCIA
A Dolors Alberola
Hablan del corazón y su abundancia
las palabras –me dicen, y derramo
sobre la mesa el libro de mi voz-.
No obstante, el diccionario,
que abro mientras apuro una cerveza,
no contiene los términos buscados,
los vocablos precisos para hablarte de amor.
Bebo, entonces, un trago y la mirada
se me clava en tus ojos, silenciosa y oscura.
Mientras voy recorriéndote,
pongo nombres a todos los rincones
que la pasión no alcanza.
Cierro el libro y te amo,
allí,
donde el silencio
no precisa otra música.
(De Las sábanas del mar, 2005)
*****
LUGARES COMUNES
Después de
muchos años y una vida
lo
suficientemente larga como
para, por,
según, so, sobre, tras,
la celinda
del patio dejó de dar flores,
el pozo se
secó, la madreselva
era un triste
muñón amarillento
y la parra,
sin uvas,
apenas
recordaba las veladas de estío,
entre el ir
venir a la cocina
y el rumor de
las jarras de vino al escanciarse.
Qué fue, qué
sucedió, qué detuvo el trajín de los relojes
en un
momento: nadie sabe la hora, el día
ni la
estación o el año del cataclismo aquel
que abrió la
puerta y se marchó en silencio,
llevándose
consigo las cosas del baúl,
los muñecos
de trapo y los bastones,
náufragos de
otros mares.
Se presiente
la vida, sin embargo,
en las pardas
baldosas que no limpió la lluvia
y unos
papeles sin color, que fueron
alas de la
noticia y ahora ruedan,
se resbalan,
abúlicos e insomnes,
por el suelo
sucísimo.
Recuerdo
aquellas
tardes idas, tan cálidas y lentas,
la música
envolviendo
el perfume a
manzana de la siesta,
los versos
clandestinos
o el
contrapunto alegre de las conversaciones.
Recuerdo,
porque acaso
la vida a
cierta edad es la memoria,
el tedio
sofocante de los largos veranos,
el silencio
que hervía en los arpegios
cuyas notas
tan sólo yo escuchaba
y las
historias de mi madre: el cura
a quien los
milicianos talaron, como a un árbol,
y, antes de
hacerlo arder, le taparon la boca
con las ramas
caídas, o el relato
de los moros
tocando a degollina
cuando
entraron las tropas de Franco y por las calles
bajaban
arroyadas de sangre, en cuyas ondas
navegaban,
dolientes, los navíos.
Yo, pecador,
ya entonces, nueve años,
letra inglesa
diaria, algunas cuentas
y esas
lecturas lóbregas que se quedan grabadas,
sabía que la
vida era una rampa oscura
y, al final,
sin remedio,
me esperaban
las mismas pesadillas:
tridentes,
bayonetas, montañas de cadáveres
o el pequeño
inconfeso que se perdió en la noche,
sí, reverenda
madre, todavía la escucho
describiendo
los gritos de aquel desventurado,
el escozor
hiriente de sus lágrimas
o los clavos
doliendo la carne divina,
sangre de
Cristo, purifícame,
agua del
costado de Cristo, lávame;
y así pasan
los días –ya pasaron-
y así pasan
los años –transcurrieron-
y yo,
desesperado, quizás, quizás, quizás,
sin ninguna
certeza sino esa culpa verde
que termina
en las llamas.
Por fortuna,
uno se hace
mayor y coge el tren
y se aleja en
la noche del miedo y los pecados.
Descubre,
mientras huye del temor y sus fábricas,
la santidad
del cuerpo, la carne resurrecta,
los placeres
del vino y los manjares,
de los libros
prohibidos y el veneno
que llaman
libertad.
Después de
muchos años, uno vuelve
al exacto
lugar del crimen. Y allí esperan
los fantasmas
de entonces, más pálidos si cabe,
mientras el
viento mueve la lámpara fundida
y el
crepúsculo alumbra las descarnadas sombras.
Todo está
igual: el patio, la celinda,
la
enredadera, el pozo, los rumores, tú mismo,
y esa música
extraña que te envuelve
con su
melancolía.
(De La sombra del celindo, 2005)
|
|
|
||