Delfina Acosta

 

Antología poética

 
 

ESTATUA EN LA PLAZA VERDE

 

Te esperaría. Yo sería, amado,

la primera en llegar hasta la vía,

y la última en volver, con un paraguas,

de la estación del tren que te traería.

Iré hasta el mar como la lluvia, a veces,

y pasaré del mar a la otra cita,

en el muelle del puerto, frente al río.

Seré la gris silueta que tirita.

Inmensamente sola como novia

saldré a buscarte y volveré tardía.

Del balcón a la plaza partiré.

Seré una estatua de melancolía.

Y a la hora puntual de nuestras muertes,

si llegara primera a nuestra cita,

te estaré ya aguardando para darte

mi amor en una blanca margarita.

 © Delfina Acosta

(Del libro Todas las voces, mujer...)

 

 

 

DIENTES

 

Estrella que es error, yo soy los dientes,

y solamente dientes, no la boca

que yerra, miente, injuria, a Dios calumnia,

y cuando su áspid guarda queda roja.

Ay, pobre bocas, lenguas enredadas

con las malas palabras que hablan solas.

Yo soy los dientes que castañetean

cuando filosos muerden a las rocas.

Las bocas son carmín que en la intemperie

pierden su fuego; en su lugar, las rosas

en las muy frías noches, de sus frentes

dejan caer sobre el amor sus gotas.

Soy como Hefesto, dios que cojo y feo,

pelea doy, mas llama que se llora,

no sé qué frase mágica invocara

para una vez besarte oscura boca.

© Delfina Acosta

(Del libro Todas las voces, mujer...)

 

 

 

EL BESO

 

Voy a contarte un cuento que otras saben.

Las menos como tú jamás supieron.

Era un juego de a dos pues se enfrentaban

un rey hermoso y una reina a besos.

Y érase que ella alegre se moría

como última tecla en caba beso.

Y él riendo tomaba con su boca

un poco de su lengua y de su aliento.

Pasó el verano bajo el puente chino,

sopló el otoño y garuó el invierno,

volvió la primavera y se marchó

detrás de un par de niños aquel juego.

Y érase esa mujer que aún lo amaba,

y moría de pena, pero en serio.

Y érase la tristeza en el ciprés

la hora en que llovía en ese reino.

© Delfina Acosta

(Del libro Todas las voces, mujer...)

 

 

 

HADES

 

La primera señal: te salen lágrimas,

y escribes, sin querer, mejores versos.

Se apagan los faroles de la cuadra,

pero tus ojos brillan más atentos.

Y hay dos señales: si con él te cruzas

es como si te diste vuelta a verlo.

La cerrazón que cae sobre tu alma

te lleva a presumir que ya es invierno.

Si habré escuchado historias en mi vida:

Érase una que bajó al infierno

donde perdió a su amante. Y hubo un ánima

por siempre enamorada de un espectro.

Y hay más relatos. Y éste es muy contado:

Dirá que al bosque irá por un momento.

Te besará como quien va por más

cerillas. Nunca volverás a verlo.

 © Delfina Acosta

(Del libro Todas las voces, mujer...)

 

 

 

 

DESOLADA

a Gabriela Mistral

 

Antes de echar mi cuerpo al ebrio río,

muy ebria ya, entré por las abiertas

puertas del templo; oí a una rata huir.

El atrio era una vieja madriguera.

Y le dije a mi Dios, en cualquier parte,

que pecar, no pequé, y ni siquiera...

Un relámpago atroz iluminó

las pocas velas y tronó la iglesia.

No supe qué decir, mas las palabras

fluían de mis lágrimas, sinceras.

Los santos parecían escucharme

con esa educación de gente vieja.

Y por si ahí estaba, a Dios le dije,

que amar, amé. Mis huesos di a las fieras.

Jesucristo en la cruz olía a herrumbre.

El río me aguardaba entre las piedras.

© Delfina Acosta

(Del libro Todas las voces, mujer...)

 

 

 

ESTALACTÍTICO

 

Y cómo cuesta no ponerme triste

en esta tarde abierta al viento norte,

no replegar mis alas y sumirme

en las suaves olas de mi lecho.

Entonces, ya acostada, hacer memoria

de algún afortunado parpadeo,

mi calculada prohibición, mi airosa

tristeza alimentada con argento.

Y cómo cuesta no volver el rostro

en dirección al fresco de violetas,

y preguntarme en dónde he malogrado

los últimos temblores de mi sangre.

Hubiera sido justo que en la hora

exacta del hechizo, cuando terso

aún tenía el rostro tú amabas,

me hubiera vuelto yeso en la intemperie.

 

 

 

 

ARGUCIAS FEMENINAS

 

Aún me queda un número en los guantes:

un hijo de ojos grandes, plasma cálido

y ombligo medicado con yoduro

que pariré en un marco de anestesia.

Su llanto habrá de ser tu media vuelta

después de haber dispuesto que te vas,

que ya te fuiste, y por aquel gemido

darás de nuevo con mis senos firmes.

A donde vayas llevarás su olor

y la visión compleja de su feria:

canarios de aluminio y marionetas

ahogándose en bañera soleada.

Imprevisible giro de coraje.

Ranura de tableta violentada

en pos del comprimido veintiuno.

Un trago de agua sella mi carácter.

 

 

 

 

ELECTRA DUDA

 

Acaso esa mujer - creo haberla visto siempre -,

que me mira al modo mío

desde aquel inmenso espejo,

que viste mi traje azul

y lleva este pañuelo

de color dándole vueltas

en olas a los hombros

- parecía más contenta hace un instante -,

no soy yo.

¿Es posible dudar de los espejos?

¿Qué de la calóptrica y sus leyes?

¿Qué de las imágenes sensatas?

Años que llevo mirándome en sus rostros,

dudando seriamente de su fidelidad.

Anteayer el busto de Ifigenia, hija de Agamenón,

rey de Micenas y de Argos,

esta mañana Juana, abanderada y resuelta,

Virginia Woolf a la tarde, aterida de mar,

amamantando crustáceos.

Ahora, ¿ quién se atreverá a decirme

que esa mujer de enfrente

y sentada frente al espejo,

soy yo, setenta veces yo,

sin mirarse antes en él ?

 

 

 

MARGINAMIENTO

 

En fin, me pasa por andar de pálida

y por mi mala educación de hablar

de sangre soterrada y trino obscuro

con gente tan decente y sonrosada.

( Si lo correcto exige ponderar

el máximo centígrado del día

y disponer la voz a más asombros

previstos en tertulias de mujeres )

Me pasa por llevar a donde vaya

un extravío antiguo de relojes

y por dejar caer del gesto mío

fosilizados dientes de jazmines.

Los hombres ya se cuidan de mi lengua.

- Que tiene el virus -, corre la señal;

- y es improbable expectorar con suerte

el cúmulo de líquenes del pecho.

 

 

 

RESOLUTA MARTA LYNCH

 

¿ Qué te traes luciérnaga ?

¿ Qué te traes que embistes

mis espejos, sin pausa ?

No es de ti ciertamente esta torpe acrobacia;

yo te sé destinada para un rumbo más hábil

sobre un verde espacioso en la margen del río;

mas,

si acaso decides

dando giros mortales

perecer ante tanta resistencia dorada,

mira qué desconcierto:

¡ Una luz virtuosa anhelando la sombra !

© Delfina Acosta

(Del libro Todas las voces, mujer...)

 

 

 

POEMA A MIS ESPOSOS

 

Ay, mis esposos, todos mis esposos

se fueron a la mar, ayer, mañana.

Guardé sus blancas ropas, la fortuna

de pobres con que hicimos las moradas.

Viuda me quedé; vestí de luto

y fui por pueblo esquivo saludada.

Un perro, la comida justa, un lecho

es todo cuanto tengo por cordura,

porque al soplar el viento de la noche,

los búhos al rezar, y andar la lluvia,

qué loca voy diciendo por las calles,

verdades, si vestida, mal desnuda.

La espina ¿para qué? ¿Por qué la rosa?

Amor y desamor no dan descanso.

Pasar por esta vida y a esta hora

se paga con tristeza si no espanto.

©Delfina Acosta

 

 

LA GACELA ENAMORADA

A mi cazador

 

Soy la gacela enamorada, ¡Dios !,

de mi salvaje cazador que viene

hasta el bosque con ansias de mis astas,

de mis ancas, mis piernas y mi lomo.

Si están los cielos claros, si la luna

asoma su hermosura entre los astros,

si el viento va moviendo ya el ramaje,

y mi salvaje cazador no llega,

los ojos se me vuelven aguas tristes.

Yo advierto aquella fuerza de su lanza,

su deseo sin pausa de mi sangre,

su vigilia, su afán de echarme al suelo,

de malherir mi vientre, y voy a prisa

a su encuentro, al encuentro de mi suerte.

Yo me ofrezco a su lanza, yo le pido

que me abra entera en la caliente muerte.

©Delfina Acosta

 
 
 

Copyrigh© todos los derechos reservados por el autor